Café Nexus – Parte 8

XXII

 

Richard estaba tratando de abrir el condenado empaque de los pastelillos de crema. A veces se preguntaba si en la fábrica tenían a algún tipo cuyo único propósito era asegurarse que sólo un gorila pudiera abrir el empaque, o si subcontrataban a algún demonio de las profundidades del infierno para ello.

— Tal vez el Señor intenta decirte algo —bromeó Phil, mientras salía de la tienda, cerrando la puerta tras de sí.
— Sí, está diciéndome que empiece a cargar con unas tijeras —dijo Richard, sin levantar la vista. Por fin pudo abrir la bolsa de plástico y le dio una mordida al primer pastelillo, dejando que el sabor de la satisfacción invadiera su boca.

El policía había tratado de encontrar la causa del temblor que sintió durante su patrullaje de rutina. Pero todo parecía estar en orden, al menos hasta dónde alcanzaba su vista en la penumbra que seguía la caída de la tarde.
Phil no lo había sentido, ahí en su gasolinera. Él había estado muy ocupado limpiando un derrame de gasolina, provocado por un cliente descuidado que había sacado la pistola dispensadora de la toma del automóvil mientras todavía presionaba el interruptor.

— Será otro de esos misterios que tanto odias —comentó Phil, mientras se sentaba en el banco de madera blanco que había justo a un lado de la entrada a la tienda de autoservicio.

Richard asintió mientras daba el último mordisco al pastelillo. Él estaba apoyado de espaldas contra la puerta del lado del conductor de la patrulla justo en frente de la puerta de la tienda.

—Así es el desierto —continuó Phil mientras se quedaba mirando más allá de las luces de la estación de servicio.

El Sol ya se había ocultado en el horizonte hace un buen rato. La estación era una isla de luz fluorescente en medio de un mar de oscuridad, rodeada por los sonidos nocturnos del desierto.

— El desierto es el desierto —manifestó Richard, comenzaba a comer el siguiente pastelillo—. Es la gente la que crea los misterios.
— Eso suena a algo de esa mierda zen de la tele —dijo el encargado mostrando una ligera sonrisa.
Richard torció la boca en un gesto de desagrado, como si acabara de oler algo desagradable.
— Voy a vender la estación de servicio el año que viene —soltó Phil como si estuviera haciendo un comentario acerca del estado del tiempo—. Tal vez incluso antes, si encuentro a un ingenuo.
— Es una maldita lástima, Phil —dijo el policía sintiendo en verdad cada palabra. No podía imaginar cómo sería su rutina sin pasar un rato hablando con Phil cada noche. Entre él y las canciones de la radio, eran la única forma de que Richard no se volviera loco por las largas horas de soledad.

Pero tal vez no tuviera que sufrir esa soledad durante más tiempo. Le quedaban a lo mucho tres años más como patrullero. Podía entonces quedarse un par más detrás de un escritorio, asegurándose de que ningún ladrón fuera a llevarse la base ladrillo por ladrillo. Tal vez no fuera tan malo, pensó. Tendría todo el café barato que pudiera desear, un asiento dónde podría acomodarse y estirar las piernas. Si tenía la suerte suficiente, tal vez le dieran un despacho con puerta y persianas, dónde podría ponerse a leer alguno de los incontables libros que dejaba para después.

Aún así, iba a extrañar a Phil.

— No será lo mismo sin ti —confesó Richard, mientras se acomodaba el sombrero.
— Bueno, no va a pasar todavía —explicó Phil apoyando la mano derecha sobre la rodilla—. Pero lo estoy pensando desde hace un largo tiempo. Hasta me siento un poco aliviado, a decir verdad.
— ¿Y qué es lo que harás después? —preguntó Richard, tratando de mantener un tono de desinterés en la voz.
— Tengo una hija en Phoenix que se la pasa pidiéndome que deje todo esto y viva con ella —contó el encargado—. Pero no creo que mucha gente entienda el porque alguien querría estar aquí.

Richard no dijo nada. Los dos viejos amigos se quedaron en silencio por varios minutos, contemplando sin contemplar la noche que les envolvía.

