Mexican Standoff

Jubal se envaró al instante al escuchar ese sonido en la negrura del desierto de Chihuahua. Desde que era Texas Ranger había hecho lo mejor para proteger la frontera de los asaltos apaches e incursiones mexicanas; y con el fin de la Guerra Civil todo el sur se había poblado de guerrillas de confederados que todavía creían podían retar al alcohólico hijo de puta de Grant.
La noche estaba dando paso poco a poco al azul del cielo anunciando un día con sol de plomo. Se levantó, desperezó, guardó su sarape, echó un montón de arena en los rescoldos de la fogata que lo protegió del frío nocturno y orinó sobre ellos. De repente se dio cuenta de que su caballo no estaba. Ese  Mustang que logró robarle a un comerciante matándolo con la última bala de su Winchester.
Shit!
Ahora se enfrentaba a la eternidad color arena y tenía miedo de ser localizado, perseguido, capturado o asesinado por alguna avanzada lerdista o mucho peor, cualquier grupo de andrajosos pieles rojas, mas era algo que venía incluido con su trabajo… In God We Trust.   
Volvió a oír ese sonido ahora más fuerte… seco y metálico que no auspiciaba nada bueno. De repente estaba a su derecha, vio esa sombra que se antojaba inmensa por la posición del sol y decidió voltear lentamente para encararse frente a frente con un comanche…
Shit!
De todas las tribus que recorrían a lo largo y ancho el norte mexicano estos eran considerados los más feroces de todos. El indio estaba en los huesos pero mediría unos dos metros y andaría desnudo si no fuera porque un taparrabos grasiento de piel de venado le cubría sus vergüenzas y, lo peor de todo, tenía la cara pintada para ir a la guerra.
Jubal no dijo nada y muy lentamente sacó el arma de su funda por detrás para ver si, en un golpe de suerte y Dios Todopoderoso estaban con él, podría meterle un culatazo en la cabeza.
En eso, escuchó otro ruido, éste era uno más gutural y orgánico. Vio como la  cara del apache se contraía de miedo y decidió voltear de una vez por todas y así encarar el terror. Ahí estaba, era un guerrero Mal´Aki´Ush de la raza de los Dloikidias…
Double Shit!!
Tres metros de material orgánico, máquina y sabe-dios-qué-otras-cosas se irguieron todavía un poco más, mostrando su arrogancia y su necesidad de establecer su superioridad como la mayoría de esos guerreros estelares que llegaron cinco años antes de algún lugar de las Pléyades, según dijeron los astrónomos.
En 1870, en un evento que la historia nombrará para siempre como “La Llegada”, una serie de titánicas embarcaciones metálicas provenientes del espacio exterior aterrizaron en el Sahara de donde salieron los Dloikidias, una raza bélica de entes parecidos a reptiles provenientes de un planeta destruido por un cometa y que buscaban otro lugar donde poder habitar.
Por suerte la fisiología de estos seres sólo les permitía vivir en lugares de calor extremo como los desiertos, así que, viendo la humanidad que estos extraños seres sólo querían vivir en lugares en donde la agricultura era casi nula y que no tenían intenciones de expandirse, decidieron dejarlos ser, estableciendo una tensa convivencia debido a la cultura guerrera de la raza. Siempre había problemas cuando un guerrero Mal´Aki´Ush pasaba por algún pueblo establecido en las fronteras de terrenos Dloikidias.
Jubal se encontró en una situación que todo Ranger detestaba: Un Mexican Standoff del cual tendría que usar toda su experiencia para salir ileso ya que su Winchester ya no tenía balas y una lanza comanche era un arma mortal pero sabía que el veloz lanza-aguja del Mal´Aki
´Ush podía paralizarlo en un parpadeo y causar daños irreversibles…
Triple Shit!!!
