Le ocurrió en El Edén

Vio a la perra negra y a su macho caminando por entre las sombras nocturnas de la maleza, creyó que estaría solo antes de que se acercase el convoy pero aquellos animales contemplaban su desnudez como si fuera uno de ellos. La piel comenzaba a arder, aquello era la señal para que la naturaleza de su condición comenzase a seguir su curso, tendones estirados, huesos rotos que luego se unían en nuevas formas en su cuerpo y el vello abundante que le ayudaba a protegerse del frío nocturno. El conjunto de dolores le recordaban las torturas que había sufrido previamente, los dedos rotos con pinzas y martillos, testículos electrificados con cables conectados a una batería de auto, quemaduras en la piel con cigarros encendidos, eso era poco comparado con los dolores que le daba la transformación en la luna llena, no distinguía aquel momento en que sus gritos de dolor contenido se convertían en gruñidos. Se arrodilló en el suelo polvoso, sintiendo algo de alivio, hasta que su conciencia y raciocinio se borraron, comenzando el recorrido salvaje que esperaba al grupo armado. Se puso en ese lugar a propósito, una estrategia que Fuerzas de Tláloc ya había previsto meses antes para detener a los Laguna Materna, el que ahora pudiera perder conciencia para después desatarse de forma asesina era meramente circunstancial.

— ¿Sabes los riesgos? —le preguntaron a Orlando.
—Sí, lo que venga, ya me tienen hasta la madre —respondió estoico.
—Recuerda que es calentar territorio, tenemos que hacer parecer que es un desmadre para que la gente se vaya, no sientas compasión.

Vio a los secuestrados en fila, todos con miradas temerosas, había dos señoras que lloraban y protegían a sus hijos, Orlando se acercó, sacó su cuchillo aserrado, agarró a una de las mujeres desde el cabello, ella trató de resistir pero Orlando fue rápido y eficiente, para cuando la mujer notó su cuello abierto y su sangre caliente empapándole el pecho ya no tuvo oportunidad de reaccionar, sólo pudo acercar su mano izquierda unas centésimas de segundo para tratar de tapar aquella cortada, cuando cayó muerta por desangramiento. Los otros secuestrados miraron la escena con espanto, los pequeños abrieron los ojos de la impresión. Los reclutadores no esperaban que él demostrase su efectividad tan rápido a pesar de estar acostumbrados a muertes y novatadas crueles, lo usual era que tardasen en adaptarse.

—Justo lo que necesitamos—dijo el jefe, al que todos conocían como Cincuenta.

Para ese entonces Orlando seguía siendo humano, en el sentido biológico y taxonómico de la palabra. Después de muchas matanzas por grupos armados y habiendo pasado por lugares de resistencia civil, él ya tenía cierto privilegio, no era fácil amedrentarlo, su pasado como rebelde le dio las habilidades necesarias, sabía que con un AK 47, un machete y un cuchillo aserrado las cosas podían resolverse fácilmente. Desde los diecisiete años tenía preferencia por las armas punzocortantes; aunque él mismo sabía que a su cuerpo le faltaba desarrollarse disfrutaba las matanzas de su infancia, su habilidad para abrir la garganta de becerrillos y borregos y más tarde de grandes reses; el salto a las personas fue natural cuando las rebeliones arrasaron a su pueblo, era mero acto defensivo, fingió estar muerto y después buscar a los de la resistencia.

Cuando se dio cuenta que su habilidad le podía pagar mejor con otros grupos opositores notó que podía aumentar su nivel económico, pasó a mejorar su tejaban, a conseguir constructora para hacerse de una casa de seguridad propia y pudo comprar una camioneta. Los trabajos de desaparecer y mutilar cuerpos, el desaparecerlos, dejarlos por todas las partes del país le daba algo qué hacer; el trabajo sucio también le daba para vivir bien. El resultado esperado era que lo capturasen por descuidarse, aunque no daba indicios de dónde vivir, lo provocaban hasta tratar de hacerlo hablar, pero nunca confesaba nada, solamente reía como si gozara aquello, al darse cuenta que un niño no podría decirles mucho solían soltarlo en veredas que ellos pensaban que no estaban exploradas, era la ventaja de que el anduviese como trotamundos. Anduvo como independiente, pues sabía que diferentes bandos necesitaban de él, no fue sino hasta que las Fuerzas de Tláloc lo reclutaron por recomendaciones de diferentes pobladores que querían la paz a través del soborno. Aunque se mantenía al margen de quienes le dejaban cadáveres para deshacer, tuvo la estima y respeto del grupo. Para entonces ya tenía veinte años.

