El Sapo

La cena había estado deliciosa; pechugas de pollo rellenas de queso, acompañadas de espagueti y ensalada de lechuga. Roger recogió los platos y los cubiertos y los puso en el fregadero para lavarlos. Miró un instante por la ventana que tenía frente a él y alzó la vista al cielo, contemplando la enorme luna llena y la oscuridad grisácea que la rodeaba; a pocos metros del suelo se podía ver la neblina que se movía vaporosa y se alzaba buscando arañar el firmamento nocturno, tomar la lejana luna entre sus garras. Todas estas alusiones le trajo la vista de la noche por la ventana de su cocina y lo invadió una sensación de irrealidad, como si una grieta se acabara de abrir en las cercanías, una rasgadura en el espacio por donde podían entras leyes y cosas absolutamente ajenas al familiar mundo al que estaba acostumbrado. Sonrió ante la idea, le pareció ingeniosa, aunque totalmente descabellada.

Lanzó un suspiro y empezó a lavar los trastos, al tiempo que silbaba una melodía que cantaba en su mente: “so if you´re lonley, why you say you´re not lonley…”. Terminó de lavar los trastos, y también terminó de silbar la melodía. Se volteó quedando frente a la mesa y la silla en la que hace unos momentos acababa de disfrutar de tan deliciosa cena. Se quedó mirando la silla, contemplando los motivos florales verdes, cafés y rojizos en el fondo amarillo de la superficie del respaldo hasta que algo alteró su pacífica contemplación: uno de los motivos florales tenía un escalofriante parecido a la cara de un sapo. Cerró los ojos y agitó la cabeza como queriendo sacudirse tan extraña visión, pero cuando abrió los ojos y volvió a mirar, la cara de sapo seguía ahí.

Qué cosas hace la mente, pensó; juega con nosotros. Unas cuantas flores y hojas acomodadas así y asá de repente toman la forma de la cara de un sapo de ojos abultados con dos pequeñas pupilas en el centro y labios gruesos alrededor de una boca semiabierta. Sonrió ante la idea; la mente tiene extrañas formas de divertirse… Pero la sonrisa se borró de su rostro cuando las pequeñas pupilas se movieron lentamente hasta encontrarse con las suyas y los labios se empezaron a mover como queriendo articular una palabra. El juego de la mente, si eso era, había dejado de ser divertido.

Roger se quedó paralizado y apretó los puños cuando de los fofos labios, con voz gruesa y ronca, brotó una palabra: “¡Aliméntame!”. Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Roger e hizo que se le erizara la piel detrás de su cuello. Roger se quedó ahí, con la boca abierta. Quería correr pero no podía moverse. “¡Aliméntame!” Repitió el sapo desde el respaldo de la silla. Sin saber qué más hacer Roger le respondió: “¿Qué quieres comer?”. El sapo volvió a mover sus labios y dijo: “Sangre”. La palabra salió como un borboteo. Roger sintió la vibración de la palabra en su cuerpo. Todo era tan irreal, tan bizarro… Y tan aterrador.

Esto no es real, se dijo Roger; debe ser un sueño. Pero las palabras “real” e “irreal” habían dejado de tener sentido. Más allá de las definiciones y adjetivos el aquí y el ahora era lo único que tenía un significado; lo único verdadero era esta experiencia y aparte de ella no había nada más.

“No te puedo dar eso”, le dijo Roger al sapo en el respaldo de su silla, con un poco de valor y un mucho de miedo. “¡Aliméntame!”, esta vez la voz retumbó como dándole una orden. Roger se estremeció. “N-No puedo…”, respondió Roger tartamudeando.

Entonces un trozo de viga del techo cayó y golpeó a Roger en un hombro. “Aliméntame…”, repitió la voz, en un tono más bajo y grave, y a Roger le sonó como una amenaza. Esta vez, el miedo que lo había mantenido inmóvil lo hizo salir del hechizo en que se encontraba y de un rápido movimiento se dirigió a la puerta que estaba a un metro de él. Tomó la manija y jaló… La puerta no se movió. Movió la manija inútilmente hasta darse cuenta de que estaba encerrado. Esa cosa… ese sapo lo había encerrado.

Un pedazo de viga más grande que el anterior cayó frente a él, pasando a un par de centímetros de su cara. Roger, asustado, pegó su espalda a la puerta. La cosa de la silla lanzó un grito profundo, mitad gruñido, mitad croado, que casi hace a Roger vomitar. La cosa quería sangre y no había escapatoria. Sus opciones eran alimentarla o morir, o… quizás algo peor que la muerte, pensó Roger repentinamente, alarmado. El sapo, sin dejar de mirarlo, entrecerró los párpados, mostrando una mirada soñolienta y segura, carente de todo rastro de humanidad a pesar de hablar con palabras pertenecientes al género humano. Esta vez no dijo nada, habló con su mirada. Una mirada hipnótica. Roger avanzó lentamente hacia el sapo y este abrió su boca sin dejar de mirarlo. Estiró su mano, y la boca se abrió más, hasta asemejar un agujero negro en medio de un universo amarillento. La mano se acercó más, más, más… “¡No!!!”, gritó Roger, y salió corriendo aterrado y desesperado a su recámara, lejos de la cocina, para tratar de escapar a como diera lugar. Un grito ronco, inhumano, llenó la casa y las paredes empezaron a tambalearse ante los ojos asustados de Roger. Un sudor frío empapaba su frente y las palmas de sus manos y de forma irracional, instintiva, cubrió su cabeza con los brazos y cerró los ojos mientras el techo de la casa de desplomaba sobre él. Entonces… abrió los ojos.

Su frente y las palmas de sus manos seguían empapadas del frío sudor, pero él se encontraba acostado en su cama. Una pesadilla; todo había sido una horrible pesadilla. Roger cerró los ojos, suspiró profundamente y se secó el sudor de la frente con su antebrazo.

Estaba amaneciendo y la luz del sol entró por la ventana de su cuarto. Al ver la luz, Roger se sintió aliviado y sonrió mientras el recuerdo de la pesadilla se disipaba de su mente. Tomó el control de su televisor y lo encendió para volver a la realidad. Y en la pantalla, lenta pero claramente, se empezó a formar un rostro familiar… El pulso de Roger se aceleró y su frente se empezó a helar nuevamente cubriéndose de gotas de sudor, mientras dos abultados ojos lo miraban, y desde la bocina del televisor le llegaba el sonido de una sola palabra, pronunciada por unos gruesos labios con voz grave y ronca. Una sola palabra: “¡Aliméntame!”.

Jorge Sánchez (Reynosa, Tamaulipas) Nunca le gustó la escuela, pero siempre le encantó aprender. Sus principales pasiones son la historia (especialmente historia antigua), la música (sobre todo el rock y el jazz), y la lectura (mis escritores favoritos son H. P. Lovecraft y Philip K. Dick). Toca guitarra, dibuja ocasionalmente y empezó a escribir en marzo del 2016.

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