Café Nexus -Parte 4

Antes del amanecer.

“La flama de la vela se agita. Su pequeño pedazo de luz tiembla. La Oscuridad crece. Los demonios se mueven.” -Carl Sagan, El Mundo y sus Demonios.

X

Tommy se sentía intranquilo. De acuerdo a su reloj interno, en el cual confiaba por completo, ya debían ser cuarenta minutos después de las siete de la mañana.

“¿Entonces, por qué continúa tan oscuro como boca de lobo allá afuera?” reflexionó, sin que se le ocurriera una buena respuesta. Ya deberían haber asomado los primeros rayos de luz en el cielo.

Pero el cielo seguía tachonado de estrellas, coronadas por aquella luna creciente pálida, iluminando apenas los alrededores.

El bostezo de Daisy lo distrajo por el momento. El cabello de la chica estaba despeinado, y tuvo que estirar bien su cuerpo un par de veces, pero había logrado dormir un buen rato.

-Buenos días -saludó Tommy. -En verdad es de día, lo juro.

-¿A qué te refieres? -preguntó Daisy, pero vio la respuesta por sí misma.

La chica se sintió muy desorientada por un par de minutos. Ella podía jurar que había dormido el tiempo suficiente para que por fin fuera de día, pero solo podía ver una noche cerrada por las grandes ventanas del Café Nexus.

Se dio un par de palmadas en el rostro, para asegurarse de que no seguía en un sueño.

Por algún motivo, seguían en medio de la noche. Las luces fluorescentes iluminaban hasta un par de metros más allá del exterior del café, como si estuviera viendo hacia algún mundo extraño alienígena desde el interior de una nave espacial.

Daisy comenzó a sentir una gran intranquilidad. Hasta ese momento, habían pensado que solo era cuestión de esperar a que saliera el Sol para poder marcharse. En el peor de los casos, solo tenían que soportar hasta que alguna otra persona llegara para irse en su automóvil.

Ahora, parecía que nada de eso iba a ocurrir. La chica estaba segura de que en el momento en que dejaran atrás la protección de las luces de neón, aparecerían Nick el mesero y su jauría de monstruos, dispuestos a hacerlos pedazos.

Se volvió hacia dónde Kim estaba acostada. La chica pecosa apenas comenzaba a despertar, tallándose el ojo derecho con pereza. Era la primera vez en varios días en que pudo descansar lo suficiente.

Kim se sentó, con la espalda apoyada en el respaldo del asiento acolchado. Se sentía muy bien de haber podido dormir sobre algo que no fueran las frías losas de la cocina.

Por un momento, antes de haber despertado del todo, pensó que estaba en alguno de los moteles en dónde su madre la había dejado, quedándose dormida viendo viejos episodios de los Rocket Riders en la televisión.

La voz de Daisy hizo que volviera a la realidad del presente.

-Kim, ¿tienes alguna idea de que está pasando allá afuera? -insistió Daisy, mientras señalaba a la noche eterna que se presentaba ante ellas por las ventanas del Café Nexus.

La chica menuda se quedó mirando por la ventana por unos instantes. Luego negó con la cabeza.

-No, no sé qué pasa. Cass y Nick nunca me explicaron nada. Lo único que les importaba era que limpiara todo, todo el tiempo. Y si no lo hacía bien… -recordó Kim, cruzando los brazos y temblando por un escalofrío súbito que trepó por su cuello.

-¿Y cómo sabías que esas… cosas o animales o lo que sean… no van a entrar aquí? -preguntó Tommy, acercándose entre cojeos a dónde estaban las chicas.

-Nick… él las llamaba de vez en cuando, con ese extraño ruido que sonaba como una chicharra eléctrica -continuó Kim, sin dejar de ver por la ventana. -Pero no importaba cuanto las llamara, se quedaban más allá de la luces. No les gustan las luces del anuncio, por algún motivo.

A Tommy esto le pareció muy raro. El joven recordaba un verano en que había visitado la casa de su tío Will en Florida, hace más de diez años. Las tardes las pasaban en el porche trasero, tras una sección cerrada solo con malla plástica y madera, para mantener a raya al millar de mosquitos que buscaban picarlos.

Pero como incluso eso no era suficiente, su tío tenía una lámpara eléctrica, con una brillante luz de neón azul-púrpura, que atraía a los bichos hacia una malla de metal contra la que quedaban electrocutados.

A Tommy le había entretenido ver como los bichos insistían en acercarse a esa luz, a pesar de que en la bandeja que había debajo, podía ver varias docenas de cadáveres de mosquitos. Su tío le había explicado que los bichos tenían una compulsión irresistible por acercarse a la lámpara.

Irresistible. Tommy tuvo que buscar la palabra en un diccionario más tarde, aún cuando ya conocía el efecto por observar a los mosquitos y la lámpara.

Pero estaba seguro que necesitarían una lámpara mucho más grande para librarse de aquellos bichos salidos del sus pesadillas.

-Eso es otra cosa -comentó Tommy, mientras se apoyaba en uno de los bancos que rodeaban la barra. -¿Qué demonios es ese tipo? Quiero decir, esos ruidos que hizo… bueno, no son naturales.

-No lo sé -respondió Kim, bajando de nuevo la vista. -Siempre se portaban muy raro, los dos. Era como… como si tuvieran una idea de como se porta la gente, pero no supieran bien todos los detalles.

-Raro, dices -intervino Daisy, su curiosidad picada. -¿Cómo de raro?

La chica rubia cerró los ojos por un par de segundos, tratando de poner en orden sus recuerdos del último mes.

-Cuando llegué aquí era de día, y el lugar se veía mucho más sucio, como si hubiera estado abandonado por años -recordó Kim. -Estuve a punto de salir y correr para perdirle al conductor que me trajo que me llevara un poco más lejos, pero Cass me agarró por la espalda y me atrapó.

