Como polillas

Hacía mucho tiempo que en el Obispado no se veían tan claras las estrellas. Orión el cazador, la Osa Mayor y la constelación de La Virgen le recordaron que estaban a mediados de abril. El viejo había perdido un ojo y su telescopio, pero sin contaminación lumínica ni smog, observar el manto negro escarchado de estrellas, ayudado por sus recuerdos; no se le dificultaba.

Un punto de luz cruzó velozmente centelleando por delante del lienzo celeste para luego desvanecerse a simple vista.
— ¿Vieron eso? ¿Era un platillo volador?
El anciano sonrió y se mesó la barba de cabrón canoso que colgaba de su mentón. Luego sin dejar de sonreír giró sobre los talones y en la oscuridad se encontró con las siluetas de un grupo de cinco o seis niños y tres adultos, sentados en las escalinatas desgastadas del Obispado. La vocecita no volvió a insistir, pero no era necesario, él respondería la pregunta anónima para quienes quisieran escuchar.

— Es muy probable que esa lucecita que cruzó el cielo fuera un satélite. Si hubiese dejado una estela muy breve detrás de sí, mi hipótesis sería que se trataba de una estrella fugaz… un meteorito… una piedra o basura del espacio, que entra a la atmósfera y se quema antes de desaparecer de la vista. Pero ¿un vehículo espacial tripulado por seres inteligentes de otro planeta? Eso me parece bastante improbable.

Hubo un silencio prolongado. Algunas cabecitas giraron buscando la mirada de sus compañeros en la noche, pero la luna menguante iluminaba tan poco, que la única forma de saber quién estaba al lado de quien era identificando los perfiles recortados contra el firmamento.—Señor, ¿por qué es improbable? Nos dijeron que los extraterrestres están entre nosotros, que se pueden hacer pasar por personas, pero en realidad son grises o reptilianos de las Pléyades.
— ¡Ah, Las Pléyades! Miren allá, por la constelación de Tauro… esas siete estrellas que los antiguos griegos llamaban “Las Siete Hermanas”. Esas son las Pléyades. Están más a menos a cuatrocientos años luz de la Tierra –el viejo bajó despacio y con cuidado un pie, buscando un escalón, a lo que notó que uno de los adultos presentes se levantaba. Hizo un ademán con la mano para indicarle que estaba bien, y se sentó.

— Señor, no me dijo porqué es improbable. Maximiliano Grande nos dijo que él vio un platillo volador bajar del Cerro de La Silla una noche y llevarse gente —en su voz hubo al principio inquietud y después el énfasis de la certeza.
— La luz recorre trescientos mil kilómetros en un segundo. Si el sol es una estrella que está a ciento cincuenta millones de kilómetros, su luz tarda más o menos ocho minutos en llegar a nosotros. Nada viaja más rápido que la luz, hasta donde sabemos. Ahora imaginen lo lejos que están Las Pléyades, tan lejos, que viajando lo más rápido que la física lo permite, tardaríamos cuatro siglos en llegar. Es un viaje muy largo para una platillo volador tan pequeño, ¿no creen? —señaló al cerro, una “M” negra dominando una vasta llanura en la que pequeñas áreas estaban débilmente iluminadas.
— Niño, vienes a escuchar al maestro —uno de los adultos era una mujer, por su voz, habría pasado ya los cuarenta años—, no a cuestionarlo. Seguramente ella recordaba los días de antes, tal vez incluso había tenido sus primeros escarceos sexuales en la rampa de subida al cerro en el que se habían reunido.

El viejo astrónomo rió guturalmente y continuó: Está bien, compañera. Es bueno que pregunten, de eso se trata. Pues bueno, Don Maxi o sus papás o yo, podemos decir que vimos un unicornio rosa. Ustedes no dudarán de nuestra buena fe, no tendríamos por qué engañarlos, ¿verdad? Pero ustedes querrán ir al lugar donde lo vimos, porque debe ser una cosa muy interesante, rara y única, un animal así. En el lugar, debería haber pisadas como de caballo, tal vez incluso mechones de pelambre rosa… descartando claro, que no sean de verdad pisadas de un caballo común o que la fibra rosada no provenga de un viejo suéter de niña.