Poco después del incidente con los secuestrados le encargaron una misión donde debía ir encubierto, a las Fuerzas de Tláloc les había llegado el rumor sobre cómo soltaban a secuestrados en zonas específicas y sin avisarles ya tenían animales listos para atacarlos. Eran animales que no habían quedado dentro de la clasificación de dueños gracias a una movida política hecha por grupos extremistas que poco sabían sobre las implicaciones de soltar y desclasificar a cierto tipo de animales, por eso era fácil soltar tigres, leones, pumas, coyotes y chacales, según se decía, era una forma de buscar a quien resistiese los ataques. Aunque aquello les pareció absurdo a los de Fuerzas de Tláloc, era necesario confirmar o descartar, ya que cualquier decisión de diversa índole afectaría a las estrategias del grupo, pues tácticas extremas luego les funcionaban.

Orlando sabía que había cosas que no tenía que hacer, como tomar un camión a cuando la noche hiciera su entrada para ir de un pueblo a otro, pero ya tenía los papeles falsos que encubrían su identidad, pues a pesar de su reconocimiento y privilegio en su área, era algo característico en que no dejara testigos que lo reconocieran. El recorrido del camión lo llevó hasta Santa la Marina llegando a San Nando, por esa zona bajaron algunos pasajeros mientras que un grupo armado recibía sobres con dinero por la carga, subieron otras personas, sabía que iban a Torres. Después, en lo que identificó la brecha Veinte, bajaron a todos, gente armada los obligó a entrar a otras camionetas, Orlando fingió estar asustado, su normalidad no era como la del resto, sabía que hacían eso para que no supieran a dónde lo llevaban, pero escuchaba en el rodar de la llanta como cambiaba del crujir de arena a pedrusco, y luego a tierra húmeda, un cálculo más le dio el aproximado del lugar, estaban cerca de la reserva forestal de El Edén, en esa zona habían visto osos y jaguares, el rumor comenzaba a tener sentido. La camioneta detuvo su andar, trató de asomarse por algún agujero, pero la camioneta estaba sellada, la oscuridad no le permitía darse una idea del panorama, aunque por las corrientes de aire que se llegaban a meter olía a bosque y escuchaba a las aves e insectos nocturnos, pensó en que el grupo debía de tener un buen contacto más arriba para que les permitieran usar esa zona protegida como lugar de masacres.

Se abrió la puerta y comenzaron los gritos.

—¡Muy bien, cabrones! ¡Pueden irse!

Los gritos de júbilo se escucharon, Orlando se aguantó la risa, ya sabía las mentiras tácticas, así que fue el primero en salir, esto hizo que todos lo imitaran en el acto,  siguió adelante, vio otras camionetas estacionadas que también soltaban gente, esperaba ver quién sería el primero en caer, cuando vio ventaja numérica se alejó de los demás, entonces escuchó las pisotadas, algún gran felino, y lo vio, un puma que atacaba a un trabajador de maquiladora, la luz de la luna llena le permitió ver el espectáculo en tonos azules estelares, aunque sabía y conocía la textura y color de la sangre, el verla de un azul morado espeso le llamó la atención, se impresionó pues no esperaba confirmar el rumor tan pronto, después del puma vio a otro animal que desconoció “¿Qué carajos es eso?” se dijo, y notó como destripaba al hombre y al puma. Orlando vio como todos corrían frenéticamente, él seguía analizando la particularidad del evento, no es que se espantase de la sangre y los destripamientos, pero sí era atípica la forma de asesinar con animales. Vio a otro animal aproximándose a cinco personas “¿eso es un hocico de coyote?” pensó Orlando al ver aquella mole peluda con orejas puntiagudas, parecía un plantígrado, caminaba en dos patas, pero para acelerar lo hacía en cuatro, sus ojos amarillos resplandecían con la poca luz de luna que recibía, Orlando sabía que eso significaba que el animal lo había visto desde antes de que se diera cuenta de su presencia, era animal nocturno, y lo veía claramente. Bajó su mano a la pantorrilla, aquello no era algo que conociera. El animal lo detectó y fue directo hacia él, Orlando disparó, pero notó que las balas retumbaban en su piel, parecían no dañarlo mucho, al contrario, lo había provocado mucho más. Corrió hacia donde esa bestia no le diera alcance, vio como todos eran asesinados por leones, pumas, coyotes y chacales, acompañadas de esas bestias que no identificaba. Orlando pensaba en cómo salir de aquella situación, sintió algo con lo que estaba poco familiarizado, el miedo. Admitió que los del grupo Laguna Materna eran ingeniosos, usar la naturaleza en vez de las armas para acabar con los habitantes del territorio y así dominarlo, ni Fuerzas de Tláloc ni los Caronte Riviera lo aplicaban, ambos necesitaba usar más ideas y menos fuerza. Orlando se metió debajo de una camioneta, respiraba agitado, analizaba las posibilidades, cuando niño habían tenido problemas con pumas y gatos monteses, nunca le tocó lidiar con osos, pero sabía que podía pasar, otros animales grandes eran del ganado cebú, pero esos eran rumiantes, no había que temerles, de temperamento tranquilo, fáciles de manejar.