Ella contó como la extraña pareja la tuvo encerrada por varios días en el edificio trasero. Kim solo pudo tomar unos cuantos tragos de agua, y usar el asqueroso baño solo una vez al día.

-Por fin me dijeron como serían las cosas: querían que les ayudara a hacer que este lugar se viera bien, bien como para que más gente parara aquí. Pensé en negarme al principio, pero… ya no soportaba el hambre -continuó Kim, bajando un poco más la voz con algo de vergüenza.

Daisy pudo sentir el peso de su arrepentimiento. Si ella no hubiera accedido a ayudarlos, lo más probable es que Mike no hubiera querido parar en el Café Nexus, y habrían seguido su camino hacia California sin ningún incidente.

Para ese momento podrían estar ya en Las Vegas, paseando bajo los brillantes anuncios de luces de neón.

Y lo único que tenía haber pasado, era que esa chica se hubiera dejado morir de sed y hambre.

Daisy no quiso pensar más en eso. Lo más seguro es que habría actuado de la misma manera que Kim en esa situación. Lo primero que el hambre masticaba cuando no había comida, eran los principios.

Por primera vez, comprendió cuán sola se encontraba Kim en el mundo. Ella al menos había tenido a su madre, Janice, sus amigos Jared, Leann, Teodore. Incluso el desagradable de Shawn no había sido mala compañía, al principio.

Sintió piedad por ella. Kim había caído en esa situación de pesadilla desde mucho antes, y sufrido mucho más.

-Luego que acepté, me dieron algo de comida. Sabía extraña, pero al menos era algo. No sé de dónde la sacaron,, o las cosas para la limpieza -dijo la chica.

-Lo más seguro del edificio de atrás -intervino Daisy, volviendo la mirada hacia la parte trasera del café.

-Deberíamos ver que hay allí -señaló Tommy, con algo de ánimo. -Tal vez encontremos un teléfono que sirva.

-¿Cómo es que no tienes un celular? -interrogó Daisy, con un tono algo irritado.

-Sí lo tengo, pero se quedó en la cabina del camión. Y de ninguna manera voy a salir mientras esas cosas sigan afuera -explicó Tommy, arqueando las cejas. -¿Qué hay de ti? Una chica de tu edad, y no estás pegada a un celular.

-Está en el auto de mi… de Mike -respondió Daisy, tratando de que su tristeza no se desbordara.

-Entonces, no nos queda otra opción -finalizó Tommy, cruzándose de brazos.

Diez minutos después, Daisy salió por la puerta principal del restaurante. Tommy y Kim habían dejado la puerta abierta apenas lo suficiente como para que la esbelta adolescente pudiera escurrirse al exterior, preparándose para cerrarla de inmediato a la menor señal de que Nick y sus bichos hubieran regresado.

Daisy empuñó el cuchillo frente a ella, y empezó a caminar con cuidado hacia la parte trasera del Café Nexus, pegándose lo más posible al brillo protector de las luces de neón.

Le hubiera gustado que los otros la acompañaran, pero entre el pie lastimado de Tommy, y el temor de Kim, no era posible.

¿Que haría si se encontraba con Nick ahí fuera? Parte de Daisy deseaba que eso pasara, para así poder reglarle a ese bastardo una segunda sonrisa, una de oreja a oreja. El resto de ella estaba atemorizada ante tal posibilidad, casi tanto como lo que había sentido emanando de Kim mientras hablaba acerca de él y la mujer.

La chica detuvo sus pasos a unos metros del edificio trasero. Las luces de neón solo seguían un poco más allá del costado del restaurante, y se encontraba casi al límite de su brillo.

Justo delante de ella, estaba la puerta de entrada que buscaba. Solo pudo distinguir en ella una agarradera, y encima el ojo de una cerradura, ninguna manija que dar vuelta.

Si estaba con llave, no sabía que haría, tal vez buscar una ventana abierta detrás. Una vez había escuchado a un predicador de la tele decir algo parecido, y lo consideró una tontería.

Ahora, en medio de aquella oscuridad e incertidumbre, no le parecía una idea tan tonta.

Daisy trató de calmarse, mientras los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza. Oteó en la noche que la rodeaba, apenas iluminada por la luz de la luna a través de las nubes, sin distinguir nada fuera de lo común. La chica se esforzó por escuchar algún signo de que las bestias se estuvieran reuniendo al amparo de las sombras.

El camión de Tommy seguía con las luces encendidas, en la parte más lejana del estacionamiento. La intensidad de su luz había disminuido a casi nada, una señal segura de que casi se había agotado su batería.

Daisy respiro de manera profunda varias veces, tratando de reunir todo el valor posible para el próximo movimiento.

“Al diablo con todo”, pensó ella, lanzándose a toda velocidad hacia la puerta que era su meta. Sus pasos levantaron pequeñas nubes de arena y piedrecillas, y estuvo a punto de resbalar cuando trato de detener su corta carrera.

Se colgó de la agarradera con la mano izquierda, y empujó con todas sus fuerzas. La puerta se resistió un poco, pero con otro empujón lleno de pánico logró abrirla.

Daisy cayó sobre el frío piso de concreto. El cuchillo se escapó de su mano, haciendo un ruido musical al rebotar un par de veces, haciendo eco en el interior del edificio, para luego quedar en silencio.

La chica se levantó de inmediato, casi a tropezones. De inmediato cerró la puerta, aplicando todo el peso de su cuerpo. A manotazos encontró la forma de un pasador en la puerta, y lo corrió para asegurarse de que quedara cerrada.

Había resultado mucho más fácil de lo que esperaba. Por un momento le vino a la mente que tal vez se tratara de una trampa, que en cualquier instante escucharía de nuevo ese chillido parecido al canto de grillos distorsionado a un nivel demoniaco.

Le tomó un largo minuto el que sus ojos se acostumbraran lo suficiente a la oscuridad del lugar, para luego ponerse a buscar el cuchillo en el piso. Su calma estuvo a punto de abandonarla, cuando su mano se posó sobre el frío metal de la hoja.

