Larvas

Vi a mi hermano Raúl por primera vez en tres años, en una lluviosa tarde de octubre, durante el funeral de nuestra madre. Su profesión lo orillaba a estudiar ruinas olvidadas y hacer excavaciones en pueblos fantasmas. Su rostro me sorprendió, pues asemejaba una máscara mortuoria como las que tanto le gustaba coleccionar desde niño. Su mirada era más dura ahora, adoptó ese semblante desde el secuestro de su hijo de siete años, durante una expedición en Perú. El chico nunca apareció.

— Jonás, me da gusto verte —dijo con un remedo de sonrisa—. Excepto, claro, por las circunstancias.
— Igualmente. ¿Cómo se encuentra Sara?
— No muy bien —su rostro se ensombreció—. Todavía está tomando terapia. Es peor para una madre, perder a su único hijo. No es que a mí no me duela, pero intento ser fuerte, por ella.

Después de un incómodo momento, rompió el silencio.

— ¿Sabes por qué eligieron un ataúd cerrado?
— Mamá tenía una enfermedad desconocida en la piel. Tan rara que el doctor nos pidió permiso para bautizarla con nuestro apellido. Sus pústulas sangraban todo el tiempo, teníamos que cambiarle las vendas continuamente. No fue una muerte amable.

Se quedó pensativo mientras se acariciaba la barba.

Después de las exequias acordamos visitar a Raúl y Sara en su casa de campo. Un par de semanas después se llegó el día de la reunión y nos dirigimos a la antigua finca. Era una casona en las afueras de Cuernavaca, construida desde antes de la guerra de independencia. Mientras me estacionaba me pregunté cuántas brutalidades debió haber atestiguado su vieja fachada. Cenamos recordando anécdotas de nuestros padres y tomamos vino mientras nuestra hija corría persiguiendo a los perros. Después de enviar a la niña a dormir, él y yo fuimos al estudio a mirar los videos de las expediciones, nuestras esposas adujeron cansancio y se dirigieron a sus habitaciones.

Su estudio era el cliché de la guarida de un antropólogo. Máscaras ceremoniales africanas nos observaban desde lo alto, como severos jueces. Armas, dagas de piedra y figuras de barro cubrían los estantes. La historia del homo sapiens es un extenso río y él era un niño curioso que recogía piedras a su orilla. Me sentía orgulloso de él y lo envidiaba, la bebida me orillaba a reflexionar en el poco contacto que ha tenido mi vida con lo trascendental.

Compartimos el brandy mientras me mostraba su investigación; extrañas edificaciones que parecían diseñadas por un arquitecto demente, con escaleras y conductos que contradecían el sentido común, una clepsidra colocada de tal forma que parecía contravenir la gravedad. No existía ningún ángulo recto en sus construcciones, excepto por las puertas en forma de T mayúscula, que me causaban ansiedad. Le pedí que lo detuviera cuando apareció la primera fosa llena de huesos. Tenía ganas de vomitar.

— Hay un video más. Necesitas verlo, para entender lo que te mostraré.

Al principio creí que era una broma. Estaba grabado en el formato blanco y negro de baja calidad entregado por las cámaras de seguridad. Dos seres humanoides aparecieron en la cima de una pirámide, tenían la constitución de un toro, si estos pudieran caminar erguidos, pero sus extremidades eran excesivamente delgadas, como las patas de un insecto. Su piel era oscura y oleaginosa. Se movían sin esfuerzo, tal como un hombre se mueve a través del tiempo. Un grupo de niños se replegaban temerosos a las paredes de las jaulas que los contenían. De alguna forma sabía de antemano que contemplaría algo terrible, pero el morbo no me permitió desviar la mirada de la pantalla.

Uno de los seres tomó en brazos a un infante, que pataleaba alterado, le acarició el cabello con sus cómicas manos y lo sostuvo frente a su pecho, mientras que el otro monstruo desarticuló su mandíbula y arrancó sin esfuerzo la cabeza del niño, como quien come una manzana. El primero extendió una probóscide desde su hocico y bebió de la herida sangrante. A pesar de que el video no tenía audio, podía imaginar los gritos de los demás infantes, por encima del martilleo de mi corazón.

Volteé a verlo, esperando que me confirmara el engaño. Su adusta mirada me abrumó. Me fallaron las piernas. Expulsé los bocadillos, el licor y la cena sobre la alfombra persa del estudio, no pareció molestarle.

— Les gusta el miedo —dijo con una sonrisa infinitamente triste—. Han estado aquí desde antes que el primer mamífero alzara la cabeza y estarán cuando todo esto no sea más que un enorme cementerio orbitando una agonizante hoguera. Les disgusta el frío, así que están adaptando el planeta a su gusto.

