Aishra

I

Como cualquier otro niño de su edad Miguel tenía un amigo imaginario, mejor dicho: amiga.
Aishra, según argumentaba el niño, era una mujer de edad avanzada que había sido enviada por Dios para cuidar de él cuando sus padres no estuvieran en casa. En un principio a Ana y Jorge les extrañó que el amigo imaginario de su hijo fuera mujer, hasta que les mencionó la edad  de Aishra  y el hecho de fue enviada del cielo; fue entonces cuando Jorge asoció esto con la reciente muerte de su abuela, quien conviviera con él desde que nació; concluyó entonces que el inconsciente del niño creó a Aishra para compensar la ausencia de su abuela.

Miguel se pasaba horas jugando con su amiga imaginaria: a las escondidas, atrapadas e incluso se inventaba aventuras extraordinarias de las cuales era el protagonista, claro,  siempre con su fiel compañera. Durante las noches, decía Miguel, Aishra le contaba historias y le cantaba para ayudarlo a dormir; Ana y Jorge, como hubieran hecho otros padres con sus hijos, fingían creer todas las historias que les contaba.

II

La mañana del jueves 10 de julio de 1997, como ya era costumbre, en la casa reinaban las risas y los pasos apresurados de Miguel mientras jugaba. Jorge había salido a trabajar y Ana, quien en aquel entonces se dedicaba sólo a las labores domésticas, estaba en la cocina preparando el desayuno. Miguel había dejado de correr por la casa y comenzó el juego que desde hacía más de un mes se había convertido en su favorito; no era capaz, al igual que su madre, de comprender su finalidad pero le parecía muy divertido, en especial porque Aishra le acompañaba.
El juego se llevaba a cabo a través de la cortina del cuarto del niño; Miguel debía pararse de un lado y, supuestamente, Aishra del otro, el niño ponía las manos con las palmas abiertas sobre la cortina para juntarlas con las del compañero y ambos comenzaban a hacer círculos sin despegar las manos; después de hacer trece círculos Miguel debía despegar las manos y asomarse al otro lado. Este juego inquietaba a la madre del niño, a ella le daba la impresión de que su hijo se apoyaba tanto a la cortina que parecía como si alguien (o algo) lo estubiera sosteniendo desde el otro lado; una vez, incluso, tuvo la tentación de interrumpir el juego y tirar de la cortina para terminar con su inquietud pero su miedo pudo más.
Aquel mismo día salió a dar un paseo y se tranquilizó a sí misma, cosa que le fue de mucha ayuda, ya que no se volvió a inquietar por el extraño juego de su hijo… O al menos hasta la mañana siguiente. La mesa ya estaba lista con el desayuno (un huevo estrellado con frijoles y arroz para cada quien y un vaso de jugo de naranja).

─ ¡Miguel! ─llamó clavando la vista en el chico.

Miguel que estaba a punto de poner la palma de la mano derecha sobre la cortina, giró la cabeza, sonrió a su madre y se encaminó a la mesa.

Durante esa pequeña fracción de segundo el corazón de Ana dio un vuelco; estaba completamente segura de que aquello no lo había imaginado, ¡todo fue tan claro! Cuando Miguel giró la cabeza y despegó la mano de la cortina, sobre ella había una silueta, la de una mano, que estaba empujando la cortina y de inmediato se retiró.

Pasada una semana, después de haber despertado exaltada y gritando de una pesadilla en la que una mano salía por debajo de la cortina y tiraba del pie de su hijo, le contó lo sucedido a su esposo.

─ ¿Estas segura de lo que viste? ─le había preguntado su esposo.
─ ¡Sí! Por dios, sí ─contestó antes de echarse a llorar.

Jorge la pegó a su pecho y acarició su cabello hasta que se hubiera tranquilizado. A él también le inquietaba aquel juego; ambos concordaban en que realmente parecía haber algo del otro lado sosteniendo al niño. Esa noche hicieron el amor como dos adolescentes que, tímidos, unen por primera vez sus cuerpos, guiados por la pasión y el amor que sienten el uno del otro.

III

26 de abril de 1998.

La llamada del departamento de urgencias llegó aproximadamente a las diez veintisiete de la noche; Jorge acostó a Miguel en su cama lo más rápido que pudo y, sin reparar en si se había dormido o no, salió de casa a las once en punto, directo para el hospital.

