Café Nexus – Parte 7

La magia del relámpago

“Cuando abrió el tercer sello, oí al tercer ser viviente, que decía:
Ven y mira. Y miré, y he aquí un caballo negro;
y el que lo montaba tenía una balanza en la mano. ”
Apocalipsis de San Juan 6:5
 

XIX

Daisy tuvo que entrecerrar los ojos ante el brillo tan intenso que había ante ella. La fantasmagórica luz hacía que todos los cuerpos a su alrededor arrojaran sombras largas que se extendían como largos dedos que trataban de arrastrarse de vuelta a la noche que los envolvía.

La jauría de bestias caminaba justo al borde de la luz. Parecía que le tenían tanto miedo a las luces fluorescentes del Café Nexus. Pero no se alejaban más allá de unos metros, abriendo y cerrando sus picos, rascando con sus afiladas extremidades el concreto y el césped muerto del parque en el que estaban, manteniendo su vigilancia.

Nick apareció de entre las sombras que rodeaban al parque y se acercó a esa enorme bola de luz verde pulsante. Daba la impresión de estar viva con su constante zumbido ahora mucho más fuerte.

El mesero se volvió hacia donde estaba Daisy tirada en el suelo. Tenía la pierna derecha lastimada por la mordida de una de las bestias y apenas podía mantenerse sentada. A su espalda uno de esos bichos apuntaba sus largas antenas en su dirección.
— Así qué estás aquí-qui. Que bueno-eno —dijo Nick con el mismo tono ausente con que la había saludado en el paradero.

Dejó de agarrarse el cabello con la mano izquierda para aplaudir con un par de palmaditas como si fuera un niño. Sin nada que sostuviera sostuviera su cabeza esta cayó de lado, haciendo que se viera como un espantapájaros. A él no pareció molestarle para nada. Siguió dando de palmadas e incluso dio un par de saltitos mientras su cabeza rebotaba de un lado a otro.

Aun después de todo lo que Daisy había presenciado en las últimas horas, aquella vista la perturbó hasta el núcleo de su ser.
— Oh, lo siento-ento. A veces olvido que no son tan resistentes-tes como nosotros —dijo Nick, agarrando de nuevo su cabeza para ponerla en posición vertical.

Daisy se obligó a mantener la calma. Estaba por fin justo dónde quería, sólo ella y ese hijo de perra. Y ahora tenía una manera de acabar con él. La chica estiró su conciencia, hasta alcanzar el núcleo de emociones que debía pertenecer a Nick. El solo estar consciente de él era una experiencia agotadora. Parecía ser una masa negra, compuesta de la misma sustancia nauseabunda que había brotado de la bestia que Kim había matado. Sintió ganas de vomitar pero se contuvo, y se forzó a seguir más adentro. Nick la miraba con extrañeza mientras ella hacía aquel esfuerzo titánico. Debajo de aquella mugre la adolescente encontró lo que buscaba. Sus emociones sólo se parecían a las de las personas de manera tangencial, de la misma manera que cada color podía tener tonos muy diferentes. Pero esperaba que incluso ese bastardo fuera capaz de sentir miedo. Daisy se concentró como nunca en su vida. La sangre se le agolpó en la cabeza, al tiempo que trataba con todas sus fuerzas de que el miedo creciera y se volviera una inundación, que arrastrara a Nick en su totalidad, hasta que su cuerpo dejara de funcionar y el alma abandonara su cuerpo.

El mesero no pareció sentir ningún cambio. Su expresión mutó a una de curiosidad cuando se arrodillaba a una corta distancia de donde estaba Daisy.

— Curioso -rioso. ¿Qué crees que tratas de hacer? —preguntó él sin esperar una respuesta—. Pero que interesante truco-co.

Daisy lo ignoró y redobló sus esfuerzos. A pesar de cuanto lo intentó las emociones de ese tipo continuaron sin cambio alguno y acabó por marearse. Tenía la frente perlada de sudor, su respiración era agitada.