El hocico de uno de esos animales desconocidos se asomó gruñendo y soltando saliva, con sus respiraciones movía algo de tierra, Orlando sacudió sus pensamientos y reaccionó cortándole la nariz y el hocico, se alejó, pero después vio como una mano con abundante vello y garras negras trataba de alcanzarlo, usó el cuchillo para defenderse, los rasguños eran evidentes, pero resistía, sus gruñidos instintivos persistieron, volvió a acuchillar, la mano se retiró, en su lugar regresó el hocico que dentelló la mano derecha de Orlando, quien masculló soportando el dolor, agarró el revólver, disparó a los ojos de aquella bestia, escuchó el sonido de uvas estallando, el animal gimió lastimeramente, huyendo. Orlando escuchaba sus jadeos, rompió su camisa, sacudió lo que tenía de tierra húmeda, envolvió su mano entumecida.

—¡Puta madre! —dijo en voz baja.

Recordó que debía hacer cálculos para poder pasar el informe a Fuerzas de Tláloc, probablemente serían las tres o cuatro de la mañana pues el brillo de la luna estaba disminuyendo. Se asomó y escuchó los rugidos de los animales, ya no se escuchaban gritos de personas.

—Déjenlos, se les pasará en una hora, no necesitamos tanta ayuda médica—Escuchó Orlando.

Siguió agazapado en ese lugar, decidió relajarse al modo de los soldados, atento y sin bajar la guardia.

Por debajo pudo ver cómo arrastraban los cuerpos y limpiaban la escena, dejando las manchas de sangre. Debían de ser las cuatro y media de la mañana, la luna bajaba su brillo, entraba la hora más oscura. Escuchó como abrían la puerta de la camioneta, salió lo más rápido que pudo, en esas centésimas de segundo vio a personas desnudas que se estaban levantando del piso y entraban a las camionetas, unas separando a los animales y otras a la gente, aquellos no eran pasajeros que hubieran estado con él. Cuando se metió entre los matorrales pudo ver que una de esas personas le sangraban los ojos, tenía rasguños en los brazos, extrañado por esto decidió adentrarse aun más en la parte frondosa.

—Puta madre—musitó como si esa expresión le ayudase a pensar su siguiente movida.

Caminó un rato, tratando de llegar al lugar de partida aunque sin acercarse mucho por la carretera, tenía que evitar que las autoridades o los grupos en enfrentamiento lo viesen, necesitaba encontrar un teléfono pues al ser señuelo no dejaban que lo vieran, soltó la cartera con sus datos, metió el dinero en los bolsillos de sus pantalones de mezclilla, siguió andando mientras tocaba su mano lastimada.

Cuando estuvo en contacto con Fuerzas de Tlaloc confirmó las prácticas, dio todos los detalles, a pesar de sonar como algo delirante para ellos, Orlando se mantuvo apegado a su versión

— No puede ser que usen eso para matar, ¿qué sentido tiene si no reclutan a nadie? —dijo Cincuenta.

—Si me permite corregirle, esto no es para reclutar, parecía entrenamiento para ellos, prueba de lealtad a la organización, pero hubo algo raro, esos animales que mataban a los grandes leones de monte, creo que son personas… no puedo afirmarlo ni confirmarlo, pero… —Orlando hizo una pausa para tratar de elegir bien sus palabras—, le disparé a uno de ellos, a sus ojos, vi cómo se reventaban, y luego vi a una persona herida de las misma forma… no puedo confirmar que se relacione, pero eran animales que en ocasiones andaban en dos patas y por ratos en cuatro…

Cincuenta se quedó pensativo.

— Quisiera retirarme un tiempo.
— Pero es nuestro mejor elemento, Othón.
— Por eso necesito retirarme, necesito asimilar con qué nos enfrentamos pues parece que esto nos sobrepasa.

