Tim

— ¡No! Por favor, ya no me pegues, papá, ya no… —resonaba una voz infantil a través de la pantalla que reproducía aquella escena de violencia doméstica.
— Cállate ya la boca, inútil —una voz masculina elevada en un grito histérico llenó la pequeña habitación.

El humo de un par de cigarrillos se alzaba en la penumbra de la sala de consejo, el dueño de uno de ellos ordenó: “Detén la grabación, por favor”. Era el consejero principal. Las luces se encendieron y varios rostros con diferentes expresiones se le enfrentaron: El señor Tung, el autor de los últimos gritos proferidos por el televisor, se mostraba impasible con una ligera sonrisa delatada por la torcida comisura de sus labios; La dueña de uno de los cigarrillos, la señora Tung, denotaba su nerviosismo incluso en la manera en que ascendía el humo de su cigarro; en la parte media del salón observándolo todo con mirada severa se encontraba la directora del Centro de Habilitación para Padres y por último, en un rincón cerca de la pantalla, se encontraba muy retraído Tim, un pequeño de seis años de edad con la cara asustada, una pijama de dinosaurio verde y en total expectación.

— Señor y señora Tung —empezó Liliana, la directora—, las pruebas presentadas demuestran que, desgraciada y ostensiblemente, han fallado en su oportunidad para obtener el permiso paternal definitivo.

Los aludidos guardaron diferentes silencios.

— ¿Tienen algo qué decir a su favor? —inquirió el consejero principal mientras apagaba su cigarro—, realmente habían estado haciendo un gran trabajo, pasaron las pruebas físicas y psicológicas, están abajo de la media de taras genéticas, su estado económico no es malo, pero desconocemos lo que falló últimamente…
— El exceso de trabajo y las horas extras a las que he estado sometido en los últimos períodos son un buen motivo —respondió sin remordimiento alguno el señor Tung, mientras lanzaba una mirada cargada de odio contra Tim. Este se hundió en su asiento.
— ¿Y usted que dice, señora Tung?
— No es mi culpa, yo realmente estaba al pendiente de sus necesidades y de que no le faltara nada, le ayudaba con sus tareas y… —contestó la señora mientras miraba con ojos húmedos al pequeño. Sus manos se aferraban a su bolso.
— ¿A gritos y empujones? —le espetó la directora tratando de contener su furia.
— Compréndame por favor, yo llegaba del trabajo sumamente cansada, debía preparar su ropa, sus tareas, la cena…

— ¿Y usted no ayudaba en las tareas domésticas? Señor Tung —atacó el consejero mientras anotaba algo en su computadora.
— Frecuentemente lo hacía, pero desde que el gobierno permitió esta maldita crisis en el área de la construcción submarina he tenido que trabajar mucho más; debo cumplir con los pagos al banco para evitar que nos quiten la casa; además de hacer labor social para saldar un pequeño monto de impuestos eludidos…
— Lo sabemos y entendemos perfectamente, pero eso no les da derecho a maltratar a un ser que no se puede defender de ustedes, ¿no lo creen así? —preguntó la directora.

El señor Tung guardó un silencio retador. Lo creía así.

— Pero pienso que ese pequeño maltrato se ve recompensado por todo lo demás que le hemos dado a Tim, ¿no lo creen ustedes? —se atrevió la señora Tung.
— ¡¿Pequeño?! —exclamaron al unísono los acusadores. De nuevo el consejero pidió que continuara la proyección mientras Liliana leía el informe.

— Excoriaciones en brazos y piernas, presumiblemente causadas por golpes con algún objeto de madera —el consejero alzó la vista de sus reportes, la pantalla le mostraba lo que el papel describía— ya que también se encontraron astillas en su piel. Pérdida de cabello en partes localizadas, sospechamos que debido a tirones bastante fuertes —una vez más levantó la vista hacia los acusados—. Desnutrición leve, desajustes en su período de sueño, faltas periódicas a sus revisiones médico-psicológicas, exposición prolongada sin supervisión a programas de televisión y sitios de la red no autorizados para niños, algunas cuantas faltas menores pero no ignorables. ¿Eso le parece pequeño? No me asuste por favor, señora —Liliana se ahorró pronunciar el apellido.