— Tratabas de hacerme sentir… eso que sienten ante el pe-peligro —dijo Nick dejando que su cabeza se moviera lo justo para mirar mejor a la chica—. Pero no hay eso aquí adentro. Sólo el Hambre.

Daisy soltó un chillido de dolor. Por un momento la emoción en el interior de Nick se había agitado, provocando que su superficie se llenara de puntiagudas aristas, tan filosas y negras como la obsidiana.

 — ¿La sentiste-tiste? Claro que sí, puedes sentir muchas cosas —continuó el mesero, inclinándose para quedar un poco más cerca—. Pero esto no es algo que quieres sentir, ¿no-no?

 — Tú, bastardo… ¡Los mataste! —gritó ella consumida por la impotencia y el dolor.

Nick puso la otra mano sobre su cabeza, agarró un mechón de sucio cabello rubio y cambió la posición de su cráneo, inclinándolo un poco hacia la izquierda.

— ¿Los gran-grandes? Los que estaban-ban contigo. Sí-sí, tenía que hacerlo. El Hambre —explicó él apretando el puño de la mano libre.

Aun cuando tenía el brillo fantasmagórico a su espalda, Daisy pudo ver la blancura de sus dientes a través de una sonrisa torcida.

— Mi ella-ella trató de detenerme. Más práctica. Pero no pude contener las ganas. Ella-ella siempre comía primero, y me dejaba sobras. No esta vez —dijo Nick, dejando de sonreír para apretar los labios en un gesto de desprecio.
— Bastardo  —soltó Daisy, llena de ira—. Si tenías hambre sólo tenías que buscar comida.
La sonrisa volvió al rostro de Nick. Encontraba divertido el comentario de la chica que temblaba por la tensión de todo su cuerpo.
— Sí, comida —coincidió Nick para luego señalarla con su mano libre—. Ellos. Tú. Todos. Comida. Pero curioso-oso. Nunca pien-piensan cuando llegamos-mos.
— ¡Claro que pensamos, imbécil! ¡La gente no es ganado!  —gritó la adolescente llena de frustración. No le parecía que ese tipo dijera nada que tuviera sentido.

Nick se puso de pie con calma. Encontraba un poco divertido el poder explicar a una de esas cosas lo que pasaba. Era un poco como tratar de comunicarse con una larva, con la diferencia de que la larva tenía un nivel de comprensión mayor. También odiaba ese lenguaje tan primitivo. Las palabras lo limitaban demasiado, ir más lento, cuando habría podido transmitirle toda la información en un instante de otras maneras. Pero el resto tardaría un poco más en llegar. No perdía nada con entretenerse un poco antes del gran inicio. Era fascinante poder hablar con uno que todavía tenía una mente. Claro que eso no le impediría devorarla. Él mismo tendría los primeros mordiscos de las mejores partes, para luego tirar los restos a los Zjaks.

 — Tu mundo —inició Nick apuntando al suelo. Luego subió la mano y con un ademán señaló a las estrellas del cielo—. No es uno-uno. Hay muchos más-más: arriba, abajo, a un lado.

Daisy apenas podía entender lo que trataba de decirle. ¿Acaso eran extraterrestres? ¿demonios salidos del infierno? ¿o algo muy diferente? A Nick no le importó la mirada de extrañeza en el rostro de la chica y continuó con su explicación.

— El Color y lo Negro. Lo Negro consume Color. En todos la-lados, desde siempre. Pensamos-amos que ya había llegado-ado aquí. Por eso venimos-mos —dijo el ser, mientras hacía una pantomima rara con su mano libre.

Pero las cosas no habían salido como ellos esperaban. La puerta sólo se había abierto por unos pocos segundos. Sólo él y su compañera habían cruzado junto con parte de la jauría. Habían esperado en medio de aquel desierto por largo tiempo. La jauría disminuyó de tamaño conforme los iban matando para comerlos. Esa había sido la parte más horrible en lo que a él concernía. Pero tenían que sobrevivir para traer a los demás a este mundo y alimentarse hasta la saciedad.