Yo estaba hincado sobre el piso, tembloroso y sin poder levantarme.

— Ven, hermano —dijo y me levantó con una mano sorprendentemente fuerte. Me llevó a empujones a una choza derruida, alejada algunos cientos de metros de la construcción principal—. Te mostraré una larva.
— ¿Sabías que antes se referían a los fantasmas como larvas? —preguntó. No respondí.

El penetrante olor a amoniaco golpeó mis sentidos aún antes de entrar. Dentro de la construcción había una mujer, envuelta en un capullo pegajoso que palpitaba como un corazón, tan sólo su cabeza sobresalía. Le faltaban partes del cuerpo, como si tuviera lepra o hubiera trabajado sobre ella un taxidermista incompetente. A través la pupa transparente podía ver como se regeneraba su cuerpo, Raúl le sujetó su deshilachado cabello y me mostró su rostro.

— ¿La reconoces? —preguntó.

Por fin vi al fantasma. Era nuestra madre. Imposiblemente joven.

— La desenterré. Pensó que podía engañarme con el falso funeral. Pero yo se que clase de sangre corre por nuestras venas —le volteó la cara de una bofetada—. Dile, madre, dile lo que hiciste con tu primogénito.

No sabía de lo que hablaba, no teníamos un hermano mayor.

La luz de luna entraba por las desvencijadas ventanas, mis ojos la percibían tan roja como los antiguos cuartos de revelado fotográfico. Nuestro satélite colgaba en el cielo, el enfurecido ojo de un Dios hambriento. Raúl se quitó la camisa y cortó su pecho con un filoso pedernal que había sustraído de su estudio. Su herida dejó de sangrar en segundos, después de un minuto la piel no mostraba ninguna señal de haber sido cercenada. Sentí como la orina caliente mojaba la pernera de mi pantalón.

— Me han mostrado el sol de medianoche, el cual produce más frío aún que la propia oscuridad. Así como el trono de huesos. Han cortado el cielo y a través del pliegue pude ver al Forastero. Tan sólo somos industriosos insectos para él. Esto ya ocurrió, esta ocurriendo en estos precisos momentos. No hay forma de escapar a la causalidad. Pero podemos salvarnos, formar parte del ciclo —dijo.

Sin darme oportunidad de reaccionar, introdujo su pulgar manchado con sangre en mi boca, mi lengua hizo contacto con el líquido. Retrocedí e intente escupir el repulsivo sabor metálico.

— Mira por ti mismo —exclamó.

Mysterium tremendum. Me encontré caminando en alguna calle parisina, los restos de la torre Eiffel decorando la distancia. Incontables esqueletos poblaban la calle. Como si las catacumbas de París hubieran vomitado su contenido. Una repugnante peste permeaba la ciudad. A pesar de que la noche había caído, sentía tanto calor que me obligué a quitarme la camisa, me sentía en una era geológica diferente. Un grupo de personas copulaban en medio de los huesos, privados de mi presencia. En el centro de la ciudad se encontraba el vórtice invertido, un antinatural torbellino posado sobre una roja pirámide. Sentados en sus tronos de carne y ligamentos se encontraban los nuevos, los verdaderos, dueños del mundo. Y más allá, asomándose desde esa herida en el cielo, una presencia enorme, tan inefable y pura, que no podría ser reducida a palabras. Éramos nada para ese ser, ni siquiera gusanos, meras larvas.

Un grito a la distancia llamó mi atención.

Volví a mi particular realidad. Sufrí una convulsión, el reflejo inconsciente de mi cuerpo intentando expulsar los inexistentes restos de comida de mi estómago. Mi garganta estaba desgarrada de tanto aullar. Mi hermano intentó reconfortarme apretándome el hombro.

— No obligo estos actos sobre ti. Deseo que sobrevivas a la siega que se aproxima. Deberás elegir; vivir como siervo o morir junto al resto del rebaño. Tan sólo requieren un pequeño sacrificio. Como prueba de tu lealtad.
— ¿Que le ocurrió a tu hijo? —pregunté, instintivamente.
— Podrás tener más. Todos los que quieras.
— No. No. No. ¡NO…!

Lo empujé y corrí hacia el falso refugio de la casa. Tan sólo se apreciaba su relieve difuminado entre la niebla, como un espejismo. Corría hacia mi esposa, hacia mi hija. La voz de mi hermano continuó persiguiéndome en la oscuridad. Ninguna luz iluminaba su interior.


Sobre el autor: Jaime Tello – Ingeniero en automatización, lee ciencia ficción desde niño, tiene un blog de reseñas de literatura (http://eljardindelsuenoinfinito.blogspot.mx) ha sido publicado por Papeles de la Manscupia, Revista Hiperespacio y Penumbria.

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