Cincuenta se impresionó porque Orlando usase esas palabras, entonces tomó en cuenta su sentir.

—Puedes tomarte el descanso, pero no olvides contactarte.

Se retiró recordando cómo había sido su caminata, para mediodía ya no tenía rastros de la mordida en su mano, se sentía mejor que nunca, su salud había mejorado y de igual manera sus habilidades, sanó más rápido de lo acostumbrado y sus cicatrices desaparecieron. Al mes de su retiro seguía recordando aquella noche, y aquello empezó, primero el sudor frío, luego notó como los dedos de sus pies se movían de forma inusual, resquebrajándose, moviéndose dentro de sus botas industriales, le dolió como las torturas a las que había sido sometido, le recordaban los martillazos, se descalzó y vio a través de las calcetas como su pie se estiraba, se la quitó y notó cómo es que se movían sus dedos, Orlando se extrañó de que aquello le pasase sin objetos que intervinieran en dañarlo, ni pinzas o cableado conectado a una batería de carro, pero dolía igual, cuando sintió que sus dientes y orejas se afilaban recordó el dolor del tehuacanazo, fue aquí cuando su sistema de defensa comenzó a actuar, la transición al apagado mental, desapegándose de su parte humana, olvidando su ser y convirtiéndose en el animal que lo había atacado.

Para cuando despertó notó los muebles destruidos, la pared con rasguños y boquetes causada por golpes, sintió el fresco del amanecer, notó que estaba desnudo, se levantó y sintió el dolor de los golpes en sus hombros y rodillas. Notó las armas desperdigadas por el suelo, las levantó y acomodó en lo poco que quedaba de la mesa. Entonces hizo la conexión de los hechos.

Seis meses después de haber confirmado sus transformaciones en cada luna llena bajo un ambiente controlado que a veces se llevó a novatos de por medio, Fuerzas de Tláloc sabía que tenían una táctica nueva entre las brechas invadidas por Laguna Materna y Kappa, pues era la zona tomada por el sur. Orlando en su forma animal fue tras las camionetas, sólo llegó a escuchar las metrallas, muy en sus adentros todavía estaba la parte humana de la lógica, la que recordaba los ojos amarillos, pero a pesar de esto sus movimientos eran irracionales, sólo iba directamente a los cuellos, cabezas y estómagos que le dieran carne de forma inmediata. Entonces olió a otro, era como él, fue directamente a atacarlo, pero algo lo detuvo, era una hembra. La defensa de los Laguna Materna, a pesar de haber acabado con las camionetas de armamento la hembra era la protección. Orlando reaccionó territorial, escuchaba como la jauría les gruñía a ambos, usó sus garras y hocico para defenderse, entonces la atacó, mordió el pecho, pese al abundante vello pudo arrancar un pedazo con la mordida precisa.

No supo hasta cuando duró la lucha, la hembra a diferencia de Orlando no sabía medir el tiempo, pero cuando ocurría la transformación no importaba si eran unos segundos, parecían cien años transcurriendo hasta que el cansancio lo dominaba, se tumbaba en el suelo y regresaba a su forma humana, cuando esto ocurría notó que ella pasaba por lo mismo. Las cuerdas vocales recuperaban el tono humano, pero todavía variaban a un gruñido de una inflexión más bajo.

—Pen… dejo… mi… pecho.

Levantó la vista, apenas vio la silueta de una mujer con piel morena y cabello oscuro, se dejó caer, pues como toda tortura, aunque fuera rápida, no era fácil recuperarse hasta el amanecer. Varias unidades corrieron a rescatarlos, el ajetreo hizo que se alejaran entre balaceras.

Fuerzas de Tláloc y Laguna Madre tendrían que medir fuerzas más adelante, Orlando sólo había descubierto las nuevas armas que usaron, él resultó ser una para que más adelante pudieran crear un ejército de ellos.

Sobre la Autora: Laura Elena Sosa Cáceres – (Reynosa, Tamps. 1985) tomó el diplomado literario de la Sociedad General de Escritores de México, es licenciada en Letras Mexicanas por la UANL (2008-2013). Escribe como columnista invitada para periódico “El norte” y en su blog personal. Fue antologada en “Cuadrántidas” (poesía sci fi) y “Mundos remotos y cielos infinitos”, tiene tres libros de autora que son “Con los restos a aquellos añejos” y “Con los añejos a aquellos restos” (variación del mismo libro de relatos), “Amantes del plenilunio” por parte de POETAZOS, y “Hemólisis”, que es el libro más actual.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s