Larvas – Una desventura de Malasombra

Exordio

La música no es de su agrado pero la cerveza es barata y amarga y sobre todo, no se trata de una de esas cantinas llenas de estudiantes hormonales que pierden el control con un par de tragos. Malasombra prefiere los lugares con un cierto aire a viejo; ya no quedan muchos lugares así en la ciudad. El país se está volviendo demasiado antiséptico.
— ¿Has hecho algo tan malo que no te lo puedes sacar de la cabeza?
La pregunta tomó a Silvia por sorpresa. No conoce bien a aquel hombre, no va ahí con frecuencia, no gasta mucho y no deja buenas propinas pero, que por alguna oculta razón, le parece irresistible. Un hombre malo. Silvia tiene debilidad por los hombres malos.
Negó con la cabeza, con expresión triste, un gesto que Malasombra interpreta como una indicación de que prosiga.
— Yo sí. Muchas veces —prosiguió.
Silvia se ha puesto de pie. Mientras escucha lo que el hombre malo tiene que contarle, han llegado nuevos clientes y tiene que atenderlos. ¿La invitará a salir con él? ¿Le pedirá que se vean al terminar su turno, tal vez en el callejón de atrás? Eso le gustaría.
—Ahorita regreso, corazón —dice ella con esa voz seductora de las meseras de aquella clase de establecimientos, a medio camino entre la legalidad y la clandestinidad. Los mejores recintos que el país tiene para ofrecer a sus habitantes, quienes están convencidos de que no merecen nada mejor.
Esa atmósfera apática y gris le gusta a Malasombra. Lo hace sentirse en casa, y así es más fácil hacer oídos sordos a las voces.

I

Lo único malo del “Don Polito” era su respeto a los horarios reglamentados más conservadores para bares y cantinas, y a las tres de la noche, “váyanse a su casa o búsquense otro lugar, aquí ya acabamos”. Don Polo, el dueño, no estaba dispuesto a darle dinero a los puercos con tal de que lo dejaran permanecer abierto hasta el amanecer. Era un hombre de principios, y eso Malasombra lo podía respetar.
—Fuera de eso —solía decir—, es el mejor lugar del mundo.
Normalmente, después de que lo corrieran del “Don Polito”, Malasombra vagaba un poco en busca de algún otro lugar donde pudiera saciar la insidiosa sed, la sed de la mala, esa misma sed que había acabado con las carreras de José José y Allan Poe. Pero no esa noche. Estaba cansado de pasarse horas bebiendo cantimploras de esa gris soledad, tenía frío y el agua de la lluvia se le metía por el hoyo del zapato; sólo quería irse a su casa y dormir hasta mediodía.
Tomó el camino más rápido hacia su dirección actual en Isabel la Católica. Al dar vuelta en Madero tuvo ganas de mear, pero algunos puercos se habían reunido ahí, tal vez para reprimir la reglamentaria protesta de los domingos, y le harían pasar un mal rato si lo descubrían mojando los aparadores del Sanborn’s. “Con que protegiendo la soberanía nacional, ¿eh?”, pensó, “¡culeros!”
Por fortuna la Iglesia de san Felipe siempre estaba abierta, incluso a esa hora. Nadie robaría en la casa del Señor, ¿no? Ahí no había valores. Pensó que podía descargar en la pila de agua bendita como lo hacía cuando era estudiante.

Lo sintió sólo una fracción de segundo antes de que lo atacara. Una leve brisa entre el aire en calma, un olor a suciedad entre el incienso y las flores marchitas, una tonalidad fuera de lugar entre las sombras. Algo demasiado sutil para racionalizarlo, pero que lo puso sobre aviso.
Esquivó el golpe apenas por unos milímetros. Su reacción, casi un instinto, no fue sólo esquivar, sino contraatacar.
El enemigo yacía inmóvil a sus pies. Muerto, indudablemente. No lo había pensado, su mano se movió como por voluntad propia hacia la pequeña escultura de algún santo que adornaba la pila, la estrelló contra su atacante. Enseguida se subió el cierre del pantalón.