— Sabes, hay algo que he querido contarte desde hace años. Pero no sé, tal vez no lo hice porque creí que pensarías que lo estaba inventando —soltó Phil, apoyando la espalda contra el respaldo de la pequeña banca de color blanco.
— Con que no sea un cuento largo porque todavía hay mucho desierto vacío que patrullar —advirtió el policía.

Phil no sabía si lo estaba diciendo por completo en serio o si estaba siendo sarcástico. En el caso de Richard podían ser ambas cosas al mismo tiempo.

— No, no lo es. Ya he olvidado varios detalles, así que será más corto ahora que cuando sucedió —dijo su amigo, mientras se acomodaba en la banca.

Phil llevaba apenas un par de años como encargado de la estación de servicio. Fue un otoño en que el calor del verano se extendió más tiempo del debido, creando una cálida tarde de Octubre.

— Yo estaba acomodado en esta misma banca, aprovechando para leer uno de los libros que había a la venta junto al estante de las gafas de Sol —recordó el viejo—. Era una historia barata, acerca de como un tipo rico construía un parque lleno de dinosaurios de verdad.

Lo peor era que en la portada la etiqueta anunciaba que pronto se estrenaría la película de Hollywood. Si no fuera porque no tenía una mejor manera de matar el tiempo en esas noches sin fin lo habría tirado al bote de basura y habría tomado otro libro del estante. Pero la voz de un cliente lo distrajo.

— Buenas noches. Quisiera cargar gasolina, por favor —habló un hombre joven, montado sobre una motocicleta, estacionada justo frente a las bombas de combustible.

El hombre joven tenía el cabello negro peinado con mucho cuidado, cada cabello en su lugar debido a una generosa dosis de vaselina. Llevaba una chaqueta de cuero negro a medio cerrar con cierres plateados, por la que se asomaba una camisa de color blanco. El resto de su atuendo consistía en unos pegados pantalones de mezclilla azul, despintados por el uso diario, y unos zapatos de color negro cubiertos con algo del polvo de la carretera. Por alguna razón se le hizo conocido ese joven, pero Phil no supo recordar de dónde. El joven llenó el tanque de su motocicleta, y entró a la tienda para pagar el combustible. No fue sino hasta que estaba contando el cambio, que a Phil se le prendió el foco. — ¿Vas a Las Vegas, no? —le preguntó Phil mientras le entregaba las monedas a su cliente.
— Así es, señor. Tengo un trabajo que hacer allá —respondió el joven, aceptando las monedas con su mano izquierda—. Espero estar de vuelta por aquí en un par de semanas.
— Me alegra ver que Elvis Presley siga siendo tan popular. La música de ahora… bueno, si se le puede llamar así… no se acerca para nada a lo que el Rey sacaba en sus días más malos. E incluso esos eran grandiosos —compartió el encargado, puntualizando sus palabras con una sonrisa.
— Siempre habrá alguien que le guste escuchar esas canciones —coincidió el joven mientras agarraba una bolsa de papas saladas de uno de los estantes de la tienda.
— Debo decir que eres el mejor imitador que he visto. Yo vi actuar al verdadero en el ’55, en un concierto en Tennesse —prosiguió Phil, disfrutando de sus recuerdos.
— Muchas gracias. Es agradable encontrar a un verdadero fan, sobre todo en un lugar tan solitario como este —mencionó el joven para luego poner la bolsa de frituras sobre el mostrador.
— Oh, no, considéralo un regalo, hijo. Me has hecho sentir joven de nuevo, al menos por un par de momentos —insistió Phil.
— Gracias —respondiió el joven metiendo las papas en el interior de su chaqueta de cuero—. A veces el camino es muy largo, pero menos cuando uno se encuentra a gente buena como usted.

Phil se volvió por un momento para anotar en una libreta la venta de las papas como un consumo personal. Para cuando volvió la vista, el joven imitador de Elvis había desaparecido, al igual que su motocicleta.

— En cuanto acabó mi turno, volví a mi departamento. Saqué del armario mis viejas cajas de discos de vinil, y casi me desmayó al ver la fotografía en uno de los álbumes —relató Phil mirando a Richard con una intensidad que el policía no habría creído posible.

Era el mismo individuo, hasta el más pequeño detalle. Phil tuvo que recostarse en su cama, dónde se quedó así por largo rato, con el disco apretado contra su pecho, mientras trataba de recordar si no había pasado por alto alguna pequeña diferencia.

