El misterioso personaje llamado Bruno Sáez

Bruno Sáez, en mi vida había escuchado ese nombre. Lo primero que pensé cuando llegó a mi casa la notificación de presentarme a un despacho de abogados fue en la demanda contra mi anterior trabajo. Acudí a la dirección y resultó que el tal Bruno me heredó una casona en la avenida Fresnos. La idea de que fuera un familiar lejano y desconocido no me convencía, pero la curiosidad fue más fuerte. Le pedí a Alejandra y a Mario que me acompañaran, me daba miedo que algo turbio estuviera tras la herencia.

La casona tenía una fachada de un color salmón descolorido, en algunas partes se veía capas de estuco o la piedra. La herrería era color verde del óxido acumulado durante años, sino décadas. Al portón de madera le faltaban algunas de las piezas circulares de herrería. Por dentro la enorme sala y comedor tenían un tapiz de flores muy bien conservado. Los muebles eran de distintas épocas, algunos eran de madera de colores adornados con rombos de concha nácar, otros me hacían pensar en la “Naranja Mecánica” de Kubrick. Después de recorrer las habitaciones, todas con camas de latón dorado y olorosas a madera vieja, el abogado me dio las llaves de la casa y se retiró.

Comenzamos a planear qué hacer con una casa de ese tamaño. Mario estaba emocionadísimo, hablaba del café-galería que soñamos con poner desde que entramos a la universidad. Iba y venía por toda la casa, buscaba el sitio para las mesas, dónde quedaría mejor la barra y la galería, sobre todo la galería. Salimos abrazados por los hombros como niños de primaria.

***

Habías arrancado de tal forma los recuerdos, madre, que la única opción que tuve para saber quién era mi padre fue inventando una máquina para regresar al pasado. Fue una tontería presentarte a mis amigos de neurociencias, no me dijiste que eras voluntaria para el borrado selectivo de memoria, esa terapia que aplicarían a víctimas de actos atroces.

Pudo haber sido de otra forma si alguna de las tantas veces que de niño te pregunté por mi padre me dijeras la verdad. Me intrigaba más por la forma en que te negabas, sonreías y te volteabas a otro lado con una lágrima en la comisura del ojo. De adolescente pensé que él podría ser tu amigo Mario, el examen de sangre resultó negativo. Probé también con Carlos, con nuestro vecino, tampoco. Con los antiguos colegas del trabajo que aún te mandaban flores, nada. La duda crecía al descubrirte algunas noches bebiendo vino y escuchando canciones de José Alfredo Jiménez o Chabela Vargas, mientras el llanto te impedía respirar por la nariz. Al verte así te pedía que te casaras, que tuvieras por lo menos un novio estable.

Un día llegaste a casa sonriente, prendiste el estéreo para poner un disco de José Alfredo y cantaste mientras lavabas los platos, ni una lágrima. Te seguí por toda la casa, ni un suspiro. Ya no está, me dijiste. Pensé que había muerto, sólo lo borraste de tu cabeza. Dejé de hablarles a esos colegas, los aborrecí por meter esos pequeños robots por la nariz para que se comieran tus recuerdos, esos que tanto deseaba extraer yo mismo.  No creas que no pensé en viajar a ese momento para evitarlo, resolví que tampoco podía fiarme de tu mente, de esa hipérbole que te llevaba a escribir hojas y hojas de cosas tan simples como una sonrisa. Lo mejor era conocerlo en persona, verlos juntos.

***

Busqué en internet a Bruno Sáez, no había mucho, en alguna página se mencionaba a un Bruno comerciante en la época del porfiriato. Llamé al abogado del testamento, lo había visto un par de veces: usaba el cabello corto casi a ras del cráneo; aunque tenía unos ojos de niño nervioso su cabello era gris con algunas islas negras; moreno y muy delgado; la nariz recta y larga; usaba lentes además. Me confesó que durante los breves momentos que estuvo con Bruno sintió una turbación inmensa, siempre volteaba a todos lados y se le acercaba mucho para hablar porque lo hacía susurrando. Colocaba en el escritorio un cuadro negro que hacía fallar los teléfonos y las computadoras. El abogado dijo que pensó que era un criminal o un espía por eso casi desiste, pero Bruno lo miró de forma tan suplicante que accedió a hacer el papeleo.

            Pasé muchos días pensando en Bruno, me intrigaba tanto que empecé a escribir sobre él. Le ponía en cada historia una máscara diferente: rico excéntrico que al azar escoge a una chica para heredarle una casa embrujada; padre irresponsable que cree encontrar a la hija de la que no se hizo cargo; espía que busca ayuda de una intrépida mujer. Cuando Alejandra, Mario y yo revisamos la casa encontramos cajas y cajas llenas de papeles repletos de números, fórmulas y líneas rectas que se acercaban en perspectiva dentro de varias líneas circulares: nada tan aburrido como un físico o matemático.

Como no teníamos dinero para abrir el café-galería, pensamos en vender todas las antigüedades de la casa, excepto los muebles estilo Kúbrick, y buscar algo valioso entre las cajas esparcidas por todos lados. Los primeros días que pasamos en la casona no pude dormir de la emoción, aprovechaba el insomnio para esculcar, sólo hallé garabatos sin orden yendo en todas direcciones, me hacían pensar que Bruno fue una persona atormentada, algo así como Russell Crowe en la película “Mente brillante”.

