Primero será la pintura

Despegó el pincel del lienzo,  retrocedió unos pasos y contempló el cuadro de lejos por un momento. Juzgó que su trabajo estaba completo finalmente.

— ¡Delacroix, perdóname! —exclamó Henri.

Arrojó el pincel y la paleta como si quemaran sus manos. Las cosas cayeron encima de una mesa llena de utensilios manchados de pintura y botellas vacías de merlot que sirvieron para afianzar el pulso del pintor. Paseó la mirada por las brochas, las espátulas, las paletas y los tubos de óleo. Sintió lástima por esos cómplices inanimados e inocentes que le permitieron cumplir las órdenes de los invasores. Después recapacitó sobre la ironía de su destino. Había dedicado toda la vida a salvaguardar el patrimonio artístico de la humanidad y ahora, debido a la labor de unos cuantos meses, seria recordado como el peor iconoclasta entre los terrícolas.

— ¿Hoy terminaste? —preguntó Margot al aparecer en la entrada.
— Ven y dímelo tú.

Henri mantenía siempre abierta la puerta que conectaba el taller con el resto de la casa. Prefería trabajar en la intimidad hogareña y mucho más con un encargo crucial como el último. Cuando los invasores le impusieron esa terrible labor aceptó con la única condición de pintar en su estudio personal. Las autoridades del Louvre tuvieron que embalar el valioso cuadro y enviarlo hasta su domicilio particular. Pero Henri no era uno de esos genios raros que trabajaban en una estricta soledad. Antes solía recibir amigos y discípulos con quienes charlaba en tanto que coloreaba un tríptico o retocaba un bodegón. Las visitas disminuyeron conforme las figuras del otro mundo se apoderaron de su taller. Ya nadie más que Margot se atrevía a confrontar el panorama enrarecido por los invasores.

Sobre las paredes colgaban pliegos de papel llenos de perfiles inquietantes, dibujados al carbón frenéticamente. En los rincones había bastidores con telas pintadas de glóbulos arborescentes, sin aspecto comprensible. Se trataba de todos los estudios y los bocetos que Henri realizó para adiestrarse en la nueva anatomía que debía plasmar. De poco sirvió la experiencia previa de la figura humana. Se enfrentó a una complexión de naturaleza extremadamente ajena. Un cuerpo tortuoso, desconcertante y casi imposible de plasmar en el lienzo. La silueta más sencilla desafiaba a cualquier escorzo de Rafael. El problema empeoró sin un modelo vivo, ya que Henri tuvo que pintar a partir de fotografías y videograbaciones de archivos militares, exclusivamente. Y, a pesar de todas las dificultades, logró el dudoso merito de pintar el primer retrato realista de un marciano, sin jamás ver un marciano en realidad.

— ¿Eso es un marciano?—dudó Margot frente al caballete.
— Sí, con mayor precisión, un marciano hembra —contestó—; aunque no estoy muy seguro de las diferencias respecto a los machos de su planeta.

El cuadro nunca más llevaría el nombre de La libertad guiando al pueblo, tendría que rebautizarse de una manera acorde a la imagen usurpadora. Henri no había modificado la mayor parte de la composición. El escenario todavía se abría entre los escombros y los cadáveres de una barricada, la humareda y la muchedumbre se extendían al fondo. Tampoco cambió la disposición de los personajes. Ahí aparecían las figuras de la revolución: el obrero del sable, el burgués con mosquete y el joven pistolero, todos con la apariencia de siempre. No obstante, el trío dirigía la mirada a quien les encabezaba y quizás no podían reconocerla. En lugar de la mujer del fusil con bayoneta y la bandera tricolor en alto, aparecía una efigie verdosa que ondeaba la insignia del planeta Marte. El vestido rasgado no revelaba los pechos bellos y briosos, si no unas glándulas bulbosas cuya función Henri no deseaba conocer.

— A mí me parece un garabato espantoso —afirmó Margot.
—Lo pinté de la mejor manera posible —se excusó—, a pesar que cada toque de pintura significaba una traición a nuestra gente.
— No seas tan melodramático.

Los extraterrestres habían conquistado la Tierra sin posar un pie encima, o sin posar un tentáculo, más apropiado. La guerra aconteció en el espacio interplanetario, bastante lejos de los espectadores. Toda la acción bélica se dio a conocer únicamente por la televisión y los periódicos electrónicos. Las naves militares de los marcianos impusieron un perímetro a la órbita del planeta azul. Las naciones humanas lanzaron como respuesta una flota conjunta. Después de varias batallas espectaculares el perímetro orbital no pudo ser roto. Los diplomáticos terrestres pactaron la rendición con tanta premura que todavía se desconocía el aspecto de los vencedores.

Los habitantes de la Tierra temieron que ocurriría un exterminio total de su especie o una deportación masiva a otros mundos o un saqueo sistemático de los recursos planetarios; cosas espantosas que se habían visto en las películas. Sin embargo el mandato inicial de los nuevos amos fue de un carácter distinto, mucho más inquietante y trascendental: ordenaron que las grandes piezas pictóricas de la humanidad debían modificarse inmediatamente para aparecer protagonizadas por personajes originarios de Marte. La primera obra elegida fue el famoso cuadro de Delacroix, por motivos obvios. La infame labor recayó en Henri Bonaventure, un reconocido restaurador de piezas clásicas. El pobre sujeto sufrió la expulsión y la condena de la comunicad artística internacional. Incluso recibió amenazas por parte de algunos colegas antes de comenzar a trabajar.