— Se los ruego, no nos priven de nuestro hijo —imploró.
— ¡Ja! ¿Nuestro hijo? —estalló el señor Tung golpeando la superficie de la mesa con ambos puños—. Estos entrometidos dicen que es “nuestro” hijo y quieren supervisar si lo bañamos, si lo cuidamos, si lo llevamos al médico, si le damos de tragar…
— Tome asiento, señor Tung —intervino la directora—, supongo, ya que se les informó desde las primeras pláticas, está enterado de que todo lo hacemos con el fin de crear mejores padres para que ellos, ustedes, cumplan con su función de crear mejor individuos para nuestra sociedad.
— ¡Mentira! —seguía exaltado, las venas de su cuello amenazaban con estallar—. Se han expropiado el derecho de la concepción, la crianza y educación de nuestros hijos, ese es papel de los padres y no del Estado ¡Entiéndalo!
— Se equivoca, señor Tung, a quienes queremos educar es precisamente a los padres, no a los hijos ¿no se da cuenta de ello? —preguntó la directora con la voz más tranquila que pudo fingir—. Fíjese dónde se encuentra: en el Centro de Habilitación para Padres. Sé que no padece deficiencias visuales —señalaba las paredes tapizadas de carteles impresos por el Estado que anunciaban claramente de qué se trataba el inmenso edificio.

— ¿Ustedes son padres? —se armó de valor la señora Tung.
— Ninguno de nosotros lo somos. Por mi parte nunca me interesó una responsabilidad tan seria, amén de que hubiera cambiado radicalmente mi modo de vida, y por otro lado ya no estamos en edad de aplicar a ello —contestó Liliana.
— Entonces ¿por qué demonios se endilgan el derecho a juzgarnos? —un manotazo más retumbó por la habitación.
— Recuerde que no somos nosotros quienes juzgamos, nosotros sólo evaluamos a los padres y el Estado es quien toma las decisiones.
— Nos quedan pocos años para aplicar para obtener el permiso y… y… ¡Mientras ustedes no sean padres no entenderán lo que es criar y desear un hijo! —estalló ahora la mujer.

— Recuerde, Señora Tung —comenzó con voz pausada el consejero— que el nacimiento de un hijo no nos hace de un día para otro poseedores de la verdad. Ni el no ser padres nos convierte automáticamente en idiotas en cuestiones de paternidad. Esos son argumentos demasiado viejos de algunos padres, normalmente incompetentes, para descalificar alguna opinión razonable de quien ve la situación desde una perspectiva externa. Estos son otros tiempos; antiguamente se creía que para ser padre bastaba con efectuar una agradable función biológica y ser fértil; Los padres creían que eran dueños absolutos de los seres que engendraban y peor aun, el Estado les otorgaba la potestad para que actuaran con la total libertad, o debería decir… ¿negligencia?, que ellos consideraran correcto. Nadie lo cuestionaba y eso nos hizo pasar muy malos momentos históricos. Amén de una superpoblación que nos tuvo al borde del desastre.

— ¿Y ahora cómo no va a decrecer la población? Si sólo unos cuantos son los agraciados para… —el señor comenzó.
— Agraciados no —lo corrigió la directora—, perseverantes en entender y capacitarse para llegar a ser buenos —recalcó esa última palabra— padres. No basta ser fértil, y ni siquiera es requisito, para ser un buen progenitor; Tampoco es ninguna cuestión de suerte.
— Entonces ¿por qué nos niegan un derecho tan natural? —al borde del llanto.
— Sólo se les niega si no demuestran competencia para la tarea que desean emprender. Como lo acaban de demostrar ustedes —la contención.
— Pero ¿por qué se meten en nuestras vidas? ¿De qué nos quieren proteger? —él.
— La función del Estado —con las manos tocando las puntas de sus dedos comenzó el director— es tratar de dar a los ciudadanos una mejor calidad de vida y proteger su bienestar evitando que sufran daños en manos de terceros. Precisamente por eso existen reglamentos tan estrictos para el ejercicio de cualquier profesión, para la portación de armas e incluso para el manejo de vehículos. Si no se demuestra una total competencia en su manejo alguien puede salir bastante lastimado o incluso muerto. ¿Usted se dejaría intervenir quirúrgicamente por un adolescente que tiene nociones de primeros auxilios? Lo mismo aplica a la paternidad.