El mundo que habían dejado atrás ya no tenía ganado que consumir. Por un tiempo les pareció que este mundo era igual, una roca caliente casi carente de vida. Eso fue hasta que encontraron el camino, negro y duro como sus caparazones y los vehículos de metal que transportaban al ganado en su interior. Les había parecido muy curioso que pudieran moverse de un lado a otro por su propia voluntad y hacer cosas en vez de sólo quedarse parados esperando a que las jaurías les hicieran pedazos. Aun así por un largo tiempo pasaron hambre. Sólo podían comerlos ocasionalmente, cuando alguno de sus vehículos se quedaba parado a un lado del camino, en mitad de la noche. Como cazadores que eran, sabían que no debían dejar ningún indicio para no asustar al resto de sus presas.

Las temporadas pasaron, dos veces según su cuenta. La jauría con la que habían llegado se había reducido hasta quedar sólo poco más de una docena. Hasta que tuvieron un golpe de suerte y encontraron el Café Nexus. Observaron el lugar con curiosidad por un tiempo. Era un lugar en el que los nativos detenían su vehículo de manera voluntaria, se quedaban por un rato y luego volvían al camino.

No tuvieron mayor problema en acabar con el ganado que había dentro. Pero antes de consumirlos, su pareja tuvo una idea, que a él le pareció excelente. Los Zjaks y ellos se alimentaron con las porquerías que encontraron en la cocina de aquel lugar. Por fin con una base establecida, con la que podían alimentarse de manera regular comenzaron a explorar más a fondo sus alrededores.

— Encontramos este-te lugar. Y otros más, con co-cosas u-útiles —comentó Nick señalando hacia la esfera de luz brillante.

El cerebro de Daisy trabajaba a toda velocidad, tratando de poner en orden lo que el espantajo le dijo. Por fin levantó la mirada hacia dónde él estaba obsrvándola todavía con curiosidad.
— Así que esa cosa brillante… ¿es para que vuelvas a tu casa? —preguntó Daisy.

Si todo esto había pasado para que ese “E.T.” homicida pudiera llamar a casa, habría sido el colmo, pensó ella.

Nick balanceó su cabeza floja de un lado a otro, con algo de pereza. Era tan difícil moverse y hablar, como uno de esas cosas.

— No-no. Yo no-no voy —reveló el espantajo con una calma que le crispó los nervios a la chica—. Otros vendrán-rán.

Esta última frase hizo que la sangre se le congelara en las venas a Daisy.

— Ya me cansé-sé de piel de encima —añadió Nick soltando su cabeza.

El mesero comenzó a contorsionarse de manera espantosa. Su cuerpo cayó al suelo pedazo a pedazo. El crujir de huesos y el húmedo sonido de los pocos órganos que le quedaban dentro aplastándose y rompiéndose llenó el aire. Daisy otra vez sintió ganas de vomitar ante tal espectáculo. Los huesos asomaron a través de la piel empujados por debajo. La boca del cuerpo se abrió cada vez más y más, su quijada desencajada. Parecía como si viera a una anaconda tratar de comer un animal de gran tamaño pero en reversa. La quijada se desencajó y cayó con un golpe seco contra el concreto del suelo. Una masa negra, cubierta de una baba amarilla fue emergiendo poco a poco, mientras que el resto del cuerpo caía al suelo. La chica vio con horror como unas extremidades de insecto surgieron de esa masa, clavándose en la tierra frente a ella. Por reflejo intentó arrastrarse para alejarse pero la bestia que la había estado vigilando soltó uno de sus chirridos espantosos. Al final, la enorme masa asquerosa se incorporó. Entonces comenzó a sacudirse con crujidos que le recordaron el de un huevo rompiéndose.

