Café Nexus – Parte 5

XIII

Las luces de los edificios iban acercándose poco a poco en el horizonte, mucho más cercanas que las estrellas en el cielo.

Tommy soltó un gruñido de impaciencia. Justo cuando creía que todo estaba saliendo sobre, bueno… sobre ruedas, tenían que regresar los problemas. El indicador del tanque de gasolina iba descendiendo mucho más rápido de lo usual. La aguja era como un reloj haciendo la cuenta atrás hasta quedar en cero. Daba igual. Ya casi llegaban a su destino. Habían puesto más que suficiente distancia entre ellos y el café, así que no debía haber problema si caminaban por unos minutos para llegar al pueblo.

“¿Por qué entonces no me gusta la pinta de ese lugar?” pensó Tommy.

Había algo, una inquietud que ocupaba el fondo de sus pensamientos. No sabía cómo describir lo que sentía pero a pesar de que se iban alejando cada vez más de las bestias que quedaron en el paradero, la tensión en su interior no había disminuido mucho. Tal vez tuviera algo que ver con que estaba atrasado con la entrega de su carga.

“Denise va a estar insufrible por el resto del mes” se lamentó el joven.

Mantuvo la mano izquierda sobre el volante, mientras con la derecha se quitaba la gorra y se rascaba la coronilla. Al menos no había sido su culpa. Diría que fueron circunstancias ajenas a su voluntad. Y cuando la jefa le preguntara cuáles eran estas, tendría toda una historia que contarle, vaya que sí.

El dolor en el pie izquierdo le recorrió la pierna al hacer el cambio de velocidades a una más baja. Con la adrenalina producto de su escape, casi no había sentido el dolor al encender el camión y guiarlo hacia el desierto. La herida había sido bastante profunda, casi atravesando su talón. Esos monstruos tenían una boca afilada, como la tortuga que su primo había tenido de mascota antes de que creciera demasiado para tenerla en el patio trasero de su casa.

Las chicas no habían dicho palabra desde que dejaron de reír, hace un rato. Se había sentido muy bien pero al final las risas se fueron apagando. Aunque ninguno de ellos lo dijera, Tommy sabía bien la razón por la que dejaron de reír. “No tiene caso celebrar todavía, cuando todavía no estamos a salvo” reflexionó, mientras se ponía de nuevo la gorra azul de camionero.

— ¿Puedo… puedo hacerte una pregunta? —dijo Kim asomando la cabeza al lado del asiento del conductor. Daisy no se dio por enterada. La chica se había quedado viendo hacia el desierto, perdida en sus pensamientos.
— Claro que sí, ya la hiciste —respondió Tommy con tono divertido.
— No, yo… —comenzó Kim pero de inmediato entendió la broma—. Quiero decir, ¿no estarás en problemas por haber dejado tu trailer allá atrás?
— Ah, ¿eso? —dijo él como si no fuera gran cosa.
— Cuando viajaba con otros conductores algunos me contaron que llevaban cosas caras, como televisores o refrigeradores —continuó la chica menuda.
— Sí, a veces llevo ese tipo de carga. Pero no esta vez —reveló Tommy agradecido por la charla ligera—, sólo era un cargamento de juguetes, nada por lo que nadie vaya a perder el sueño.
— ¿Qué tipo de juguetes? —preguntó Daisy sin dejar de mirar por la ventana.
— Oh, hey, después de todo sí estás despierta —mencionó Tommy sonriendo.
— ¿Qué juguetes traías en tu trailer? —insistió Daisy con tono algo cansado.
— Bueno, no se supone que lo diga a cualquier persona. Es una cuestión de gran secreto, ¿saben, señoritas? —compartió Tommy.
— Déjame adivinar: Barbie y su Casa de Ensueño —adivinó ella, mostrando apenas una sonrisa.
— ¿Y tú que crees que era, Kim? —dijo el joven, volviéndose por un momento a verla.
— Pues… ¿juguetes de control remoto? —aventuró Kim con voz insegura.

Tommy meneó la cabeza en señal de negación, manteniendo la sonrisa. —No, ni de cerca. Pero teniendo en cuenta todo lo que hemos pasado juntos y que de seguro voy a estar en problemas de todas maneras por no cumplir la entrega, les diré el gran secreto —indicó Tommy.

Antes de continuar echó un vistazo rápido a la aguja del tanque de gasolina. Al ritmo que avanzaba, debían tener apenas diez minutos más a esa velocidad.

— Parte del cargamento son… eran muñecas Barbie. Eso lo adivinaste bien, Daisy —concedió mientras Daisy sacaba la lengua para burlarse de él—. El resto eran un montón de cajas de figuras nuevas de los Rocket Riders.
— ¡¿En serio?! —soltó Kim dando un salto de gusto.
— ¿Y qué son los… Rock Raiders? —dijo Daisy sin nada de la emoción de la otra chica.
— ¡Rocket Riders! —la corrigió Kim para luego volverse hacia Tommy—. Eran mi programa favorito pero sólo podía verlo cuando mi… cuando estaba en un lugar que tuviera cable.
— Sí, incluso cuando yo veía la serie, ya la consideraban algo vieja —compartió él sorprendido de tener algo en común con esa chica tan tímida.
— Eran grandiosos. Cada episodio tenía tanto color, y muchas aventuras en el espacio —recordó la muchacha, una sonrisa le iluminaba el rostro pecoso.
— Mi favorito era Derek —añadió Tommy—. Siempre parecía encontrarse en algún tipo de problema.
— Sí, Derek era divertido. Pero el mejor era Lance. Él siempre era tan valeroso —dijo Kim cada vez más animada.
— Oigan, sólo es una caricatura —se burló Daisy algo sorprendida por el entusiasmo de su compañera. Sus ojos brillaban al recordar esa serie y esos personajes, muy distinto a como había sido ella hasta entonces.

