Te regalan los huesitos

Ya sea por el exceso de trabajo o por lo agotado de mi cuerpo. El caso es que se me hizo costumbre hacer limpieza de noche. Cierto es que trabajaba tanto de lunes a viernes, que el sábado me pasaba todo el día limpiando, ¡y me daban a veces hasta las dos de la mañana barriendo la calle!

Vivo junto a un panteón, hace tiempo que me curé de espanto. Así que no me asombraba cuando ‘se me hacía ver gente caminando’ cerca de la acera que topa con mi pequeña calle. Pero aquella noche fue distinta. Había pasado todo el día de un lado al otro y no me quedó otra que ponerme a regar y barrer de madrugada. Ni modo, así es mi vida, me decía.

Terminaba de recoger la basura y echarla al bote cuando me sorprendió. ‘Buenas noches’, dijo la voz a mis espaldas y yo pegué un brinco. Una anciana de más años de los que yo pudiera calcular estaba a mis espaldas recargada en el muro que soporta mi barandal, ‘¿me regala un vasito de agua?’, preguntó, y yo que también estaba agotada se lo entregué y le ofrecí asiento. Cargaba un costal enorme, que no me explico cómo había hecho para llegar con él hasta mi puerta. Hablamos de hijos, de familia, de enormes quehaceres que no se acababan nunca, de cómo se desgastaba una hasta el amanecer para que al día siguiente todo estuviera igual.

‘Pero no lo hagas de noche mujer, que te regalan los huesitos’, me dijo. Apenas iba yo a preguntar qué quería decir eso cuando insistió en que ya se iba. Rápidamente le ofrecí llevarla hasta su casa, pues francamente era entrada la madrugada y no creí ni apropiado ni prudente dejarla ir de esa forma, menos con semejante carga, además a mí no me costaba nada. No accedió, insistía en que vivía bastante cerca, pero sí me pidió que le conservara su costal. Al día siguiente pasaría por él, porque el escaso transporte casi no pasaba y no creía que la dejaran subir con ello. Volví a insistir afanosamente, pero a cada insistencia la negativa era rotunda, y dejé de hacerlo cuando vi que empezaba a molestarse. Se despidió y yo de ella, dejando su costal recargado en la entrada de mi porche. Lo único que hice fue hacerlo a un costado para que no me afeara la entrada y listo.

Me di una ducha caliente y dormí, estaba agotada. A la mañana siguiente comenzaron preparativos y cosas del día a día y me olvidé del todo de aquel encargo. No fue sino hasta el oscurecer que salí a tirar la basura que me di cuenta que la vieja no había vuelto por su bulto.

Al día siguiente tuve compromisos y les encargué a mis hijos, luego de una exagerada descripción, que si llegaba, le entregaran a la mujer anciana su costal y algo de dinero para el taxi. Pero no llegó. Se hizo una semana, luego otra, con el paso de los días cambió el tiempo y yo casi me había olvidado de aquel costal, si no fuera porque lo veía cuando salía a tirar la basura o en mis madrugadas de regar y limpiar el porche.

Empezaron las lluvias y la anciana no volvía, así que tomé la punta de aquel pesado bulto y lo metí más a la orilla de mi puerta principal, asegurándome de que no se mojara. Noche a noche seguí mi rutina y aún luego me quedaba sentada largo rato esperando a que en una de esas madrugadas la vieja pasara.

Y todo iba por caer en el olvido si no fuera porque me entró la sospecha, ¿y si tenía algo malo?, no, qué tonta, era una anciana, qué podría traer, tal vez a la mujer le había pasado algún percance. Pero luego me entró la duda de que trajera algo importante y por mi descuido y su ausencia se hubiera maltratado, o incluso echado a perder. No pude más, casi pasado un mes y medio de aquella extraña encomienda, por fin me atreví. Había terminado de barrer y limpiar mi porche, las basuras estaban fuera, a manguerazo limpio había sacado la tierra de las losetas de mi entrada. Sequé una de mis sillas de jardín, fui jalando nuevamente el pesado bulto hasta la mesita de centro y me senté con aquello a corta distancia. Mil nudos pareciera que le había puesto al cordel que lo sujetaba. Cuál sería mi sorpresa y el grito que solté, que hizo que todos los hombres de mi casa bajaran despavoridos para ver qué me pasaba.

Al abrir la boca del costal, entre miles de basuras, muy metido en el centro había un paliacate rojo, y en él muy bien envueltos, los huesitos de dos manos completas me aguardaban.

Acerca del autor: Mónica Carrillo (1966) Profesora de educación preescolar. Licenciada en  Educación especial. Maestra en Educación Superior. Diplomado en creación Literaria, Instituto Mater, A. C.

Bibliografía: “Entre el cielo y el suelo” 2000.  “Acceso Restringido”  2013. “Poemínimos para pequeñas tardes grises” 2014. “Crónica Fúnebre de lo que Siempre Vuelve” 2015. “Poemas para Nochebuena” 2015. “Las Entrehoras” Relato seleccionado entre los diez ganadores de Ediciones Rubeo, 2016. Próximo a presentar en la FIL Monterrey

 

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