La masa produjo más extremidades, que terminaban cada una en un par de afiladas garras como las de los monstruos de la jauría, pegadas a un cuerpo seccionado y esbelto  como el de una mantis, cubierto por un caparazón negro como la obsidiana. Sobre el enorme cuerpo estaba una espantosa cabeza sujeta por un cuello delgado, con un trío de ojos iridiscentes a cada lado y un par de antenas que ondulaban como movidas por una brisa que sólo ellas podían sentir. El frente de la cabeza era una máscara rígida con segmentos que se movían de maneras casi imperceptibles, coronados por una masa de circunvoluciones oscuras que palpitaban independientes una de la otra. El monstruoso insecto que había ocupado el cuerpo de Nick terminó de incorporarse. A Daisy le pareció que era muy alto, tanto como los jugadores de basquetbol que Jared tanto admiraba. La irrealidad de todo aquello había hecho que fuera incapaz de sentir pánico. Pero en cuanto esa cosa dio un par de pasos hacia ella, el sentimiento la invadió por completo.

La chica pudo sentir como su cordura estaba a punto de quebrarse en mil pedazos. Pero hizo acopio de todas sus fuerzas para mantenerse enfocada en la única emoción más fuerte que el miedo. Ese ser había matado a sus padres. Y ella iba a asegurarse de que pagara por ello. Se agarró a este pensamiento como un naufrago se habría agarrado de una pieza de madera en medio del mar de la locura que amenazaba con devorar toda su mente.

El ser se acercó apenas un par de pasos más. Su cabeza giró de lado a lado, como si la estuviera examinando con cada unos de sus ojos, clickeando sus mandíbulas en una especie de código. Luego se dio la vuelta para atender de nuevo la esfera pulsante de luz verde . Daisy vio como un par de bestias se acercaban con paso vacilante a los pedazos del cuerpo humano que había sido su disfraz. Los seres insectoides la arrastraron hasta el límite de la luz, dónde el resplandor ya no les molestaba y comenzaron a comer.

La chica apartó la mirada. Los ruidos de su alimentación apenas eran ahogados por el zumbido de aquella esfera luminosa.

XX

Tommy agarró las baterías con cuidado, y se las pasó a Kim. La chica menuda tuvo que hacer un gran esfuerzo por no tirar la segunda. Al conductor le pareció que esas eran las que les servirían mejor, ya que sólo usaba su carga eléctrica para los diversos aparatos que usaba en sus paradas. Y aun con todo lo que había metido en aquel espacio, otros conductores conectaban todavía más cosas. Le habían contado de un tipo que había puesto una freidora allá atrás. Claro que eso no había terminado bien ya que el tipo había tenido un accidente a raíz de un frenado de emergencia y el aceite caliente terminó quemándole el brazo derecho. Si aquello no salía bien los dos acabarían con más que unas quemaduras de segundo grado, reflexionó el joven.

— Muy bien, eso es todo —dijo Tommy tomando una pequeña caja de herramientas de debajo de su asiento.

El joven cerró la portezuela con un golpe sordo. Fue entonces que la realidad de que iba a dejar ahí tirado su camión le golpeó con una sólida fuerza. Le había costado trabajo ahorrar lo suficiente para poder comprarlo. De hecho, era la primera cosa en su vida que en verdad había sido suya. Si se hubiera quedado en la preparatoria y se hubiera graduado sus padres de seguro le habrían comprado un destartalado auto de segunda mano. Esto había resultado mucho mejor. Tommy siempre supo que no estaba destinado a acabar con sus estudios superiores, mucho menos a ir a alguna universidad estatal a perder su tiempo y dinero.

Con la mano derecha acarició el chasis de fibra de vidrio del camión. Su color rojo se había despintado en algunas partes y necesitaba una buena lavada la cual siempre llevaba a cabo después de volver a la empresa de transportes. Pero ya no importaba. Por muchos sentimientos que le evocara, a final de cuentas sólo era una cosa. Su vida, y las de Daisy y Kim, eran mucho más valiosas. No tenía caso sentir angustia por dejar atrás un pedazo de maquinaria. Casi se creyó esto último, pero unas lágrimas asomaron en sus ojos.

