El Protector

— Creo que ya estás listo; me costó trabajo encontrar el micro-procesador que te daría vida, así también como los chips: unos lo tuve que robar, otros me los robaron y los volví a robar, algunos Pa’ ya los tenía. Han pasado cerca de 2 años después de su muerte a manos de esa banda de terroristas… —una lágrima bajaba por su mejilla— y le hice la promesa de proteger a la villa; sólo debo de colocar el micro-procesador aquí… —incrustaba aquel pequeño dispositivo sobre la espalda de metal de la criatura— …ahora deja hago esto y…
— ¡Zak, Holy, la comida ya está en la mesa, bajen antes que se enfríe! —gritaba una voz desde arriba.
Zak ahora utilizaba su lámina virtual para terminar de cargar el algoritmo que su padre había programado junto con la base de datos de todos los habitantes de la villa.

— Ya no nos someteremos más; los terroristas se lo tendrán que pensar por lo menos dos veces más —una sonrisa nerviosa se formaba en su cara llena de polvo y aceite, las pupilas se le dilataban, el corazón le palpitaba aún más rápido, su dedo índice tenía un pequeño tic.
— ¡Zak! —se abría la puerta violentamente.
— ¿Qué, qué pasa? —se había asustado por el sonido de la puerta al pegar contra la pared.
— ¡Ma’ quiere que subas a comer! —los ojos de Zak se entrecruzaron con los de aquella niña, probablemente de 6 años— ¡Apúrate!
La niña volvía a cerrar la puerta con la misma fuerza con la que la abrió, Zak regresaba su mente hasta hace unos segundos… ¿y qué si pudiera inventar una máquina del tiempo? Así no te hubieras ido, Pa’, pensaba. Volvía su vista a lo que era una lámina virtual cuando, sin darse cuenta, ya había pulsado la proyección de la tecla sobre la mesa. Volteó a ver hacia el monitor al centro del robot, este decía: “procesando información, tiempo estimado 4 horas”. Los ojos de Zak se iluminaron.
— Ha comenzado —murmuraba para sí mismo—, ha comenzado, Pa’.

Zak devoró su comida, en realidad no era mucha: el plato tenía unos cuantos tubérculos que tanto él como Holy odiaban, algunas semillas y una pequeña porción de carne; después de la guerra realmente no quedaba mucho espacio fértil sobre el cual sembrar, los pocos animales que sobrevivieron eran pequeños y algunos tenían altos niveles de toxicidad en la sangre, otros estaban infectados con algún tipo de enfermedad; las bioarmas habían acabado con casi la mayoría de la población del planeta y de los demás seres vivos.
Cecil, la madre de ambos, veía a través de una ventana el paisaje demoledor que la acompañaba cada mañana, cada día, cada año; los caminos estaban destrozados, habían pedazos de robots por todos lados, las personas corrían para meterse a lo que quedaba de sus hogares; miró hacia su izquierda, la entrada principal a la villa seguía en reparación; la banda de terroristas había causado graves estragos en su último ataque y aunque no habían logrado penetrar hacia la villa muchas personas murieron en su defensa, cada vez había menos refugiados.

— No te preocupes, Ma’ —Cecil no se había dado cuenta que Zak tenía ya varios minutos viéndole—, ya casi está listo. Cecil regresó la mirada a la mesa, aún recordaba la forma en que su marido fue asesinado por uno de los atacantes.

Un estruendo se escuchó en la pequeña casa, Holy saltó de su asiento por el sorpresivo golpe que su madre había asestado a la mesa. Zak se levantó de su asiento.

— ¿Qué quieres, Ma’? ¿Que hablemos con ellos mientras nos disparan? Pa’ intentó hablar con ellos… y ya no está con nosotros —Zak sentenció. Holy miraba a su hermano, la habitación estaba muy silenciosa, Zak dio un beso en la frente a su hermana y abandonó el lugar. Cecil se sentó sobre la silla que había sido ocupada por su hijo, miró a Holy quien formaba una pistola imaginaria con su mano derecha, “boom, boom”, la niña imitaba el sonido de unos disparos.

Al lado del robot, Zak era un tanto minúsculo, apenas podía recordar cómo junto con su padre habían establecido una base de datos con todas las personas de la villa; les habían tomado capturas de rostro, de sus gestos, alguno que otro dato personal (a aquellos que accedían), el tono de su voz en diferentes situaciones, sorpresa, miedo, tristeza, alegría, ira y demás. Los refugiados preguntaban el motivo y Zak se acordaba del discurso de su padre sobre una nueva clase de robot que les ayudaría a protegerse de las personas ajenas a la villa; el algoritmo debía contener la mayor información posible para que el robot pudiera tomar una decisión en base a la combinación de resultados que arrojara su sistema central: su misión era incapacitar a aquellas personas que fueran una amenaza. Zak sabía que en estos días era complicado adquirir un robot de origen, o siquiera uno armado y funcionando, sin embargo, para su padre fue relativamente sencillo armar uno, lo complicado estaba en su programación y en su fuente de poder.

— Serás el protector de la… —sin terminar la frase Zak empezó a escuchar un zumbido, veía restos de concreto caer y ahora un rayo de luz iluminaba su rostro, veía todo a cámara lenta, no podía moverse, le dolían los oídos… parte de la habitación se había ido.
— ¡Hijo, vamos, sube! —Cecil tenía sujetada a su hija por la cintura, y gritaba— ¡Zak! ¡Tenemos que escondernos, han entrado!
— Un momen… —Zak veía como unos brazos lo levantaban del suelo y lo alejaban del robot cuyo monitor estrellado por el impacto de un pedazo de varilla decía: “proceso terminado”.

