Café Nexus – Parte 6

XVI

Richard puso de nuevo su taza de café sobre el tablero del coche patrulla. Fuera lo que fuera eso, ya había cesado.
— ¿Base, me copias? ¿Sintieron ese movimiento del suelo? Cambio —preguntó Richard por el micrófono del aparato de radio.
— Negativo, Richard. ¿Seguro que no estás sintiendo algo por tomar tanto café? Cambio —respondió la chica de la base.
— No lo creo. Tal vez fue un deslizamiento de tierra aquí cerca. Daré una vuelta a ver si no hay problemas. Cambio y fuera —respondió Richard.
El policía apuró lo último que quedaba del café. Luego puso en marcha la patrulla para descender por el camino que rodeaba la Roca del Cielo. Había iniciado la noche con la noticia de que a sólo un rato de haber remolcado el auto que habían encontrado en medio de la nada, un par de tipos con trajes negros y lentes oscuros habían ido a reclamarlo.
De acuerdo con Jack, quién los había atendido, dijeron que iban de parte de la Administración de Combate a las Drogas, y que el automóvil tenía que ver un caso bajo investigación.
Y ellos debían pensar que él tenía cinco años si creían que Richard se iba a tragar ese cuento.
Le hubiera gustado estar ahí para hacerles todo tipo de preguntas, pero por desgracia llegaron un par de horas antes de que iniciara su turno, cuando él todavía seguía durmiendo en su casa.
Si fuera más paranoico, habría pensado que eligieron ese momento para no tener que lidiar con nadie más que con el novato de Jack.
En todo caso, lo hecho, hecho estaba. Los papeles que le dieron a Jack tenían las firmas y los sellos necesarios. No tenían ninguna buena excusa para retener el vehículo más tiempo.
La patrulla dio la última vuelta alrededor del monte y se encaminó a la carretera principal. Las luces de sus faros cortaban la oscuridad de la noche, en el cielo colgaba la luna creciente con su séquito de estrellas parpadeantes.
Y ahora… estaba ese extraño temblor. Richard había descendido alrededor de la Roca del Cielo, temiendo que hubiera alguna obstrucción por un deslizamiento, pero el camino se presentó tan libre como cuando ascendió por él hace un rato, al iniciar su turno.
La radio del vehículo llenó el silencio de la noche con una canción de Johnny Cash, mientras que Richard recorría el camino tratando de encontrar la causa de aquel temblor.
“Otro misterio más, con un demonio” pensó él, tras una hora de búsqueda infructuosa.
El policía dio una palmada contra el volante del vehículo, lleno de frustración.

Los últimos cinco años habían sido de una deliciosa y aburrida rutina. Nada de sorpresas, misterios o preguntas sin resolver. Lo más cerca que había estado de uno, fue cuando tuvo que detener a una pareja de adolescentes en un auto de lujo con placas de Nevada.
Había resultado que el chico y la chica habían escapado de Las Vegas, para tratar de llegar a Texas.
Richard no les habría prestado atención, de no ser porque iban al doble del límite de la velocidad en aquella parte de la carretera. Si hubieran respetado el límite establecido, los hubiera dejado pasar sin ningún problema.
Pero la razón porque los había detenido y llevado a la estación, era porque el nombre de la licencia del chico era Susan. De inmediato pensó que sería una licencia falsificada, y los detuvo en ese momento, amén que el auto tenía reporte de robo por parte del dueño que resultó ser el padre de uno de los ocupantes del vehículo.
No fue sino hasta que llegaron sus padres, junto con un estirado abogado, que Richard descubrió que la licencia era cien por ciento verdadera. La razón por la que la pareja había escapado, era porque el chico era en realidad otra chica un par de años mayor, con su cabello recortado y ropa de hombre holgada.
El padre de la chica quería levantar cargos por secuestro pero al final le convenció de que no lo hiciera. Todo el asunto era muy raro para Richard, pero si había algo que entendía era que todos los jóvenes tienden a hacer locuras, sin importar su género.
A veces se preguntaba cómo había acabado todo aquello. ¿Habrían intentado otra vez escaparse, esta vez escogiendo una ruta por caminos vecinales? ¿Acaso a una de ellas se le habría pasado la locura del amor y habría buscado una nueva relación?
Preguntas y más preguntas. Él ya era bastante viejo para saber que no le gustaban las preguntas sin respuesta alguna.