— ¿Crees que Maximiliano Grande esté diciendo mentiras? —la voz del niño se volvió  acusatoria.
— No sé —se mantuvo callado unos instantes y escuchó. Le pareció distinguir a lo lejos el rumor de pasos que hacían crujir las ramas de la ladera del cerro conforme ascendían. Tal vez se estaba volviendo paranoico.
— Maestro, ¿qué combustible usaban los cohetes para salir al espacio? —la pregunta vino de un adulto, una voz que hacía poco había dejado de ser adolescente.
— Los más comunes era una combinación de gases: oxígeno e hidrógeno, pero también se utilizaba hidrazina. En algún tiempo se usó perclorato de amonio y aluminio y los primeros eran de pólvora, como la de los cuetes con que celebramos… año nuevo… —una vez más le pareció escuchar el rumor de pasos y piedritas rodando cuesta abajo del cerro. Guardó silencio, era imposible ver nada, pero estaba seguro de que no lo estaba imaginando: dos de los adultos del grupo voltearon a sus espaldas, intentando ver donde sabrían que la oscuridad lo impedía. También lo habían escuchado. El tercer adulto se puso de pie, se acercó al anciano y tomándolo del brazo lo levantó. La mujer chasqueó los dedos, los niños se pusieron de pie, tratando de observar a su alrededor, sin éxito.

— ¡Alto ahí, alto! —el grito en la oscuridad fue seguido por dos haces emitidos por leds desde linternas que barrieron la explanada donde antes hubiera asta banderas, para luego orientarse a las escalinatas del Obispado, en el que varias siluetas se encarreraron a los costados y cuesta abajo, para huir; mientras el viejo astrónomo era llevado al interior del edificio, por el que sería conducido, a través de túneles secretos, a algún lugar seguro perdido en las ruinas en que se había convertido la zona conurbada de Monterrey.

* * *

Las avenidas que rodeaban la Macroplaza se habían convertido en cementerio de coches y jardines de espinas, plagados de matorrales y arbustos, que habían brotado de entre las grietas que surcaban el concreto. De igual forma habían invadido los prados y la Fuente de Neptuno. Mientras la flora endémica y las cucarachas reclamaban poco a poco el terreno de la otrora urbe industrial, un capullo de plasma rojo florecía en el oriente, marcando el inicio del nuevo día.

David caminaba a tropezones, custodiado por los dos centinelas que lo habían arrestado la noche anterior. Le dolían los tobillos después de pasar la noche encadenado a un refrigerador, dentro de las ruinas de un Oxxo, en el que los centinelas habían instalado su cuartel. La marcha desde La Purísima hasta la Macroplaza le habría pesado menos si no hubiera tenido que llevar el candado y la cadena colgando de sus muñecas. A media mañana, el solecito ya empezaba a picarle, sintió en el estómago una punzada que en parte tenía que ver con hambre, y en parte con miedo. Lo llevaron a la hondonada al pie del Teatro de la Ciudad, y con otro candado asieron el extremo de su cadena a la tapa cuadrada de un registro. Los dos centinelas se retiraron escaleras arriba, para vigilar al joven.

Los colonos del Barrio Antiguo y del Centro empezaron a reunirse y sentarse en la escaleras, murmurando entre sí. Uno de los Centinelas pidió silencio a gritos, y por encima de la escalera, David vio llegar a Maximilano Grande, rodando en una silla de ruedas motorizada de supermercado, como un sapo moreno y enorme, que apenas cabría en ella; vestido con pantalones y camisa de tela blanquísima, pero ya empapada del sudor que la calurosa mañana le obligaba a transpirar. Como si la silla fuera parte de su cuerpo, su respiración denotaba un enorme esfuerzo. Iba flanqueado por cuatro centinelas, cada uno armado con rifles de cacería.

La muchedumbre calló y aunque David no le quitaba la vista de encima, el hombre parecía mirar a través de él, al vacío. Luego enfocó por detrás de los anteojos y se aclaró la garganta debajo de la gruesa papada rasurada: ¿Este es el joven que arrestaron anoche? –se dirigió a los centinelas que lo esperaban.
— Si, Señor.
— ¿No pudieron agarrar al viejo?
— No, Señor.

El obeso resopló y meneó la cabeza negando. Los centinelas trataron de guardar la compostura, pero era evidente que estaban inquietos.

— Una semana en la bicicleta cada uno. A ver, ¿este quién es?
— Estaba en el Obispado anoche con el viejo y otras personas —uno de los centinelas se adelantó a hablar, el que tenía menos miedo.
— Tú, muchacho. Debiste ver bien al viejo y a los otros. Quiero que me digas quienes son y que me los señales.
— Don Maxi, estaba muy oscuro y no los vi.
— ¿Cómo supiste de la reunión?
— Rafa me invitó.

Maximiliano giró con todo y silla, como si girar el cuello le fuera imposible, se dirigió hacia uno de los centinelas que habían hecho el arresto:— Ese Rafa ¿Dónde está? —balbuceando explicaron que había sido él quien ayudó al viejo a escapar—. Otra semana más en la bicicleta —sentenció de nuevo, decepcionado—. Ustedes no me sirven para nada. A ver, muchacho, ¿qué tanto te dijo ese hombre?

