El Solar

— ¿Está todo bien, cielo? —preguntó ella mientras el cabello le revoloteaba en los hombros y parte del rostro.
— Sí, había pasado mucho tiempo desde la última vez que lo vi —su mirada vagaba entre la hierba alta que rodeaba aquel vejo solar.
— ¿Qué pasa, amor? —ella le acarició el brazo izquierdo por encima del abrigo.
— Mi tío le llamaba solar a este terreno viejo y abandonado. Aunque este está en caída.

La depresión en el terreno rodeaba la vieja torre, una estructura extraña de forma rectangular. Detrás de la torre había una gran bodega de ladrillo y concreto, abajo y pegada a la bodega había una puerta y en el suelo lleno de tierra estaba dispuesta una extraña escotilla, sin cerraduras y a lo lejos las dos figuras de pie viendo el panorama desolador de la Torre mientras la noche comenzaba a caer y el viento frío a aullar.

— ¿Aquí… aquí fue donde pasó? —ella titubeó al hacer la pregunta.
— Sí. Aquí pasó —él veía directo a la escotilla—. Mi tío siempre nos prohibió jugar aquí —de pronto su mirada pareció perderse en un solo lugar.

“Pasó en nochebuena, solíamos juntarnos a reventar cohetes, yo y otros siete amigos. Recibimos una cantidad obscena de cohetes, fuimos jugando durante varios minutos, reventando cazuelas, tinas y botellas de plástico. Luego se nos ocurrió ir al solar, a la vieja torre.
Llegamos allá, detonamos varios “Cañones Diablos” y el eco que la explosión creaba era tan estridente como hermoso, estábamos tan contentos que no nos dimos cuenta de en qué momento Paquito desapareció. Era el menor de todos nosotros, comenzamos a dar más gritos llamándolo, Tony y Hugo tomaron un papel y lo encendieron para poder ver dentro de la vieja bodega, sería lo último que veríamos de ellos.

Oímos el grito más aterrador que pudimos haber oído en nuestra vida, los demás nos quedamos helados, sin saber qué hacer. Y entonces lo escuchamos. Primero unos ruidos como de dos metales chocando uno con otro, clank, clank, clank. Y algo que se arrastraba, yo lo vi, primero esos dos pequeños círculos amarillos, después sus gigantescas manos saliendo, su piel llena de escamas y, Dios santo, cómo se movía. Carmen y Claudio se convirtieron en un recuerdo borroso. Y yo ahí de pie, escuchando como los gritos se apagaban después de un ruido de algo que masticaba y se derramaba.”

— Tranquilo, amor —ella imprimía todo el amor que podía en su abrazo.
— Tenía un sombrero rojo, como la maldita sangre, y barbas largas; fue su pinche risa la que me sacó de mi sopor y pude salir corriendo, HO HO, HO.
— Tranquilo, amor, todo terminó, detuvieron a ese asesino gracias a ti.
— Detuvieron a un hombre, pero yo vi otra cosa.

Ambos se sostuvieron la mirada unos segundos que parecían alargarse demasiado hasta que un sonido lejano los despertó.

— Es mi celular —dijo ella—. Ahora vuelvo.

La vio alejarse al auto y regresó su vista a la torre, ahora sólo se veía su figura escondida en las sombras. Entonces lo vio. Debajo de la torre, de pie delante de la puerta, Paquito lo saludaba.

Ella salía del auto cuando escuchó los gritos, salió a la carrera detrás de él.

— ¡Espera! ¿A dónde vas?

Lo siguió, allá estaba él de pie bajo la torre, viendo al piso, a la extraña puerta circular. La cual se abrió de pronto dejando salir un vapor rojo, ella paró en seco, se quedó ahí sin saber qué hacer, él regreso la vista a ella y sólo gritó:

— ¡Corre!

Ella lo vio, la enorme figura deforme que salió de la escotilla, con su sombrero rojo, su barba blanca amarillenta y sus enormes manos, tomó al hombre por la cintura y lo metió dentro de la escotilla, cerrándola por dentro nuevamente. Sus gritos se escucharon por los alrededores, toda la noche oscura, hasta que estos también cesaron.

(Cuento ganador del segundo lugar del concurso Nyctelios 2016)

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