Poco después de cumplir los cuarenta, Julia le había regalado un libro con preguntas zen. Para que mantuviera la mente activa, le había dicho. Él había intentado leerlo pero después de los primeros veinte minutos se rindió.
Ese libro ahora estaba bajo una de las patas de su escritorio en la estación ayudando a mantenerlo firme.
Nunca había tenido la ambición de ser como esos detectives de la televisión. Él sólo quería cumplir con sus patrullajes diarios, siguiendo las mismas rutinas una y otra vez. Lo más que se acercaba a una investigación, era estar a alerta ante algún vehículo que estuviera de acuerdo a una descripción.
¿Por qué entonces seguía pensando todavía en aquel Chevy azul?
Algo en su interior, tal vez un instinto dormido por largo tiempo, había comenzado a despertar.
En fin, no perdía nada con mantener los ojos abiertos, mientras conducía hacia la estación de servicio de Phil.

XVII

Daisy deseó tener otra vez el cuchillo en sus manos.
En las últimas horas se había convertido en algo muy parecido a una manta de seguridad. El solo hecho de tenerlo le hacía sentir menos vulnerable. Pero lo había dejado en la cabina del camión pensando que ya no lo necesitaría.
A sólo unas cuadras de distancia la chica podía ver con claridad a Nick. Y como siempre, las bestias insecto estaban a su alrededor. Estaban iluminados por esa fantasmagórica luz verde que parecía provenir del suelo frente a ellos.
Era como si una extraña estrella hubiera caído del cielo y hubiera aterrizado en la plaza principal de ese pueblo falso. El zumbido era más fuerte ahí, al grado de que parecía como si algo vivo estuviera debajo del asfalto.
Los tres jóvenes habían sido atraídos por aquel brillo no natural, como los insectos que Tommy había visto hace tanto tiempo en la casa de su pariente. Pero no deseaba acabar como estos.
— Nunca he visto algo como eso —dijo Tommy en un susurro—. Parece algo sacado de una película de ciencia-ficción.
— Es una mierda que da miedo, vaya que sí —coincidió Daisy en la voz más baja posible.
— Yo… yo creo que deberíamos ir a un lugar más seguro —mencionó Kim.
Otro de aquellos monstruos insectoides voló muy por encima de sus cabezas, haciendo que los tres se encogieran de manera refleja. La vibración de sus alas se alejó hacia la plaza y el bicho aterrizó a un lado de dónde estaba Nick, absorto en sus maquinaciones.
— Sí, hay que salir de la calle. Vamos allá, ese edificio se ve algo seguro —dijo Daisy señalando un edificio de ladrillo de dos pisos justo al otro lado de la calle.
A diferencia de las casas que estaban cerca de los límites del pueblo aquel lugar tenía una cerradura como era debido. Los tres tuvieron que ir a la parte trasera, para entrar usando la escalera de incendios.
Kim se subió a los hombros de Tommy y tuvo que batallar para desatascar la oxidada escalera. Cuando ya iba a darse por vencida la escalera por fin cedió y su base dio contra el suelo con un golpe seco que sorprendió a todos.
Daisy temió que el ruido fuera a llamar la atención de las bestias pero el zumbido era fuerte y hacía eco entre los edificios.
Una vez que alcanzaron una ventana Tommy intentó abrirla pero de nuevo la suerte no estaba de su lado. Si bien parecía no tener seguro el paso del tiempo la había dejado tan oxidada que era imposible abrirla.
Con mucho cuidado Tommy comenzó a golpear el vidrio con el mango de la escoba que usaba de bastón. Lo último que quería era hacer aun más ruido rompiendo todo el cristal al mismo tiempo. Le llevó varios minutos, y algunos cortes pequeños en la mano, pero logró quitar todo el vidrio del marco de metal.
— Kim, tu eres la más menuda. Entra y trata de quitarle el seguro a la puerta de abajo —explicó Tommy mientras quitaba los restos de vidrios lo mejor que podía.
— Está bien —respondió Kim tratando de volver a sentir el valor que había sentido hace horas cuando mató a uno de los insectos.