— ¿Falta algo más? —preguntó Kim, mientras dejaba la batería que debía cargar en el suelo del desierto—. Podemos quedarnos un minuto, si quieres.
— No, está bien. Vamos de una vez —dijo Tommy a la vez cogía la batería con la mano derecha y con la otra agarraba el palo de escoba que le servía de bastón. Kim puso la caja de herramientas encima de la batería que cargaba y las levantó con ambos brazos haciendo un gran esfuerzo.

Los dos comenzaron la caminata de vuelta al pueblo falso, avanzando con lentitud. Tommy debido a su pie herido. Kim porque le costaba avanzar mientras cargaba la pesada batería.

Ellos no dijeron palabra hasta llegar a la estación de servicio, por dónde habían entrado al pueblo. Ahí Tommy hizo un ademán para que descasaran un par de minutos. Entraron a la vacía oficina de la estación y dejaron las baterías en el piso, a manera de tope contra la vieja puerta. A ese paso, llegarían al bar en veinte minutos, si no había algún contratiempo. Luego sólo necesitaría unos diez minutos más para hacer las conexiones necesarias. Si no encontraba alguna manera de que sostuvieran las luces usaría los rollos de cinta aislante para fabricar un mango.

— Eres increíble, Tommy —comentó Kim tratando de recuperar el aliento. La chica sentía que los brazos se le iban a desprender de los hombros.
— Sólo lo dices porque es verdad —respondió el joven conductor, con una sonrisa sincera—. Aunque mi mayor cualidad es la humildad.

Kim no supo cómo responder hasta que entendió la broma. Entonces soltó una risita apenada. Había pasado mucho tiempo desde que pudo reírse de las bromas de alguien más. René solía contarle chistes crudos, cuyo sentido por lo general pasaba por encima de su cabeza hasta que ella se los explicaba, con lujo de detalles. Entonces las dos reían juntas.

— Pero sabes, tú también eres bastante increíble  —dijo Tommy, con verdadera sinceridad.
— ¿Por qué lo dices? —preguntó Kim, poniéndose un poco a la defensiva como era su costumbre.
— Quiero decir, cualquier persona diría que sólo tratemos de huir lo más lejos posible de este lugar pero aquí estás, haciendo todo lo posible por salvar a Daisy —explicó Tommy.
— Sólo… sólo es lo que haría cualquier persona  —dijo ella bajando la mirada. Se sintió un poco avergonzada.
— De dónde yo vengo hay montones de personas que no harían ni una décima parte de lo que tú estás haciendo por alguien que hace unos días no conocías —insistió él mientras apoyaba su cuerpo contra el muro de la oficina.

Kim no contestó. Ella sabía que lo que el joven conductor decía era verdad pero ella no sentía todavía que aquel nuevo valor le perteneciera por completo. Era un sentimiento que había surgido tras conocer a Daisy y le parecía correcto el usar su impulso para ayudarla.
El joven rubio se agachó, tomó la pequeña caja de herramientas y abrió el seguro de la tapa. Justo encima estaba un sucio trapo con algunas manchas de grasa y se lo tendió a la chica para que limpiara las lágrimas que habían comenzado a escurrir por sus mejillas.

 — Gracias, pero creo que si lo uso terminaré peor  —dijo la chica usando las palmas de las manos para secar sus lágrimas.

Tommy guardó de nuevo el trapo con el resto de las herramientas. Estuvo a punto de decir que debían continuar su camino pero Kim lo interrumpió.

— Es sólo que… todo esto es mi culpa —soltó Kim tratando de no derramar más lágrimas—. Si no hubiera tratado de advertir a sus padres de que huyeran tal vez nada de esto habría pasado.

Tommy cojeó hasta dónde estaba la chica y le pasó el brazo libre por los hombros.

