Microcuento Hiperaterrador

El otoño ya se había instalado cómodamente en este hemisferio hacía un buen rato; esta noche en especial había luna llena, brumosa y difusa tras las nubes y la humedad del ambiente que cubría las calles en forma de ligera neblina translúcida, apenas en vías de transformarse en la densa nata pegajosa que seria a media madrugada.

Me revolvía en la cama tratando de conciliar el sueño, pero mis esfuerzos eran tan inútiles como tratar de nadar entre las sábanas: tenía que presentar un examen el viernes y no había estudiado ni el primero de los doce capítulos que lo integrarían.

Estaba pensando en eso y lo que pasaría de no aprobarlo cuando oí tocar a mi puerta con bastante intensidad. Bueno, en realidad sonaría igualmente intenso así hubieran tocado moderadamente, la estrechez de las paredes que conformaban mi pequeño departamento de estudiante de cuatro piezas, creaban un eco impresionante y por eso, y sobre todo por la hora, me causó un sobresalto.

Tocaron de nuevo segundos después, toquidos rápidos y sonoros, apremiantes. Un poco mas preocupado por la prisa del visitante, me levante y me vestí, me puse un short que en mejores días habla sido un pantalón roto de las rodillas y calcé unas chanclas de hule, ya despabilado, me dirigí rápidamente hacia la puerta, atravesando por la muy modesta y austera estancia que era salita y comedor al mismo tiempo; a estas horas sólo podía ser mi compañero de cuarto que no había llegado en toda la tarde. El… u otra persona, en caso de que hubiera pasado algo serio.

Al asomarme por la mirilla de la puerta, vi el rostro agitado y pálido de miedo de mi compañero.
— ¡Ábreme, rápido por favor! —exclamó y su voz tenia un genuino tinte de tensión además del temblor propio del terror. Corrí los cerrojos sin dudarlo y la puerta se abrió de golpe, empujada por él. Después de entrar la cerró de un azotón muy fuerte.
— ¿¡Que te pasa, viste al diablo o qué!? —le dije.

Algo pesado golpeó la puerta, cimbrándola.

Sin dudarlo me adelanté a la mirilla para atisbar en la oscuridad, lo que vi bajo el pálido fulgor de la luna era una cosa grotesca, de enormes manos de animal y cuerpo lejanamente humano, de ojos completamente blancos y esculpido por alguien que quiso jugar a ser el creador sin el mas remoto éxito. Retrocedí y le pregunté a mi amigo —¡¿Qué quiere eso?!
Cambiarme de cuerpo —dijo él mirando fijamente la puerta mientras la apuntalábamos con la mesa del comerdocito.
— Al menos no lo hizo —dije terminando de empujar. La cosa chilló tras la madera.

Mi amigo miró hacia la puerta y empezó a reír y llorar al mismo tiempo, luego se lanzó hacia mi y me atenazó los hombros con las manos, agarrotadas como si estuviera sosteniendo con ellas los hilos de su cordura deshecha y yo fuera su único vínculo con esta misma

— ¿Quién dice que no? —dijo dejándome ver sus vacías pupilas, blancas y difusas como la luna llena… la misma luna que escuchó mis alaridos atravesando el aire de la ciudad oscura…

Sobre el autor: Abraham Martínez Azuara “Cuervoscuro” (Tampico, Tamps, 1975) Escritor cuyas historias han aparecido en México en Tierra Adentro, Revista Hiperespacio,Horizonte Cero y Cactus  entre otras. En el extranjero ha publicado en Heavy Metal Magazine, Strange Aeons, Strip Magazine, Próxima, y para DC Comics Digital coescribió Earthbuilders.

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