Antes de que Tommy pudiera responder el motor del camión se apagó. El vehículo siguió avanzando por varios metros más hasta detenerse de manera suave.

— Bueno, eso es todo, amigos —dijo Tommy girando la llave y apagando con ello las luces del vehículo—. Vamos, no debe faltar mucho.

Daisy quitó el seguro de la puerta, la abrió con algo de dificultad y bajó los escalones de metal con cuidado. La piedrecillas del suelo hicieron un poco de ruido cuando las pisó. Ella sintió algo de frío pero no era nada que no pudiera aguantar. Del otro lado, Tommy ayudó a Kim a bajar los escalones. Ella traía en la mano la escoba vieja que el joven usó de bastón. Tommy tomó la escoba y desenrosco la parte del cepillo, quedándose sólo con el mango de madera. Kim la dejó en los escalones que llevaban a la cabina. No le gustaba la idea de simplemente dejarla ahí tirada, en medio del desierto, aunque bien pensado, ya estaban dejando tirado el camión.

— Hey, vengan a ver esto —anunció Daisy del otro lado del camión.

Los otros se apresuraron a ir a dónde les llamaban. Tommy cojeó con algo de esfuerzo, mientras que Kim avanzó con pasos más apresurados. Daisy estaba justo al lado de uno de los tanques de gasolina. A la luz de la luna podían ver que tenía una pequeña perforación, por la que goteaban los últimos restos del combustible.

— Una de esas cosas debió dañarlo cuando se treparon al camión —dedujo Tommy.
— Supongo que tendremos que caminar lo que falta —dijo ella, mientras se estiraba un poco.
— Miren, no falta mucho —indicó Kim, señalando en dirección hacia el pueblo.

Los edificios y casas ya eran mucho más visibles. A esa distancia Daisy incluso podía ver más detalles en cada construcción, con varias luces prendidas en el interior de los hogares y en los porches, además de los postes de luz que se alineaban a cada lado de las calles. Parecía un pueblo tranquilo. Daisy puso atención, por si una brisa traía consigo algún sonido, pero el viento parecía estar tan congelado como esa noche sin fin. Los tres comenzaron a caminar hacia el pueblo. Iban un poco más lento de lo que le habría gustado a Daisy, pero Tommy no podía caminar más rápido. Él iba en medio de las dos chicas, tratando de no poner demasiado peso en su pie lastimado.

— Se siente… raro —dijo Kim, cuando ya estaban casi en el límite del pueblo. A unos veinte metros se podían ver las luces de una estación de servicio. Un camino de asfalto comenzaba sólo un poco antes para luego seguir hasta el interior del pueblo.
— Sí, a mí también me lo pareció desde hace un rato —manifestó Tommy.

Daisy se quedó callada mientras caminaban. Le parecía que sus compañeros tenían razón pero no podía pensar en un motivo en concreto para que se sintieran así. Llegaron a la estación de servicio sin mayor problema. La inquietud que sentían no los abandonó, sino que fue creciendo poco a poco.

 — ¿Dónde está el encargado? —preguntó Tommy, buscaba a su alrededor.
Kim se detuvo al lado de las bombas de combustible también mirando con inquietud a todos lados.
— Tal vez esté adentro —sugirió Daisy, se encaminaba a la puerta que llevaba al interior del local. La puerta se abrió sin problemas. El interior estaba bien iluminado. Y casi vacío. Un foco incandescente iluminaba aquél gran cuarto desnudo. Las paredes estaban pintadas de blanco pero en varias partes ya se había descascarado. Las ventanas tenían una gruesa capa de polvo, igual que en el suelo. La chica caminó hasta el centro del cuarto dejando las huellas de sus zapatos de lona sobre el polvo. Su mente trató de encontrarle sentido a todo eso pero Kim la llamó desde la puerta.
— Daisy, tienes que ver esto —manifestó la chica rubia con una expresión preocupada.
Las dos chicas salieron de la estación de servicio. Del otro lado del camino asfaltado Tommy les estaba esperando, apoyado contra un gran letrero. Apenas había la luz suficiente para leerlo, pero un vistazo fue todo lo que Daisy necesitó para entender el misterio.

Área Militar AZ -205.
Propiedad del Ejército de los Estados Unidos.
No pase más allá de este punto.
Es ilegal entrar sin el permiso escrito del comandante de la instalación.

El resto del texto estaba demasiado despintado por el pasar de los años y el viento del desierto pero con lo que habían leído era suficiente.

