La Casona

La lluvia creaba una cortina grisácea en medio del camino, un par de  luces del automóvil que viajaba errante rompieron aquella película de agua y vapor. El lodo del viejo camino se pegaba a los neumáticos como las almas malditas a la barca del Caronte. El sonido del agua cayendo sobre el fango y las ventanas del auto era lo único audible en aquella noche de Septiembre,  en Ramos Arizpe.

— No veo una mierda Carlitos.

— Sigue manejando pendejo, o este güey se nos muere a la verga.

— ¿Dónde dijo el pendejo de Luis que estaría?

— Más adelante, en la vieja casona.

— ¿Dónde mierdas que no la veo?

— Pon la puta mirada al frente Tony y la veras, es la única pinche casota en medio de la nada.

Dentro del auto había un pandemónium de sangre, balas, dinero sucio y agua. Tres hombres dentro con la adrenalina al tope en sus cuerpos, trajes de vestir color negro con corbata a juego, dos de ellos en la parte trasera del auto, uno bañado en sangre, su piel se había vuelto ceniza y sus ojos estaban adornados de un amarillo ocre con inmensas ojeras color purpura. El que sujetaba con fuerza su vientre trataba de parecer calmado, pero el sudor que le perlaba en la frente denotaba otra cosa. Adelante, tras el volante,  estaba un sujeto de piel morena con barba de candado y la mirada concentrada en lo que había del  otro lado del parabrisas, estaba encorvado hacia el frente, como si eso le asegurara una visión perfecta del infierno acuático que caía sobre ellos.

— El cielo se cae, Richi, el cielo se putas madres cae.

— Ve más adelante, Tony, mira. Ahí está la puta verja que dijo Luis.

El hombre herido comenzó a gimotear, a removerse en su lugar y volver los ojos aquel que llamaban Richi.

— No me quiero morir, Richi. No mames… No así.

— Tranquilo Memo, llegando Luis te curará, Güey.

— No… – El sonido de su voz era casi un susurro. –No hay salvación, Richi. No lo veas a los ojos… corre Richi… ¡¡No Dispares!!

— Tranquilo, cabroncito. Ya mero llegamos.

El auto comenzó a convulsionarse, las ventanas solo mostraban agua cayendo del cielo, del inmisericorde cielo, como un castigo enviado por el Divino. Un sudor frío recorrió a Richi desde la nuca hasta la espalda. Necesitaban llegar, tenían que llegar. En ese mismo momento.

— Richi… El auto… – Tony tartamudeaba y su mirada ni se concentraba en un punto específico. – No puedo moverlo ya….

— Lo veo. – Dijo Richi. – Ahí, Adelante.

El viejo Tsuru de Luis estaba aparcado a un lado de una cerca de madera vieja, como un eterno guardián esperando a guiarlos cuando llegara el momento.

— Pon las luces altas, güey. – Ordenó Richi.

El haz de luz ilumino lo mayor que pudo,  y entre la cortina de lluvia y lodo se apreciaba la vieja casona. Otrora testigo de la revolución, ahí de pie, aun después de tantos años, imponente como en aquellos días de angustia y muerte.

— Ayúdame con el Chiva, Tony. ¡Apúrale cabrón!

Un diluvio.

Era lo único que pudo pensar en aquel momento Richi. Un puto diluvio cayendo sobre ellos, la señal de extinción para los renegados hijos de Dios. Sacaron al hombre herido del auto y lo llevaron cargando, Tony por una de las piernas y Richi por las axilas. Casi cayeron dos veces por el camino enlodado y lleno de piedras, que se asomaban como viejas chismosas en una vecindad.

Al llegar a la puerta se la encontraron abierta de par en par, ni siquiera dudaron en entrar.  La  vieja casona se sintió por un momento viva, como si respirara a través de los jadeos de aquellos hombres gimoteantes, quienes gritaban casi al unísono el nombre de Luis.  Tendieron al hombre  en el piso junto a lo que creyeron era un pilar.

— Tony, busca el puto apagador y enciende las luces. Buscaré una manta.