Daisy bajó por la escalera para mantener vigilado lo que hacían Nick y sus monstruos y avisarles en caso de que fuera necesario huir.
“¿Qué diablos estará haciendo ese hijo de perra? De seguro nada bueno” pensó Daisy, mientras veía como otro par de esas bestias aterrizaba en el parque y se dirigía a dónde estaban las demás.
Sus pensamientos fueron interrumpidos por el sonido de las alas de uno de esos insectos. La bestia había aterrizado justo en frente del edificio en el que estaban tratando de entrar y Daisy casi podía sentir como la estaba mirando a ella de manera directa.
Mientras aquella cosa undulaba sus largas antenas Daisy tuvo que tomar una rápida decisión. Si dejaba que llamara a las demás cosas con su espantoso chirrido pronto se verían rodeados pero sin la protección de las luces de neón del Café Nexus la jauría se lanzaría contra ellos y con seguridad los haría a todos pedazos.
Tommy también la había visto aterrizar en la calle desde su punto de vista en lo alto de la escalera de incendios. Pensó en que debía bajar a ayudar a Daisy pero también se dio cuenta de que pronto se verían asediados por la jauría completa.
Daisy no pudo esperar más. En cualquier momento Kim iba a quitar el seguro de la puerta e iba a abrirla. Entonces la bestia se lanzaría contra ella, antes de que pudiera cerrarla de nuevo.
La chica echó a correr calle abajo alejándose del edificio lo más que pudo. Tommy estuvo a punto de gritar su nombre pero se contuvo al ver que la bestia iba tras de ella.
“La está alejando de nosotros” se dio cuenta él, lleno de frustración por no poder hacer algo por la chica.
Daisy echó una mirada por encima de su hombro derecho. La cosa iba persiguiéndola, las puntas de sus extremidades rascando el asfalto conforme corría tras de ella. Tenía las fauces abiertas de par en par. Si acaso fuera porque anticipaba el atraparla o porque trataba de no perder el aliento, no podía decirlo.
La cosa comenzó con su horrible llamado, la sinfonía de grillos tocada con sierras eléctricas.
Ella siguió corriendo, aun cuando estaba segura de que la bestia estaba a sólo unos pasos detrás de ella. Al llegar a la esquina de la siguiente cuadra se agarró del poste de metal de una señal de tránsito y la usó para girar hacia la izquierda sin perder la velocidad.
La cosa resbaló en el asfalto. Había ganado unos segundos pero pronto eso no importaría. Ella podía oír el sonido de las alas de insectos batiendo en el cielo por detrás, además de varios otros arañazos en el asfalto que se acercaban.
Algo pesado la golpeó en la espalda, justo cuando iba a dar la vuelta en la siguiente esquina.
Daisy cayó de cara sobre el asfalto, apenas amortiguando la caída con las manos. Se sentía atontada por la caída, pero trató de ponerse de nuevo de pie de inmediato.
Un dolor agudo le atravesó la pantorrilla derecha. Uno de los monstruos le había mordido y la tenía agarrada con sus fauces de manera firme.
La chica soltó un grito de dolor. Pero este se perdió entre la cacofonía del resto de la jauría, que ya se había reunido a su alrededor.
Las bestias se fueron acercando, abriendo y cerrando sus picos con anticipación.
Daisy se preguntó si acaso esas cosas tenían algún tipo de emociones que pudiera afectar. Lo único que podía percibir en ellos era un hambre atroz que nunca quedaría saciada.
“Al menos los otros tendrán una oportunidad” pensó ella, antes de que otro de los monstruos cogiera su pierna izquierda. “Sólo lamento no haber llegado más lejos”.
Se preguntó cuanta pena sentirían por su muerte. Esperaba que al menos ellos sí lograsen escapar de esa pesadilla.
Las bestias la arrastraron por la calle en dirección hacia la sobrenatural luz verde que había ido creciendo en intensidad poco a poco. La luz con una intensidad eléctrica que cargaba el aire a su alrededor cada vez más.