— Y veinte años después, sigo sin descubrir ninguna —terminó el encargado.
Richard se quedó en silencio por un par de minutos. Tenía que admitir que era un buen cuento.
— Así que conociste al mejor imitador de Elvis Presley en todo el mundo —dijo el policía, mientras dejaba de apoyarse contra la patrulla.
Phil meneó la cabeza de un lado a otro.
— ¡No! Yo sé lo que vi —insistió el encargado, su voz elevándose un poco más de lo normal—. Ese no era ningún imitador. Era él, el verdadero, el Rey en persona.

Richard iba a hacer un comentario acerca de como su amigo tal vez debiera dejar de leer los tabloides sensacionalistas del revistero, pero al ver la intensidad oculta detrás de sus ojos, prefirió quedarse callado. No iba a arruinar su amistad con Phil por algo tan pequeño. Si él quería creer que Elvis Presley, el mismo Rey, había vuelto de la muerte sólo para parar en su estación de servicio a cargar gasolina y comer papas fritas, que lo creyera. Ya de por sí era muy difícil seguir creyendo en algo conforme te volvías más viejo, reflexionó. El mundo un día parecía lleno de posibilidades infinitas, y al siguiente no era más que un lugar en que esas mismas posibilidades acababan todas malogradas.

— Cosas más raras han pasado —concedió el policía para luego dar la vuelta a su coche patrulla, abriendo la puerta del conductor.
— Ah, ya sé que no me crees pero de todas formas quería contártelo —dijo Phil, levantándose de la banca—. Será mejor que entre. Se acerca el fin de mes, y debo hacer el inventario.
— Muy bien. Te veré mañana, Phil —se despidió Richard para luego subir a su patrulla y encender el motor.

Un rato después, la historia seguía dándole vueltas en la cabeza. Si fuera cualquier otra persona, la habría considerado un chisme cualquiera. Pero Phil no era el tipo de persona que contara una experiencia así si no creyera en verdad que había algo de extraordinario en ella. Richard lo encontraba muy difícil de creer, no sólo porque para esas fechas Elvis habría sido un anciano, sino también porque es muy poco común que los muertos se levanten de sus tumbas para hacer una visita a una estación de gasolina en medio del desierto. ¿En qué mundo podría ser posible que un joven Elvis Presley, el verdadero de verdad, hubiera sido parte de aquella historia?  No en el mundo de Richard, eso era un hecho.

El policía condujo su patrulla por interminable camino, atravesando el desierto iluminado por la luz de la luna casi llena. Por un momento pensó que cuando la mayoría de la gente se refería a que había algo de magia en el ambiente,  hablaban de esos momentos. Para el oficial de policía, no había ningún tipo de magia. Sólo una noche más que esperaba que acabara sin ningún tipo de problemas. A lo lejos, las nubes de tormenta comenzaron a moverse amenazando con engullir la noche estrellada del desierto.

 

XXIII

Kim sintió que los brazos se le iban a caer del cansancio. La batería de auto pesaba demasiado, aun cuando Tommy había pasado la pequeña caja de herramientas a que estuviera encima de su batería. Les había llevado un rato más de lo que esperaban pero pronto notaron que las bestias insectoides parecían haberse esfumado. Acaso estuvieran concentrados alrededor de la fuente de la luz verde que iba creciendo en el centro del pueblo.

— Mira, ya solo falta un par de cuadras —señaló Tommy, jadeando un poco por el esfuerzo. Su pie ya no le dolía tanto pero igual aún tenía que depender del palo de escoba para mantener el equilibrio.