II

No le gustaban las iglesias. En ellas, sobre todo por la noche, pasaban cosas feas. La maldad en los corazones de los católicos y cristianos, la podredumbre en los cerebros de los sacerdotes, violadores, mentirosos y asesinos hasta el último de ellos, todo eso generaba la mala atmósfera propicia para las más oscuras manifestaciones del infierno y otros inframundos.
El cristo de cerámica y madera mantenía la mirada apartada de él. ¿De qué se avergonzaba?
La cosa a sus pies, ¿qué era? Parecía una persona. No seas pendejo, se dijo, las personas no tienen seis brazos multiarticulados ni grandes ojos saltones como esferas de espejos, sobre una superficie con apariencia de obsidiana más parecida a un torso que a una cabeza. Alrededor de los gigantescos ojos compuestos, brotaban pequeños ojos simples sin un orden aparente; ¿se lo imaginaba o esos ojos se iban cerrando uno tras otro? La negra superficie de lo que sería la cabeza se hallaba salpicada de pequeños palpos de nauseabundo tono blancuzco. Bajo el conjunto de ojos sobresalía una cosa parecida a un caracol o, más bien, a un espantasuegras. Al examinarla con cuidado, Malasombra dejó escapar un quejido de asco: la espiral era un híbrido de probóscide y tentáculo, una lengua larga y enroscada como la de ninguna mariposa que hubiera visto, llena de ventosas como las de ningún calamar conocido. El asco. No se atrevía a acercarse. Casi lamentaba que no hubiera sido un policía.
Malasombra no había visto algo así antes, no parecía un demonio, al menos no de ninguna clase que él conociera. No era fácil mantener la vista fija en la criatura. La sensación de verla era parecida a la que se tiene cuando se mezcla ácido lisérgico con destilado de agave adulterado: no es posible enfocar un punto; la mirada se desvía involuntariamente; los ángulos de las cosas parecen extraños, imposible de determinar si las esquinas apuntan hacia acá o hacia allá; se produce el mismo mareo de cuando el cerebro no logra determinar si algo está cerca o lejos, como en los espejos laterales de los coches. Lo único que podía enfocar con claridad era ese algo rojo que la criatura llevaba enredado en la trompa. Un retazo de tela con estampado de ameba, parecido a un pañuelo común.
Ningún demonio le había causado esa sensación antes, sólo odio y deseos de destrucción. Pero si no era un demonio, ¿qué era? ¿Podría ser…?
Malasombra apartó aquella idea de un manotazo al aire. Había olvidado lo cansado que estaba, necesitaba dormir o su mente seguiría elaborando hipótesis estúpidas. No. No podía ser eso. ¿O sí?
¿A qué le temes, amigo?
No soy tu amigo, dijo mentalmente.
De algún punto indeterminado, más allá de los muros y calles a su alrededor, le llegó el sonido de unas campanas. Un llamado. Pronto amanecería y la gente se dirigiría a la primera misa del domingo, ignorantes del drama de horrores que se desarrollaba a sólo unos pasos de donde dormían tan tranquilos y seguros con su estúpida fe.
Debo ir a descansar; cuando me pongo a discutir así conmigo mismo, las coas nunca terminan bien.
Pero no dejaba de darle vueltas en algún recóndito punto de la conciencia la certeza de que aquella cosa era… sí, ahora podía admitirlo, un exterior, un ser de otro plano de realidad, de lo que vulgar y científicamente se entiende como otra dimensión. ¿O era otro universo?

— Así que eres un pinche marisco de Yuggoth —dijo Malasombra en voz alta, dirigiéndose a la cosa muerta—, y mi trabajo consiste en descubrir cómo llegaste aquí y evitar que otros como tú comiencen a merodear mi ciudad.
»No, no te disculpes, no tengo nada mejor que hacer —añadió dándole una patada—. Ojalá sí hubieras sido un policía.»