XVIII

— ¡Tenemos que ayudarla! —suplicó Kim mientras Tommy espiaba por una de las ventanas del segundo piso del edificio.
La chica rubia había abierto la puerta justo a tiempo para ver cómo Daisy echaba a correr calle abajo seguida por aquella bestia insectoide. De inmediato cerró la puerta, un instante después oyó como el resto de la jauría pasaba corriendo para alcanzar a Daisy.
Tommy había esperado, hasta que la última de esas bestias había desaparecido dando la vuelta en la misma esquina en la que había doblado Daisy, para entrar por la puerta del edificio. Tuvo que dar un par de golpes para que Kim le abriera temiendo que las cosas lo oyeran y una vez dentro la cerró otra vez con el seguro.
El joven compartía los sentimientos de Kim. En definitiva tenían que hacer algo para tratar de salvar a su compañera. No habían sufrido tanto juntos para que ella acabara así.
¿Pero cómo iban a poder salvarla? De ninguna manera podían ir por ella, no mientras esa jauría de monstruos estuviera en los alrededores.
Y también estaba la cuestión de esa gran luz verde. Había estado creciendo de manera paulatina en intensidad y ahora el centro del pueblo estaba tan iluminado como si fuera un día normal.
— ¡Tommy, hay que hacer algo! —volvió a suplicar la chica pecosa, agarrándolo del brazo.
— Está bien, está bien, déjame pensar —pidió él al tiempo que se sentaba en el piso para estar más cómodo.

La señora Mason, su maestra de último año de secundaria, se había referido a él como “un alumno que podría ser brillante, si hiciera el esfuerzo”.
En eso tenía razón. En la preparatoria, Tommy no hacía esfuerzo más que en la clase de deportes y en la de taller. El resto del tiempo se la pasaba soñando despierto en lo mucho que le gustaría estar afuera en el mundo, no encerrado en aquel salón de clases.
Tenía que admitir que la que había tenido la iniciativa hasta ese momento había sido Daisy. Por alguna razón le había parecido natural que así fuera, tal vez porque parecía que ella sabía tratar muy bien con la gente.
Si de verdad iban a escapar de esos monstruos, la necesitarían. Pero para eso, debían idear alguna manera de rescatarla.
“Piensa, chico Tommy, piensa” se dijo a sí mismo, mientras su cerebro se esforzaba.
Volvió a pensar en la señora Mason, con su rostro de fealdad severa y seca dando su clase de ciencias. Ella insistía en que saber de ciencias era necesario, no sólo para algún trabajo relacionado con estas, sino porque les ayudaba a comprender mejor el mundo a su alrededor
“Para entender la naturaleza, sólo necesitan usar su cerebro. Y hacer las preguntas adecuadas” repitió la maestra, desde las memorias de Tommy.
¿Qué era lo que sabían acerca de esos extraños animales? Eran unos bastardos viciosos, eso seguro. Parecían ser insectos gigantes, aun cuando no se comportaban como ninguno que conociera.
No se habían acercado mientras las luces de neón del Café Nexus les habían protegido. No parecían tener ningún problema con las luces incandescentes de las calles de aquel pueblo, ni con esa brillante luz verde de la plaza principal, así que no era la luz lo que les desagradaba.
¿Acaso la luz de los tubos de neón tenía algo distinto que ellos odiaban, tanto como les atraía a los insectos normales?
Tommy comenzó a sentirse un poco más animado. Entonces sólo sería cuestión de encontrar luces como esas y usarlas de alguna manera para alejar a los bichos. El espantajo de Nick sería punto y aparte, pero mucho más fácil de lidiar sin sus horribles mascotas.
Ya tenía al menos la mitad de la solución al problema. Ahora, unicamente tenía que pensar dónde, en aquel pueblo falso olvidado de la mano de dios, iba a encontrar luces de neón que pudiera usar en contra de los bichos esos.
— Para entender lo que no conoces, debes primero compararlo con lo que sí conoces —murmuró Tommy, mientras seguía perdido en sus pensamientos.
— ¿De qué estás hablando? —preguntó Kim llena de extrañeza.
Había pasado los últimos minutos espiando por una de las ventanas que daban hacia el centro del pueblo pero su vista estaba bloqueada en gran parte por varios edificios.
— Es algo que solía decir una vieja maestra —explicó Tommy, un poco molesto porque hubiera interrumpido sus pensamientos— Necesitamos luces de neón para espantar a esos bichos, ¿no es así? Sólo tenemos que pensar en qué parte de este lugar podemos encontrarlas.
— Pero es un pueblo falso. Lo más seguro es que no haya ninguna por aquí —dijo Kim a la vez que echaba miradas llenas de angustia por la ventana.
— No, no lo creo. Pusieron mucho esfuerzo en que pareciera un pueblo de verdad, con luces que funcionan de verdad. Había un inodoro en la casa dónde descansamos. Este edificio tiene una puerta con cerradura —comenzó a decir Tommy, sintiéndose más emocionado. Sentía que la respuesta estaba casi a su alcance, un pequeño empujón más y lo tendría.
— Es cierto, tienes razón. Si no fuera porque está vacío parecería un pueblo como cualquier otro —comentó Kim tratando de pensar en cómo eso podía ayudarlos.