Daisy suspiró con alivio, mientras tomaba su arma tratando de no cortarse los dedos. Otra vez con el cuchillo en su mano, se puso de pie, y se dispuso a explorar el lugar.

Justo a su mano derecha, había un par de pequeñas ventanas, por la que la poca luz del exterior se filtraba, dibujando un par de cuadros alargados contra la pared del frente, a un par de metros de la entrada. Pegada a esta pared, podía adivinar la forma de un gran rectángulo oscuro, la puerta que daba paso a otra habitación.

De manera instintiva, buscó el interruptor de luz que estaba junto a la puerta de entrada. Al encontrarlo, lo presionó. Un desnudo foco incandescente parpadeó un par de veces, antes de iluminarla con su luz amarilla.

La chica avanzó con cautela, esforzando cada uno de sus sentidos hasta el límite. A su nariz llegó el olor de aire encerrado por un largo tiempo, que llevaba consigo algo más, algo que le dejaba un gusto metálico en la lengua.

En el otro cuarto había también un interruptor en la pared, pero al probarlo no pasó nada. Lo volvió a intentar un par de veces, antes de darse por vencida y seguir con su exploración.

Daisy recordó una vez, poco después de cumplir 14 años, que acompañó a Jared y sus amigos a explorar un viejo edificio abandonado, cerca del área industrial de la ciudad.

La diferencia era que en esa ocasión llevaron algunas lámparas, además de que eran un grupo de once, seis de ellos chicos algo más mayores. Pero también tenía su elemento de peligro. El edificio llevaba más de una década abandonado, y su aspecto deteriorado en el exterior reflejaba su estado interior.

Algo que le pareció curioso en aquel entonces, fue que la exploración del edificio se llevó a cabo por parejas de chico y chica. El más joven de los adolescentes, y también el único que quedó sin pareja, se ofreció para vigilar la entrada del edificio.

A ella le tocó explorar junto con Jared. Le hubiera gustado llevar a cabo la exploración con alguien más, pero los otros se fueron muy rápido, y no le quedó otra opción que entrar con él.

-¿Segura que esto no te da miedo? -preguntó Jared, por cuarta vez.

Daisy solo cerró sus ojos, en un gesto de silencioso desdén. Apenas habían pasado cuatro meses desde que empezó a sentir como propios los sentimientos de la gente, pero ya identificaba las emociones lo suficiente como para saber que, fuera lo que su amigo fuera que sintiera, no era miedo.

A ella le parecía muy curiosas esas nuevas sensaciones. Era como si todos sus sentidos normales pudieran percibir algo extra, algo más de lo normal.

Ya sabía que la tristeza tenía una tonalidad azul, pero nunca la había “visto”, solo lo percibía como un concepto una vez que llegaba a su cerebro. También estaba segura que olía como el concreto después de una lluvia de verano.

Al principio no supo bien que significaban esas nuevas sensaciones. Su madre, Janice, no fue de mucha ayuda, ya que las atribuyó solo a que su hija estaba creciendo. Y de ninguna forma le podía decir nada a Shawn, que parecía ocupar cada momento que pasaba en el departamento en ver por televisión los eventos deportivos de la temporada.

“Eso pasó en otoño”, pensó Daisy, mientras trataba de percibir todo lo que pudiera en aquel edificio, “Shawn se la pasaba viendo el basquetbol”. Luego volvió al recuerdo.

-Esto es estúpido -dijo ella, mientras iban de una habitación ruinosa a otra.

La luz de la lámpara de Jared iluminaba apenas un poco por delante de donde pisaban. Las paredes tenían un empapelado color crema, que se había descarapelando casi por completo. Incluso el fino yeso de debajo dejaba ver grandes secciones de los oscuros ladrillos con que estaba construido el edificio.

No quedaban muebles en ninguno de los cuartos por los que habían pasado. Solo era una habitación vacía tras otra, lo que no tenía nada de aterrador para ella. En su opinión, las cosas que daban miedo eran como en la película con el títere y las trampas mortales.

Para no aburrirse del todo, la chica trató de sentir las emociones de sus amigos. Hacía poco había descubierto que podía enfocarse más en los sentimientos de alguien con algo de esfuerzo consciente, siempre y cuando no estuvieran muy lejos. Para ella, era como tratar de sintonizar bien un canal moviendo la antena de orejas de conejo en la casa de su tío, al que Janice y ella visitaban cada par de meses.

De repente Daisy se sintió algo mareada. Sintió algo de calor, y la sangre subió a su cabeza. Su respiración se hizo más entrecortada. A pesar de que ya había comenzado a hacer frío, sintió como unas gotas de sudor perlaban su frente.

No estaba segura de que era esa nueva sensación. Pero parecía ser común en todos los otros adolescentes que estaban en el edificio. Incluido Jared, a solo unos pasos de ella.

-Nada más por aquí. Será mejor que regresemos a la entrada -propuso él, tras ver que la siguiente puerta que había abierto solo llevaba a un armario en la pared. -¿Oye, te sientes bien?

Daisy asintió sin decir palabra. La chica trató distraerse de aquella sensación, lo cual no era fácil. Incluso si no hubiera sido nueva, el que viniera de tantos lados a la vez era algo abrumador.

Jared seguía viendo a Daisy con algo de preocupación, cuando un movimiento en la esquina de su campo de visión le llamó la atención. De inmediato movió la linterna para iluminar el lugar del cuarto de dónde provenía, pero no encontró nada.

-Oye, ¿acaso viste eso? -preguntó el joven, volviéndose hacia su amiga.

La expresión de Daisy había cambiado por completo, a una de verdadero miedo. Tenía los ojos muy abiertos, y la boca apenas abierta, dejando escapar su aliento por ella. La nueva sensación había sido tan abrumadora, que al sentir el miedo de Jared, no pudo mantener sus defensas habituales.

La chica estaba viendo algo, justo en el interior del clóset que había abierto hace solo unos momentos.