El comanche gruñó empuñando su lanza mirando sin parpadear al enorme guerrero Mal´Aki´Ush, midiendo su poder, cambiando la posición de los pies y lanzando una piedra a lo que era su cabeza. Por puro reflejo el ser disparó una pequeña aguja que le dio en el pie derecho. El indio, que ya iba a arrojarle su lanza, la soltó como si esta fuera de piedra y cayó de rodillas en el ardiente suelo chihuahuense. Su piel adquirió un color cenizo y los ojos se le pusieron del color de la leche.
“Bien, ahora sólo quedamos él y yo” pensó Jubal y poco a poco fue acercándose a los rescoldos de la fogata para lanzarle de una patada las pocas ascuas que quedaban en un intento desesperado por escapar de este formidable enemigo.
Sólo dio la patada a la fogata y su pie fue amarrado por un cable que salió de la mano del ente haciendo que perdiera el equilibrio, cayendo al suelo. Frenéticamente agarró el cable para desatárselo del pie pero al tocarlo este estaba muy frío, tanto que quemaba la mano y mientras más trataba de quitárselo mayor era el dolor. El sudor le anegaba, le ardían los ojos y como último acto de rebeldía surgió de su garganta un alarido estremecedor, inhumano y animal comunicando a todo el mundo que no estaba dispuesto a irse todavía de esta vida. Al acabarse el aire de sus pulmones cerró los ojos y se dispuso a esperar el terrible golpe que marcaría el final de su existencia.
De repente, el cable perdió tensión y pudo zafárselo. Al volver a abrir los ojos vio con sorpresa que el comanche se había levantado y se había encaramado en el Dloikidia con la misma piel color ceniza y los mismos ojos lechosos pero ahora su rostro se había deformado en una horrible mueca que era una combinación de maldad y terror. El guerrero estelar estaba tan sorprendido como Jubal y estaba tratándose de quitar al indio de encima pero la sustancia de la que estaba bañada la aguja había funcionado de una manera que obviamente no esperaba su dueño original.
Estaban los dos enemigos enfrascados en una lucha por la supervivencia por lo que Jubal aprovechó ese descuido para agarrar una piedra, correr hacia los dos y quebrar el casco protector que ocultaba lo que parecía ser la cabeza del guerrero extraterrestre. De ello salió una especie de gas que silbó como una cascabel y que poco a poco lo debilitó más y más hasta que el guerrero dejó de moverse… finalmente había muerto. El indio se dio cuenta y con un solo movimiento de su brazo arrojó a unos veinte metros el cadáver Dloikidia a un
barranco cercano.
Jubal sabía que no podría enfrentar al comanche y menos con la fuerza que había adquirido, por lo que sólo se hincó en la arena esperando a que el indígena le diera su golpe de gracia. ¡Qué vergüenza! ¡Un glorioso Texas Ranger muerto a manos de un miserable comanche! Si todavía existiera algún compañero de su antiguo regimiento y se enterara de esto las burlas durarían por meses… ¡Menos mal que todos murieron durante la guerra con México! Se sentía cada vez más y más débil y en menos de lo que se dio cuenta, la negrura lo envolvió…
Al volver a abrir los ojos, el sol estaba en todo lo alto, se encontraba en un camastro hecho de ramas tirado por un caballo. El jinete se dio cuenta y detuvo a su caballo para hablar con él.
– Tal parece que tuvo un encuentro con uno de esos guerreros “malakís” ¿No?

Dicho esto le extendió una cantimplora con agua tibia…
Al acabar de beber, exclamó:
– Así es, lo hallé justo cuando estaba a punto de enfrentarme con un comanche.
– Sí, vi los cuerpos… ¿Cómo pudo sobrevivir?
– Le contaré al llegar al próximo pueblo ¿En dónde andamos?
– Ya casi saliendo de Chihuahua y llegamos a Álamo de Parras en dos días.
– Bien, al llegar a la primera cantina me compra una “Sambuca Cola” y con gusto le cuento todo a detalle.
– Me parece bien.
Dicho esto, el jinete volvió a su montura…
Ya hay un nuevo terror en el desierto de Chihuahua…

Autor: Gerardo de la Garza

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