Un pueblo como cualquier otro. Esta frase se le quedó a Tommy en la parte trasera de la cabeza, mientras trataba de seguir pensando.
Kim tenía razón. Parecía un pueblo como cualquier otro que Tommy hubiera atravesado en su camión durante los últimos cuatro años. Las mismas calles algo estrechas, la misma disposición de la plaza en el centro del pueblo, el mismo tipo de edificios que la rodeaban.
El mismo tipo de edificios. Los mismos que en cualquier otro pueblo. De seguro había una tienda de semillas, una farmacia, una tienda general, una fuente de sodas, un bar, una oficina postal…
Tommy reculó como si hubiera recibido un golpe. En cierta manera, la señora Mason le había alcanzado desde lo más profundo de sus recuerdos, para darle un certero golpe de gis en cuanto hubo hallado la respuesta.
“¿Ya lo ve, señor Graham? Puede hacer lo que sea si pone el esfuerzo necesario” solía decir la maestra, cuando al fin le presentaba la respuesta correcta.
— Que me parta un rayo —soltó Tommy al tiempo que trataba de ponerse de nuevo de pie— ¡Eso es!
Kim vio la expresión del rostro de Tommy. Era la expresión de alguien que por fin ha descubierto uno de los secretos del universo. La chica se acercó para ayudarlo a ponerse de pie, aquel no dejaba de sonreír.
— ¿Qué pasó? ¿Tienes alguna idea? —lo interrogó.
Tommy hizo como que no la oyó. Se encaminó hacia la puerta, la abrió lo suficiente para asegurarse de que no hubiera moros en la costa y se volvió hacia la chica, todo eso sin dejar de sonreír.
— Oye, Kim ¿qué te parece si me acompañas por un trago? Tengo algo de sed —dijo Tommy.
Les llevó un largo rato acercarse con sigilo a la plaza central del pueblo pero si la experiencia no le fallaba a Tommy sería en sus cercanías dónde encontrarían el bar.
Si no encontraban ahí lo que necesitaban, siempre quedaba la fuente de sodas. La mayoría de los pueblos ya la habían cambiado por un McDonald’s, Arbys o Burguer King, pero en algunos otros las habían conservado como uno de los pocos atractivos turísticos de los que podían presumir. A diferencia de la mayoría de esos pueblos, este parecía haberse quedado congelado en los años cincuentas, sin ningún cambio mayor. Eso significaba que tanto el bar como la fuente de sodas, debían tener algún tipo de adornos con luces de neón.