Kim no dijo nada ya que apenas y tenía el aliento suficiente para seguir caminando. Diez minutos más tarde los dos jóvenes se encontraban de nuevo en el interior del bar abandonado, sentados en el suelo polvoso y tratando de recobrar el aliento. Una vez que lo logró, Tommy se puso a trabajar. La luz amarillenta de los focos era algo más intensa ahora lo que le ayudó con su labor.
Debajo de las lonas, habían encontrado una vieja máquina tocadiscos de alumino pintado de rojo y detalles cromados, adornada con luces de neón. La máquina debió sufrir algún tipo de falla mecánica hacia años, poco antes de que los militares dejaran de usar ese pueblo para lo que fuera que lo construyeron. A Tommy no le costó mucho trabajo el imaginar la razón: el armatoste era muy pesado. Aun si no tuviera el pie herido no habría podido levantarlo, tal vez sólo empujarlo un poco.
El joven usó las herramientas para comenzar a desmantelar aquella máquina. La parte más importante, las luces de neón, parecían estar intactas. El cableado del interior también presentaba un buen aspecto aunque había menos de lo que esperaba. Usando cinta aislante de la caja de herramientas logró una conexión improvisada con las luces de neón. La primera luz comenzó a brillar sin problemas, aunque algo más débil de lo que esperaba, debido a su tamaño.

— ¡Funciona! —exclamó Kim, aplaudiendo con gozo.
— Claro que funciona —dijo Tommy tratando de sonar más confiado de lo que se había sentido respecto a su plan.

No le llevó mucho más el duplicar el arreglo con la otra batería y usar la cinta aislante para asegurar los cables y crear una especie de mango por el que Kim pudiera sostener su batería en las manos. Tommy se conformó con pegar su tubo de luz de neón al palo de escoba que utilizaba como bastón.

Pero aún tendrían que pasar la última prueba. Si acaso las luces eran demasiado débiles para espantar a los bichos, Kim y él morirían despedazados. La herida en su pie izquierdo le recordó el dolor que esos seres eran capaces de inflingirles. “Lo que pase, pasará” pensó Tommy tratando de alejar el pesimismo que sentía. Las risitas de Kim lo hicieron volver a la realidad.
— ¿Qué es tan gracioso? —inquirió el joven viendo cómo Kim trataba de ahogar las risitas, poniendo una mano sobre su boca.
— Es que eres casi igual a él —respondió ella con una gran sonrisa—. Eres casi igual al Mago Verde, con su bastón mágico. Pero tu luz es rosa.

Tommy sonrió al recordar esa caricatura. Era algo más vieja que los Rocket Riders, pero había logrado ver algunos episodios en la televisión local durante su infancia.

— Entonces eso te convierte en ese feo duende que siempre iba detrás de él, aprendiendo cosas —comentó Tommy soltando una carcajada al pensar en como sería una Kim-duende.

La chica comenzó a reír aun más fuerte y Tommy se le unió. Rieron por un par de minutos olvidando la precaria situación en que se encontraban.

— Sería bueno que Daisy ría también cuando la veamos —dijo Kim bajando de nuevo el tono de su voz.

Tommy se acercó cojeando hasta dónde estaba ella, y le dio una palmada en la espalda. —Bueno, sólo hay una manera de saberlo —la animó el joven.

Cinco minutos después los dos estaban de nuevo en las calles de aquel pueblo falso caminando con paso lento hacia la plaza central. Cada uno llevaba una de las batería de automóvil agarrándolas por medio de un asa de plástico con una mano y la luz de neón en la otra; animados por la esperanza de que no fuera demasiado tarde para rescatar a su amiga.

 

XXIV

Daisy se encontraba casi cara a cara con aquella esfera de luz casi irreal. “Tal vez pueda arrastrarme a algún lugar mientras el bastardo está distraído” pensó ella. Claro que sería casi imposible con la pierna derecha herida y bajo la vigilancia constante de esas bestias que se la pasaban caminando a varios metros de distancia. La luz parecía molestarlos pero no tanto como para dejarla sin vigilancia.
El ruido la sacó de sus cavilaciones y vio como el desagradable Nick-Insecto arrastraba un enorme cilindro a una corta distancia de dónde estaba ella. La luz tan brillante no le dejaba ver bien, pero parecía que estaba arrastrando una especie de barril metálico, la mitad de alto que el cuerpo del Nick-Insecto, pintado con un brillante color amarillo. El Nick-Insecto quitó la tapa al barril con gran facilidad y comenzó a gesticular con todas sus extremidades superiores. A veces parecía tener algo de técnica, el resto del tiempo parecía como si estuviera llevando a cabo algún tipo de ritual mágico, soltando chirridos que variaban en intensidad. Daisy se tapó los oídos pero aún así aquel ruido era casi demasiado para ella.
El ruido cesó, la chica levantó la vista.  Daisy se forzó a tratar de descifrar qué era lo que ese hijo de perra estaba sintiendo. Las frías aristas de obsidiana volvieron a cortar su alma pero pudo al menos vislumbrar un destello de la emoción, lo suficiente para saber que se trataba de lo más parecido a la satisfacción que ese monstruo podía sentir.
El Nick-Insecto emprendió el vuelo extendiendo sus alas iridiscentes, dejando el barril en su lugar. Pero ahora un extraño vapor formado por partículas brillantes de color plateado comenzaron a flotar hacia la gran esfera de energía, atraídas hacia el centro de la misma.
Otra de esas emociones extrañas y puntiagudas le asaltó. A juzgar por la intensidad, era algo que todos esos bichos a su alrededor estaban sintiendo al mismo tiempo. No podía ser una coincidencia que ocurriera en cuanto el tambor de metal fue abierto.

