Despertar

― Si a un signo de agrupación lo precede un signo positivo, el número entero que encierra conserva su signo.

Fue lo último que Cesar, profesor de Matemáticas en la secundaria técnica noventa, dijo a sus alumnos antes de sufrir un pequeño mareo, o al menos así fue como más tarde lo describió ante la directora del plantel.

A mitad de la clase comenzó a escuchar un ligero ruido, un pitido parecido a una alarma de carro que suena a varios kilómetros de distancia. Supo que aquel pitido estaba en sus oídos tras observar atento a los jóvenes, pues sabía, respaldado por quince años de experiencia, que si el ruido proviniese de fuera por lo menos uno de los veinticuatro estudiantes se habría dado cuenta, y al parecer ninguno se inmutó.

Al principio no le tomó la suficiente importancia al malestar y continuó con su clase hasta que su vista se vio un poco deteriorada: durante episodios cortos, tan solo unos tres o cuatro segundos, el mundo a su alrededor se tornaba borroso. Tomó asiento frente a su escritorio, cerró un instante los ojos y se frotó los parpados con índice y pulgar de la mano derecha; los abrió de nuevo y le pareció que ya todo iba normal. De nuevo el zumbido regresó, cada vez lo escuchaba más cercano. Sus ojos se nublaron dos veces más. Y una más; esta última le provocó un pánico repentino, su corazón se le aceleró y de la nada comenzó a sentirse observado. Durante esos escasos dos segundos, le pareció ver una especie de luz parpadeante de un color extraño, difícil de describir; a él le pareció una especie de verde rojizo; cada centellazo que daba aquella luz iba acompañado con el pitido, que en ese tiempo escuchó tan cerca que le pareció estar a su lado, pero lo que le provocó aquel pánico fue una extraña figura que se movía en su dirección y unos horribles ojos de color negro que se postraron justo frente a él, antes de volver en sí.

―Ahora regreso ―dijo con suavidad y salió del aula.

Fue a donde la directora, a quien dijo que tenía un fuerte dolor de cabeza y que se sentía mareado; también le pidió permiso para irse temprano a casa, a lo que la mujer accedió.

César vivía con su novia Brenda, en una hermosa casa de dos plantas ubicada en la colonia Romero Rubio; dicha que les fue heredada por los padres de Brenda. A César siempre le pareció una casa demasiado grande para los dos, ya que habían acordado, la primera noche que durmieron en ese lugar, que no tendrían hijos. El cansado profesor llegó a casa, fastidiado por los malestares que le atacaron durante todo el trayecto y con el corazón aún acelerado por la extraña visión que tuvo; agradeció que Brenda no estuviese en casa y que todavía faltaran seis horas para su llegada, puesto que así podría descansar más y se tumbó en la cama.

Durmió hasta la llegada de su futura esposa pero no podría decir que descansó, pues durante las seis horas transcurridas tuvo sueños, pesadillas relacionadas con la visión, que incluso cuando despertó, sobresaltado y envuelto en un horrible terror, recordaba con tal lujo de detalle que le parecía haberlas vivido en realidad: en un principio de la larga cadena de sueños, se vio solo en un aula, la misma en la cual dio su última clase antes de irse a casa; al poco rato entró una mujer delgada, Naomi, con quien tuvo una relación íntima a expensas de su novia hace ya un par de años. La muchacha de veinticinco años se acercó a él al mismo tiempo que se iba desabrochando la camisa con la que se había presentado a trabajar el mismo día que ocurrió la pequeña aventura. Antes de que se acerase lo suficiente para César poder observar bien los senos de la mujer, volvió el pitido, también la figura desnuda de la joven se fue haciendo borrosa, el salón de clase iba desapareciendo poco a poco, dejando en su lugar un paisaje obscuro; la insólita luz parpadeante acompañada con el sonido de la alarma estaba ahí, débil, como cubierta por una especie de manta, interpretando una sinfonía que aceleraba el corazón de César. Esta vez no vio nada en absoluto, sólo negrura; pasó más de quince segundos tratando de asimilar dónde se encontraba hasta que regresó en sí, al menos en sus sueños. Ya no estaba en el aula, sino que ahora se estaba mirando a sí mismo a través de un espejo, estaba desnudo… de nuevo en ese lugar.