— No entiendo —se quejó Kim sintiéndose un poco asustada al ver como a Tommy y Daisy se les desinflaban los ánimos. Daisy no respondió, sólo dio una patada de frustración contra el suelo levantando una pequeña nube de polvo y grava.
— No hay nadie aquí, Kim, es un pueblo vacío —explicó Tommy apoyado contra el letrero—. El ejército lo construyó sabrá Dios con qué propósito y ha estado abandonado por años.
— Pero las luces… si no hay nadie, ¿por qué están encendidas las luces? —por la voz de Kim comenzaba a asomar la desesperación que sentía en el interior.
— Algún encendido automático, es lo más probable —respondió él para luego escupir hacia el suelo.

Nadie dijo nada por varios minutos. Sólo se quedaron ahí, de pie ante el letrero que había destruido todas sus esperanzas.

— Tengo frío —dijo al fin Kim mientras cruzaba los brazos y se los frotaba.
— Sí, yo también. De hecho, también necesito dormir un rato, estoy en el límite —añadió Tommy, poniéndose lo más derecho que pudo—. Busquemos un lugar donde descansar un rato, y luego veremos que hacer.

Daisy no dijo nada, se limitó a seguirlos conforme entraban al pueblo por la calle principal. Algunos de los edificios estaban a oscuras y decidieron que lo mejor sería quedarse en uno de ellos, para que la luz no llamara la atención. En algunas de las casas había señales de que los animales habían entrado, e incluso en una encontraron los restos de un animal algo grande, quizá un coyote. Por fin, en el décimo intento, encontraron una casa en una calle secundaria, a varias cuadras del centro del pueblo, que estaba en buenas condiciones.
Las luces del exterior se filtraban por las ventanas sin cortinas de la casa, dejándoles ver apenas lo suficiente para orientarse en el interior. Lo bueno de que estuviera vacía era que no podían tropezar con ningún mueble.
Daisy y Tommy exploraron el segundo piso y lo encontraron igual de vacío. Había dos habitaciones con puertas que costó un poco abrir y un cuarto de baño pero sin agua corriente. Los tres decidieron descansar ahí un rato. Tommy dio las buenas noches a las chicas y se retiró al cuarto más pequeño. Un par de minutos después sus ronquidos apenas se oían del otro lado de la puerta.
Las muchachas se fueron al otro cuarto. El suelo de madera estaba duro y sucio, pero era mejor que nada. Daisy fue a la esquina derecha, la más alejada de la puerta, y se sentó contra la pared. Kim la siguió y se sentó junto a ella. La habitación daba hacia la calle, y por las ventanas entraba la luz ámbar de los postes de luz, dibujando en el piso una cruz de sombras en medio de los cuadrados luminosos. Daisy cerró los ojos. Se sentía muy cansada. Había pensado que sólo faltaba un poco más para acabar con esa horrible experiencia, pero la realidad era demasiado cruel.

— No es tu culpa, Daisy. Nosotros también habríamos pensado lo mismo —dijo Kim rompiendo el silencio, su voz apenas más alta que un susurro.

Ella no respondió, solo se quedó en silencio.

“¿Por qué diablos tenía que ver estas luces? Si no hubiera sido así, habríamos huido por la carretera y ahora tal vez estaríamos más cerca de encontrar ayuda”, pensó ella, el cansancio la hacía cabecear.
— Mi… mi mamá solía decir que todo ocurre por una razón —continuó hablando Kim sin estar segura de que la otra chica la estuviera escuchando.
— Pues creo que estaba en lo correcto. La razón de que estemos aquí es que soy una estúpida, idiota… —comenzó Daisy pero fue interrumpida.
— Si no hubieras visto las luces no nos habríamos atrevido a dejar el café. Lo más seguro es que seguiríamos ahí, sin saber cuándo atacarían esas cosas… y Nick —respondió Kim sintiendo un escalofrío al decir ese nombre.

A Daisy le pareció extraño el que Kim siempre tenía más temor en su interior al hablar del mesero y la cocinera, que cuando hablaba de las bestias. Lo sabía no sólo por su tono de voz, sino por cómo esa emoción eclipsaba a todas las demás.
— Ese tipo es un gran hijo de perra, ¿no es así? —soltó Daisy sorprendiendo a la otra joven.
— Sí, así es. La primera vez que me puse a limpiar el café, Cass le dijo que no era lo bastante bueno, y que debían… enseñarme una lección —compartió la chica rubia, su cuerpo comenzaba a temblar.
— Siento haber mencionado eso —se disculpó Daisy.
— No, no es eso… bueno, no sólo eso. También empieza a hacer mucho frío —explicó Kim mientras se frotaba los brazos para calentarse un poco.

Daisy se acercó a dónde estaba Kim y sin decir palabra puso un brazo alrededor de sus hombros, esta se acomodó para quedar más cerca de ella.
— Esto me recuerda cuando estaba con mi mamá —comenzó la chica—. Algunas veces no teníamos dinero para quedarnos en un motel y debíamos dormir en la calle.
— Bueno, nosotras estábamos un poco mejor. Aún así los últimos dos inviernos los pasamos sin calefacción, en un edificio en el que todo se helaba —mencionó Daisy.
— Tus padres parecían buenas personas… y lamento mucho lo que pasó —dijo la chica menuda, un poco más reconfortada.
Daisy aspiró el frío aire. Era raro que un lugar tan caliente como el desierto, se pusiera tan helado en las noches.
— Sí, lo eran. Al menos de mi mamá, estoy segura. De Mike… de mi padre, lo más seguro es que también lo fuera —inició la chica, mientras se quedaba viendo a la oscuridad, recordando.

