Za Sbychu Mecht

Amelia no había hablado en toda la noche. Ni siquiera ese «¡qué horror!» que utilizaba a menudo para opinar sobre cualquier cosa, o cuando no tenía nada que decir pero se esperaba de ella una respuesta. Ahora se valía de interjecciones, ojos muy abiertos o ligeros asentimientos para fingir interés. En tanto no la obligaran a participar de ningún tema, se concentraba en alargar su plato lo más que pudiera, llevándose a la boca delicadas porciones de arroz con cebolla, carne de res, plátano y aceituna deshuesada. En ocasiones, se mojaba los labios con vino y miraba lejos, por la ventana.

El coronel Lukyánov relataba cómo había logrado sobrevivir al sitio de Stalingrado veinte años atrás. La marcada erre y su incapacidad para conjugar los verbos en español, no le quitaban el tono heroico, casi novelesco que su voz y amplios gestos daban a la historia. Caridad soltó una risotada de barrio bajo cuando él, con la cara enrojecida, se levantó de la silla y representó, en medio del comedor, un episodio en que «el tovarich Serguei empujarme hacia el tanque alemán, ¡y yo cagar miedo!».

Néstor, sentado al lado de Amelia, prestaba poca o ninguna atención. A cada rato miraba su reloj de muñeca o se acomodaba los espejuelos. Con tanta o más frecuencia, se acariciaba la melena negrísima que el mismo Lukyánov le había reprochado al inicio de la velada, después de que Caridad los presentara con un «Dmitri, este es Néstor, el novio de mi hija».

Se acercó al oído de Amelia y murmuró:

―¿Es obligado estar aquí?
―¿Qué tú crees? ―contestó ella, apoyando la cabeza en el hombro del joven.
―¿Te pasa algo, mi niña? ―le preguntó Caridad.

Amelia levantó la cabeza.

―Nada, mami. Es que no tengo ganas de celebrar.

Lukyánov, que escenificaba la parte en que, después de meterle una granada al tanque, brincó un muro de estuco chamuscado para protegerse de la explosión, detuvo su actuación al percatarse de que nadie le hacía caso.

―Pero es tu cumpleaños, Amelia ―dijo Caridad.
―¿Y? ―soltó la muchacha.

Con la barbilla señaló al televisor RCA que, como el viejo radio situado al otro lado del comedor, nadie se había atrevido a encender desde las seis de la tarde.

El rostro de Caridad cambió por completo. El ruso, por su parte, recobró de golpe la austeridad de los primeros minutos de la velada; tras ocupar su asiento junto a Caridad, agarró una copa y se quedó en silencio. Entretanto, Néstor deparó en la botella de ron; medio vacía.

―¿Por qué no vamos a comprar más Havana Club? ―sugirió.
―Pero si tú no tomas, Néstor ―replicó Amelia.
―Sí, mi amor, pero no tengo ganas de estar aquí. ―dijo él, bajando la voz―. Anda, vamos, que llevo dos horas sin fumar y sin darte un beso como Dios manda. Además, este ambiente está raro ―y una vez más echó un vistazo a su reloj de muñeca―. Por cierto, ya casi empieza Juntos a las Nueve. ¿Por qué no han encendido el televisor?
―Porque a nadie le interesa ―dijo Amelia.
―¿Interesarle qué? ¿El programa?

Lukyánov, que había vuelto a ponerse contento, se dirigió a los demás y alzó su copa de vodka para invitar a un brindis por Lenin, por el Socialismo, por la Revolución de Octubre, por la Revolución Cubana, por el camarada Fidel, por el camarada Kruschev, por los obreros y los campesinos, etcétera. Cerró la lista con un sonoro ¡za sbychu mecht!

―Porque los sueños se cumplan ―repitió Caridad con tristeza.

Néstor se limitó a terminar su refresco.

―Joven, usted ser poco hablador ―dijo el ruso―. ¿Por qué no contar historia de su vida? ¿En que trabajar, por ejemplo?
―Verá, coronel, ahora mismo no trabajo ―respondió Néstor―. Estoy buscando una plaza de guionista en la televisión, pero la cosa está difícil.
―Entonces, tú ser escritor.
―Más o menos. Solo he escrito algunos cuentos cortos y par de guiones.
―Impresionado, tovarich. ¿De qué escribir usted…? ¿Héroes de la Revolución, alfabetizadores, campesinos, la guerra?
―Sólo ciencia-ficción.
―Entonces tener ideas progresistas ―afirmó el coronel. ¡Molodiets! La utopía alimentar el pueblo, le dar ganas de ir al frente.
―No, para nada ―dijo Néstor―. No escribo utopías. Prefiero narrar futuros apocalípticos… holocaustos nucleares y esas cosas, ya sabe.

Al oír esto, Lukyánov miró de soslayo el televisor apagado; luego sostuvo, con Caridad, una suerte de comunicación muda que alimentó un incómodo silencio de casi medio minuto. Amelia agarró fuerte la mano de Néstor, bajo la mesa. El coronel, escudriñando al joven, sonrió de repente y, con tono jovial, afirmó que el papel de la literatura era cultivar al pueblo, mostrar que un futuro socialista era posible y hacer consciente a cada persona de su papel en la sociedad.