— Ahora eso es una gran tontería. Y lo sabes. Tú no hiciste nada malo, fue el espantajo y esa bruja. Tú solo querías ayudarles —dijo Tommy con voz firme.
— Pero… —comenzó de nuevo la chica.
— Escucha, las cosas se pueden hacer por un buen motivo o por un mal motivo —explicó el joven—. Está bien que quieras ayudar a alguien, pero tienes que hacerlo por un buen motivo, no por uno malo como pensar que es porque todo es tu culpa.

En su interior ella sabía que él tenía razón. Era sólo que no quería huir y abandonar de nuevo a alguien. Podía huir y vivir el resto de su vida, pero cada día sería horrendo sabiendo que había abandonado a Daisy a su suerte.

— ¿Acaso no eres la misma chica que mató a uno de esos bichos? Cuando hagan la película de seguro van a elegir a Angelina Jolie para tu papel —bromeó Tommy dándole una palmada en la espalda.

Kim volvió a reír. Pensar en que todo eso quedaría un día sólo como un mal recuerdo la hizo sentirse mejor. Pero Tommy tenía razón en algo. Cuando mató al monstruo se había sentido llena de una furia como nunca había sentido en su vida. Entonces había sentido el valor suficiente para enfrentarse a esa bestia. Había tratado de volver a sentir esa emoción pero ya se había convertido en poco más que el fantasma de un recuerdo. Lo único de lo que estaba segura era que por un breve instante, desde que su madre murió, había dejado de tener miedo. Y le había gustado sentirse así. No había tenido ninguna duda, únicamente había sabido que quería sobrevivir y lo que debía hacer para lograrlo. “Tal vez eso es lo mismo que debo hacer ahora.” pensó ella, mientras recogía del suelo la batería del trailer. Quería salvar a Daisy. No importaba el motivo o los obstáculos que encontrara. Sólo tendría que lidiar con ellos de alguna forma.

 — Vamos, Tommy —dijo ella con voz más animada—. Hay que apurarnos.
— Sí, señora —respondió él con una sonrisa. Le daba gusto ver que Kim se sentía mejor.
Los dos volvieron a emprender el camino de vuelta hacia el bar. Avanzaron más rápido esta vez ya que la luz que provenía de la plaza central iluminaba todo el pueblo y les permitía ver con claridad calle abajo.

Tommy se dio cuenta de que el zumbido que había sentido hasta los huesos se había detenido. No sabía si eso era algo bueno o malo pero animó a Kim a que se apuraran un poco más.

XXI

El insecto gigante que había ocupado las entrañas de Nick abrió el caparazón en su espalda y batió sus alas en un gesto de placer. Se encontraba en el interior de un pequeño kiosco de madera despintada, a corta distancia de dónde su portal estaba casi listo para abrirse.

En el tiempo que había pasado en esa Tierra, había obtenido una cierta medida de respeto por el ganado de dos patas. Hasta ese entonces sólo había tenido contacto con ellos cuando su gente llegaba del mundo anterior, listos para alimentarse de nuevo y cuando el Gran Desastre había dejado ruinas tras de sí.
Siempre los había considerado estúpidos. Para usar la magia del relámpago necesitaban todo tipo de dispositivos, cables y cajas, cuando para él era algo que requería un poco de concentración y los materiales correctos. Trataban de adaptar el universo a sus necesidades, en vez de adaptarse ellos mismos; de hacer nuevas reglas que pudieran entender cuando él ya las sabía de forma natural. Aun así no habría sido posible para él comenzar a abrir ese portal, si no hubieran descubierto aquel pueblo. Tantos cauces para el relámpago justo al alcance de sus extremidades.
Mientras su compañera se aseguraba de que su nueva mascota limpiara la trampa de manera adecuada, él había pasado la mayor parte de su tiempo explorando aquel lugar. Fue así como encontró los almacenes de comida y los materiales necesarios para manipular el relámpago para sus propósitos. Pero aún así no tenían la energía suficiente para abrir el portal al tamaño adecuado. Podía hacer que la cerradura se manifestara, si esperaban el tiempo suficiente, pero de nada serviría sin una cantidad aun mayor de energía que la abriera y dejara el portal abierto el tiempo suficiente para que comenzara el festín.