Ana ya estaba siendo dirigida a la sala de partos cuando su esposo llegó.

Miguel.

A Miguel ya le habían explicado, de la forma más correcta para un niño de su edad, que tendría un hermanito y sabía perfectamente lo que significaba aquella llamada, pero de igual manera le asustó ver que su papá saliera con tanta prisa. Eran más de once treinta y él aún no lograba conciliar el sueño. No paraba de revolverse en la cama hasta que, cansado, se quedó boca abajo y con las manos extendidas sobre los costados.

─ ¡Ptss! ¡Ptsssss!

El niño ni se inmutó.

─Hey, Miguel ─susurró una voz que al parecer provenía de debajo de la cama.

Esta vez Miguel sí logró escucharlo; se volvió y recostado de lado, tratando de ver en la oscuridad, contestó a la voz.

─ ¿Aishra? ─los ojos del niño se movían por toda la habitación.
─ Pues claro que sí, amigo. Sé que no puedes dormir, ¿Quieres jugar conmigo? Así te cansarás y caerás como tronco una vez hayas tocado la cama. ¿Qué dices?

Miguel asintió en medio de la oscuridad y bajó de la cama.

─ ¿Dónde estás, Aishra?
─ ¡Aquí!

En ese momento una mano vieja, arrugada y de un tono grisáceo, emergió de debajo de la cama y tomó a Miguel del tobillo; la extremidad estaba fría y demasiado rasposa.

Hugo.

─ Muy bien, Ana, llegó el momento. Puja.

Ana lo hizo con todas su fuerzas, una y otra vez. El dolor era insoportable pero la felicidad que sólo puede sentir una mujer a punto de convertirse en madre y…, tal y como también lo pensaba su esposo que se había quedado dormido en la sala de espera, sentía una gran tranquilidad porque Miguel ya tendría a un compañero real de juegos y se olvidaría de su amiga imaginaria.

Miguel.

Miguel calló al suelo, por fortuna sus codos evitaron que se golpeara la cabeza. Con los brazos hormigueándole dolorosamente por el golpe, se abrazó a la pata de la cama con tanta fuerza que él mismo se sorprendió.

─ No te va servir de nada, mocoso. Tú ya eres mío ─Aishra ya no tenía la dulce voz de una anciana, ahora se había deformado tanto que sonaba como un espantoso y rasposo susurro─. Todos esos juegos estúpidos en realidad eran parte de un ritual para enlazar tu alma con mi cuerpo. Aun te sostengas con toda la fuerza del mundo, tú ya eres mío.

Hugo.

 ─ Perfecto, la cabeza ya está afuera. Siga así, Ana, ya falta poco ─dijo el médico, tomando la cabeza del bebé.

Miguel.

Llorando, con los ojos cerrados, Miguel no estaba dispuesto a rendirse. No sabía si era imaginación suya pero sintió que la fuerza con la que la bruja tiraba de él estaba disminuyendo.
Apretó más los ojos, se sostuvo con más fuerza y se desgañitó en un grito.

Hugo.

El médico tiró con delicadeza de la cabeza del bebé y Ana pujó con todas las fuerzas que el dolor le permitía; y en el acto pegó un grito tan fuerte que aturdió un poco a la enfermera que se encontraba a su lado.

Miguel.

De la nada dejó de sentir la presión sobre su tobillo. Al parecer la bruja había desaparecido.
El niño permaneció llorando, tendido sobre el frío azulejo del piso; su respiración estaba acelerada y el corazón le palpitaba como si hubiera corrido una maratón.

Hugo.

Ana y Jorge se abrazaron, ambos presas del llanto. Él acarició el cabello de su esposa con una mano y con la otra pasaba delicadamente los dedos por sobre las mejillas de su hijo.

IV

Miguel no volvió a jugar con Aishra. Ahora que tenía un compañero de carne y hueso para jugar se sentía mucho más feliz; tenía un sentimiento de eterno agradecimiento hacía su hermano a pesar de no saber que el nacimiento de Hugo había sido el causante de que la bruja perdiera sus fuerzas en aquel tétrico encuentro. Hugo por su parte, y desde el primer momento que lo vio, se encariñó con su hermano, tal como si supiera, muy en el fondo de su infantil mente, que el motivo que le había dado la vida, era el de cuidar y acompañar a su hermano.

Omar Torres

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