Caracola de mar

Todo es oscuridad.

Todo lo que me rodea es negro absoluto, un negro que ahoga, sofoca y raya los límites de la locura. Siento que mis ojos quieren adaptarse a esta infinita negrura y no lo logran. Sólo puedo escuchar el sonido del océano. Un sonido encerrado y hueco, como si lo escuchara a través de una caracola de mar.

El mar… Es lo único que me tranquiliza cuando la desesperación llena mi corazón como un vaso que de agua que comienza a derramarse. De pronto tengo visiones, pequeños flashes intermitentes, imágenes que parpadean delante de mí. Pies caminando y chocando unos con otros, murmullos y una dama de rojo. Después todo vuelve a ser negro. Todo. Un todo. El todo.

Siento que floto, que mis palabras se ahogan antes de salir de mi boca, siento desesperación y antes de querer gritar veo el primer cambio, una llamarada pequeña color amarilla, intento enfocar mi visión para verla con mayor claridad, intento acercarme y ver qué lleva en su interior después aparece otra más cerca, después otra aún más lejos, y luego una más, el firmamento negro comienza a iluminarse con esas centellas andantes, no lo puedo creer, llevan personas dentro, con un semblante tranquilo, personas calmadas que caminan en una sola dirección y bajo luces de diferentes colores, azules, amarillos, naranjas, verdes, rosas. Son cientos, miles, millones, un número infinito. De pronto yo comienzo a arder. Pero no es el fuego que quema o daña, es otra cosa. Siento paz, siento un propósito, doy media vuelta y comienzo a caminar, en la misma dirección, como un borrego que sigue al pastor.

Hay una luz adelante, no puedo detenerme, somos atraídos hacia esa luz, somos llevados, somos llamados dentro de su majestuoso resplandor. Los escuchamos, las voces, las plegarias, los rezos. La luz nos inunda y ahoga con su falta de color, ese blanco tan intenso que nos hace perdernos en la nueva nada. Y de pronto, el mar calla. Todo gira por espacio de dos segundos, tal vez menos, tal vez más. Y de pronto estoy en una sala de estar, una estancia pequeña y tranquila, decorada con dos sillones imitación de piel color café, al centro de la estancia está un altar, un hermoso altar de muertos, con sus flores de vivos colores naranjas y morados formando un camino hasta el centro donde se erigen tres torres cuadradas, la del centro es en donde me espera una foto, un pan azucarado y un atole de chocolate. A los lados hay pequeños recuerdos, un trofeo, fotos familiares, diplomas, un libro, regreso la mirada al centro del altar, la foto es mía, lo sé, ahora lo recuerdo. Por un momento el mundo vuelve a girar, todo pasó tan rápido en aquel momento que no lo entendí, hasta ahora.

Yo regresaba del trabajo, estaba en la parada del autobús, veía fijamente al cielo, viendo como las hojas caían y se elevaban al son del viento, al roce de aquel amante invisible, todo se veía y se sentía de lo más común, las personas que iban llegando al mismo lugar, los autos pasando en la carretera principal, las personas que corrían por la banqueta ejercitándose, todo era de lo más ordinario, hasta que el tiempo comenzó a ir despacio, hasta que el aire se convirtió en plomo que entraba a mis pulmones, hasta que vi a la dama de rojo cruzando la calle. Caí al piso y entre los pies de aquellas personas que intentaban ayudarme sólo se sentía la confusión.

Ahora estoy sobre mis rodillas, viendo los recuerdos de aquellos que me amaron, de aquellos que amé. Caigo en cuenta de que estoy en mi propia casa, me pongo de pie y camino hacia aquellos por los que daba la vida y más. Mis hijos. Entro en su habitación y ahí están, dormiditos, cubiertos hasta los hombros por esas mantas que les compre la navidad pasada. Siento un dolor en mi corazón, o tal vez debería decir en mi alma, al saber que no volveré a abrazarlos o besarlos. Intento acercarme y es como si algo me retuviera, mis brazos y piernas comienzan a parecer un borrón en movimiento, me esfuerzo más en acercarme, en verlos a unos pocos centímetros y no puedo, lo ruego, lo suplico en voz alta y mi clamor tiene respuesta en un susurro.

– Aún no.

La veo de nuevo, la dama de rojo, con su enorme sombrero de ala plana y sus cientos de miles de pequeñas velas alrededor, su rostro de delicados rasgos es cubierto por un maquillaje blanco marfil, con la forma de una calavera, el vestido es clásico, de cuello alto con una gargantilla redonda de color rojo brillante, sus mangas son largas con olanes, el resto del cuerpo, cubierto tan simétricamente como hermoso, es torneado y mortal.

– Disfruta.

Vuelve a susurrar y una maraña de recuerdos llena mi ser, infinidad de momentos familiares, amigos, padres, casualidades, todo, de todos. Veo el altar en la sala y lo entiendo y sonrío.

Y regreso al negro absoluto. Hasta que las luces brillantes regresen y yo vuelva a ver a los míos, verlos crecer en la distancia, hasta el fin de los días, hasta que estemos juntos de nuevo. Escuchando nuevamente y por siempre el sonido del océano a través de la caracola de mar.

Jorge Robles.

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