Ecos

Suelo tener la mente en blanco, como la hoja en que escribo en este momento.

Poco a poco, las palabras van llenando los espacios huecos e incluso mi cerebro, que es como una hoja en sí mismo, se desdibuja, guiándome a llenarlo, profanándolo con palabras que, podría creer, lo ensucian.

                Luego el color rojo llena el resto.

                Un cliché. Los lobos, lo que nos hace tener sentido en este universo, nuestro origen, va tomando la misma forma que ha tomado siempre para quien lee. Relacionan la frase “el color rojo” con la sangre que derramamos para alimentarnos y no con la sangre que nos mueve y envuelve con su calidez, que nos da una segunda oportunidad de vivir de nuevo.

                Somos lo que somos. No somos otra cosa. No sólo está fuera de nuestra capacidad sino de nuestra naturaleza. No podemos elegir. No hay opciones. Esto no es una democracia. No hay votos ni opiniones.

                Esto es como es.

                No miramos las cosas como un perro. Y con esto quiero decir: No somos animales sin raciocinio. No perdemos el control.

              Estamos y no estamos.

                Ese instante en que el olfato nos traiciona, en que por un segundo pretendemos que no logramos entenderlo, es nada más que eso. Un instante. Y luego, paz.

                En las fauces que abrimos con desesperación y que no paran mientras luchamos por dentro con la inminente metamorfosis, en que somos lo mismo y somos otra cosa, porque volvemos a nuestra humilde forma, al principio. Volvemos a tocar el alfa sin omega.

                Tememos mientras el envase humano que nos contiene se deforma, se contorsiona y decide modificarse en su totalidad para luego dejarnos llevar por el instinto que en realidad está allí, siempre, diciéndonos “Ve y mata”.

                ¿Qué tan complejo es matar para un hombre lobo?

                Muy.

No podemos tocar la muerte. No estamos constituidos de modo que podamos rendirnos o dar tregua al instinto que nos obliga, que nos devora, que nos arruina por dentro.

                Hay semanas sin presas, por supuesto.

Por eso elegí el bosque. El olfato ya no me traiciona. Puedo pensar con claridad, controlar mis impulsos incluso contra la luna llena, que, con su brillante resplandor, compele a mi humanidad y da entrada a lo más parecido a un impulso de maldad.

                Cuerpos suaves. Piel dura. Sangre densa y tersa que va coagulándose casi de inmediato pero que, al tocar mis labios, se derrite luego en mi garganta como la mantequilla.

                ¿Qué son, después de todo, los seres vivos, si no eso?

                Sangre.

                Fluye como agua en un río a través de un sinfín de venas y arterias y da vida mientras permanece dentro, pero la quita de inmediato una vez fuera.

                La noche, la luna, el viento, el agua que cae, sencilla en su pureza, del cielo a la tierra… Estoy cansado de sentir.

                Me sofoca. La sensación me sofoca.

                ¿Qué somos los seres vivos sino sangre y oxígeno? ¿Vida y aire?

                La obscuridad sólo oculta nuestra necesidad.

                No somos mejores que un animal sin raciocinio aunque lo tengamos. Aunque podamos transformar nuestros cuerpos endebles de humano en cuerpos enormes y velludos, en formas lobeznas, ¿Qué somos, si no naturales armas en contra de la vida?

                La devoramos.

¿Esto tiene un fin, un sentido?

No. Pero lo hacemos de todos modos porque vivir si lo tiene.

Somos contradicción, de tal modo que nuestro legado no es sólo robar aquello que no nos pertenece, sino extraer vida en medio de la noche, de lo que sea, de donde sea, con la seguridad de que, luego de un momento de placer extático, podemos regresar a lo que éramos, simples mortales, humanos, de formas humildes y ademanes suaves y no aquellas cosas que incluso no somos capaces de abrazar a nosotros como lo más preciado.

Hundir los dientes, cerrar las fauces, saborear.

El proceso es sencillo en términos prácticos.

Y al saborear la carne, desmembrarla, escuchar a través de esas arterias que van vaciándose los gritos gorjeantes de quien muere en tus mandíbulas, renuncias.

Y vuelves.

               

Kat Harley

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