Daisy debía tener seis años cuando su madre dejó la casa de sus padres llevándosela. A la niña le causó mucha tristeza ya que le encantaba pasar el tiempo con sus abuelos quienes la colmaban de atención. Pero con su madre era otra historia. A veces estaba durmiendo en la habitación de su madre y podía escuchar las voces de sus abuelos y de su madre, en un volumen mucho más alto de lo usual.
A esto le siguieron un par de años en que casi no la veía, sino hasta la hora en que la recogía de la escuela. Luego la dejaba en un descuidado edificio de apartamentos, al cuidado de una vecina  latina que también se encargaba de otros niños. Su madre no volvía a aparecer sino hasta que era de noche. La niña no sabía bien porqué pero cada vez que preguntaba por sus abuelos, su madre cambiaba el tema o prometía que pensaría acerca de volver a verlos. Pero no eran más que promesas vacías. Su madre era una mujer orgullosa que no le gustaba pedir nada a nadie.

Daisy cumplió once años. Fue entonces cuando Shawn empezó a aparecer junto a su madre. A esa edad ella apenas había comenzado a percibir las emociones de los demás, como algo distante y sin forma. Acaso esta fuera una de las razones por las que nunca llegó a agradarle aquel hombre. Las emociones que percibía de él cuando estaba con Janice, su madre, no se parecían en nada a las de ella.

— Mi madre lo conoció cuando trabajaba en el supermercado —continuó Daisy mientras Kim hacía un esfuerzo por mantenerse despierta—. Ella era una cajera y él uno de los que descargaban las mercancías. En apariencia, Shawn era un tipo decente, con trabajo y responsable. También ayudaba que a sus treinta y cuatro años tuviera una apariencia envidiable para el resto de las personas. Y siempre se mostraba encantador con toda la gente a su alrededor.
Janice se sintió indecisa al respecto por un tiempo, pero acabó aceptando las invitaciones de Shawn. Los últimos años los había pasado dedicándose a su hija y era agradable estar de nuevo con alguien que le prodigaba atenciones.
Así pasaron más de seis meses hasta que un día Shawn llegó acompañando a su madre al volver del trabajo y le anunciaron que él viviría ahí a partir de ese momento.  También que habían decidido dejar sus trabajos en el supermercado para dedicarse a otra cosa.

Daisy no supo la historia completa sino hasta un par de años después, cuando comenzó a asistir a la secundaria del barrio.

El en apariencia perfecto Shawn tenía un pequeño defecto: un anillo de matrimonio que no solía llevar siempre puesto. Si acaso su madre había estado enterada de esto, no era algo que Daisy quisiera descubrir pero algo le decía que tal vez no le habría importado. La chica ya comenzaba a entender que los adultos podían decir que uno no debía hacer algo, y cuando los chicos les daban la espalda, ir y hacerlo ellos mismos.
El día anterior a la sorpresiva mudanza de Shawn a su casa, su esposa apareció de improviso en el supermercado. Al parecer, el tipo ya tenía una reputación, y su mujer debió verlo cuando estaba hablando con Janice durante sus descansos.

— Según lo que me contaron los hijos de otros vecinos, Shawn se vio como en medio de un tornado. Su mujer comenzó a gritarle, llamándolo a él y a mi madre de todo tipo de formas, mientras les lanzaba naranjas de una caja que tenía a la mano —contó Daisy.
Kim ya había comenzado a sentirse aletargada, pero al oír esta parte del relato se despertó un poco.
— Eso suena algo… algo divertido —mencionó Kim, apoyando la cabeza en el hombro de Daisy.
— Sí, supongo que debió serlo —admitió Daisy sonriendo. Le daba algo de gusto imaginar a Shawn tratando de hacer su mejor esfuerzo por esquivar los proyectiles frutales.

Pero no le pareció divertido al gerente de turno. Después de que el personal de seguridad hubo calmado aquel barullo, procedió a despedir a Shawn y a Janice. Al salir del supermercado, una amiga de la esposa de Shawn le informó que ni pensara en regresar a su casa.

Un ronquido muy suave interrumpió sus recuerdos. Kim se había quedado dormida por fin, con la boca algo abierta.

Daisy también comenzó a sentir sueño. Se acomodó lo más que pudo, apoyando su cuerpo contra la pared, y pronto se quedó dormida.

XIV

La cosa que estaba dentro de Nick se sentía irritado. O lo más parecido a esa emoción que le era posible.

Miró hacia sus pies, donde yacía el cádaver de una de las bestias insectoides. Justo en medio de dónde surgían sus patas, estaba clavada la lanza improvisada de Kim. Grandes manchones de sangre negra estaban salpicados por todo el suelo a su alrededor.

Nick se arrodilló a su lado, y quitó el arma con cuidado.