Unos enormes ojos amarillos refulgieron, como si colgaran en la oscuridad del cuarto.

Jared también se asustó. Estaba seguro de que no había nada adentro del clóset cuando lo abrió. Daisy se ocultó detrás de él, agarrandolo de su jersey con capucha, de color verde oscuro.

Con un movimiento rápido, el joven negro dirigió el haz de luz hacia esos ojos inhumanos.

Un aullido resonó en la habitación, haciendo eco en el resto del edificio.

La dos adolescentes gritaron en respuesta, con la misma intensidad.

El gato negro saltó de su escondite, haciendo que Jared casi se cayera de espaldas por la sorpresa, y salió corriendo del cuarto con gran celeridad.

-¡Maldito animal! -chilló Jared, mientras se esforzaba por que su voz se oyera un poco menos chillona que hace unos momentos. -Oh, mierda. Oh, Jesús.

Daisy rompió a reír. Por lo bajo, al principio, pero poco a poco su risa se tornó en un torrente de ruidosa algarabía. Reía tan fuerte, que comenzó a faltarle el aliento, y los músculos del estómago y los costados comenzaron a dolerle.

-¡Gri… gritaste como niña! ¡JAJAJA! -acusó Daisy, mientras señalaba a su amigo con la mano izquierda. -¡Oh, Dios! Solo por eso valió la pena que me trajeras a este lugar.

-Tú… tú también gritaste -se defendió Jared, tratando de rescatar un poco de la dignidad que había perdido. El chico comenzó a sonrojarse de vergüenza. Le pareció una suerte que estuviera tan oscuro en aquel cuarto, porque al menos así Daisy no podría ver lo apenado que se sentía.

Daisy dejó de reír unos segundos después, aunque tuvo que hacer un gran esfuerzo por contener la risa. Le pareció adorable que Jared se sintiera tan apenado, pero también debía admitir que aún ante ese peligro desconocido, él había echo un gran esfuerzo por tragarse un montón de miedo.

Y ahora, tres años después, se encontraba dentro de otro edificio tenebroso, deseando que al menos Jared estuviera ahí. Al menos no se habría sentido tan asustada, aún cuando esta vez los monstruos eran más reales que un par de ojos amarillos, y más temibles que un gato negro.

Justo a un par de metros por dónde había entrado a ese cuarto, y en la misma pared, había otro pasaje. Daisy dio unos pasos cortos, y su tenis de lona izquierdo golpeó contra la forma sólida de un escalón.

Las escaleras no tenían pasamanos, así que se pegó a la pared conforme subía por ellas, posando cada paso con gran cuidado.

En el segundo piso había un solo cuarto, a juzgar por como la pared derecha se abrió de repente al llegar al último escalón. A su nariz llegó el inconfundible olor del cloro y otros productos de limpieza.

Daisy se pegó a la pared, siguiéndola con una mano, mientras empuñaba el cuchillo con la otra, lista para cualquier imprevisto. Del lado más lejano, había una pequeña ventana en la pared, por la que entraba un poco de la luz de luna.

Su pie volvió a chocar con algo en el piso. Daisy se agachó con mucho cuidado, y tanteó la oscuridad frente a ella.

La chica pudo sentir las formas de varios bidones de plástico, con tapas todavía puestas, y con asas en la parte superior. Trató de levantar uno de esos bidones, pero era tan pesado que apenas pudo moverlo. A juzgar por el ruido que hizo al dejarlo, debía estar lleno de algún líquido.

La joven rodeó los envases con cuidado, sintiéndolos y contándolos por medio de las tapas. Había al menos 2 filas de ellos contra la pared, y con 10 envases en cada una.

Solo pudo dar otro par de pasos, antes de chocar contra un nuevo obstáculo, esta vez a la altura de su pecho. A juzgar por su tacto, se trataban de varias cajas de cartón, puestas unas sobre otras, de manera igual de ordenada que los bidones.

Daisy tanteó la parte superior de las cajas, tratando de adivinar que contenían. Por suerte para ella de nuevo, la tapa de la que estaba apenas al alcance de su mano izquierda cedió ante sus tanteos.

Metió la mano con cuidado, y sintió de nuevo la textura del cartón, esta vez con la forma de cajas más pequeñas. La chica agarró una de esas cajas, casi del tamaño de su mano.

Al agitar la caja, su contenido sonó un poco como cereal de desayuno, envuelto en su bolsa de plástico. Se moría de ganas de abrirla y probar lo que había dentro, pero se contuvo. Sería mucho mejor que la viera de vuelta en el café, dónde había luz de sobra para ver lo que contenía.

Las cajas parecían estar ordenadas de la misma manera que los bidones, en un par de hileras contra la pared. De nuevo las contó por medio del tacto: eran cuatro cajas, cada una encima de otra. El resto parecía estar selladas con cinta adhesiva gruesa.

Con la caja más chica bajo el brazo, la chica se acercó a las ventanas. Quería asegurarse de que los bichos no estuvieran acercándose en silencio, rodeando el edificio para atacarla en cuanto saliera.

El exterior del edificio, hasta dónde alcanzo a ver, parecía estar tranquilo. Desde ese elevado punto de vista, podía ver más allá de las colinas de arena que se extendían por detrás del restaurante.

Daisy parpadeó un par de veces, sin estar segura de estar viendo bien.

A la distancia, a unas pocas millas, podía ver las luces ámbar de un pueblo pequeño.

Las luces eléctricas parpadeaban tanto como las estrellas del cielo del desierto. Por un momento, temió que se tratara de un espejismo conjurado por su necesidad de escapar de aquel lugar, pero aún después de cerrar los ojos y volverlos a abrir, la imagen permaneció inalterada.

Daisy se volvió y comenzó a desandar sus pasos, con mayor prisa. Su pie pegó con uno de los bidones, y estuvo a punto de tropezar, pero solo trastabilló. Se forzó a dar pasos más pequeños, pero igual de rápidos, tratando de recordar lo mejor posible su camino en aquella oscuridad.

