Jeringas y escaleras

I

 “Cómo se puede dar paso a alguien para que cure o suture nuestra herida y dejar de lado el miedo… dejar de pensar por un solo momento que, con el más mínimo movimiento que haga, nos puede llegar a lastimar hasta el alma, darse media vuelta y marcharse…”
26 mayo 11:50 p.m.

Probablemente Érika escribió esto antes de perder la virginidad. Antes de ser una ingrata, una puta barata, una promiscua. La ventaja que ofrece el dejar de ser un caballero es que uno puede permitirse ser políticamente incorrecto. Ser vulgar, decir groserías, escupir y echarse pedos en los camiones. Trasgredir la ley cuando la ley parece fuerza bruta. Decir la verdad cuando, de tan insultante, el asco vence los paladares.

II

Eran las tres de la mañana cuando Érika le acarició los senos; se le quedó mirando como disculpándose. Pero no quitó sus manos hasta que Sara se giró hacia ella y la besó en la boca. Estaban tan drogadas que apenas sintieron la verga de cuatro hijosdeputa en plena sala de la casa. Tenían diecisiete años y no me acuerdo si estudiaban.

Yo las vi, y no pude sentirme más alegre. Desnudas e inconscientes, el semen en el rostro y un gesto ridículo de alcohólicas callejeras. Me parecían dos muñecas de plástico desechables, como las de las sex shop de la avenida Madero. Así que me acerqué al sofá y les oriné encima. Después me reí a carcajadas cuando supe que habían subido a internet el video de los cuatro hijosdeputa penetrándolas y lo habían colocado en una galería de performances describiendo el video como la representación carnal de la sumisión gustosa de África y América a los cuatro puntos cardinales.

Sara siempre me dijo que sus padres estaban muertos, que nunca la habían querido, y que sólo vivió cosas tristes cuando estuvo con ellos. Érika dejó de hablarme cuando se enteró que salía con ella. Yo tenía veinticuatro y ella dieciocho. La ópera prima de Alejandro Pornorowsky se transmitía en el Cine Cometa a las nueve y media de la noche. Un travesti de barba nos miraba desde la tercera fila y yo monté a Sara en mi cintura y le mordí las tetas. El travesti dejó de mirarnos pero una pareja gay detrás de nosotros pareció excitarse. Érika se rió hasta que Sara me dijo que me quería después de que nos besamos de lengua la segunda vez. Entonces entendió que no era broma, nos arrojó su refresco y nos mentó la madre.

III

Cuando Érika se fue, Sara y yo nos seguimos besando. Yo le metía las manos debajo de la blusa y ella me acariciaba el cuello y me mordía las orejas. Hicimos el amor frente al espejo del único baño del cine, después de darle cincuenta pesos al vigilante.

Al salir del cine, Érika nos esperaba junto a mi carro. Había rayado la cajuela con frases como soy puto, hijo de la chingada, etc… y parecía que lloró bastante mientras nos esperaba. Nos subimos al coche y la dejamos en su casa.

Una semana después terminamos el noviazgo y Érika y ella volvieron a ser pareja; al menos, hasta que los papás de Sara la encontraron y se la llevaron a un centro de rehabilitación. La verdad fue una escena penosa verlos llorar mientras un policía se llevaba a su hija. Me acerqué, y les dije que no se preocuparan por ella, que no valía la pena llorar por una drogadicta mediocre o una lesbiana nalgas prontas. Pero los papás de Sara estaban muertos y yo estaba drogado con heroína.

IV

La sala de urgencias me pareció familiar en aquel momento. Sara emergió inconsciente de la ambulancia; de seguro los pinches paramédicos también la violaron. No llevaba ropa y sangraba del rostro. Después llegó Erika, pero no dijo nada. Sólo me abrazó y lloró por un rato. Un médico nos avisó que Sara estaba muerta.

Cuando llegamos a mi departamento, un edificio se derrumbaba en la televisión. Me desvestí y me fumé un cigarro. Al rato entendí que Érika quiso morirse de seguro, porque se apretó tan fuerte el pecho que tuve que meterla con todo y blusa a la regadera. Se veía tan frágil. La arropé con una bata y la senté en la cama. Tenía la mirada perdida y el rostro demacrado. Me acordé de esas mascotas abandonadas en los basureros con su peso específico de tristeza y encanto. Sentí, desde mi corazón hueco, que tal vez en el fondo yo la quería más que nadie.

Al salir del departamento la miré en silencio; sentada sobre las escaleras, intrincada en su propia pesadumbre como una tortuga herida que se resguarda al fondo de su concha. Intenté decirle algo, no pude.

Afuera el cielo amamantaba nubes con un color cobrizo, pero a mí me pareció sanguinolento; Sara estaba muerta y ya no había jeringas en la casa, ya no había ventanas dibujando rostros con el vaho de un amor en fuga, todo se había perdido: las yemas de los dedos en sus labios, el sueño de un cariño adulto, ese temblor sagrado de mis puños cuando la miraba.

V

Un resplandor sonoro de patrullas contaminó la calle.

A veces, acostado en los pasillos del departamento, me preguntaba qué pasó con Érika. Sara la había conocido en los espejos de una cafetería y nunca supe si tenía otra familia además de las pastillas y los fármacos.

Años después cambié de casa, obtuve un trabajo de oficina y me casé. Érika, por lo visto, seguía retorciéndose como araña saltando de su sombra. Cierto domingo me llamó. Tú la mataste —me dijo—, y entendí que seguía subiendo y bajando las mismas escaleras del departamento en que Sara nos desvistió bajo su ombligo y apacentó nuestros desvelos. Cuando quise contestarle, Sara me abrazó por la cintura. Pero Sara estaba muerta, y yo estaba drogado con heroína.

Carlos Treviño Sierra “Alacrángel”

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