Era un maldito desperdicio, es lo que era. Le habría gustado estar presente cuando esas tres cosas hicieron su escape.

Pero había tanto que preparar, y ahora solo quedaba él.

Nada de eso habría pasado si le hubiera permitido encargarse de la cosa menuda. Su compañera había insistido en que la conservaran, al menos por un rato más.

La verdad era que ninguno de los dos sabía mucho sobre esas cosas, más allá de su exquisito sabor y su abundancia.

Pero nunca los habían visto en su hábitat natural, antes de que el Gran Desastre llegara a su planeta, dejándolos como carne ambulante.

La cosa dentro de Nick no entendía. Todas las señales habían apuntado que el Gran Desastre habría ocurrido ya. Las puertas se habían abierto, aunque por un breve instante. Y luego, nada.

Primero habían llegado a ese lugar, en dónde no había casi nada que comer, y solo unos pocos de ellos habían podido cruzar. Para sobrevivir, habían tenido que comerse a los más débiles.

Fue cuando creían que iban a morir en aquella esfera maldita, que encontraron ese lugar luminoso, con las dos cosas en su interior. El hambre casi les había hecho perder la mente, pero su compañera había sido quién lo mantuvo a raya. Si iban a conseguir más comida, era necesario que los cuerpos de esos seres quedaran lo más intactos posibles.

Así que los dos usaron esas formas bestiales, sus movimientos limitados de manera severa. Tuvieron que volver a aprender a caminar, hacer sonidos y mover sus rostros.

La cosa menuda había tenido sus usos, era cierto. Había hecho que ese lugar pareciera más atractivo a otros como ella. Y sus reacciones ante sus prácticas con esos cuerpos habían sido instructivas y entretenidas.

Pero todo ese esfuerzo tuvo su recompensa, al ver como su cara se llenaba de terror la primera vez que los vio saciar su hambre con las primeras cosas que lograron atraer.

Desde entonces, la cosa menuda se había portado de mil maravillas. Pero al final no haría ninguna diferencia, cuando su utilidad acabara.

La echaría en medio de los Zjaks, para ver como se peleaban por obtener cada uno un buen trozo de carne.

La cosa dentro de Nick se puso de pie y llamó a la jauría con un zumbido grave, parecido al sonido de un motor V8 poniéndose en marcha.

Los Zjaks respondieron al llamado con su melodioso canto. Las bestias se reunieron a su alrededor, formando un semicírculo. Había poco más de una docena de ellas, abriendo y cerrando sus picos, sus largas patas arañando el suelo con impaciencia

Nick se forzó a acercarse a las luces de neón del Café Nexus. Su brillo le causaba un malestar enorme que no podía explicar. Era algo en el centro más primitivo de su ser, que trataba de alejarlo con una fuerza casi irresistible.

De un empujón abrió la puerta, quitando de en medio la mesa de aluminio y el horno. La sensación era un poco menor en el interior, ya que las luces blancas no tenían un efecto tan grande como las del exterior.

Él caminó hacia el interior de la cocina, a dónde estaban las conexiones eléctricas que había hecho hace varias semanas. La única cosa que envidiaba de ese ganado bípedo era como habían logrado encadenar al relámpago, y forzarlo a entrar en esas cuerdas de metal para ir a dónde ellos quisieran.

Pero ese mismo ingenio anunciaba el momento de su perdición. En el momento en que también dominaban el trueno, era solo cuestión de esperar a que atrajeran la atención de los seres reales en la noche eterna del Todo-Universo.

Nick sacó la punta de una de sus extremidades, cortando por debajo de la superficie de la piel con facilidad. No estaba habituado a usar las puntas torpes y suavess de esas cosas.

Con un rápido movimiento, cortó los cables que alimentaban las luces eléctricas del local. Sintió un leve cosquilleo cuando la corriente saltó hacia él por un momento, pero nada más.

El Café Nexus quedó en tinieblas.

Una vez afuera, ya sin las molestas luces, llamó a los Zjaks. Tras chirriar hacia ellos por unos minutos, estos se dispersaron. Varios de ellos extendieron sus alas translucientes, y emprendieron el vuelo en distintas direcciones, perdiéndose en el desierto.

Nick se preparó para volver al pueblo. Todavía tenía mucho que hacer. Lo cierto es que habían tenido un gran golpe de suerte al encontrar ese lugar, pero no quería dejar más al azar.

Pronto llamaría al resto de los suyos, para consumir ese mundo, al igual que habían hecho con todos los demás en las otras aristas del Todo-Universo.

Que las cosas bípedas siguieran pensando no le preocupaba. Caerían sobre de ellos con la misma fuerza irresistible de un océano entero, saciándose por fin con el gran festín.