“Tengo que decirle a los otros. Tal vez todavía podamos escapar de este lugar”, era el pensamiento que la ocupaba en esos momentos.

La puerta del primer piso se abrió de golpe. Daisy se quedó congelada a medio paso, justo en la parte superior de las escaleras.

Se puso a escuchar con mucha atención. Había todavía una pequeña probabilidad de que se tratara de Tommy, viniendo a buscarla por haber tardado mucho en su exploración. De ninguna manera podía imaginar que Kim saliera ella sola, arriesgándose a dejar la protección de las luces de neón.

Daisy podía escuchar como alguien se movía en el piso inferior. Con mucho cuidado de no hacer ruido, volvió a dónde estaban apiladas las cajas, y se ocultó detrás de ellas, acurrucándose en el piso.

Más ruido provino cerca de la escalera. Quién fuera se dirigía justo a dónde estaba ella. Daisy apretó el cuchillo con más fuerza, y se escondió detrás de las cajas, en un recoveco pegado a la pared.

Los pasos sonaban pesados, mucho más de lo que hubiera esperado de una sola persona. Por un momento pensó que se trataban de los otros dos, pero la emoción que comenzó a sentir provenía de una sola fuente.

Se trataba de la misma negrura que había sentido mientras estaba en el baño del Café Nexus. Podía percibir como su superficie cambiaba una y otra vez, un líquido de pronunciadas aristas. El solo estar consciente de ese sentimiento hacía que algo en el interior de la chica comenzara a doler de manera aguda.

El dueño de los pasos entró en la habitación. Un sonido extraño, como si arrastrara un gran bulto, le seguía. Se dirigió sin dudar a dónde estaban las hileras de cajas acomodadas.

Daisy abrazó sus piernas, para tratar de encogerse lo más posible en su escondite.

La chica no podía asomarse para ver de quién se trataba. Pensó que si acaso fuera Nick, esta sería una buena oportunidad para matarlo, como no habría otra.

“¿Pero si esas cosas se encuentran justo abajo?”, reflexionó ella, mientras los latidos de su corazón retumbaban en su cabeza una y otra vez, como un tambor.

Los pasos se acercaron un poco a dónde se encontraba ella. Daisy se quedó paralizada por el miedo. La luz de la luna que entraba por las ventanas, apenas alcanzaba a iluminar el centro de la habitación, pero lo poco que vio se le hizo imposible.

Los rectángulos de luz caían sobre el abdomen de un enorme ser parecido a un insecto, más grande que un ser humano adulto. Sus delgadas piernas acababan en un par de cortas, pero gruesas garras. Su torso era esbelto, casi tan delgado como una rama, pero con un pecho y hombros poderosos en lo alto.

La luz apenas era suficiente para que Daisy pudiera ver solo el contorno de la cabeza, parecida a un balón de fútbol, con una superficie lisa y sin detalles, excepto por un par de rígidas antenas que casi tocaban el techo. No podía ver como eran sus ojos, pero ella estaba agradecida de que no la estuvieran mirando en dónde estaba escondida.

El monstruoso ser parecía estar buscando algo entre las cajas, a juzgar por el sonido de cartón desgarrándose. También hacía un ruido extraño, parecido al ronroneo de un gato cruzado con una sierra de motor, salpicado con algunos chasquidos.

Daisy estaba segura de que si le encontraba, esa cosa le desgarraría también, con una facilidad pasmosa. Le pareció que incluso su respiración se estaba volviendo muy ruidosa, así que se forzó a aguantarla.

Los chasquidos cesaron, así como el desgarrar de las cajas. A juzgar por el ruido, el monstruo había agarrado algo de dentro de las cajas.

La chica volvió a oír el ronroneo y los chasquidos. Las garras rascaron de nuevo el concreto de manera apresurada, descendiendo por las escaleras, y abriendo de nuevo la puerta de un golpe, perdiéndose en la interminable noche del exterior.

Daisy dejó de contener la respiración. El aire encerrado de aquel lugar le llenó los pulmones, trayendo consigo un olor como a huevos podridos.

Tras esperar casi un minuto a que ese ser no volviera, la adolescente se levantó con cuidado. Se puso a tantear entre las destrozadas cajas de la parte superior, llena de curiosidad acerca de lo que estuviera buscando ese bicho.

Todas las cajas grandes parecían contener otras más chicas, como la que ahora tenía apretada contra el pecho, de la misma manera que solía llevar sus libros entre clase y clase.

Daisy salió con toda la cautela posible del edificio. La puerta había quedado abierta, y decidió que lo mejor sería dejarla así. No quería dejar ninguna indicación de que había estado allí.

Las luces de neón la volvieron a cubrir con su frío resplandor, conforme caminaba para reunirse con Tommy y Kim, poniendo sus sentidos al límite para asegurarse de que nada en aquella oscuridad la estuviera siguiendo.

XI

Richard odiaba los misterios, casi tanto como las malas bromas de Phil mientras esperaba a recibir su cambio en la estación de servicio.

-¿Qué es lo que opina, señor Kenneth? -preguntó Jack, mientras guardaba una distancia respetuosa.

Richard dejó de curiosear a través de las ventanas del viejo auto. Era un Ford sedán de color verde, un modelo de al menos hace 20 años. A juzgar por sus condiciones, lleno de polvo y quemado por el Sol, había pasado varias semanas justo en ese lugar.

-Que deberías hablar de nuevo a la base, a ver si ya mandaron la maldita grúa. Eso es lo que opino, chico -respondió Jack, poniéndose de nuevo los lentes oscuros.

Los dos oficiales se encontraban en medio del desierto, a 20 minutos de distancia en automóvil de la carretera más cercana. No se suponía que hubiera ahí nada más que arena y rocas.

-Así que lo encontraste por un golpe de suerte -dijo el veterano, mientras caminaban de vuelta a dónde estaban estacionados sus patrullas.