— Se trató de una cuestión de supervivencia. Tenias que hacerlo —Margot suavizó la voz para consolarle—. Elegiste hacer lo mejor para nosotros. Imagina qué hubieran hecho los marcianos  en caso de negarte.
— Sí, imagino…

Henri se distrajo enjuagando la pintura verde de los pinceles y las brochas. Por supuesto que los marcianos eran verdes, como siempre entrevió la cultura pop. Pero el suyo consistía en un verde muy particular, un verde procedente de otro mundo, una coloración inaudita en la Tierra. Mucho antes que una cerda rozara el lienzo, Henri tuvo que igualar el color marciano original. Experimentó con una amplia gama de verdes, desde el tono oliva hasta el jade. Y descubrió la tonalidad indicada en una mezcla exacta de cian y amarillo. El resultado era una coloración tan compleja y destacable que merecería una fama similar al rojo de Tiziano. Pero Henri no se sentía orgulloso por haber conseguido ese color. Deseaba desaparecer hasta la última molécula verde de sus herramientas.

— No hay que preocuparnos por lo que suceda después, ya terminaste con esto y es lo único que importa. Considérate jubilado. Nos iremos de vacaciones y todo quedara en el pasado —Margot sumaba argumentos con convicción.
— Al contrario, temo que apenas comienza —dijo Henri ensombrecido —. Cuando les entregue este cuadro me encomendaran otro. Quién sabe, tal vez tenga que convertir en marcianos a los hombres grises de Magritte. O tal vez me manden a la capilla Sixtina para quitar a Dios y colocar a una deidad extraterrestre.
— Los invasores son ateos. Leí un artículo al respecto en el Times. Sólo tienen creencias animistas durante su fase larvaria.

Henri no supo qué contestarle. Tomó un frasco de disolvente, impregnó un jirón de estopa y empezó a desmancharse las manos con dedicación. Se sentía como Lady Macbeth, marcada por un crimen indeleble. Tenía pintura verde bajo las uñas, entre los dedos, en los pliegues de los nudillos y hasta en los codos. Henri restregó sus brazos, asegurándose de no dejar rastro del color. La evaporación del disolvente le alivió un poco el cansancio de las manos. Habían sobrellevado un gran trabajo aquellas manos. Al principio temblaron y dudaron antes de colocar el punto inicial, como las manos inexpertas de un pintor principiante. Cada mancha posterior produjo un caos de ideas y sensaciones: ira, impotencia, vergüenza, resentimiento, tristeza. Conforme avanzó el trabajo la habilidad se impuso a los sentimientos. Pronto dominó la pincelada entrecortada y turbulenta que se requería para asemejar la textura del extraterrestre.

— Entiendo que los marcianos quieren reemplazar nuestras imágenes —dijo Margot con el dedo índice en el mentón—. Pero no comprendo porque utilizan métodos comunes. Sin duda tienen tecnología avanzada que haría el cambio más rápido.
— Los marcianos desean romper nuestro espíritu, no sólo usurpar la iconografía. Nos volverán esclavos que forjen las cadenas. Primero será la pintura, porque los marcianos son seres visuales como nosotros; pero continuaran las demás artes. Y el resto de las ciencias humanas con el tiempo. Llegara el día en que los profesores enseñaran a los niños que Sócrates paseaba por los barrancos de Marte.

Esta vez fue Margot quien se quedó sin palabras. Mordió la punta de su dedo índice con nerviosismo. Luego le dio la espalda al caballete.

— Iré a poner el guiso en la estufa —dijo desanimada—. Te espero en el comedor, no tardes —. Se dirigió hacia la puerta sin levantar la cabeza.

Henri no se preocupó por su esposa. Sabía que el carácter de ella era mucho más fuerte que el suyo. No dudaba que Margot tenía mejores oportunidades de sobrevivir a la invasión.

A solas volvió a contemplar la obra por unos minutos. La capa de pintura continuaba fresca. Tomó una espátula de la mesa y la esgrimió amenazante. La sangre palpitó en su antebrazo. Era el momento idóneo para raspar la capa reciente y revelar la imagen autentica, hermosa y valiente. Y si los invasores se molestaban, él se sentía dispuesto a vaciar el frasco de disolvente sobre el cuadro. Pues más valía entregar un lienzo en blanco que perder la libertad. Henri se aproximó al cuadro. Vio directo a los ojos del marciano o lo que fueran esas celdillas entrecerradas. No pudo sostener la mirada ni por un instante. La espátula resbaló de sus dedos y golpeó el suelo con escándalo. Mansamente se apartó del cuadro. Entreabrió la ventana para que la estancia estuviera ventilada mientras la pintura secaba.

Antes de salir del taller reflexionó en la larga vida de las razas planetarias, incomparable con la breve existencia de un individuo. Supuso que durante los eones próximos reinarían y decaerían incontables imperios de razas alienígenas y especies estrafalarias. Concibió la esperanza de que una mano venidera, o tenaza ulterior, reemplazaría al marciano del cuadro con una imagen diferente. A lo mejor en un futuro no muy lejano la libertad tendría el aspecto de un gasterópodo de Neptuno o un fungiforme de Alfa Centauro. Entonces el infame nombre de Henri Bonaventure seria borrado de los anales galácticos.

— La Historia del cosmos es una superposición de oleos —sentenció sin que nadie lo escuchara.

Texto ganador del segundo lugar de la categoría de cuento del Certamen de cuento y poesía de ciencia ficción José María Mendiola edición 2016.
“Primero será la pintura”
de Krsna Agustín Sánchez Nevarez
Guadalajara, Jalisco.

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