XV

Daisy despertó con lentitud. Sus sueños habían sido intranquilos. Se encontraba acostada en el suelo con los brazos bajo la cabeza para estar un poco más cómoda. A su lado estaba Kim, acostada de igual forma. ¿Cuánto tiempo habían dormido? Era difícil de decir ya que la noche continuaba sin avanzar. La chica trató de revisar su teléfono celular por reflejo antes de recordar que seguía en el viejo Chevy de Mike.
No se sentía como si hubiera descansado toda una noche, así que debían ser menos de ocho horas, razonó. Daisy se puso de pie con cuidado, tratando de no despertar a Kim. Abrió la puerta de la manera más silenciosa que pudo y se dirigió al baño que había entre las dos recámaras. Ella sentía unas ganas enormes de orinar. Pero antes de hacer sus necesidades decidió checar primero el tanque de agua del inodoro. Sería el colmo de la mala suerte que, en aquel pueblo falso, incluso eso no funcionara. Pero la suerte le sonrió. Fue difícil revisarlo en la oscuridad pero el inodoro tenía apenas agua suficiente para funcionar. Una vez que acabo pensó en jalar la cadena, pero decidió que lo mejor sería esperar por si los otros también quisieran usarlo. Daisy salió del cuarto de baño, todavía tratando de no hacer ruido. Tommy seguía durmiendo a juzgar por los ronquidos que se oían desde la habitación que había escogido.
La chica decidió explorar un poco. No quería volver a acostarse sobre aquel duro suelo. Los escalones hicieron algo de ruido cuando bajó por ellos. El ruido se sintió más alto de lo que era en aquella casa vacía.
“¿Para qué habrán construido este pueblo falso?” pensó Daisy mientras salía al porche, y el frío aire del desierto comenzó a acariciarle el rostro.

Los pensamientos se arremolinaban en su cabeza. No podía estar segura, pero tenía la sensación de que ya debían haber pasado al menos dos días desde que su familia hizo la última parada en su viaje. La chica comenzó a llorar por la muerte de sus padres. No había tenido la oportunidad de hacerlo ya que siempre hubo algo que la distrajera de sus emociones. Le parecía una injusticia, el verse siempre asaltada por las emociones de los demás y no poder evitar sentir las suyas propias, en particular cuando eran tan terribles. Las lágrimas resbalaron por su rostro. Si lograban huir de ahí y llegar a un lugar seguro, no sabía que era lo siguiente que debiera hacer. Su madre, Janice, y Mike eran los que se suponía que debían lidiar con eso, pero ahora sólo quedaba ella.
El plan original era llegar a California. Mike tenía un conocido en Oakland que le ayudaría a conseguir un trabajo a Janice y a él. Daisy iría a una nueva escuela dónde cursaría el último grado de preparatoria.

Pareciera que todo había empezado a salir mal desde mucho antes, desde la muerte de Shawn.
Las cosas parecieron ir bien por un tiempo, una vez que su madre y él encontraron nuevos trabajos. Janice comenzó a trabajar como mucama en un hotel, mientras que Shawn ayudaba a un amigo en su tienda de empeños por algunas horas al día. No eran tan buenos como sus empleos anteriores, pero iban tirando. Otro problema era que sus horarios rara vez coincidían, así que casi siempre Shawn era el único que estaba en el departamento cuando Daisy llegaba de la escuela.
Al principio todo parecía estar en orden. Shawn no aparentaba prestarle mayor atención que el decirle que limpiara algo de vez en cuando. No eran pedidos irrazonables, así que Daisy cumplía con estas tareas sin ningún problema.
Pero pronto su actitud hacia ella comenzó a cambiar. A veces, mientras ella hacía sus deberes en la mesa de la cocina, lo sorprendió mirándola de una manera que la hizo sentir incómoda. Sus saludos comenzaron a ser más físicos e incómodos. La chica se dio cuenta que las emociones de Shawn hacia ella también estaban cambiando. Se parecían cada vez más a lo que él sentía cuando estaba a solas con su madre.

Daisy trató de distanciarse lo más que pudo. Pasaba todo el tiempo que le era posible fuera del departamento, con Jared y los demás. Cuando llegaba al departamento, saludaba a Shawn con rapidez, antes de encerrarse en su habitación hasta que su madre llegaba a la hora de cenar. Estuvo a punto de hablar con ella acerca de todo eso pero siempre dudaba. Cuando Janice estaba presente Shawn parecía dirigir todas sus emociones hacia ella, al parecer sin prestar mayor atención de lo debido a Daisy. Acaso tal vez estuviera exagerando. Por lo que veía con el resto de sus amigos, era normal para un padre el tener contacto físico con sus hijos. Daisy no tenía idea de si lo que hacía Shawn estaba mal, fuera de que se sentía algo incómoda. Acaso fuera porque no estaba acostumbrada.

Todo eso había cambiado un año antes de que emprendieran el viaje. Su madre y Shawn habían comenzado a discutir. Mike había vuelto a la ciudad hacía poco y a Shawn no le gustaba que ella hubiera hablado con él un par de veces. Por su parte Janice había oído como él parecía estar en términos más que amistosos con un par de mujeres del edificio vecino.
Daisy les oía del otro lado de su habitación cuando ellos creían que ya se había dormido. Se sentía un poco culpable de que le diera gusto que discutieran, ya que si seguían así significaría que Shawn se iría pronto.