-Así es. Iba manejando por la interestatal, cuando por casualidad miré a la derecha, y vi el destello del Sol sobre el parabrisas del auto -resumió Jack. -Recordé que debíamos estar a la búsqueda de ese Chevy viejo, y pensé en venir a echar un vistazo, por si acaso.

-Nada mal -lo felicitó Richard, apoyándose de espaldas contra la puerta del conductor. -Si sigues así, tal vez por fin seas competente en tu trabajo

El viejo se quedó mirando hacia el vehículo abandonado. Las llantas, aunque algo bajas de aire, no parecían estar ponchadas. Tal vez tuviera un desperfecto mecánico, o le faltara gasolina.

Pero eso no explicaba el que no hubiera cerca ningún rastro de sus ocupantes. No quedaba basura en su interior, ropa, o cualquiera de las otras cosas que acaban por llenar el interior de cualquier automóvil.

Las puertas estaban cerradas con llave, pero estas no parecían estar en el interior. Jack y él buscaron por unos minutos alrededor del auto, pero no las encontraron tiradas. Quién las hubiera cerrado, se las había llevado consigo.

¿Por qué razón estaría ese auto ahí? No le encontraba lógica a que alguien saliera del camino principal, condujera hasta allá, limpiara el interior del auto, cerrara las puertas con llave, y luego… ¿qué?

Volver a la carretera les habría llevado un par de horas. Y a juzgar por la falta de huellas en los alrededores, no había otro vehículo involucrado.

Parecía una de esas situaciones que salían en Misterios sin Resolver. Robert Stack aparecía de detrás de una roca, explicando la situación.

“Julia estará fascinada de oír acerca de esto cuando vuelva a casa, le encantaba ese programa”, pensó Richard, su mirada todavía fija en el vehículo.

-Ok, le diré. Cambio y fuera -dijo Jack, hablando por el micrófono de la radio.

-¿Qué vas a decirme? -preguntó Richard.

-La grúa va a tardar un rato. Usted puede volver a la base, señor, pero yo debo quedarme a esperar -respondió el joven, con los ojos entrecerrados.

Se veía que no le emocionaba para nada, más con el calor de la tarde que apenas empezaba. Pero eso era parte del trabajo de un novato; en el caso de Richard, irse era la parte que le correspondía por ser un veterano.

-Muy bien. En cuanto acabes aquí, da otra vuelta por el este. Yo estaré atento mientras voy de vuelta a la base -ordenó Richard, mientras subía a su patrulla. -Y no te quedes echando la siesta en lo que esperas a la grúa. ¿Entendido?

-Sí, señor Kenneth -asintió Jack, tocándo el borde de su sombrero a manera de saludo.

“¿Acaso yo también me veía así de nervioso?”, pensó Richard, mientras veía por el retrovisor como el novato y su vehículo iban volviendose cada vez más chicos, hasta perderse en la distancia.

Ya de vuelta en la carretera principal, Richard subió la velocidad un poco. Su turno no empezaba hasta dentro de unas horas, y le habría gustado echar una siesta antes de comenzar.

La vieja patrulla Ford rugió mientras devoraba las millas que la separaban de su destino. El oficial de policía pensó acerca de las circunstancias del misterioso vehículo mientras conducía.

¿Sería acaso una escena de algún crimen? Y si era así, ¿qué tipo de crimen? No había señales de violencia, huellas o ningún otro indicio. ¿Algo que ver con drogas, quizá?

¿Y por qué dejar el automóvil ahí, en medio del desierto, sin tratar de ocultarlo? Acaso el responsable o responsables, habrían tenido que escapar lo más rápido posible, sin tener tiempo de preocuparse por el auto.

Pero Richard sabía que, si así hubiera pasado, habrían quedado más indicios alrededor. Huellas, colillas de cigarro, casquillos de bala… No era que pudiera montar una investigación científica como esos tipos de la tele, pero sabía identificar los indicios de manera adecuada.

Tal vez al final solo quedara como uno más de los muchos misterios de aquella parte del desierto. Una más de las historias que los oficiales contaban entre ellos, después de salir del trabajo, tomando unas cervezas en alguno de los bares de la localidad, en horas en que incluso la gente menos razonable ya se hubiera retirado a dormir.

Richard se sintió irritado. Primero el Chevy azul, y ahora este auto. Eran dos misterios relacionados con vehículos, y sabía en sus entrañas que tenían que estar relacionados. Pero la relación, si en verdad la había, tendría que esperar hasta que apareciera el otro auto.

No tenía ningún asomo de impaciencia al respecto. Tarde o temprano, todo lo que buscabas en el desierto acababa apareciendo.

O como en ese caso, incluso cosas que ni siquiera sabías que estaban perdidas en primer lugar.

XII

-No es un gran plan, lo admito. Pero dicen que entre más simple sean, menos cosas pueden salir mal -admitió Tommy, sonriendo a manera de disculpa.

-¿Pero… qué pasará si Nick sigue esperando allá afuera? -preguntó Kim, con un tono de evidente preocupación.

-Entonces volvemos acá corriendo lo más rápido posible -respondió el joven conductor, encogiéndose de hombros.

-Tú no puedes correr muy bien -señaló Daisy, mientras mojaba otra de las galletas en el café. Algunas estaban tan duras, que era la única manera de comerlas sin romperse los dientes.

-Será como ese viejo chiste -dijo Tommy, tratando de sonar despreocupado.
-No tendrán que correr muy rápido, solo más rápido que yo

Daisy levantó la mirada de su taza de café, y se quedó viendo a Tommy. A pesar de que lo ocultaba bien, ella podía sentir que se sentía tan inseguro como Kim y ella misma. Era como la superficie de una pompa de jabón, sólida mientras solo lo vieras, pero que se deshacía ante el más ligero toque.

En cuanto a Kim, seguía igual que siempre. La chica menuda mordisqueaba una de esas galletas, como uno de los ratones que vivían en las paredes de su viejo departamento.

