El señor Gerardo y los agujeros negros portátiles

Salieron al mercado los agujeros negros portátiles, fueron los basureros ideales.

La primera semana se convirtieron en la solución para detener la contaminación, simplemente todo se iba hacia otro lado y no volvían a saber de ello. Se implementaron en fábricas, en restaurantes y se pensó en hacerlo también en la industria. Los narcos y el gobierno ya estaban pensando en usarlos para desaparecer personas.

El problema era el Señor Gerardo, un tipo algo obsesionado con la limpieza: su departamento parecía un quirófano antes de una operación. Era la clase de persona que llegaba con los vecinos a reclamarles para que se llevaran la basura al contenedor grande. El primer día del lanzamiento de los agujeros negros él terminaba la décima pasada del rasurado impecable que se procuraba cuando cayó la primera bolsa sobre su cabeza. ¿Qué diantres pasó? (Era demasiado correcto para pensar en la palabra “chingados”). Trató de buscar al culpable, se quejó con el gerente y como no le hizo mucho caso increpó a los demás. Enojado, luego de tirar la bolsa en el contenedor, regresó y abrió su puerta, de la que fueron expelidas montonales de cosas desagradables. Fue una situación en crescendo.

Huyó a una casa a las afueras de la ciudad, no sabía cómo ni porqué se rodeaba de desperdicios. Pensó que se había vuelto loco. Intentó colgarse, pero las bolsas de basura crecieron bajo sus pies. ¿Cortarse las venas? Impensable en esa situación tan antihigiénica. Medicina: no, no quería vomitar. Finalmente se venció, se hundió entre los deshechos, se dejó morir. Los científicos se extrañaron y la compañía quebró, pues los agujeros negros dejaron de funcionar sin que nadie supiera nunca porqué.

 

Sobre el Autor: Jorge Chípuli – Obtuvo el premio de cuento de la revista La langosta se ha posado 1995, el segundo lugar del premio de minicuento: La difícil brevedad 2006 y el primer premio de microcuento Sizigias y Twitteraturas Lunares 2011. Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha colaborado con textos en las revistas Hiperespacio, Deletéreo, Literal, Urbanario, Rayuela, Oficio, Papeles de la Mancuspia, La langosta se ha posado, Literatura Virtual, Nave, Umbrales, la española Miasma y la argentina Axxón. Ha sido incluido en las antologías: “Columnas, antología del doblez”, (ITESM, 1991), “Natal, 20 visiones de Monterrey” (Clannad 1993), “Silicio en la memoria”, (Ramón Llaca, 1998), “Quadrántidas”, (UANL, 2011) y “Mundos Remotos y Cielos Infinitos” (UANL, 2011). Ha publicado el libro de minicuento: “Los infiernos” (Poetazos, 2014), “Binario” (Fantasías para Noctámbulos, 2015), “Deconstrucción de Eva” (Gato-Lunar, 2015), “Para cantar en los patios” (Editorial Urbanario, 2016) y “Sueños que riman” (poemario para niños bajo el seudónimo Don Patotas, editorial Gato-Lunar, 2015).
Ha expuesto de manera individual en la galería de arte Joaquín Clausell de Campeche, en el INEA, en la Casa de la Cultura de Guadalupe, en la Facultad de Artes Visuales de la UANL, en el Café Infinito, en el espacio cultural Gargantúa, y formó parte de la Galería Nacional, Edición Latinoamericana (DF). Y de forma colectiva en varios espacios como la Biblioteca Central, la UR y el BAM. Ha impartido cursos para niños en la FAV y en Conarte Niños. Fue parte de la Reseña de la Plástica Nuevolonesa 2007.

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