El eco del miedo

Tras ver el largometraje El eco del miedo como parte de Tenebra Film Fest, hay algunas reflexiones que quizá sea útil dejar por escrito… o quizá no.

Según ha explicado Sam Reyes, el director, quien se hallaba presente y entabló un agradable diálogo con el puñado de personas que constituíamos la audiencia (triste ver que de tantos supuestos apasionados del género en la ciudad, casi nadie se molesta en presentarse para estas cosas), esta cinta es su ópera prima, realizada en 2005. Me pareció oportuno comentar –puesto que la cinematografía es una labor ingrata en México– los aciertos que observé: la actuación busca el realismo, lo que implica necesariamente que los protagonistas no serán tan expresivos como en una película promedio, pero en cambio producen una mayor verosimilitud; y la dirección se encuentra orientada a la historia, busca narrar de manera eficaz y lo consigue, sin perder tiempo como suele suceder con demasiada frecuencia en el “cine de arte” con el preciosismo de escenas o viñetas engorrosas o, como señalaba el director, con los “homenajes” que saturan muchas óperas primas.

La realización es bastante satisfactoria, sin duda; por otra parte, lo que me interesa ahora es hablar de lo que esta cinta nos dice acerca del género de terror, y en particular de los autores y narradores de terror –tanto visual como escrito– en México.

La película es lenta; sin embargo, en retrospectiva, la historia no funcionaría si fuese comprimida en un cortometraje. Lo que sucede es que una cosa sobra en ella, y es justamente el gran error narrativo –quizá más de guión que de dirección– que se reitera a lo largo de la película: una y otra vez, nos encontramos ante prolongadas secuencias que deberían ser, se entiende, los momentos de mayor suspenso, en las cuales la protagonista deambula por la casona linterna en mano; y, si bien más tarde ella dirá a su esposo que siente una presencia y se siente observada, nosotros, el público, podemos ver en numerosas ocasiones a la siniestra presencia fantasmal de cabellera alborotada que la observa, la acecha, sigue sus pasos, se aproxima a ella… pero la mujer nunca la ve.

Ahora bien, este es justamente el lugar común que más odio en una película de terror, por lo que quizá sobrerreacciono. Intento no arruinar la trama para quienes no la han visto, pero sí diré que hay un aspecto de peso que podría justificar este manejo de la situación; aun tomando esto en cuenta, me parece que de esas interminables escenas de recorrer la casa entre sombras podrían haberse recortado unos quince minutos para beneficio de la cinta. Porque el permitir que la audiencia vea al ser amenazante y la protagonista no, es una trampa fácil que además arruina la identificación con los protagonistas, ya que nos colocan en una posición en que ya no estamos experimentando la situación a la par de ellos. Por ello este recurso sólo funciona en momentos excepcionales. Si se desea comunicar la sensación que tiene la protagonista de ser observada o de una presencia, esto debe hacerse a través de la atmósfera, de la dirección, de la actuación; no de hacernos ver todo el tiempo a la “presencia invisible”. Más Val Lewton, menos William Castle.

Hablando de cineastas clásicos, el manejo de cámara y de las sombras fue reforzado por el escenario de una magnífica mansión bien conocida por los tapatíos. Sin embargo, considero que la película habría sido muy superior de haberse escenificado en una residencia moderna. Aunque dentro de la literatura, la mansión gótica se volvió obsoleta al entrar el siglo XX, al tratarse de un elemento visual excelente, se volvió parte integral del cine de terror desde sus inicios hasta los años 60, pasando por casonas como la de Usher en la versión de Roger Corman, Hell House, Hill House, la Casa de las Sombras Tenebrosas, etc. El canto de cisne –o graznido de guajolote, en este caso– de la mansión gótica en el cine fue la segunda versión de “The Haunting” (1999), justamente la cinta que desbordó el abuso visual que casi acaba con el género en esos días y que, de manera nada casual, coincidió con el nuevo aliento de la parquedad de El proyecto de la Bruja de Blair, que apareció casi de manera simultánea con “The Haunting”. En México, la mansión gótica tiene también una ilustre historia, a través de clásicos como “Hasta el viento tiene miedo” y “La mansión siniestra” (la única cinta digna entre las que realizó Boris Karloff en México). Los recientes remakes sólo han subrayado el hecho de que las antiguas fórmulas deberían quedar como parte de ese pasado. Al recrear un ambiente gótico, El eco del miedo está inventando la rueda: está utilizando un recurso que el cine hace mucho agotó, y por mucho que Guillermo del Toro y Tim Burton se aferren al cadáver del escenario gótico, éste ya se ha descompuesto. Por eso, justamente por eso insisto en que hay que leer –y ver– lo que los creadores actuales están haciendo dentro del género; porque de otro modo, el resultado puede ser una excelente historia, pero que habría encontrado mejor sitio de haber sido hecha medio siglo antes, como sucedió, por ejemplo, con “Los otros”.

Incidentalmente, Sam Reyes se muestra bastante cínico ante la afirmación del guionista de haberse “inspirado en hechos reales”. Yo, en cambio, no lo pongo en duda: la inspiración debe encontrarse en el hecho real de que el guionista fue una noche de hace casi dos décadas al cine a ver una cinta de M. Night Shyamalan. El concepto, aunque de fuente inequívoca, se encuentra bien manejado y logra un final de impacto, aunque por lo que pude observar por los comentarios de algunas personas, éste es mucho mayor cuando uno no está consciente de ese y otros numerosos antecedentes fílmicos, así como de las magníficas historias televisivas de Rod Serling (la escasa audiencia era en su mayoría muy joven para recordarlas, claro). Serling habría hecho una excelente labor en una adaptación de 60 minutos, y como dije antes, si se recortaran algunas cosas, seguramente el resultado sería una historia que él habría aplaudido. Lo mejor de imaginar lo que El eco del miedo podría haber sido en manos de un guionista consciente del género es saber que los realizadores todavía tienen lo mejor de sus carreras por delante y bien podrían superar eso que imaginamos.

Finalmente el cine de terror crece en México, y el género ha dejado de ser esporádico para volverse una presencia innegable en las letras nacionales. Ahora, necesitamos que se mantenga afianzado en el presente para que tenga un futuro sólido.

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