La puerta trasera del bar tenía echado el seguro. Tommy lo tomó como un buen signo de que lo que hubiera dentro estaría sin perturbar. El siguiente buen signo fue un montón de cajas de cerveza, llenas de botellas vacías, con las que pudieron subir para entrar por la ventana de uno de los baños.
El baño estaba en tinieblas pero por debajo de la puerta se asomaba un filo de luz. A juzgar por la falta de orinales, debían estar en el baño de mujeres.
Tommy avanzó con cuidado tratando de no tropezar en la oscuridad, apoyándose en el palo de escoba. Kim iba justo detrás de él, un poco encogida a causa del miedo pero sin despegarse de su espalda.
El interior del bar era mucho mejor de lo que Tommy se habría atrevido a esperar. A diferencia del resto de los edificios, este tenía algunos muebles que de seguro habían sido usados por los soldados que se ocupaban de la ciudad. Un par de focos incandescentes iluminaban el local con su luz amarillenta aunque uno ya estaba a punto de fundirse.
En el centro del cuarto había una simple mesa de madera con una silla que tenía una pata rota. Pegada contra la pared había una barra también de madera, con grandes espejos rotos detrás de los estantes dónde de seguro habían estado todo tipo de bebidas. Los banquillos de la barra eran de metal, aunque algo oxidados.
En la esquina más lejana había un gran bulto cubierto por una sucia lona. Tommy pensó que lo más seguro es que fueran más cajas de cerveza.
— Busquemos bien, debe haber algún anuncio o luz de neón por aquí —dijo Tommy dirigiéndose hacia la barra.
Si había algún adorno de neón debía estar justo dónde luciría con mayor atractivo, rodeado de botellas de todos los tamaños y colores. Pero el entusiasmo de Tommy se enfrió un poco al descubrir que, si bien había un espacio que había sido ocupado por uno, el adorno mismo ya no estaba en su lugar.
“Pero claro, cuando te vas de un lugar dónde has pasado tanto tiempo con tus amigos, tiendes a llevarte un recuerdo” lamentó Tommy. Esperaba que al menos, dondequiera que estuviera aquel soldado anónimo, tuviera bien cuidado el anuncio de neón que ellos necesitaban.
Una revisión del resto del bar fue igual de infructuosa. En las paredes se podían ver todavía algunas de las marcas dónde habían quedado colgadas varias fotografías, cuadros, y al menos un par más de los anuncios de neón que tanta falta les hacían.
Al final, Tommy se dejó caer sobre uno de los bancos oxidados de la barra. Había sido una buena idea pero aquello era un punto muerto. Y ahora no tenía ni idea de lo que iban a hacer.
Tal vez lo mejor fuera sólo huir lo más lejos posible con Kim. No sabía qué estaba haciendo ese espantajo de tipo con la luz verde pero al menos estaba seguro de que no quería estar cerca cuando hubiera terminado.
Kim de nuevo interrumpió sus pensamientos.
— ¡Tommy! Ven a ver esto —había alzado un pedazo de la pesada lona que cubría el bulto de la esquina.
El conductor se levantó con cuidado y cojeó hasta dónde estaba Daisy. Debía ser algo bueno para que sonara tan animada.
Tommy echó un vistazo y la sonrisa volvió a su rostro. Comenzó a reír y envolvió a Kim en un efusivo abrazo. La chica sintió que la apretaba un poco fuerte pero ella también se sentía muy contenta.
— Esto es perfecto —declaró Tommy. La suerte parecía otra vez estar de su lado.
Tras una rápida revisión vio que las luces fluorescentes todavía funcionaban a excepción de una. Pero sería más que suficiente.
— Tendremos que volver a mi camión por unas cosas —compartió Tommy mientras volvía a poner la lona encima del objeto—. ¿Crees que podrás seguirme el paso?
— Sí… creo que… Quiero decir, claro que sí —afirmó Kim, tratando de sonar más segura de lo que se sentía.
“Aguanta, Daisy, ya vamos por ti” pensó Tommy, una vez que volvieron al exterior y comenzaron a caminar de manera apresurada de vuelta al vehículo. “Y lo mejor de todo, con estilo”.

CONTINUARÁ

José Luis Toscano

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