La noticia de que podía haber ayuda en las cercanías les había levantado el ánimo. También ayudó un poco la caja que Daisy había traído de su exploración, tenía galletas en su interior.

La caja había sido de un color blanco, ahora algo amarillo por el paso del tiempo. En vez de algún nombre de una compañía que pudieran identificar, estaba marcada con un logo muy peculiar: un triángulo azul dentro de un círculo naranja. En letras simples, decía que eran “Raciones de Emergencia de la Defensa Civil”.

Un poco más abajo, cerca de una de las esquinas, había una fecha impresa, que interpretaron como Noviembre de 1999. Si acaso se trataba de la caducidad o la fecha de fabricación, no era posible saber.

Aún si tenían más de 15 años de antigüedad, las galletas eran algo que llevarse al estómago, más que solo tazas de aquel horrible café instantáneo. El primero en probarlas fue Tommy, y tras un par de mordiscos forzados les dio el visto bueno.

La caja estaba casi a la mitad cuando empezaron a discutir su posible escape.

Kim quería seguir esperando a que alguien llegara a ayudarlos. Parecía la opción más sensata, hasta que Daisy señaló que habían pasado otro par de horas, y la noche no parecía terminar todavía.

-¿Para qué arriesgarnos en vano? -soltó Kim, casi como una súplica.

-No sabemos cuando volverá a salir el Sol. Y si ese tipo regresa y llegara a cortar la luz de alguna forma, estaríamos atrapados -dijo Daisy, dando un golpe en la superficie de plástico blanco de la mesa.

Kim bajó la mirada, no por pena, sino porque le era difícil admitir que Daisy tenía la razón. Ella solo no quería volver a salir a esa extraña oscuridad, y tener que enfrentar la posibilidad de que esas cosas saltaran de entre las sombras.

Daisy tampoco se sentía ansiosa por volver a salir, pero hizo lo mejor que pudo para mantener a raya la sensación que percibía de Kim.

Ya les había dicho a los demás acerca del extraño ser que entró al edificio trasero. La chica no sabía que pintaba en todo aquello ese ser, pero le parecía muy probable que tuviera que ver con Nick y las otras cosas.

Para ella era otro punto a favor de irse lo más pronto posible del Café Nexus. No quería estar ahí cuando esa cosa decidiera regresar.

-Será mejor que nos apuremos, entonces -propuso Tommy, apurando lo último del café. Debajo sus ojos se podían ver grandes ojeras.—Antes de que se acabe la batería del camión.

Daisy echó un vistazo por la ventana. El camión de Tommy seguía con las luces prendidas, pero ahora apenas iluminaban.

-No es como un coche normal, en que hay una sola batería, más bien seis de ellas -comenzó a explicar.

Las baterías servían no solo para los sistemas eléctricos del vehículo, sino también para un número de accesorios que Tommy había incorporado con el paso del tiempo: reproductor de DVD, horno de microondas, cafetera, y un pequeño congelador.

Era de esta manera que había logrado destruir todas esas tablas de tiempo. Cuando otros conductores iban a comer algo caliente, el calentaba algo en el microondas. Para distraerse un rato en lo que recibían su carga, veía alguna película, en vez de ir a un bar de desnudos a ver el show y tomar unos tragos.

Claro que todo eso consumía un montón de electricidad, razón por la que había hecho instalar un par de baterías más de lo usual. Tenía la opción de usar este banco extra con solo presionar un botón en la consola.

El problema principal era que había perdido sus llaves justo cuando apareció ese condenado tipo con sus animales extraños. Y sin ellas, el camión no los llevaría a ninguna parte.

Y quedaba otro factor a considerar: Tommy estaba en sus últimas reservas de energía. Llevaba despierto varias horas más de lo que estaba acostumbrado. Claro que a veces podía pasar en vela de más en ocasiones, conduciendo lo necesario para ganar tiempo, pero su plan original había sido detenerse en el Café Nexus solo para comer, y luego dormir un par de horas antes de seguir hasta el pueblo siguiente.

El plan era bastante sencillo: saldrían del local, se separarían unos metros el uno del otro, correrían lo más rápido posible hasta el camión, y tratarían de encontrar las llaves alrededor del vehículo.

Por supuesto que todo eso dependía de que Nick no aprovechara ese momento para emboscarlos. Si eso ocurría, entrarían a la cabina del camión, y Tommy haría su mejor intento por encenderlo conectando los cables.

No tenía ni puta idea de si podría lograrlo. Él solo conducía el vehículo, no sabía como repararlo. Solo le quedaba esperar que fuera tan fácil como se veía en las películas que veía antes de quedar dormido en su catre en la parte trasera del camión.

-Muy bien, vamos -dijo Tommy, tratando de sonar más animado de lo que se sentía.

Los tres retiraron la pesada estufa y la mesa de metal, dejando apenas suficiente espacio para poder escurrirse al exterior.

Kim había quitado el palo del trapeador, y atado otro cuchillo más chico con jirones de mantel. Daisy iba armada con su cuchillo, y le hubiera gustado usar una lanza como la otra chica, con el palo de la escoba vieja, pero Tommy la necesitaba para apoyarse, a falta de un verdadero bastón.

Daisy contuvo la respiración al salir, como si estuviera lista a darse un chapuzón en una alberca helada.

La adolescente contó hasta diez, antes de volver a respirar de manera normal. No parecía que hubiera algún peligro, al menos hasta donde alcanzaba a ver.

-¿Listas? -preguntó Tommy, casi en un susurro.

Daisy asintió, mirándolo con determinación. Kim se volvió apenas para asentir de igual manera, luego volvió a mover la cabeza de manera nerviosa, mirando a todos lados.

Los tres comenzaron a cruzar el estacionamiento, dejando atrás la protección de la luces de neón. Los primeros pasos fueron lentos, casi tímidos, pero pronto fueron acelerando hasta llegar a dónde estaba el trailer.

