Mutaciones

— ¿Qué me dices de ti? —la pregunta del psicólogo me dejó perplejo. No es común que hable de mí como hablo de los demás  Recostado en el diván trato de encontrar algo que decir. Los minutos transcurren implacables mientras él, libreta en mano, intenta  atrapar algo que le diga cómo sacar esos demonios que me habitan día y noche.

¿Qué me llevó a permanecer durante dos horas tendido mirando al techo de aquella habitación? La historia tiene que ver con el maldito perro de los vecinos. Si Speeke no hubiera dado en perseguirme y ladrar cada vez que pasaba frente a él…

Ese día salí temprano. Traté de ocultar las grandes alas que durante la noche habían crecido en mi espalda pero, aunque  me esmeré, el impermeable formaba una joroba tan grande que no podía pasar desapercibida. La verdad, era  una situación demasiado incómoda pero debía ir al trabajo así que me las arreglé lo mejor que pude. Apresurado, salí de mi casa. Por tratar de esconder aquellas alas se me ha hecho tarde, ojalá sirvieran para trasladarme por el aire pero no puedo darme el lujo de llamar la atención, con seguridad me atraparían para convertirme en espécimen de laboratorio o en un fenómeno de circo. No, no, no, mi vida se tornaría miserable. Por eso es mejor que permanezcan como un miembro inútil.

Camino junto a la verja  del jardín vecino a toda prisa, el perro  ladra con furia lo cual hace que el Sr. James se asome a la ventana. Ignoro si me vio, mas el perro lo puso alerta.

Paso  la  mañana  encerrado en  mi cubículo pensando cómo deshacerme de las alas. En realidad no sé si son de ángel o de águila, pero siento que tenerlas representaba un peligro potencial ya que me desatan las ganas de salir volando del séptimo piso donde me encuentro. Las ráfagas de aire incrementan estos deseos así que amarro mis pies a una pata del escritorio después de cerrar las ventanas. La jornada sigue su curso, para mi mala suerte sigo sin encontrar la manera de resolver mi problema.

Cuando regreso a casa está oscuro. Trato  de no hacer ruido pero el perro del Sr. James arma tremendo escándalo de nuevo. El vecino aparece en la puerta  con su escopeta.
— ¿Qué te pasa, Rick? —me pregunta molesto. Siento impulso de confiarle mi problema pero el temor a ser objeto de sus burlas me contiene. Le saludo  cortésmente y me alejo con el perro detrás de mí ladrándole a las alas.

Al otro día las protuberancias emplumadas han desaparecido. No quepo en mí  de gusto pero cuando voy al espejo del baño todo se viene  abajo. ¡Mi cabeza ahora exhibe dos enormes orejas peludas! ¿Qué me pasa? Me pregunto  lleno de angustia pero no obtengo una respuesta congruente. Lo peor de todo es que solamente yo puedo ver estos cambios porque desde ayer me doy cuenta, por las sonrisas y saludos de  mis compañeros de trabajo,  que ellos no ven  nada fuera de lo normal en mí.

En el trabajo no puedo concentrarme, las orejotas me hacen escuchar las conversaciones de los que se encuentran detrás de la puerta de mi oficina, con una claridad tal que parecen estar platicando conmigo. El sonido se ha vuelto una molestia en los prominentes órganos que ahora  porto, así que tomo dos bolitas de algodón y las pongo en los conductos auditivos para aminorar el ruido. A media tarde no soporto más, salgo huyendo para refugiarme en mi casa y otra vez el perro me muestra su desagrado ladrando de manera insistente. ¡Maldito animal!

Apenas llego a mi hogar tocan a la puerta, es el Sr. James.
—Rick —me dijo—, necesito saber qué es lo que tienes contra mi perro, cada vez que pasas lo haces enfurecer.
A propósito salí sin sombrero, quería que viera la causa de mi desgracia pero no dijo nada al respecto. Lo hice pasar y le invité un trago. Mientras tomamos la copa le voy contando lo que me está sucediendo. Al principio me mira con incredulidad.
— Vamos, Rick, no trates de tomarme el pelo —cuando le insisto que no bromeo y le muestro mis orejas suelta una tremenda carcajada y se va. Me voy a dormir pensando  que tengo  que resolver el  problema de algún modo pero no se me ocurre cómo.

Al día siguiente, muy temprano, llaman a mi puerta. Unos hombres me toman del brazo y me suben  a una ambulancia. Pude ver a mi vecino  parado en la acera y, en el césped, el cuerpo mutilado de Speeke.

Ahora estoy aquí, recostado en el diván, tratando de responder a las preguntas del médico. Quisiera hacerlo pero no puedo. Los  hombres no comprenden el lenguaje de los lobos.

Mara Espinosa

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