***

Lo confieso, no debí construir este dispositivo. Pasé los mejores años de mi vida encerrado en un laboratorio o en casa resolviendo ecuaciones, debí hacer amigos, salir por una cerveza o tener alguna novia. Sé que hay muchas otras personas que no tienen ni idea de quién los concibió, pero siendo un maldito niño genio, un adolescente con doctorado, era una afrenta no saber algo tan humano.

            No me di cuenta cuándo dejé de ser un joven para volverme un viejo prematuro. Tampoco me di cuenta que era observado, que a mis espaldas las compañías se peleaban por lo que resultara de mis investigaciones y que no eran las únicas interesadas. Vi el peligro cuando ya tocaba a mi puerta: algunas notas comenzaron a desaparecer y en mi estupidez pensé que las había extraviado. Luego noté a esos hombres robustos que todos los días paraban su automóvil frente a la puerta de la universidad y que me seguían no sólo con la vista. Semanas tuve que frenar mi trabajo, dejando anotaciones equivocadas, haciendo las cuentas de forma mental para luego anotarlas en mi ropa interior cuando iba al baño. Ya me tenían intervenido, pero sólo hablaba contigo de tus cada vez más frecuentes dolores de espalda. Armé lo más rápido que pude un desestabilizador electrónico, que al menos me dio tiempo de escabullirme.

No podía confiar en nadie, ni en mis asistentes que siempre que podían miraban por encima de mi hombro. Convencí a una dependienta de una tienda de abarrotes cerca de la casa en el campo a la que me mudé, que pidiera varias cosas por internet para mí, había desviado recursos de la universidad a una cuenta aparte y por unos días no se darían cuenta. Tenía solo una oportunidad de hacer este saltador de tiempo, creo que me dejaron un poco para que lo terminara, porque en cuanto lo tuve me cazaron.

La primera vez que salté estuve semanas, volví a esos días en que te embarazaste. Él no es como lo imaginé, ese muchacho tímido de cabellos tan lacios hasta la espalda, flacucho, con una playera demasiado usada de los Rolling Stones, no podía ser mi padre. Te había observado durante años sin poderte hablar hasta que un doce de marzo todos estaban borrachos menos tú, se acercó y dijo: ¿Sabes? Yo ya te conozco, no de ahora sino de hace mucho tiempo.
Después de esa presentación tontísima platicaron mientras el resto dejaba caer su cabeza en cualquier sitio para dormir. Te dijo que te conoció en otra vida, algo parecido a un cuento de Elena Garro, tu escritora favorita. Te contó de esa otra vida y tus ojos se volvían cada vez más brillantes. Luego se fueron a tu casa.

Ahora que sé la verdad me doy cuenta que no valió la pena, cada vez puedo permanecer menos tiempo en el pasado. Los saltos me dejan cansadísimo, con náuseas y dolor de cabeza, tengo que permanecer cada vez en el presente para recuperarme y ellos están cerca. Trato de volver a distintos lugares, tienen ojos en todas partes y algunas veces la única opción es saltar. Quizá no tardarán en atraparme, no sé qué es lo que harán con este aparato, seguro no es nada bueno por la manera en que me siguen. Por eso quiero proponerte algo, te dejaré una casa como la que soñabas de joven con la condición de que el doce de marzo de dos mil once no salgas de casa. Se dice que nunca se debe alterar el tiempo pero me vale, estoy muy cansado de huir y sé que sufrirás: mi padre te hablará todos los días diciendo más cosas de esa supuesta vida pasada donde había pirámides de piedra y ustedes retozaban entre las flores; te enviará poemas raros que asociarás con Nezahualcóyotl, y el día que estés a punto de confesar el romance a tus amigas lo verás sentado con otra mujer en la mesa de un bar. Te levantarás de la silla y caminarás a casa llorando. No sabrás que él sí te había visto pero no tuvo el valor de seguirte.

***

Hace unos días encontramos unos teodolitos muy antiguos, Alejandra contactó a una casa de subastas y se interesaron en ellos, si los vendemos a buen precio tendremos pronto el café-galería. Sé que Mario y Alejandra están muy emocionados y quieren que vayamos a festejar. No estoy segura, encontré ayer una carta de Bruno Sáez para mí, es como una confesión rarísima que me dejó una sensación fría en el paladar, como si acabara de tragar un gran trozo de hielo. Hoy es doce de marzo del dos mil once, la fecha que dice la carta, me siento abrumada y temerosa, pensábamos ir al aniversario de un bar cerca del centro. Sé que es sólo una tonta carta pero qué pasará si es verdad y la vida de Bruno peligra, tan sólo de pensar en ello el estómago se me revuelve. Creo que necesito caminar un poco, que me dé el aire para alejar las náuseas.

Después de tanto caminar, me senté en un café al final de la avenida Fresnos, no quiero alterarme más así que pedí una infusión de jazmín. Mirar el desfile de autos y personas por la calle me ha tranquilizado, sin darme cuenta la noche se ha venido encima y están a punto de cerrar el pequeño local. Busco mi monedero en mi bolsa y escucho que alguien me dice: ¿Sabes? Yo ya te conozco, no de ahora sino de hace mucho tiempo. Alzó la vista y veo la playera de los Rolling Stones, sé que tengo que alejarme a toda prisa antes que hable pero algo en sus ojos me lo impide, me quedo sentada… creo que empiezo a recordar.

Texto ganador del tercer lugar de la categoría de cuento del Certamen de cuento y poesía de ciencia ficción José María Mendiola edición 2016.
“El misterioso personaje llamado Bruno Saenz”
de Samantha Páez Guzmán
Puebla, Puebla.

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