Cecil apenas pudo salir con su hijo en brazos, Holy los seguía de cerca, sus pequeños pies se metían en cada grieta que la hacía retrasarse, comenzaba a llorar por su hermano que no se movía. Los ojos de la niña presenciaron el principio de lo que sería una devastación de su hogar, todos los refugiados corrían y otros caían muertos por las balas que impactaban sus cuerpos, empezaba a llover y la tierra se teñía de color rojo. Los invasores, que iban vestidos con protecciones metálicas, separaban a los niños de sus padres y los subían a unos vehículos androides; a los padres que se resistían o los quemaban o les disparaban. Holy se asomó para ver qué sucedía, Cecil le jaló del brazo de inmediato, atrayéndola a su cuerpo, “sh, sh, sh” Cecil hacía el ademán a su hija. Se escuchaba un rayo a lo lejos.

— ¡Eh, creo que hemos encontrado a otros! —decía uno de los terroristas; hacía señas para que los siguieran otros tres de sus camaradas— Aquí, !he visto a una niña!
— ¡Identifíquese! —Gritó. Las palabras provenían de aquel robot que rebasaba en más de un metro la altura de los atacantes, era bípedo y ambos brazos tenían en la punta una especie de tenazas que se abrían y cerraban; por encima de lo que parecían ser su antebrazo tenía una metralleta modificada y sobre el otro una especie de pistola que funcionaba a presión; podía lanzar lo que fuera a gran velocidad. Lo que aparentaban ser sus ojos eran en realidad cámaras puestas en aquel rostro de hierro; las piernas estaban formadas con pistones que le daban la fuerza y velocidad suficiente como para correr y saltar.

Los atacantes se habían quedado estupefactos al ver a aquel androide apuntándoles, no podían creer que estaban viendo un robot después de la guerra ¿qué energía han usado? se preguntaban.

El robot dio una vuelta completa, evaluando los gestos y las armas de las personas que le rodeaban y segundos después se escuchó la palabra: “¡Amenaza!”. Justo después el robot disparó a cada una de las rodillas de los atacantes destruyéndoselas por completo; volvió a cargar su antebrazo izquierdo, el robot siguió avanzando y más invasores venían por su derecha.
—¡Identifíquese! —Insistió. Todos los terroristas empezaron a disparar contra él sin éxito alguno; ya estaban en el suelo con las piernas destrozadas y las manos llenas de clavos.
El conductor de uno de los vehículos androides apuntó el arma que tenía adaptada en uno de los brazos mecánicos de su transporte y disparó contra el robot volándole el brazo en que tenía la metralleta; el robot apuntó a cada hombro del conductor y disparó más de una docena de clavos de cuatro pulgadas de longitud dando en el blanco.

Zak apenas despertaba, su madre lo movía violentamente tratando de hacerlo reaccionar. El robot se volteó lentamente hasta detectar el rostro de Zak y de la persona que lo movía abruptamente, le parecía ser hostil. Era mucha la distancia pero apuntó a los hombros de la persona que le daba la espalda.
“¡Amenaza!”, acto seguido un rayo cayó sobre su antena al momento de su disparo, el clavo alcanzó a salir desviando su trayectoria final hasta impactar la cabeza de la madre de Zak que ya había despertado.

Ambos niños estaban en shock, veían el cadáver inerte de su madre en el lodo. Holy comenzó a gritar y Zak no podía escuchar nada, sus oídos empezaban a sangrar, volteó y veía a su “protector de la villa”; humo emanaba de su cuerpo metálico, ya no tenía un brazo. Zak corrió hacia él.

— ¿Qué has hecho? —no se escuchaba a sí mismo, pero estaba gritando—, ¿Qué has hecho… qué he hecho? —de rodillas golpeaba las piernas del robot inerte, las manos comenzaban a sangrarle… de pronto Zak observó como la cabeza del robot giraba encontrándose con un refugiado, “¡Identifíquese!”
— Soy… mi nombre es Uldá, soy un campesin… —un clavo entró disparado a través de su frente, murió en un instante.
— ¿Pero cómo?, no es posible… —murmuraba aquel niño reclamándole a su protector. “El rayo dañó tu micro-procesador; mi padre te ha programado para no matar, tienes una base de datos…” pensaba Zak sin quitarle la vista a su robot quien enfocó el rostro de aquella persona que estaba a sus pies; “¡Amenaza!”, el robot levantaba el antebrazo con la pistola a presión apuntando a la frente del que una vez fue su creador.

Holy veía horrorizada la escena.

***

Años después se preguntaría qué habría pasado con aquel robot; decían las historias que había masacrado pueblos enteros sin distinción, algunos contaban que tenía consciencia propia, otros afirmaban haber escuchado al robot hablar antes de disparar a personas.

Ahora Holy tenía ya quince años y se encontraba en un refugio, tenía una escopeta en mano… había escuchado decir a uno de los refugiados que tenían que prepararse porque alguien se acercaba.
— ¿Guerrilleros? —Holy preguntó, cansada de saber siempre la respuesta.
— No —decía, el refugiado—, me han dicho que es un robot, así que toma todo lo que puedas, tenemos ventaja, no tiene un brazo. Holy apagaba su cigarrillo y cargaba la escopeta.
— Estoy lista.

Sobre el Autor Moacyr Cuervo Cueva – Recién egresado de la carrera de Ingeniería Civil, ITESM, Campus Mty. Nací en Acapulco, Gro. tiene 24 años. Le gusta el cine y la literatura. Es nuevo incursionando en la escritura; en este aspecto he sido uno de los seleccionados dentro de la antología de Cuentos de terror: “No voy a poder dormir esta noche” (concurso de Colombia – 2015). 

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