―No extrañar que usted no conseguir trabajo en televisión ―añadió, para luego mencionar a un tal Iván Yefrémov y su novela La nebulosa de Andrómeda; y sugerirle a Néstor que, si quería llegar a tener éxito con la ciencia-ficción, escribir como aquel era la mejor alternativa.
―Con todo respeto, coronel, no me gustan las apologías a ningún sistema social ―afirmó el joven―. La literatura no tiene por qué ser adoctrinadora. Es solo un entretenimiento. Yo escribo porque me gusta, y solo espero que a los demás disfruten mis historias. Nada más.
―No le contradigas ―murmuró Amelia―. Este hombre es de la seguridad soviética, ¿quieres que…?
―A usted, entonces, gustarse escapar de la realidad y del deber revolucionario ―dijo Lukyánov―. Ser lástima, Néstor, mucha lástima, porque mundo nuevo necesitar escritores para guiar, comprometidos con su época, no entretener la ignorancia del pueblo.
―Simplemente me mantengo al margen de la política ―reconoció Néstor―. El arte no tiene que ver con nada de eso. Que yo no quiera escribir sobre campesinos y revoluciones, no significa que no sea revolucionario.
―Nadie ser no político. Se estar a favor o en contra del pueblo, ser capitalista o socialista, y la literatura siempre ser política. Tener usted que reconocer eso.
―¿Ha leído a Frederick Pohl?
―Literatura capitalista ―sentenció Lukyánov.
―¡Todo lo contrario! De hecho, en Pórtico, Pohl critica al capitalismo, y no era un socialista conocido, como Wells.

El coronel iba a responder, pero Caridad intervino:

―Dimitri, no te molestes con el muchacho. Es casi un niño. Todavía no sabe nada de la vida ni ha tenido que luchar por esto. Déjalo, aprenderá con el tiempo.
―Eso esperar yo ―dijo el ruso.

Amelia apretaba los labios, como si intentase aguantar un ejército de palabras que luchaban por salir de su boca. Nadie deparó en aquella reacción contenida pero, cuando Lukyánov se dispuso a brindar de nuevo, la muchacha dio un puñetazo en la mesa y gritó:

―¿Qué carajo esperas, ruso de mierda? No hay nada que esperar. Ni tú, ni él ―y se dirigió a Caridad―… ni tú, mamá. Ninguno de ustedes puede esperar nada. ¡Ustedes los rusos tienen la culpa de todo! No sé qué coño estamos celebrando. ¡Deberíamos estar escondidos bajo tierra! ¿Por qué nadie dice nada? ¿Por qué nadie sabe nada? ¡Esto no es normal!

Néstor, visiblemente confundido, trató de calmarla pero ella se crispó como un gato.

―¡No me toques, Néstor! ¡No me hables! ―con los ojos húmedos, se dirigió a Caridad y a Lukyánov―. ¡Ninguno de ustedes! ¿Me oyeron?

Diciendo esto se largó del comedor. Caridad, muy agitada, iba a seguirla pero Néstor le dijo «deje, voy yo», se levantó de la silla y fue tras Amelia. Unos segundos más tarde, se podía oír al muchacho tocando a una puerta al final del pasillo.

―¿El joven no saber? ―preguntó Lukyánov.
―¿No me dijiste que no lo dijera? ―dijo Caridad, temblando―. ¿No me dijiste que era un secreto de Estado? ¡Yo cumplí! Nadie lo sabe excepto Amelia, y solo porque nos oyó ―diciendo esto rompió en llanto―. Coño, Dimitri, si no nos hubiera oído. Yo solo quería que estuviera contenta en su cumpleaños.

En el pasillo, Néstor oyó descorrerse el pestillo del otro lado de la puerta. Abrió lentamente. Su novia estaba tirada en la cama con la almohada sobre la cara.

―Este es el cumpleaños más extraño que he visto ―reconoció Néstor―. ¿Me puedes decir qué pasa?

Amelia retiró la almohada y la puso a un costado.

―¿Puedes trancar la puerta y venir aquí?

El joven corrió el pestillo, fue a la cama y se tendió a su lado. Sin más, ella lo besó en los labios; le acarició el pelo, la nuca; le metió una mano debajo del pantalón: «Hazme mujer, por favor. Hazlo ahora, antes de que sea demasiado tarde».

En la sala, el coronel encendió el televisor. La programación era la acostumbrada: no había notas de prensa ni noticias de última hora. El canal seis transmitía Juntos a las Nueve, presentado por un tal Amaury Pérez.

―El teléfono no ha sonado ―dijo Caridad.
―Ni ir a sonar ―dijo el ruso―. Venir a balcón conmigo, por favor.

Después de tomarla de la mano, salieron afuera. La ciudad estaba tranquila, fresca; una noche más de octubre. Apenas había autos en la calle, solo algunas personas, y las luces de las casas no impedían que se vieran las estrellas más brillantes. Caridad, con el pelo revuelto por la ventolera, abrazó a Lukyánov. Así permanecieron durante un rato, hasta que el coronel la apartó un poco para mostrarle un punto luminoso que acababa de aparecer en el cielo. Descendía dejando tras de sí una estela de cometa, pero mucho más larga. A cada segundo se volvía más brillante.

―¿Es ese? ―preguntó Caridad.
―No haber duda ―contestó Lukyánov, con gravedad.
―Bueno, pues que los sueños se cumplan.

Un instante después, en el centro de la ciudad, el punto luminoso se trasformó en un intenso fulgor que apagó el cielo.


Texto ganador del primer lugar de la categoría de cuento del Certamen de cuento y poesía de ciencia ficción José María Mendiola edición 2016.
“Za Sbychu Mecht”

de Adolfo Nelson Ochagavía Callejas
La Habana, Cuba.

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