Sobre la Hiedra

Diario de una sombra

Has cruzado el huizache,

mis ojos te han perdido

no supe cuánto tiempo estuviste oculta,

reí, jugué con los minutos

hasta que apareciste cabizbaja.

Mientras esperaba el autobús

te asomaste a través de las aristas del tejado,

para después sólo verme partir.

El huizache fue tu guarida

para esconderte de la noche.

Segundo encuentro

Te he vuelto a ver

entre desaforados gritos,

                    que nos reúnen

para gritar a las ratas

nuestra impotencia y rabia,

estás dentro de ti misma,

absorta escuchas como se acribillan voces

se unen consignas y se canta

a una sola voz “venceremos”.

El cielo está por caerse, vuelves a irte

el reloj marca las ocho treinta,

ahora recuerdo que tenía una cita

                                  él aún espera

con un mándala en las manos,

llego, me cuenta historias de humo

aglutinadas en líneas inconexas,

afuera la lluvia lava la ciudad.

 

El puente

Ya te veo, allá vas,

subes el puente

con el alma fragmentada,

la cotidianidad te espera, lo sabes

la misma yerba se encuentra con tus pasos,

flores tiernas brotan del asfalto

donde se orinan los perros,

los niños, tus niños perciben tu voz de niebla,

adivinan el golpeteo de tus pasos,

cuando tardas, te piensan distante

ellos no saben que te encuentras

escondida en tus alas rotas.

 

Sombra mía

Te desdoblas entre la yerba

somos dos y una luz asesina,

dos adheridas a la tierra.

Entre líneas perpendiculares

crecemos como nubes grises,

hacemos de la tristeza negra

nuestro infierno,

alarido de dos hiriendo al vacío,

nos buscamos entre escombros,

entre fronteras de soledad y de ceniza

y como es nuestra costumbre

nos recogemos en pedazos de luna,

al estallar nuestros latidos como esquirlas.

No estabas

Hoy no estuviste,

te busqué

en el hollín de las calles.

El sol devoraba el asfalto,

el aire matutino olía a ti,

respiré y subí la cuesta cotidiana

donde sabía que podría encontrarte.

Segundo encuentro

En la pérgola del pueblo

algunos sueñan amarse,

                               llueve

                                      caen segundos

                                                      minutos

                                                                  horas

promesas de amor nacen,

otras caen a horcajadas

sólo el cierzo sabe,

a qué huelen los besos

estás aquí a un lado mío,

puedo ver tu descalzado pie

escuchar y ahogar tus miedos,

simular tu rabia y tus nostalgias.

En la pérgola del pueblo

esos los otros, no nos saben,

engendran su propio verbo.

Martha Miranda

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