Daisy echó un vistazo a su alrededor tratando de identificar alguna posible vía de escape. No sabía si era posible que el insecto trajera a más de sus amigos, pero sí estaba segura de que no quería estar cerca si eso pasaba. Tras todo lo que había visto en los últimos días, a Daisy no le costaba nada el creer que hubiera otros mundos aparte del que ella conocía. Desde hace rato había esperado a que Tommy y Kim intentaran rescatarla. Pero poco a poco, conforme los minutos se habían convertido en horas, se dio cuenta de que era una esperanza poco realista. Lo más probable era que se hubieran ocultado en el edificio, esperando capear la tormenta que se avecinaba, para luego seguir intentando llegar a algún lugar seguro.

Aún sabiendo eso, Daisy se habría sacrificado de nuevo. Era chistoso, como en las películas y en la televisión ponían el sacrificio heroico para salvar a alguien como si fuera lo más natural del mundo. Pero en la realidad era algo muy difícil de hacer.
Así que esa era la manera en que iba a morir. No a los noventa y tantos años en su cama y rodeada por sus seres queridos. Sería a los diecisiete años, en la plaza de aquel pueblo falso, sola y devorada por un enjambre de bichos de otro mundo.
¿Acaso vería de nuevo a sus padres? Los tres habían pensado que por fin podrían ser una familia, tener una vida mejor a lo que estaban acostumbradas su madre y ella. Ya casi lo había aceptado. En el peor de los casos, el Nick-Insecto tendría éxito y la suya solo sería la primera muerte del resto de la gente de la Tierra.

Trató de alejar esos pensamientos fatalistas de su cabeza. Pronto empezó a pensar en los últimos días de vida de Shawn. Daisy no dejó de sentir desagrado por él un solo día a partir del incidente en la cocina. Al principio Shawn no mostró más que una leve aversión a estar cerca de ella, pero con el paso del tiempo fue empeorando, encerrándose cada vez más en sí mismo. Fue Janice quién lo descubrió aquel día, la primera vez en seis meses que logró salir temprano del trabajo. Los peatones se amontonaban justo en frente de su edificio de departamentos. Varios vehículos de la policía y una ambulancia estaban estacionados a un lado de la acera.
Janice sabía muy bien que eso sólo podía significar dos cosas: alguien en el edificio había cometido un crimen, o había sido víctima de uno. La mujer sintió un nudo en la garganta conforme se iba acercando. Un par de vecinos la reconocieron, y volvieron la mirada.
Shawn había saltado desde lo alto del edificio de doce pisos. El personal de emergencia apenas lo acababa de subir a la ambulancia, pero no había nada que pudieran hacer por él.

Daisy recordó que las emociones de su madre bajaron en su intensidad, casi como el volumen del televisor. Eran casi imperceptibles, excepto por la tristeza que resultó sorprendente para ella. Aquello le afectó de manera profunda. Ella había sentido una enorme negatividad en su contra pero nunca deseó que aquello pasara. No se sentía triste ni satisfecha, sólo vacía por dentro, lo que era una sensación desagradable.

Y ahora, tras entender mejor lo que podía hacer, tenía que aceptar la posibilidad de que la muerte de Shawn hubiera sido su culpa. No había intentado manipular las emociones de alguien más hasta que usó su habilidad para salvar la vida de Kim, pero tal vez lo había hecho de manera inconsciente.