Él recordó como iba volando en la penumbra del atardecer de aquel mundo, sus alas batiendo el aire para mantenerlo a flote. Le hubiera sido más fácil explorar en medio del día, pero siempre había la posibilidad de que alguien lo descubriera. Incluso el animal más estúpido puede ser peligroso si tienes el más mínimo descuido. Por eso siempre tomaban precauciones para ocultar su presencia.

Fue bajo la luz de la estrella que se ocultaba tras el horizonte que encontró una cueva extraña en la pared de uno de los montes cercanos. Las montañas no estaban mucho más lejos y el terreno estaba salpicado de cañones. La cueva estaba cerrada por una pesada puerta de metal marcada con un signo extraño. A juzgar por los alrededores nadie se había acercado al lugar en largos años. Al ganado le habría resultado imposible abrirla pero para él fue cosa fácil. El aire que salía del interior de la cueva olía rancio, a que incontables años habían pasado desde que fuera sellado. Las partículas de polvo flotaron en el aire impulsadas por la entrada de aire fresco del exterior. Pero captó algo que hizo que sus antenas se pusieran derechas. Flotando en el aire, había un pequeño indicio de algo que podía ser la última pieza que necesitaban para abrir la cerradura. Él avanzó en la oscuridad a través de túneles estrechos que parecían dar vueltas una y otra vez, haciendo que se sintiera perdido. Pero una fuerza invisible que se hacía cada vez más poderosa lo impulsaba hacia adelante y usó esa compulsión para no perder el rumbo. Descendió hasta lo más profundo de aquel mundo, o así le pareció. El aire ahí olía a humedad. En esa oscuridad comenzó incluso a dudar de sus sentidos pensando que  algo lo observaba desde cada cueva.

Al final encontró el epicentro de aquella fuerza casi irresistible. Sus sentidos apenas le ayudaban a entender qué era aquella cosa pero al tocar su fría superficie de metal un viejo sentimiento que le era muy familiar llegó hasta su núcleo. Sus antenas ondularon y batió sus alas, complacido. Allí, en las entrañas de la tierra, había encontrado la llave que tanta falta les hacía. Y ahora, justo cuando la cerradura se había estabilizado el tiempo suficiente, podía empezar con los preparativos para usarlo. Pronto vería como el resto de la Horda cruzarían el portal, dándoles la bienvenida a un mundo como no habían visto nunca, pero en el cual podrían alimentarse por un largo tiempo.

¡Cómo ansiaba participar de nuevo en el gran festín! Durante su exilio su hambre había crecido a la par de su inhabilidad de revelarse como era en realidad. Quería volver a cruzar los cielos oscuros dejándose caer sobre sus presas de un golpe. Y lo que era mejor, en esa ocasión la cacería sería mucho más interesante, ya que ahora el ganado podría sentir cada mordida en su cálida carne. Había disfrutado mucho el oír los gritos de aquella hembra cuando la cortó de sorpresa. Al punto de que no fue consciente de cuando el otro le atacó por la espalda, rompiendo el cuello del cuerpo humano que usaba y dejándolo incapacitado por un rato.

La muerte de su compañera le había molestado un poco, pero sólo porque eso significaba que él debía encargarse ahora de todo. El amor era un concepto por completo ajeno a él y los suyos, ahogado siempre por el ansia de devorar todo lo que encontraran a su paso.

Un gran trueno al abrir el portal sería la señal que daría inicio al festín. Tal vez el ganado hubiera tenido la suerte de evitar el Gran Desastre en aquella ocasión, pero la mesa seguía dispuesta y los invitados pronto llegarían.

CONTINUARÁ

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