Celeste

Mira Ragnari el azul cielo, su profundidad

en oscura cadencia regala lluvia de estrellas

parece vuelo del cisne a la hora vespertina,

que, al remontar sobre espejo, regresa reflejos.

 

Mañana, tomará hacia el camino sideral,

viajero, en nave espacial, abrirá derrotero

a la nube de Magallanes en el gran gusano,

sendero en espiral y maremágnum esencial.

 

Sueña, Ragnari, esa noche en claros cúmulos

y oscuras nebulosas, impenetrables años luz

a la deriva, ofrece un grande, espacio vacío,

sin luces, ni sonidos, tampoco ecos del binario.

 

Plagado de oscuridad Ragnari agita dormido

en el lienzo de su cama, el nervio en su pecho

la soledad última que no permite compañía,

al alba, con liras y sinfonías, zarpará la nave.

 

No sólo la nave que irá, dispersas en el mundo,

miles antes del cataclismo que nacerá del Sol,

han intuido irrefutable que la amada estrella

ha entrado en un sino, del que ya no volverá.

 

Así, Ragnari, capitán de “Celeste” en atalaya,

ya mira debajo de sus pies, la que ha sido cuna,

a su frente, la extraña luminosidad en agonía,

triste vuelve, da último vistazo a aquella gloria.

 

Así la nave, con millones de almas dormidas,

ha iniciado el viaje a fronteras inimaginables,

viaje interestelar, Ragnari vigila día y noche,

fe de que “Celeste” los llevará a buen puerto.

 

De vuelta, con larga túnica blanca, está Ragnari

en el cielo de la nave, y como todos, también

duerme y sueña, el equilibrio ha llegado, confín

se halla más allá de Plutón, donde abrirá la puerta.

 

Como la nave “Celeste”, son miles que van,

dispersarán por el universo la semilla humana

de la Tierra, y del bastión, especies de la selva

y el mar, dormidos, como ellos, respiran a salvo.

 

Un día, ya despierto, mira a sol, perla lejana,

y presente sus longitudes de supernova, deriva

en la vecindades del sistema, Ragnari, entonces

activará, con precisión, la delta molecular iónica.

 

Así, abrirá una puerta a las estrellas, y más allá

de la vía Láctea, buscarán sentido y protección,

además de sol, convertido supernova, galaxia

madre, emana grave poder, y se autodestruirá.

 

Antes de que encienda Ragnari mece en arrullo,

sideral, había prometido no volver a mirar, ahora

desprenderá gran poder que llevará a la distancia,

posesiona así, corazón y mente un último vistazo.

 

Ya mira a través de la puerta a las estrellas

como lente orbital de Hubble, un día Ragnari

paseó la mirada en las fotografías del pasado

y sorprendió así, con los cúmulos y nebulosas.

 

Ahora se ventila realidad del universo, y allá

el gran gusano, sendero en espiral que llevará

por su maremágnum esencial, a la gran nave

de los hombres y las bestias en camino sideral.

 

Será entonces el salto quántico, ondulaciones

en silencioso vacío, circunvoluciones arco iris,

y proyección del orbital probabilístico, navegarán

en saltos pársec, cada lapso pasa en híper años luz.

 

Si así pudiera mirarlo Ragnari, pero duerme

en el cielo de la nave, mientras la nave surca

el gran gusano que, con torbellinos y sus giros,

los lleva a mundos de la nube de Magallanes.

 

De nuevo, Ragnari mira en el solario de “Celeste”

ha despertado en horas siderales tras largo sueño

ahora viajan entre luces de la nube Magallanes

han llegado a destino, y buscarán algún mundo.

 

Pero hoy, Ragnari se arrulla a soledad tangencial

de la cuna, nuevas generaciones vivirán en nube

y Vía, algún día explotará y alcanzará cuna,

ellos ya habrán marchado, o tal vez extinguido.

 

Y Ragnari mira otra vez, bajo luces de nube

el trabajo apenas comienza, y soslaya el futuro,

se abre el apetito de caminar en suelo, y mirar

a soles magallánicos, y apela a los instrumentos.

 

Translúcido como una catarata en sus inicios,

“Celeste” viaja en las ondulaciones de la Nube

todo es más brillante, lleno de luces, revienta

y amalgama la cercanía de sus traviesos soles.

 

Envía Ragnari pulsos de intermitencia iónica,

como palomas, traerán mensajes de los planetas,

así, la gente recibirá la buena nueva del lugar

en el que aposentará la generación del “Celeste”.

 

Dibuja, en el panorama del visor, la silueta

de la nube hacia atrás, y adentran otra vez,

ahora cada pársec recorrido, será de calma

para escuchar los murmullos que vendrán.

 

Después, Ragnari escucha ecos del silencio

del cosmos, se abre la brecha del espacio,

a unos pársec se divisan en lontananza soles

en par, binarios maduros y de gran brillo.

 

Quinto en línea, planeta desnudo y virgen,

en unos cuantos años, allí morarán, otra vez

sueño en el cielo de la nave, y antes Ragnari,

mira al telescopio: Hermoso azul de Tierra.


Texto ganador del primer lugar de la categoría de poesía del Certamen de cuento y poesía de ciencia ficción José María Mendiola edición 2016.
“Celeste”
de María Isabel Galván Rocha
Ciudad de México

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