La adolescente comenzó a sentirse llena de culpa y arrepentimiento. Quería gritar que si hubiera sabido que podía pasar no lo habría deseado, pero no había manera de deshacer el pasado. Las lágrimas comenzaron a brotar de sus ojos mientras que las bestias empezaron a reunirse a su alrededor mantenidas a raya por el brillo de la creciente esfera de luz.

Daisy secó sus lágrimas con el dorso de sus manos. Las partículas plateadas comenzaron a flotar con mayor rapidez hacia la esfera de energía que empezó a soltar descargas eléctricas a su alrededor. “Lo que sea que esté planeando, va a empezar” pensó la chica. La adolescente sintió como si un enorme peso le fuera levantado de sus hombros. No había manera en que ella pudiera cambiar el rumbo de los acontecimientos. Sólo tenía que echarse al suelo y dejarse llevar. Sintió la misma calma que había forzado a Kim a sentir.

Le parecía que había pasado toda una vida desde su escape del Café Nexus. Pero de acuerdo a su reloj interno ya debían haber pasado dos noches, al menos. La chica se acostó contra el suelo. Las estrellas congeladas del cielo nocturno llenaron toda su vista. Ni siquiera brillaban como lo hacían en las noches normales. Acaso la eternidad fuera así: un lugar sin tiempo. Al principio pensó que se había quedado dormida, y estaba teniendo un sueño pero todavía estaba lo bastante despierta para estar consciente del frío del suelo bajo su espalda, y del molesto resplandor de aquella esfera de energía brillante, sus chispazos pegando contra el concreto y el pasto de la plaza.

Los Zjaks se agitaron. Sus chirridos comenzaron a subir de volumen y sus garras arañaban el suelo conforme se movían a su alrededor. Daisy abrió los ojos. Aquello no era un sueño. La adolescente se sentó lo más derecha que pudo. La fuente del alboroto provenía de calle arriba, a sólo un par de cuadras de distancia.

Tommy y Kim iban avanzando con lentitud. Les hubiera gustado ir más rápido, pero su carga ya de por sí era pesada y debían dividir su concentración entre avanzar al mismo tiempo y mantener a raya a las bestias que corrían hacia ellos. Aquel era el momento de la verdad. Tommy rezó porque la batería durara lo suficiente.  Los dos empuñaron las luces de neón frente a ellos, justo ante las bestias que comenzaban a acercarse. Los Zjaks se detuvieron de inmediato de manera instintiva al percibir aquella luz que tanto odiaban.

— ¡Creo que está funcionando! —gritó Kim, llena de entusiasmo. La chica pecosa vio como las bestias se habían quedado paradas en seco frente a ellos. Uno de esos monstruos había tratado de avanzar pero sin lograrlo. Conforme iban avanzando con paso lento, los bichos comenzaron a retroceder.
Ya se les habían unido otros miembros de la jauría pero ellos también mantuvieron su distancia. Algunos habían comenzado a emitir su espantoso canto pero se quedaban callados conforme Tomy y Kim avanzaban, llevando en sus manos los tubos de neón azul y rosa. Pero tenían que apurarse. Tommy no tenía idea de cuánto tiempo podía durar la carga de la batería. En cuanto esa también se agotara quedarían a merced de la jauría sin nada que les protegiera.

Las bestias les dejaron pasar sin problema. Tommy y Kim trataron de apresurar el paso lo más que pudieron, mientras cargaban con las pilas.

— ¡Vamos, sigue caminando! —gritó Tommy, tratando de no perder de vista a las bestias.
— Tommy… —dijo Kim, a la vez que aflojaba el paso.
— ¡Debemos llegar con Daisy! —la animó el joven, su mirada recorría el filo de la luz de neón confundiéndose cada vez más con la de la esfera de energía.
— Tommy… —la chica trató de hacerse oír, su compañero la ignoró.
— Ella estará bien, no te preocupes —comentó finalmente el joven.
— Tommy, ya estamos aquí —reveló Kim, con un tono de molestia en su voz.
— ¿Oh? ¡Es cierto! —exclamó Tommy complacido.

