El niño gris

Estaba en Cihuacoalco para documentar las costumbres navideñas locales. Don Rubén y su esposa me alquilaban un cobertizo para hospedarme; eran muy generosos y pacientes ante todas mis preguntas. Faltaban dos días para la danza solsticial de “los piñateros” donde unos jóvenes “ángeles” y “demonios” disfrazados competían rompiendo piñatas; el triunfo de cielo o infierno determinaría la fortuna del pueblo, y si el augurio era malo, harían una procesión propiciatoria. Una fiestecilla fascinante.

Hoy cumplía años la abuelita de Rubén, y me invitaron a la fiesta. Deseoso de contribuir, me ofrecí a llevar las ollas de pozole a casa de la festejada con su hijo Toño. La abuela estaba radiante. Nos dirigió con precisión a Toño y a mí para reordenar la casa; al hacerlo, una pesada olla rodó y me dio con fuerza en la espinilla. Toño acompañó a su abuela a buscar algunas hierbas afuera para bajar la inflamación mientras yo aguardaba adolorido.

Me entretuve contemplando el rudimentario Nacimiento. La Sagrada Familia ocupaba en un cobertizo muy similar al que me alojaba; las figuras de madera tallada vestían ropas donde percibí algunos anacronismos de la usanza local y decidí que unas fotografías del mismo serían indispensables. Una fila de campesinos marchaba colina arriba, encabezada por los Reyes Magos a caballo. Y una segunda fila venía de la derecha desde una diminuta cañada simulada. Noté que las figuras de la segunda fila eran algo distintas, más achaparradas y sus rostros de un tinte muy pálido, gris como ceniza.

Me aproximé para observarlas, cojeando. El estilo artesanal era el mismo, lo que resaltaba las diferencias de rasgos, los ojos diminutos, las bocas más anchas. Así como los campesinos de la fila principal llevaban canastas de frutas y vaquillas, estos traían… ¿perros? ¿Y lagartos o iguanas de algún tipo?

Extrañado, observé cómo, mientras los campesinos seguían a los tres Reyes hasta llegar ante el Niño, la fila de personajes enjutos seguía también a tres figuras a caballo, pero éstas circundaban el cobertizo y desaparecían detrás. Allí, fuera de la vista, aguardaba una estrecha cueva flanqueada por dos ramas que simulaban árboles secos.

Dentro de la cueva estaban dispuestas unas figuras muy distintas. En lugar de burros y bueyes, reptiles y alebrijes fabulosos que parecían observar la escena central: un hombre y una mujer flanqueaban a un infante. ¡Pero qué figuras! Pintadas con ese color gris pálido, irreal, y sus ropas eran moradas. Sus ojos meros puntos, sus bocas óvalos que parecían gritar. Y el niño de esta segunda familia… la tosca labor artesanal sólo servía para resaltar lo grotesco del infante desnudo, representado de pie, como si se hubiera levantado a recibir sus homenajes. Pero su cabeza…

La abuela entró entonces; dijo que había mandado a Toño a ayudar a sus padres mientras ella me atendía. Al verme, sonrió y dijo:

— ¿Le gusta? Yo misma ayudé a mi madre a tallar cada figura, Toñito y yo las repintamos hace dos años. Mi madre me enseñó todo sobre las posadas de la navidad de nuestro Señor, y de las piñaterías de pasado mañana que es la navidad del Señor de Abajo. De chiquita me daba pesadillas, pero yo nunca lo he visto; mi mamá sí, talló la figurita del Señor de Abajo tal y como lo vio cuando iban a la cueva a dejarle las mejores frutas con los piñateros. Yo no he querido ir, pero si los ángeles pierden este año, tendrán que ir a darle lo suyo, y usted lo verá… Si se fija, las gentes del cerro se parecen un poco a Toñito, es que los del pueblo gris se llevaron a mi abuela una vez, y todavía algunos les sacamos un poco cada dos generaciones…

La escuché perplejo, sin parar de mirar a ese otro infante: su cabellera era como la de las otras figuras, pero su rostro se alargaba en una especie de cono que se torcía hasta rematar en una delgada punta serpeante y rojiza que alzaba en alto…

(Cuento ganador del primer lugar del concurso Nyctelios 2016)

Luis G. Abbadie

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