— Simón

Las luces se hicieron, el color ámbar de los viejos focos amarillos inundó toda la habitación de la casona. Los hombres se quedaron un momento sin habla, frente a la cantidad de cuadros colgados en aquel lugar, viejas fotos de la revolución, retratos de rancheros, militares, grupos de ataque, mujeres armadas, trenes y demás recuerdos de aquellos gloriosos días.

La habitación solo era un recibidor par turistas. Richi entro a la casona, la cual tenía un largo pasillo de adobe y piso pulido color carmesí, que lo guiaba hacia un enorme patio céntrico, rodeado de seis pilares y dos fuentes tan antiguas como la construcción. Los dos largos pasillos que se abrían a los lados de aquel patio tenían cuatro puertas cada uno y al final estaban las viejas escaleras que llevaban tanto al sótano de la casona como al techo, en donde solía estar una campana. Richi comenzó a buscar en los alrededores, los pasillos fueron iluminados por viejas lámparas pegadas a los pilares, la lluvia seguía cayendo a cantaros dentro del centro del patio, pero sin invadir las recamaras. Richi sentía que algo no andaba bien, Luis no era de los que dejaba su centro de control sin avisar y de momento no había señal alguna de Luis.

Tony encontró una vieja frazada en una mecedora de madera, la coloco sobre El Chiva y lo cubrió lo mejor que pudo.

— Te voy a buscar más cobijas, mi Chiva. Aguanta Güey, ya viene la ayuda.

— .. Tony… tengo frío… mucho frío.. No dejes que venga.

— Tranquilo mi Chiva, ahí viene el Luis.

Del otro lado de la habitación se escuchó un ruido de metales cayéndose, Tony dio un pequeño respingo y volteó hacia la oscuridad de la segunda habitación. Se levantó lleno de dudas mientras su moribundo compañero le pedía que se quedase.

— Tranquilo, Chiva. Debe ser el Luis.

— No… no vayas.

Tony caminó hacia la segunda habitación y de pronto un frío glacial recorrió la estancia,  el vaho comenzó a salir de su boca entre más se internaba en la segunda habitación, pero no podía detenerse, sus pies ya no recibían las ordenes de su cerebro de parar, era un zombi involuntario a las órdenes de algo más grande que él

–¿Lu… Luis?

— ¿Tony? Tú debes ser Tony.

La voz, profunda y ominosa, provenía del fondo de la habitación. De pronto Tony sintió la terrible urgencia de salir de aquel lugar, de gritar, de correr, de mearse encima, pero ninguna cosa pudo lograrse. Seguía bajo el imperioso impulso de seguir caminando.

— Ven, mi niño… acércate.

— No… No eres Luis…

— Luis está aquí… con nosotros.

De pronto la voz sonaba en todas partes y en ninguna, venia del fondo del cuarto y del principio, de una de las viejas ventanas tapiadas y por debajo de los muebles forrados con plástico viejo. La oscuridad sumergía todo en penumbras, pero por alguna extraña razón Tony sabía lo que había en aquel lugar, era como si aquella voz le dijera o le mostrara todo lo que había a su alrededor sin siquiera verlo. Tony sintió como el aire se volvía pesado, sus pulmones no alcanzaban ese elemento vital para vivir, sus manos se volvieron dos tablas inamovibles y ahí, en ese cuarto aterrador, dos pequeñas esferas rojas aparecieron en medio de la nada y sonrieron para él.

— Calma, mi niño. Aquí estarás con tu amigo y con muchos otros más…

Al final de ese recorrido, Tony pudo gritar.

Richi había recorrido media casona, buscando a Luis, abrió tres puertas y dos armarios y no había rastros de su compañero.

— Donde jodidos estás, ¡hijodeputa!

Al salir a la siguiente habitación se topó con un rifle de asalto M-16, uno de los favoritos de Luis, lo levantó y lo examino, como esperando que aquel artefacto inmóvil le diera las respuestas que necesitaba en esos momentos.

— En estos momentos necesito un médico o algo que se le parezca… – Dijo respondiendo a sus dudas mentales. Entonces escuchó el grito.