Se había concentrado tanto en el esfuerzo de caminar a todo lo que podía con su pie herido, tratando de mantener a raya a los bichos que no se había dado cuenta cuando llegaron al borde de la plaza. Las bestias se encontraban a una buena distancia, espantadas tanto por las luces de neón como por el brillo de la concentración de energía que se arremolinaba en medio del lugar.

Tommy y Kim miraron a su alrededor, tratando de encontrar a su compañera por entre el brillo cada vez más intenso que les rodeaba. La fantasmagórica luz verde era tan intensa en aquel lugar que parecía borrar incluso las sombras de los objetos más cercanos. Justo casi en el borde de aquel brillo Kim encontró a Daisy. Ella estaba sentada a unos metros de aquella enorme esfera de luz que parecía pulsar con vida propia. A su alrededor, el aire se llenó de chispas eléctricas y pudo sentir como cada cabello de su cuerpo comenzaba a erizarse.

— ¡Tommy, allí está! —avisó la chica menuda tratando de correr hacia Daisy, pero el peso de la batería que ayudaba a cargar se lo impidió. Los dos jóvenes caminaron con gran esfuerzo hacia ella. Esta no podía creer lo que veía. En verdad habían vuelto por ella. Estaba tan emocionada que se puso a llorar.
— Daisy, ¿estás bien? ¿Estás herida? —preguntó Kim al ver que estaba llorando. La chica soltó la batería y la luz de neón para poder acercarse a su compañera. Tommy estuvo a punto de dejar caer la suya contra el suelo pero hizo un esfuerzo sobrehumano para posarla en el piso con apenas un ligero golpe.

La adolescente negó con la cabeza en respuesta a Kim al tiempo que le mostraba una brillante sonrisa. Otra vez volvía a sentirse llena de esperanza.
Tommy llegó cojeando con su bastón adornado con la luz de neón rosa apretada en su mano izquierda y ayudó a Kim a levantar a Daisy, pasando cada uno un brazo por encima de sus hombros.
— ¿Acaso están jugando a la Guerra de las Galaxias? —bromeó Daisy al ver las luces de neón que habían llevado en sus manos.
— Claro pero como ya no hay más espadas láser tendrás que ser Chewbacca —respondió el joven con un tono de burla.

Kim trató de dar un paso vacilante para alejarse de ese lugar pero Daisy los detuvo.

— Esperen, no podemos irnos. Nick… bueno, la cosa dentro de él va a traer a más de ellos —soltó Daisy.

La chica les contó lo mejor que pudo lo que había comprendido de la explicación de aquel monstruo.

— Hijo de puta —dijo Tommy al tiempo que se volvían para ver la esfera de luz—. ¿Así que hay más como él?
— Con uno ya es demasiado —afirmó Daisy mientras miraba la esfera que se convertiría en el portal, a través de sus párpados entrecerrados—. Hay que acercarnos más.

Los tres caminaron hasta dónde estaba la batería de Kim y sin decir palabra esta entregó su luz de neón a Daisy y usó ambas manos para ayudarla a cargar la batería. Los jóvenes avanzaron hacia la esfera de luz con gran lentitud. Daisy tenía que apoyarse en Tommy, quién también debía cargar con el peso de su batería. Daisy comenzó a pensar que tal vez fuera inútil. No tenía la menor idea de como el Nick-Insecto había encendido aquella cosa. Acaso lo mejor que pudieran hacer era alejarse de inmediato.

“¿Y dónde diablos está el bastardo?”, se preguntó Daisy. El sonido de sus alas batiendo detrás de ellos fue la respuesta. Los tres se volvieron al mismo tiempo. Ahí estaba el ser que se había ocultado dentro del cuerpo de Nick. Este repicó sus mandíbulas hacia ellos.
Mientras Tommy y Kim se quedaban pasmados al ver aquel nuevo monstruo, Daisy se quedó mirando hacia el tambor metálico a unos pasos de la esfera de luz. Lo más seguro es que eso fuera el ingrediente final, el último paso necesario para que pudiera  abrir el portal.