La puerta de la entrada se abrió con un chillido, las bisagras ya eran bastante viejas, cuando Brenda entró en la casa. César ni se inmutó. Para el momento en que Brenda se dirigía a su habitación, sin pensar que su novio estaría ahí, el muchacho había cambiado de un sueño en el que se encontraba dando clases de matemáticas a los ingenieros de la UNAM (su mayor meta) a nuevamente el lugar que le hacía sentir un terror extremo. Se despertó sudoroso, con el ritmo acelerado y un poco desorientado, cuando la recién llegada le movió un poco.

― ¿Qué te pasa? ―le preguntó su novia intranquila.
―No es nada. He tenido pesadillas últimamente.
―Ay, mi amor. Trata de tranquilizarte y cuando te sientas mejor baja, traje una pizza.

César se quedó tumbado en la cama, con los ojos clavados en el techo de color blanco y escuchando los pasos de retirada de Brenda. Cuando su ritmo cardíaco se hubo calmado se dirigió hacia el baño; se vio unos instantes en el espejo, reflejaba una mirada llena de terror. Se mojó la cabeza, bebió un poco de agua del garrafón junto a la cama y bajó para reunirse con Brenda; la mesa ya estaba puesta. Una gran pizza rectangular descansaba en el centro, en cada extremo de la mesa para dos había un plato pequeño, un tarro con el borde cubierto con sal y una cerveza.

La pareja se sentó frente a frente. Brenda había puesto un DVD con la película Conexión mortal, adaptación cinematográfica de uno de las novelas favoritas de César: Cell de Stephen King.  

―Llegaste temprano… ―dijo Brenda mientras le entregaba una rebanada de pizza a César.
―Sí ―suspiró―, a media clase me empecé a sentir mal y pedí la salida.
― ¿Qué tienes? ―preguntó preocupada al ver que la vista de su novio se perdía.

De nuevo la vista se nubló; esta vez no escuchó el pitido ni vio la extraña luz parpadeante. Su respiración se estaba acelerando. Comenzó a sentir un extraños movimientos en sus hombros, como si estuviese atado y quisiera liberarse, pero sabía que él no se estaba moviendo, puesto que estaba rígido y sosteniéndose del borde de la mesa. Se desplomó; calló sobre el la pizza tirando el tarro lleno, derramando el líquido sobre su cabeza.

Abrió los ojos, dejó escapar un suspiro tan largo y con tanta fuerza que daba la impresión de querer inhalar todo el aire existente. Pasaron varios minutos antes de que su vista se adaptara, tal como si hubiese tenido los ojos cerrados por años; durante aquellos minutos hizo esfuerzos inútiles por mantener la cordura y convencerse de que aquello no era más que una simple pesadilla. No lo logró; había algo en lo más profundo de su mente que le hacía sentir que estaba despierto, que todo aquello era, incluso, más real que su misma realidad. Era tan fuerte el sentimiento que llegó a pensar que toda su vida, sus treinta y cinco años de vida, fueran sólo un sueño; que en realidad se encontraba en una especie de coma del cual acababa de despertar.

Lo primero que vio cuando la niebla se esfumó de sus ojos fue obscuridad; no la oscuridad cegadora provocada por la ausencia de luz, sino una obscuridad infinita, un tapiz de color negro que lo rodeaba de extremo a extremo interrumpido por pequeñas luces que parpadeaban a una gran velocidad. Giró la vista y a la derecha se topó con una especie de gran nube de distintos colores: rojo en el centro y una especie de verde azulado en los bordes, en medio de aquella obscuridad. César había estudiado astrofísica en la universidad y gracias a sus conocimientos supo que aquello que observaba era una nebulosa, también supo con un gran pánico que se encontraba flotando en el espacio y sintió acrofobia. Cerró y abrió los ojos una y otra vez, aumentando la velocidad con cada parpadeo, en un intento desesperado por avalar que aquello no era mas que un sueño; intentó subir las manos para frotarse los ojos pero no pudo, bajó la mirada y se dio cuenta que estaba sujetado por una especie de tentáculo viscoso, que se apretaba más cuando intentaba mover la mano. Haber bajado la vista le volvió a causar ese terror a las alturas y, mas que levantar la cabeza, la arrojó hacía arriba. Pero el miedo no se calmó, ya que se topó con la misma imagen que vio hace un segundo. En este punto de la pesadilla ―seguía pensando― le invadió un idea que el terror no le permitió tomarla como absurda: César amaba todo lo que tenía que ver con la astronomía y le fascinaba ver películas de ciencia ficción para analizar y ocasionalmente criticar los temas que en ellas se tocaba, usando las leyes físicas y todo lo que había aprendido en la universidad; por ende, cuando recuperó la facultad de pensar se dijo que quizá se encontraba en una nave espacial, una nave con las paredes transparentes para que, lo que sea que esté dentro pueda observar el universo. De pronto su cuerpo comenzó a temblar pero no porque se sintiese asustado (aunque sí lo estaba) sino porque ver toda aquella belleza, que durante su juventud sólo podía apreciar en ilustraciones, le causó de pronto una gran emoción.