III

Un ser de otro plano geométrico no se desplazaría por el espacio igual que los seres de la naturaleza conocida. Conceptos como tiempo y espacio no tendrían significado para ellos, o si lo tienen, serían muy distintos a los conceptos humanos. Todo eso le quedaba claro a Malasombra, pero no explicaba cómo podían transportarse hasta la Tierra desde sus catacumbas en Plutón, o donde fuera que habitaran, sin recorrer la distancia que hay entre ambos puntos.
— ¡Maldito Euclides! —dijo Malasombra, exasperado.
— La geometría no euclidiana no es obra de Euclides —dijo Gema.
Malasombra fingió no oírla.
— ¿Juan? No hagas eso.
Gema había salido con Malasombra hacía unos años, pero decidió terminar la relación cuando el comportamiento irritante de él dejó de parecerle sexy e interesante y sólo siguió siendo irritante, aunque seguían viéndose de forma intermitente, ella siempre asegurándose de que sería la última vez. Tres meses atrás, también se lo dijo, y aquí estaba de nuevo, en casa de él.
— Disculpa, Gema. No soy bueno en matemáticas, no soy un genio para los números como tú.
Y también estaba eso. Esa autocompasión que Gema nunca logró descifrar. ¿Realmente sentía lástima por sí mismo o sólo era una forma de manipular a los demás para obtener lo que deseaba? Quizá era ambas cosas a la vez, Malasombra era un enigma ya desde aquella época, posiblemente desde hacía mucho. Pero ella no se había acostado con él por lástima; al menos, trataba de convencerse de que no era así.
— ¿Qué es lo que buscas? No soy experta en geometría hiperbólica ni elíptica, pero si me explicas lo que necesitas, puedo intentar…
— ¡No! —se apresuró a interrumpirla—. No puedo decirte más.
— ¿Por qué no? No es como si estuviéramos haciendo algo ilegal.
— Confía en mí, no puedo hablar de esto.
— Entonces —dijo ella con voz triste—, yo tampoco puedo.
Malasombra la vio ponerse de pie, tomar sus cosas y dirigirse lentamente hacia la puerta. Su vaso de whisky estaba intacto. ¿Tal vez pensó que quería emborracharla?
¿Y no es así?
Puso la mano en el pomo. Miró de reojo hacia donde estaba Malasombra, abrió la boca pero al final no dijo nada. ¿Acaso esperaba que él la retuviera? Abrió y se marchó. El golpe de la puerta al cerrarse fue contundente. No había marcha atrás. Gema se había ido. No volvería a verla.
Malasombra tomó el vaso de Gema. Aspiró el aroma y lo bebió de golpe.
— A tu salud.
Un grito como un cristal que se rompe lo sobresaltó.
— ¡Gema!
Salió a toda prisa, derramando su vaso sobre el tapete que de todos modos ya necesitaba una buena limpieza. Corrió por el pasillo del edificio hasta las escaleras. Un piso, otro. Bajó los cuatro niveles hasta el pasillo principal, salió a la calle. Miró a ambos lados pero no había nadie. “Tal vez no fue nada”, se dijo tratando de convencerse, tratando de hacerse creer que sólo había sido un grito sin importancia.
A un costado de la escalera encontró los libros de Riemann y Lobachevski de Gema. Malasombra buscó con cuidado entre las sombras del pasillo. Nada. Lo que fuera que se hubiera llevado a Gema ya no estaba ahí. Y todo era su culpa.
No era una casualidad. Estoy maldito, se decía él. Todo lo que toco, se muere. Yo atraje a esa maldita cosa hacia mí, y no se me ocurrió nada mejor que invitar a una inocente a mi propia casa, foco de maldiciones. ¡Estúpido, estúpido, estúpido!
Estúpido.
No necesito que me lo digas.
Se sentó en un escalón. Sacó algo de su bolsillo, un péndulo de jade y obsidiana y lo hizo oscilar sobre los libros. Cuando las oscilaciones se hicieron estables y constantes, mantuvo la mano lo más firme y quieta que pudo, tratando de concentrarse no en la energía de Gema, eso de las energías son puras chingaderas, sino en los recuerdos que conservaba de ella. Los libros no tenían la esencia de Gema, Malasombra no se tragaba esas tonterías new age jodorowskianas; los libros sólo le ayudaban a enfocar su mente, a lograr ese estado mental que… sí, sí, lo estoy logrando, la oigo, la puedo… la puedo ver.
Gema cerró la puerta. Se recargó por un momento en ella, respiró profundamente y con los ojos cerrados, como si tratara de recuperar la convicción anterior. Abrió los ojos y caminó deprisa, sin mirar atrás. Bajó los cuatro pisos sin titubear. En el último tramo de escaleras, algo como una distorsión en el aire llamó su atención. Unas ondas como las que se forman al dejar caer una piedra en el agua, se formaron alrededor de ella. Un miembro multiarticulado como la cola de un alacrán salió de aquellas, tomó a Gema y se la llevó. Los libros cayeron pesadamente levantando el polvo, produciendo un ruido apagado.
Malasombra, que aún escuchaba el golpe de los libros contra el concreto, lo comprendió al fin. De algún modo la criatura exterior lo había seguido. No puede ser la misma, se dijo, ¿cuántas más habrá?
tiempo y espacio
Le pareció oír la voz de Gema tratando de explicarle algo que su rudimentaria mente no podía captar.