Y brevemente, David habló de las constelaciones del cielo, de las Pléyades, los meteoritos y el combustible de los cohetes, que era de lo que él quería saber. Pero omitió la parte del platillo volador y el unicornio rosa, concentrándose en otros detalles más triviales.

— ¡Suficiente! —Maximiliano Grande rió sonoramente después de decir esto, y apuntó al azar a los colonos presentes, haciendo que las fofas carnes de su antebrazo colgaran y se agitaran—Por eso queremos darle cianuro a ese viejo, por corromper a los jóvenes como hizo Platón. ¡Vean, vean cómo le llenó la cabeza de tonterías a este jovencito! —la gente reunida empezó a murmurar entre sí. Antes de que el hombre continuara uno de sus centinelas llamó al orden. Maximiliano se quitó los lentes y los limpió con su camisa. Luego hizo una seña a otro centinela, quien le acercó un morral de cuero que cargaba. Metió la mano dentro y sacó lo que parecía un rectángulo de plástico, de color negro y con una superficie brillante. El líder de la comunidad pasó los dedos por la superficie pulida, que se iluminó para mostrar la pantalla de inicio de la tablet. Luego la levantó sobre su cabeza hasta donde sus brazos le permitieron, y unos segundos después la bajó a su regazo. — A ver, todos, pongan atención. ¿Quién tuvo la culpa de que se acabara el mundo? ¿Quién?
— ¡Los científicos! —entre los reunidos, un adolescente se había puesto de pie para que todos lo vieran.
— Sí. Los científicos. Aquí están las pruebas —Maximiliano señaló la superficie de la tablet donde, de haber alcanzado a ver, habrían leído un artículo que explicaba a detalle qué era un “chemtrail”—¡Ellos en su arrogancia consumieron el mundo en sus pruebas de aceleradores de partículas que agujeraron el espacio tiempo! ¡Los dejamos que nos convencieran de que las vacunas para la influenza eran buenas, y eran sólo un engaño de las Grandes Farmacéuticas para controlar a la gente! ¡Crearon monstruos transgénicos y virus nuevos que destruyeron el mundo! ¡Secaron el río Santa Catarina con sus satélites del proyecto HARP y nos dejaron sin agua! ¡Impusieron sus dogmas, sus verdades, persiguieron a cualquiera que no creyera lo mismo que ellos!

Con los ánimos caldeados por el aire tibio de la mañana y las palabras flamígeras, un murmullo empezó a elevarse desde las escaleras que a modo de gradas, se había repleto de personas y en las que repetidamente David vio miradas de odio dirigido a él.

— Tengan cuidado. Cuidado con los que dicen “tener la verdad absoluta” porque son intolerantes, arrogantes y dogmáticos. ¡Tengan los ojos abiertos, busquen a un viejo tuerto, porque él es quien está corrompiendo a los jóvenes! —la gente empezaba a hablar en voz alta, y aquí y allá se escucharon sugerencias de la identidad del pervertido, por lo que de nuevo los centinelas llamaron al orden.
— ¡Fuera con el pervertido! ¡Fuera! ¡Fuera! ¡Fuera! —el grito de la muchedumbre empezaba a opacar los llamados al orden de los centinelas, hasta que Maximiliano volvió a hablar.
— Calma, calma —de nuevo una risa paternal se dejó escuchar de la gruesa garganta—. Este joven aún tiene mucho que aprender. Es como una polilla que se acercó a la llama, pensando que era luz, y aquí está: quemado. Necesita tiempo para meditar en lo que hizo mal, ser útil a su comunidad —luego guardó la tablet y alzó los brazos hasta donde pudo para decir gravemente—. Dos años en las bicicletas. Que cargue las baterías de las lámparas con que los centinelas alumbran el camino en noches sin luna, de la silla que me permite venir a escucharlos e impartir justicia, del ipad que preserva nuestro conocimiento. ¡Que trabaje y no sea Ni-ni! —Los centinelas que sostenían sus armas en las manos, asintieron calmadamente, aprobando la sentencia.

David fue llevado al sótano de un edificio, donde junto a quienes lo habían capturado y otros acusados de desobediencia, estaría sentado en una bicicleta, pedaleando para cargar un banco de un centenar de baterías, que proveían escasamente de electricidad al Palacio de Gobierno.

Y en otra dirección, rodando con una sonrisa y seguido por una multitud que lo aclamaba, avanzaba Maximiliano Grande, orgulloso de ser el portador de la única y verdadera luz que quedaba, para alumbrar aquella esquina del mundo.

Abraham Martínez Azuara

 

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