Estaba hipnotizado por aquella vista. La luz y el pitido regresaron; ahora sabía con más seguridad que el sonido estaba junto a él. Tras ver que la luz se reflejaba al frete suyo intuyó que fuese lo que fuera que viviese en la nave, lo tenía capturado en una especie de cilindro de cristal. A la distancia vio que se acercaba algo: una figura humanoide, alta, de unos tres o cuatro metros, y delgada; realizaba unos movimientos extraños, imposibles para un ser humano. La criatura se inclinó y estiró su cuello hasta acercar su rostro tan próximo al cilindro que César pudo ver esos ojos negros en su totalidad, clavados en los suyos. El rostro del ser era idéntico al de un ser humano. César pudo ver que esa cosa movía la boca, como si acabara de pronuncias una especie de maldición que no pudo escuchar por el ruido de la alarma. El ser se enderezó y estiró el cuello hasta lo más alto del cilindro. La luz y el pitido cesaron. Lo que fuera que lo estaba sosteniendo dentro del cilindro, dejó de hacerlo, pues cayó sobre una superficie dura desde la altura suficiente para romperse el cuello durante la caída. Debajo lo esperaba un cuarto con paredes de cristal; lo más parecido a este sería una incubadora gigante, que albergaba un ser pequeño (pequeño para su especie, ya que rebasaba por quince centímetros la altura de César), parecido a larvas de un color grisáceo. La extraña criatura interrumpió su reposo cuando escuchó el ruido que causó el cuerpo de César al chocar con algo tan duro como el concreto pero transparente como todo dentro de la nave, se acercó a él, estiró su cuello a lo largo del cuerpo, mientras parecía olerlo y finalmente lo devoró.

El astrofísico no estaba equivocado, realmente se encontraba en una nave espacial perteneciente a una civilización avanzada, lo suficiente como para poder viajar libremente por todo el espacio. El planeta de esta había sido destruido hace más de dos millones de años a causa de la muerte de su sol; por fortuna anticiparon este suceso miles de años antes y se dedicaron a construir naves en las que pudiesen albergar al mayor número de su especie. Abandonaron su planeta cincuenta mil años antes de su destrucción y desde entonces han viajado por el universo buscando recursos y alimento. A lo largo de su travesía se han topado con miles de civilizaciones; desde las más primitivas hasta incluso algunas mucho más avanzadas que ellos. No se puede decir que esta especie es violenta; cuando encuentran planetas que albergan los recursos que necesitan llevan a cabo un complejo procedimiento para tratar de entablar diálogo con los habitantes del planeta y tratan de llegar a acuerdos que les permitan llevarse algunos recursos. Así como hay especies que los han atacado, también hubo otras que les ayudaron a mejorar sus tecnologías. Desarrollaron una serie de artefactos que recreaban las vidas de los seres de los cuales se alimentaban; tomaban a toda la especie existente en un planeta y los metían en cilindros que recreaban las vidas que llevaban en su planeta para evitarles sufrimiento. Cuando se alimentaban, programaban los artefactos para que en la realidad alterna ocurriera la muerte del espécimen que tomaban.

Ya hace cinco mil años que aquella civilización llegó al planeta tierra, no por recursos sino porque simple y llanamente la especie humana no está en la cima de la cadena alimenticia.


Sobre el Autor: Omar Torres Díaz (Ciudad de México, 1998) –  Su gusto por la lectura comenzó a la edad de 7 años, por curiosidad, ya que su madre siempre llevaba un libro consigo. Comenzó a escribir a la edad de 17 años y hasta la fecha ha escrito nueve cuentos y una novela. Su más grande meta en la vida es llegar al área de Recursos Humanos en alguna empresa y si así se le permite, crearse una carrera en la literatura.

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