En aquella ocasión Daisy llegó a la casa más temprano que de costumbre, justo a la salida de la escuela. Su plan era comer algo antes de ver a sus amigos cerca del edificio de Jared y estar con ellos hasta que casi fuera la hora de salir de su madre.
La chica dejó su teléfono celular sobre la mesa de la cocina y dejó caer su mochila al piso con un golpe sordo. A esas horas de la tarde su padrastro solía estar bebiendo con sus amigos en el bar que había a tres cuadras, antes de volver a cenar y prepararse para su trabajo nocturno acomodando paquetes para una empresa de mensajería. Esperaba disfrutar de estar sola en la casa un rato, sin preocupaciones.

— ¿Y qué crees que haces, chica? —preguntó Shawn apoyado contra el marco de la puerta de la cocina con una lata de cerveza Miller a medio terminar en la mano derecha.
Daisy se sobresaltó, y estuvo a punto de dejar caer el cartón de jugo de naranja que había tomado del refrigerador.
— Sólo pasé a dejar mis libros —respondió ella mientras servía el jugo en un vaso de plástico azul.
Shawn dio un par de pasos hacia ella. Daisy pudo sentir la misma sensación de molestia que siempre amenazaba con desbordarse en el interior de su padrastro, en una ebullición constante cada vez que estaban solos ellos dos.
— Tienes que limpiar la sala primero —ordenó él, en un tono de voz que cada vez era más familiar para Daisy—. Entonces, veré si dejo que salgas con tus amiguitos.
— Mi mamá dijo que estaba bien —respondió Daisy tratando de sonar lo más cortés posible. Lo cuál era bastante difícil para ella, aun sin que la sensación de molestia la estuviera afectando poco a poco.
— Bien, yo te estoy diciendo que no será así —insistió él, haciendo énfasis en el pronombre y elevando su tono de voz.
Daisy trató de no hace caso al creciente zumbido de la molestia que Shawn transmitía, para considerar mejor su curso de acción.

Por lo general no le era difícil escurrirse de la casa cuando sólo estaba su padrastro. La mayor parte del tiempo se conformaba con ignorarla, dejándola ir y venir del apartamento sin dedicarle más que una mirada rápida. Pero en las últimas semanas la situación había cambiado. Había más discusiones entre él y su madre a altas horas de la noche. Más ocasiones en que él despertaba en el sofá de la sala, o incluso se perdía de vista por casi todo el fin de semana, volviendo envuelto en el olor del humo de cigarrillos y alcohol barato.
Era un patrón que ya había visto en los hogares de algunos de sus amigos, y ella sólo esperaba que su madre llegara al punto en que ya no pudiera más con toda esa basura. Por desgracia para ella, parecía que Janice Miller tenía la paciencia de una santa.

— Quizás deberías hablarlo con ella cuando vuelva —propuso Daisy tratando de ganar tiempo.
Shawn sólo sonrío con una sonrisa que apenas mostraba sus blancos dientes.
— Ella me habló hace rato. Tiene un doble turno hoy —reveló Shawn, dando otro trago a la lata de cerveza—. Y eso son malas noticias para ti, porque vas a tener que hacer lo que digo.
Daisy puso el vaso de jugo de naranja sobre la barra de la cocina. Trató de dar un paso atrás pero chocó contra la pared. Shawn había avanzado hacia ella poco a poco, haciendo que ella retrocediera sin darse cuenta.
— Muy bien, haré lo que dices —concedió ella, sin desviar la mirada—. Iré por las cosas para limpiar.

 “Y un cuerno” pensó ella mientras pasaba junto a Shawn. Ya había decidido que tomaría su teléfono celular y saldría del apartamento lo antes posible. Su padrastro de seguro trataría de detenerla pero ella confiaba en que podría dejarlo atrás si tomaba las escaleras en vez del elevador. Daisy se detuvo justo al lado de la mesa. Su teléfono celular no estaba dónde lo había dejado.
— ¿Buscabas algo? —preguntó Shawn.
La adolescente se dio la vuelta, y pudo ver que Shawn tenía en su mano izquierda su teléfono celular. Era un viejo Samsung de color rojo con algunas roturas en la pantalla de cristal. Su madre se lo había comprado la navidad pasada, sin duda en alguna tienda de empeños.
— Dámelo, por favor —pidió Daisy tratando de no sonar demasiado ansiosa—. Estoy esperando una llamada.
— Claro. Cuando acabes de limpiar la sala, y también los baños —indicó él con una expresión seria en el rostro.
— Dijiste que sólo la sala —insistió la chica.
— Bueno, supongo que tendrás que hablarle a tus amigos después —dijo Shawn. Él dio un último trago a su cerveza y dejó la lata en la barra de la cocina junto al vaso con el jugo de naranja.
Daisy ya no pudo aguantar más. Dio un salto hacia dónde estaba su padrastro con la intención de arrebatarle el teléfono y salir corriendo. No le importaba que más tarde su madre de seguro la castigaría por aquél arrebato. Sólo sabía que no quería quedarse aguantando toda esa mierda así nada más. Pero Shawn fue algo más veloz. Casi cuando iba a agarrar el celular, su enorme mano se cerró con fuerza sobre el brazo izquierdo de la joven. El dolor no se hizo esperar. Daisy trató de liberarse pero Shawn apretó aún más.
— Y ahora vas a… —inició él pero no pudo completar la oración.

