Bajo la luna, el amarillo caliente

Encorvado, lastimoso se incorpora para ver el primer casquillo de la bala sobre la arena y oír el chillido animal de su hermana.

Mientras la planta de moras trepaba parásita en las higueras, se abrían como capullos los frutos en este verano y rasgados chorreaban su delicia brillante. En esos caminos leves donde pastaban los pampas y las aguadas pululantes de renacuajos, allí, en ese mismo lugar encuentra Luisa a Pirineo. Lo alimenta y entre sus gruesas piernas, duerme.
Luisa, no era una mujer, era una bestia, pues su cuerpo al desplazarse era un péndulo irregular; grosera y bruta en ademanes y mente. Así se cría, entre pajonales secos y en lo alto los verdes prohibidos del señor “feudal”.
La razón de ser tan obtusa y de entrecejos poblados, asume su abuela, quien la crió, fue por el destete prematuro. Ella abría sus ojos y su madre los cerraba entre convulsiones de animal, por el desgarro de sus carnes. Avena, leche, pan y queso de cabra, son sus alimentos, y así crece, a la vera de las polleras flacas de la vieja que sobrevivió a su hija. Mira a Luisa de reojo y busca en sus rasgos algo de su bella hija pero no lo halla. Ni siquiera el color de su piel, ese color ceniza, le da un toque primoroso.
Así crecen Luisa y Pirineo. Prematuros, casi salvajes.
—¿Qué  será  de  ellos? —dice la abuela— Aún los domino, pero cuando la sangre llame… —se cuestiona.

En el  campo libre y las aguas del molino se da la fiesta del día para ambos; luego del mediodía dormitan como perros mansos y después campo. El sol, la lluvia y las cabras son su mundo. Las culebras, las alimañas y el aullido de no saben qué, es su desazón en esas horas del atardecer. Se meten en el pozo de tierra y piedra y antes que la luna se alce, corren con sus caprinos hacia la casa. Se les nota el miedo y según su abuela, no pueden ir con ella dentro de las murallas, pues le espantan sus clientes, de tan feos.
Ya ayudan a la abuela aún joven, a ordeñar a las hembras y a fabricar el queso para llevar a la aldea. Su abuela, munida de una vara con la longitud de la mesa, pese a su ignorancia los mantiene a raya. Ellos murmuran por lo bajo y proceden a usar una cuchara en los mismos alimentos, comen con avidez. Es su vida normal, es lo único y  pueden repetir el plato, tantas veces quieran.

Una de esas noches la abuela llega antes a su casa precaria de tres habitaciones de madera y piedra. Pirineo y Luisa no llegan aún. Es verano, junio en solsticio y por primera vez en este año la luna promete ser grande y llena como un globo.
Se prepara fiesta en la casa grande, se prepara la adoración a los dioses de la tierra y el cielo. Todo se vuelve amarillo rosa. La abuela preocupada sale hacia donde se esconden ambos. Le preocupan lo caprinos, la seguridad de ellos y la demora.

Los encuentra y más grises que nunca. Pirineo apenas se ve, sus ojos no iluminan. Pero hay demasiado silencio. Entonces en un salto desde la boca negra del pozo asoman un par de ojos tan amarillos como la luna, unas garras, un feroz rugido y la pobre mujer cae de espadas, mientras a borbotones, la sangre de su cuello baña el reflejo de la luna sobre otros cuerpos. Olor  a sangre y muerte. Esa es la escena.

Despunta el alba y el señorío despierta empapados en alcohol, pero hay que comer, hay que abrir la gran puerta para que los otros  traigan sus productos. Es uno de los primeros en llegar, quien distingue lo sucedido, va cargado de jaulas con aves. Queda mudo, reacciona y sus alaridos atraen a todo el mundo.

Aparece un manto de caprinos muertos, las moscas sobre ellos y los perros, con los pelos del lomo de punta y las colas entre las patas, huyen. Es que a esa escena se suma la abuela desangrada totalmente, sus ojos abiertos sin vida y su cuello roto y seco.
Se arrastran dos cuerpos robustos desde la gruta en cuatro patas. Sus lenguas babeando.  Luisa primero, sus ojos amarillos, sus dedos abiertos y su piel tan gris que dio paso a un pelaje casi blanco. Detrás, Pirineo más bajo se arrastra pero cuando el sol ciega sus ojos se eleva en sus patas traseras y dando aullidos, peludo como animal salvaje, va hacia el único camino que conoce, el de su casa.

Luisa fue más fácil de atrapar, está en celo y en la lucha al ser poseída en la fuerza de la luna se  retrasa, aunque erguida en sus pies sucios toma el mismo camino a tropezones guiada por el aliento de su hermano a su casa.
Se dio la orden, estos seres, estos lobeznos despiertos por ese solsticio son sacrificados. Primero la hembra dijo el verdugo y su bala de plata se incrusta en esa loba, hija de su madre, su primera víctima.

El manso Pirineo es ya hombre, su cuerpo erguido ha vuelto a ser humano y una lágrima roja como ese atardecer cae de sus ojos. Llora  por su hermana.
Otro cerrojo de rifle le anuncia que entregará su alma a Dios.

Sobre la Autora: María  Senatore (Floria, Uruguay) – Docente y escritora.Tiene publicada un libro de prosas poéticas, “Ese momento”. El mismo fue presentado en España en el año 2015, en el Encuentro Iberoamericano de Escritores, en Toledo, España, en Córdoba y Buenos Aires, (Argentina), tambien en su país. Es coordinadora en su país de la Sociedad  Iberoamericano de Escritores. Su obra obtuvo ese mismo año, un quinto premio en un concurso en España.En la actualidad está  preparando su segunda obra de relatos y prosa narrativa. Es tallerista en Palabras para el Encuentro. Es delegada activa de Umecep Uruguay.

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