— Pero seríamos sus padres ¿cómo podríamos lastimarlo? —el llanto.
— ¿ Les muestro de nuevo el video? —el reto.
— Entonces, entrometidos, ¿por qué no solicitan un certificado de capacidad para el matrimonio también? —el sarcasmo.
— Si dos adultos de mutuo acuerdo eligen hacer de sus vidas un desastre el Estado tiene que respetar esa “sabia” y personal decisión. Eso no involucra a terceros, como los hijos —la ironía.
— ¡Sólo los padres tienen derecho a decidir sobre sus hijos y su crianza! —no se rendía el señor Tung.
— Estamos totalmente de acuerdo con eso. Recuerde el lema de nuestra institución, Señor Tung —le contestó, aún con calma, la directora indicando el poster más grande de la habitación— “El papel de los padres no es criar niños, sino crear hombres”

— ¿Cómo es posible que parejas de homosexuales y lesbianas estén autorizados para ser padres y nosotros que somos un mejor ejemplo estemos impedidos para ello? —la insistencia de él.
— Dejando de lado sus arcaicos y sorprendentes prejuicios, Sr. Tung —el cercano fin de la paciencia—, esas personas a las que usted ha hecho referencia aprobaron las pruebas que ustedes no han podido pasar, demostrando así que están mejor capacitados para ser padres; Mejor aun que muchas parejas “normales”, desde su punto de vista, desde luego.
— ¿Y cómo lo vamos a lograr si ustedes no nos dejan? —la evasión de ella.
— Nuestra función es evitar que personas como ustedes, que no están capacitados para ser padres, lleguen a hacer daño a seres humanos inocentes e indefensos —la directora dirigió una mirada tierna a Tim quien sólo observaba en silencio a los adultos que lo acompañaban—. Y piénselo bien, gracias a nuestros métodos la sobrepoblación ha desaparecido de la tierra y con ella la pobreza, el hambre, las enfermedades pandémicas y todas las demás tragedias que ella trae consigo, incluyendo el maltrato infantil. El Estado lo está haciendo bien.

— Y si ya controlaron la superpoblación, ¿por qué no dejan ser las cosas como antes? —lágrimas en los ojos la señora Tung, adivinando lo que les esperaba.
— Queremos evitar el sufrimiento a cualquier ser humano y para eso empezamos por vigilar cuidadosamente a quién se le permite hacerse cargo de un hijo, que, a final de cuentas también es un ser humano —ella.
— ¿Nos lo van a quitar?
— De momento sí.
— ¿Perderemos el derecho de ser padres a pesar de lo bien que íbamos?
— Eso no lo decidimos nosotros, pero dadas todas las pruebas aportadas por Tim… supongo que así será.

Con un odio enajenado el señor Tung se abalanzó repentinamente contra el pequeño. Lo estrujó tomándolo por los hombros y antes que nadie pudiera reaccionar le propinó una sonora bofetada— ¡Por cooperar con ellos, desgraciado malagradecido!

El golpe tiró a Tim de su asiento, se llevó las manos al rostro y comenzó a sollozar, el consejero llamó a seguridad, los guardias sometieron a los señores Tung alejándolos del pequeño.

— Considere con esto una rotunda negación a su solicitud de Engendración, señor Tung —le advirtió el consejero casi en cólera.
— ¡Al diablo con ustedes y sus malditos métodos! ¿De qué me acusan? ¿De golpear una máquina del Estado? ¡Al diablo! —se escuchaban aún los gritos por el pasillo—. ¡Están locos!

La Directora se inclinó para ayudar a Tim a incorporarse —¿Estas bien, pequeño?— Lo interrogó mientras le desconectaba la interfase que iba de su nuca al proyector.

— Sí, señora —respondió con timidez Tim.
— Muy bien, no te preocupes —dijo mientras le acomodaba la pijama verde, el cabello lacio y le acariciaba la enrojecida mejilla—. Ahora te llevaremos al Centro de Reprogramación, así te olvidarás de todos los maltratos de este par de lunáticos; Y ahí en el Centro, te enviarán con una nueva pareja que ya va en la etapa seis y te necesitan en su casa; Estrenarás padres, nombre y apariencia ¿Qué te parece?
— Muy bien, señora, gracias, señora —tímidamente.
— Te aseguro que ahí tendrás mejor suerte, chico —completó el Consejero mientras lo tomaba de la mano para llevarlo al Centro de reprogramación—. Ellos ya casi logran la autorización.

Y en voz muy baja, volteando su cabeza hacia el final del pasillo por el que aún arrastraban al señor Tung, Tim musitó en una voz apenas audible: “Adiós, papá, adiós, mamá. Los quiero.”

Samuel Carvajal.

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