Richi salió disparado en dirección al recibidor, traía consigo el arma de Luis y lo primero que hizo fue entrar apuntándole al aire.

— ¿Chiva? ¿Chiva? Responde cabrón.

Camino despacio, buscando en todas direcciones y solo encontró la vieja frazada tirada en el piso. En aquel lugar no había rastro de sus compañeros.

— ¿Si esto es una puta broma, créanme que no es nada graciosa, pendejos?

Unas risas se escucharon en el patio, risas infantiles. Richi las conocía. Eran el porqué de su vivir, en cierto aspecto.

— No puede ser…

Salió nuevamente corriendo al patio, la lluvia seguía proyectando fuertemente sus cortinas de agua y a través de ella pudo distinguir la silueta de dos niños pequeños. Gemelos.

— No puede ser… – Se volvía a repetir entre susurros, entre sollozos. – No puede ser.

Caminó con el arma cargada, pero apuntando al piso, atravesó la cortina de agua, está lo empapó como si de un bautizo antiguo se tratase. Llego hasta las escaleras, las viejas y roídas escaleras de madera. Las risas seguían en dirección al sótano. Richi las siguió, por un momento pudo controlar sus brazos y levanto el arma, su respiración era agitada, sus manos sudaban bajo la capa de agua helada en la que se había bañado. En cada paso los escalones crujían como huesos rotos, chillaban en un lamento oscuro y antiguo, al final había una luz ambarina parpadeante que iluminaba el piso. Richi tembló al ver lo que le esperaba al final de las escaleras.

Los pequeños gemelos sentados en cuclillas bajo un trono de huesos, cartílagos y piel vieja, a los lados de este; Luis, Tony y el Chiva de pie, con las cuencas de los ojos vacías, y su atención perdida en Dios sabe que, alrededor de ellos otros cuatro sujetos, dos mujeres y dos hombres, uno de ellos era un anciano. En el trono, al centro de todos ellos, se encontraba un hombre de piel blanca lechosa, con un bigotillo fino pegado al rostro, su cabello pulcramente peinado hacia atrás y un traje fino de color blanco, acompañado de una camisa de seda de un rojo carmesí intenso y adornándole una corbata negra. Sus ojos eran de un rojo brillante, intenso. Tenía las manos entrelazadas y una sonrisa cruzaba por sus labios.

— Esos… no pueden ser mis hijos. – Lo dijo en un hilo de voz…- Ellos ya no están conmigo. – Sus ojos, implorantes, se habían llenado de lágrimas.

— Ellos están donde pertenecen… contigo. Conmigo.

El hombre se levantó de su trono non santo lleno de cadáveres y se encaminó a Richi. Este levanto su arma y sus ojos centellantes derramaban lágrimas de miedo y desesperación.

— ¿Quién… qué… qué eres?

— Soy el nuevo camino… Ven conmigo, mi niño… has probado la sangre de tu prójimo… eres un candidato perfecto.

— ¿Sí?… bueno… vete a la mierda.

Richi levantó el arma y disparó toda la carga que tenía encima, la ráfaga del fuego iluminaba toda la estancia, la de los rostros muertos de quienes los acompañaban y le daban un brillo especial a los ojos rojos de aquel sujeto que sonreía. Un clic del arma bastó para despabilar a Richi de su caso perdido y un trueno retumbo desde los cielos hasta los cimientos mismos de la casona. El hombre se acercó a él.

— El cielo se está cayendo, Richi… y tú me vas a ayudar a derribarlo.

El hombre de los ojos rojos soplo y toda luz en la habitación se apagó. Excepto sus dos ojos rojos brillantes.

Afuera la tempestad seguía rugiendo, la lluvia se había vuelto más fuerte y arriba, en aquel oscuro cielo lleno de nubarrones azulados y grisáceos, entre los relámpagos, se veían un par de ojos rojos.

Sobre el Autor: Jorge Robles (Gomez Palacio, Dgo) – Diseñador Gráfico, ilustrador y escritor,autor de la mini serie en cómic “2010” y artista del cómic oficial del equipo profesional de basketbol de La Laguna, los Algodoneros, titulado “ALG”

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