Shawn cayó al suelo de la cocina justo sobre su costado izquierdo. El brazo con el que había agarrado a Daisy le dolía como si le hubieran clavado un millar de agujas hasta el hueso. El teléfono celular se le resbaló de la mano quedando frente al refrigerador, con una rotura en el cristal. Daisy se quedó congelada por un momento, sin saber que diablos había pasado. Se quedó mirando a su padrastro, retorciéndose aquel en el suelo de la cocina y gimiendo por unos instantes. Ella caminó hasta el refrigerador, se agachó para tomar su celular y salió de la cocina. Sólo se detuvo un momento en la puerta para echar un vistazo a Shawn que estaba tratando de sentarse en el piso.

Pensó en volver para ayudarlo pero luego miró hacia su brazo, justo donde Shawn la había sujetado. Las marcas de sus dedos eran muy visibles sobre su piel. El dolor había comenzado a disminuir pero todavía pasaría un largo rato antes de que se fuera.

Daisy salió del apartamento, cerró la puerta tras de sí y no miró hacia atrás. Más tarde, al volver a la casa, ni madre ni Shawn hicieron mención del incidente. Shawn justifico su lesión diciendo que debió lastimarse al cargar las cajas en la bodega. Daisy decidió que tampoco diría nada a menos que fuera necesario. Ni siquiera ella misma sabía que había pasado.

Y ahora, mirando hacia las calles vacías de ese pueblo, no podía dejar de preguntarse si el haber dicho algo en ese entonces no le habría ahorrado todos los problemas que llegaron después.

El provocar que Kim sintiera valor fue una nueva experiencia. Primero se había sentido eufórica por poder haberla ayudado. Le había parecido increíble que ya no pudiera sólo quedarse recibiendo un constante flujo de emociones ajenas.

Durante el corto viaje en el camión de Tommy ella tuvo oportunidad de pensar por un largo rato. No tenía idea de cómo era que podía hacer eso. En un par de ocasiones había intentado contárselo a su madre pero ella lo dejaba de lado, quizá atribuyéndolo a que su hija estaba en medio de una época de grandes cambios emocionales y físicos.

Si su propia madre no podía entenderla, ¿cuál era la posibilidad de que alguien más lo hiciera? Y ahora había comenzado a preguntarse si acaso no había provocado también la muerte de Shawn. De repente, un ruido a su espalda la sacó de sus pensamientos. Asustada, se volvió de manera súbita.

— Oh, hey, no quería asustarte —dijo Tommy, con un tono de sinceridad en la soñolienta voz.
— ¿Qué tal estuvo tu sueño de belleza? —preguntó ella mientras se sentaba en los escalones del porche.
— De lujo, o más bien todo lo lujoso que puede ser dormir en un piso frío, sin mantas —respondió Tommy estirando los brazos por encima de su cabeza—. He tenido que dormir en sitios peores.
— No me digas —comentó Daisy, mientras se quedaba viendo hacia el otro lado de la calle vacía.

Las luces amarillentas de los postes de luz iluminaban a los pocos árboles secos que había frente a cada casa, sus sombras retorcidas quebraban el asfalto a lo largo de la calle  .

— Sabes, esto me recuerda un poco el lugar donde crecí —comentó Tommy apoyándose contra uno de los postes de madera que sostenían el techo del porche.
— ¿Helado y sin vida? —replicó Daisy con algo de sarcasmo en la voz—. ¿Acaso creciste en el Polo Norte?
— No, todo lo contrario. Era… —comenzó a decir Tommy pero la frase inconclusa se quedó en el aire entre ellos.
Daisy no entendió por qué se había callado, cuando de repente ella también oyó ese ruido extraño. Era un zumbido de baja frecuencia, parecido al ruido de un motor eléctrico pero mucho más grave, también lo podían sentir a través del suelo.

Los dos se quedaron viéndose sin decir nada. Ninguno tenía idea de lo que eso pudiera significar.

— Oye, ¿eso estaba hace rato? —manifestó Tommy señalando hacia el centro del pueblo.
Daisy siguió con la mirada hacia dónde él apuntaba con el brazo extendido. A varias cuadras de distancia pudo ver un resplandor de luz verde que lanzaba chispas eléctricas.
— ¿Acaso es un temblor? —dijo Kim desde la puerta. Su cara se asomaba por detrás del marco, tratando de balancear el temor y la curiosidad que sentía.

El zumbido la había despertado de un sueño agradable en el que se encontraba en una playa llena de Sol, muy lejos de ese lugar.

— Ni idea —aventuró Daisy—. Pero no parece algo bueno.

Su certeza provenía de una sensación que flotaba en el aire, como la humedad en el aire antes de la tormenta, concentrándose justo frente a ellos.

(CONTINUARÁ)

Sobre el autor: José Luis Toscano López – Ha colaborado con el Estudio Utopía, Grupo ComyC, la revista MAD México y The Helicarrier Network. También tiene un blog en el que sube escritos varios, El Vampiro de Neptuno. Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1982, a tiempo para disfrutar una gran década para el cine fantástico y de ciencia ficción. En su tiempo libre le gusta leer, ver películas, entrenar en box, correr en carreras, y escribir libros que pronto irá publicando.

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