IIII

En cierto sentido no era más que una cueva mohosa. Pero había algo más. El túnel estaba hecho de algo que no era piedra, aunque Malasombra no tuvo deseos de investigar más, ya era suficiente con la impresión de que respiraban. Gema debía estar ahí, en alguna parte.
No había sido difícil reactivar el portal. Sólo se quedaba sentado ahí donde Gema desapareció. ¿Éste es tu plan? Se reprochó más de una vez, pero siempre se respondía lo mismo: “No es ningún plan, sólo estoy aquí, pensando en ella, ¿o es que no puedo?” Y en algún momento entre el sueño y la vigilia, cuando las cosas del mundo se distorsionan para los sentidos como al leer los poemas de Rimbaud durante una cruda, vio, o creyó ver, las mismas ondas concéntricas de antes. No fue difícil, pero eso no significaba que supiera cómo lo había hecho, o si lo había hecho él.
Atravesarlo tampoco fue un problema. Sólo un paso al frente y ya estaba ahí, donde quiera que eso fuera. ¿Estoy en otro planeta? ¿O sólo en el reverso de la ciudad?
Al fondo de la caverna, una fosforescencia que Malasombra no podía determinar si era verde o si era roja, lo atraía y repelía a la vez. Mi cerebro cree que está ante un semáforo que no se decide entre el alto y el siga. Si pudiera dejar de pensar, si pudiera ser sólo instinto…
Siguió adelante, tenía que seguir adelante, temiendo que en cualquier momento pudiera ser atacado por la criatura. Pero, ¿no estaba muerta? ¿No le había reventado el cráneo de un santo putazo?
tiempo y espacio
Esa voz en su cabeza. ¿Qué trataba de decirle?
—No estés ching… —pero aquella visión interrumpió el reclamo de Malasombra hacia las voces.
Lleno de asombro contempló la gigantesca bóveda, tapizada de moho luminiscente. ¿Verde o rojo? Verde y rojo a la vez. De las paredes, colgaban capullos grisáceos. Algunos palpitaban o se agitaban inquietos.
Un grito como un cristal que se rompe lo sobresaltó.
tiempo y espacio pasado muerto presente vivo
—¡Gema! —llamó. No hubo respuesta.
Malasombra se acercó al capullo que tenía más cerca. Tenía una forma extraña. Eso de ahí podría ser una cabeza; esto, un par de piernas; este bulto de acá… El horror comenzaba a dominarlo, una certidumbre reptaba por su espalda hasta llegar a su cerebro, dejándolo helado. ¡Eran personas! Personas envueltas en una especie de cascarón.
Uno de los capullos tenía algo diferente. De varias grietas emergía algo rojo. Era la misma tela que había visto en su primer encuentro, que él había tomado por un pañuelo, pero que, ahora se daba cuenta, se trataba de un vestido. Había una mujer en su interior. Ella también presentaba el mismo bulto del primer capullo. Miró a su alrededor; la mayoría, presentaba aquel mismo bulto, algunos más grandes y otros apenas perceptibles. No pudo evitar llevar una mano a él, sintió un movimiento.
Dio un paso atrás. El bebé estaba a punto de salir. ¿Gema estaba embarazada? ¿Quién era el padre? Debo salir de aquí. ¿Dónde está Gema? Debo detener esto. ¿Seré yo el padre?
Maldito cobarde.

Coda

Malasombra está borracho en la cantina.
— Hoy hice algo terrible. Pero así les ahorré un horror mayor a esos pobres bastardos.
Silvia, después de llevar sus bebidas a los nuevos clientes, se acerca a Malasombra y le dice, con sincero interés:
— Cuéntame.
— Escucha: Hay una avispa que cuando pica a una oruga, la paraliza pero no la mata. Cuando la oruga se encuentra inmóvil, aunque todavía viva y perfectamente consciente, la avispa se la lleva a su nido, donde la usa como incubadora para sus huevos. Cuando los huevos se abren y las larvas emergen, la incubadora se convierte en alacena. Mientras es devorada por aquellos malvados bebés, la oruga sigue aún con vida.

Malasombra hace una pausa para dar un largo trago a su cerveza. Silvia lo mira con compasión.
Caminan juntos por la calle. La noche es fría. Silvia lo toma por el brazo para refugiarse. Pasan frente a un bar de homosexuales donde la policía hace un operativo de rutina, con golpes y amenazas. Malasombra busca la botellita que guarda en su abrigo y tras un pequeño sorbo, dice:
— Hoy encontré un nido lleno de esas larvas. Y las aplasté. Me parece que puedo escuchar sus gritos en mi cabeza.

Nota: La metáfora de las cantimploras de esa gris soledad pertenece a la canción “Distante instante” de Rodrigo González, quien tiene más valor literario y poético que Bob Dylan.


Sobre el autor: Jorge Jaramillo Villarruel (Ciudad de México) – Colaboró en Bolivia 3.0 con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones. Su blog es https://amorycohetes.wordpress.com/, y también está en Twitter, vía @UnEteronef.

Anuncios

2 comentarios sobre “Larvas – Una desventura de Malasombra

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s