La alienígena

La alienígena se mordió el labio al mirar a su captor; era ambrosía, decidió, la mejor que jamás había probado. Así recordó de a poco todos esos mundillos que se le pasaron por el estómago, aquellos que vivió por un rato pero que luego se desvanecieron. Sólo se le venían las orillas; con colores escondidos, con haditas y habitantes de mentiras.

Después fue la euforia, pensó, justo en la manera en que caminaba, en la rectitud de su espalda y en las plegarias de sus condenas; todo en líneas suaves, en vestigios de guerras y ojos indiscretos. Y eso no se los entendía, a los humanitos, tales creencias nunca le supieron bien.

La alienígena miró tras crípticas explicaciones de moralidades torcidas, después de todo estaba atada y llena de heridas. Colores divertidos por todas partes; en la piel, en el cielo y en los pequeños suspiros. Pero la histeria, así le llegó a los pensamientos, no era correctamente usada por los humanitos; la arrastraban demasiado. Le divertían de a ratitos.

Uno a uno los humanitos se le acercaron, mirando su vientre, su alma –sí, esa cosilla de la que tanto hablaban pero de la que nada sabían–, y todos los interiores de su oscura carne. “No dolerá, no dolerá, no dolerá”, el pequeño mantra le burlaba y los ataba a la tierra. Pero se les iba, de a poco.

La catarsis no fue tan efímera, no fue tan satisfactoria. Ellos querían mucho más, se les venía en palabras y se les amontonaba en avaricia. No los culpaba, ¿cómo podría? Equinoccio, se imaginó entonces; fue lo primero que vieron al llegar. Y se paró bajo la luz de la bombilla esperando a que las llamas la consumieran de a etapas. Así lo habían planeado, así lo había esperado, y así se iría.

— ¿Qué vestiremos?
 Lo que ellos visten, pero con un poco de menos cositas escondidas en las sonrisas.
— Sonreír, que interesante concepto.
— Extrañas cositas que son, ¿no crees?, tan apegados a ideas pequeñas, tan alejados de las cosas más bellas.
—  Me gustan, me saben a estrella no nacida.

Pero él estaba ahí y no podía recordar, él estaba ahí y nunca miraba más de lo que creía le pertenecía. El disfraz era tan viejo, tan usado, que se había convertido exactamente en su ser; se le fusionó en el alma por eternidad absoluta. Después de todo, él nunca fue tan bueno recordando como ella. Y era hermoso, como la luz tocaba lo que quedaba de él.

Exhalaciones del otro, eso es lo que siempre fueron, lo que ella siempre sería. Tal vez un poco agrietados, con polvito de vez en cuando, pero ella nunca lo dejaría ir.

— Y cuándo me escuches, cuándo me toques la carne y me acaricies el interior, ¿sabrás que soy yo?, ¿recordarás nuestras existencias y comienzos, nuestros finales y todo eso que nos hace?
— No será necesario, siempre estarán en mí.


Y entonces, la alienígena amó.

 

Maricela Estefany Guajardo Cerda

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