Los tres comenzaron a retroceder con cada paso que el Nick-Insecto daba hacia ellos. No parecía que ese ser estuviera afectado por las luces fluorescentes pero no se les ocurría otra cosa que hacer que ponerlas entre ellos y aquel ser.
— El tambor de metal —susurró Daisy al retrocede con cuidado—.Sin él tal vez no pueda abrir el portal.
— No creo que nos deje acercar —respondió Tommy sin dejar de ver al monstruoso insecto. A él le parecía como si una avispa y un abejorro hubieran tenido un bebé que luego hubiera caído en algún desecho radiactivo.
— Entonces al menos hay que alejarlo por un buen rato —propuso la chica tratando de ignorar el dolor que sentía en la pierna derecha—. Esa cosa de luz brillante no puede durar para siempre.
— Parece un buen plan —dijo Tommy. El Nick-Insecto se acercaba cada vez más a ellos.

Fue justo en ese momento que las luces de neón  comenzaron a parpadear. A Tommy se le ocurrió de inmediato que estaban justo en medio de algún fenómeno eléctrico y aquello debía afectar las baterías. El joven agitó su bastón en el aire esperando que el movimiento reviviera la luz de neón. La luz volvió a encenderse pero había algo raro. La intensidad de la misma iba creciendo más  y más, hasta que de manera sorpresiva atrajo una de las chispas eléctricas que surgían de la esfera verde eléctrica.

La batería que traía en las manos se calentó sobremanera. Tommy la soltó de inmediato temiendo que fuera a explotar. La chispa eléctrica pasó por la luz de neón rosa y saltó hacia el Nick-Insecto.

El monstruo soltó lo que debía ser un chirrido de dolor. El joven mantuvo el bastón improvisado en lo alto lo más que pudo, sentía que incluso la madera del palo de escoba comenzaba a calentarse. Por un momento temió que fuera a incendiarse pero el chispazo eléctrico que estaba redireccionando sólo duró un par de segundos más.

Nick-Insecto cayó al suelo su caparazón echando un humo maloliente que hizo que los tres jóvenes se taparan la nariz con las manos. De repente un viento feroz los golpeó, surgiendo de la esfera de energía verde a sólo unos metros de dónde estaban parados.

Daisy miró a su alrededor sintiendo que algo había cambiado de repente. Todas las luces del pueblo que habían sido encendidas por aquella enorme masa de electricidad comenzaron a parpadear. Y en el cielo nocturno pudo ver cómo se acercaban unas enormes nubes de tormenta que devoraban la luz de las estrellas a su paso. La noche dejó de estar congelada. Para Daisy era ahora obvio que fue algo que el Nick-Insecto había mantenido y si ahora había dejado de tener efecto, era porque estaba inconsciente, o tal vez muerto.

“Como si tuviéramos tanta suerte” pensó ella, tratando de pensar en cual debía ser su siguiente paso.

— Kim, vamos hacia el tambor —ordenó a la chica menuda tratando de que la oyera por encima del viento que iba haciéndose cada vez más violento—. ¡Tommy!

El joven conductor se había quedado mirando el tubo de luz de neón rosa con el que había redirigido la chispa eléctrica. La luz había recobrado su intensidad habitual pero podía ver que los extremos estaban algo chamuscados. Acaso no pudiera repetir el truco más que una vez. Tommy se volvió al oír que lo llamaban. Con ademanes Daisy le hizo ver que Kim y ella irían hasta el tambor pintado de amarillo para tratar de hacer algo. Pudo entender que Daisy le pedía que echara un ojo al Nick-Insecto en caso de que tratara de ponerse de nuevo de pie.

Le echó un vistazo a la batería que tenía conectada al bastón. Las terminales de metal brillaban al rojo vivo, pero se iban enfriando poco a poco. Pero por precaución se alejó de ella hasta dónde el alcance de los cables le permitieron, sin perder de vista al bicho bastardo.

Por encima del nauseabundo olor a quemado, Kim pudo percibir otro olor, uno más familiar. Levantó la vista hacia el cielo y vio las mismas nubes de tormenta que Daisy. Estas habían empezado a reunirse justo por encima de sus cabezas, como si amenazaran con caer sobre el pueblo. Lo único que faltaba era el sonido de los truenos. Era casi como las descripciones que ella había escuchado en la iglesia poco antes de que su madre y ella acabaran viviendo a salto de mata, de pueblo en pueblo. Era la señal de que el mundo había llegado a su fin para ser despojado por los monstruos y demonios.

 

 

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