Daisy llegó trotando, algo antes que los demás. Kim llegó detrás de ella, corriendo con pasos cortos y cargando la lanza improvisada de manera algo rídicula, casi como si abrazara un oso de peluche. Tommy llegó un par de largos segundos después, dando pasos forzados con su pie sano.

Las chicas se pusieron a buscar las llaves de inmediato, a cada lado del vehículo. Tommy tuvo que hacer algo de esfuerzo para subir a la cabina, y de inmediato apagó las luces.

El infernal canto de grillos se oyó de inmediato. Parecía provenir de todas partes a su alrededor.

-¡Oh, jódeme! ¡Rápido, suban! -gritó Tommy, arrastrándose por la cabina para abrir la puerta del otro lado.

-¡Mantén los ojos abiertos! -ordenó Daisy, tratando de que el pánico, propio y de los otros, no la consumiera.

Las llaves no aparecían en ninguna parte alrededor del camión. La adolescente se puso de rodillas, y pegó la cabeza al suelo, haciendo un esfuerzo por penetrar con la mirada las sombras debajo del vehículo.

Un bulto que parecían ser las llaves estaban justo en medio. Daisy se lanzó hacia ellas, pero estaban fuera de su alcance.

El sonido de insectos crecía en intensidad. Estarían ahí en cualquier momento.

-¡Kim, usa tu lanza y agarra las llaves! ¡Están aquí abajo! -gritó Daisy, mientras la urgencia bullía en el interior de su cabeza.

Kim se arrodilló de su lado, justo cuando Tommy abría la puerta del camión. Le costó un poco ver dónde estaban las llaves, pero logró distinguirlas. Deslizó su lanza para alcanzarlas, mientras los otros le decían que se apresurara.

La chica tuvo que maniobrar un poco para engancharlas con el cuchillo, pero logró arrastrar las llaves hasta ella, justo cuando el ruido de garras rascando el concreto se oyó a su alrededor.

Daisy ya estaba en el interior de la cabina, y había pasado por encima del asiento de Tommy, dónde él cerró la puerta de su lado con un golpe sordo.

-¡Kim, sube! -gritó con desesperación, extendiendo el brazo derecho todo lo que podía para tratar de ayudar a subir a la otra chica.

La chica rubia estaba paralizada por el miedo. Justo cuando se había puesto de pie, pudo ver que las bestias habían formado un semicírculo alrededor del vehículo.

Kim estuvo a punto de tirar las llaves de nuevo, pero se forzó a agarrarlas con todas sus fuerzas. Aún si hubieran sido un pedazo de carbón al rojo vivo, no las habría soltado por nada del mundo.

Daisy miró a su alrededor. Nick no parecía estar con la jauría. Ella pensó que tal vez estaba observando desde alguna distancia, oculto en las sombras de la noche, esperando a deleitarse con el espectáculo de sus bestias atacándolos.

Kim miró por encima de su hombro, hacia la cabina dónde estaba Daisy. Estaba tan cerca, y para entrar solo tenía que subir un par de escalones. Pero la chica rubia sabía que en cuanto se moviera, las bestias irían sobre de ella.

“No puedo llegar a la cabina a tiempo”, pensó Kim, bajando la vista hacia la mano dónde tenía agarradas las llaves.

-¡Kim! -volvió a gritar Daisy, con más urgencia.

Las bestias comenzaron a caminar alrededor del camión, rodeándolos como si fueran tiburones que trataran de acercarse poco a poco. Kim no podía ver sus ojos negros, tanto como su rígido exoesqueleto, pero podía sentir sus miradas bestiales concentradas en ella.

Daisy podía sentir como Kim iba resignándose poco a poco. Era una calma poco natural en ella, quién siempre parecía estar en un estado de nerviosismo constante.

“Oh, Dios, no” pensó la adolescente. “Se está rindiendo.”

La chica no sabía que podía hacer. Si bajaba para ayudarla, las bestias las atraparían a las dos. La única salida era que Kim subiera de inmediato, pero el miedo ya la había paralizado por completo.

Daisy trato de calmarse, de evitar que el miedo que sentía en la otra chica la invadiera también. Ahora tenía que pensar lo más rápido posible para encontrar una solución.

Miró por encima de su hombro izquierdo al interior de la cabina. Tommy se encontraba ocupado manipulando los sistemas hidráulicos para tratar de liberar a toda prisa el trailer unido a su camión.

-¡Dile que se meta ahora! -exclamó Tommy, mientras hacía lo posible por desembarazarse de su carga.

Daisy estaba a punto de derrumbarse ante la presión de no saber que hacer. Fue entonces cuando sus ojos se detuvieron en la radio que había entre ellos, pegada a la consola del vehículo.

No era como la radio de un automóvil, que solo podía recibir lo que las estaciones locales emitieran. Esta también podía mandar la voz de su conductor hacia otros receptores, una comunicación de dos vías.

A Daisy se le ocurrió una idea deseperada. Solo lo había hecho una vez, y la emoción fue demasiado fuerte para controlarla. Podía acabar mal otra vez.

La chica hizo un esfuerzo tremendo por calmarse primero, lo cual fue muy difícil. Las bestias seguían acercándose poco a poco, mientras el ruido de grillos y sierras de motor crecía en intensidad.

Daisy cerró sus ojos, y se concentro en Kim. Sus emociones se arremolinaban a su alrededor, intensas y sobrecogedoras.

El miedo llenaba a Kim por completo. No podía pensar en nada más que en los monstruos, con sus picos afilados y sus antenas que danzaban en medio de la noche. Cada vez que abrían sus fauces, la horrible sinfonía subía en volumen.

De repente, la chica se sintió llena de una calma nada natural.

“¿Es esto? ¿Lo que la gente siente antes de morir?”, pensó ella, mientras su corazón dejaba de retumbar en su pecho con cada vez menos fuerza.

Daisy estaba haciendo su mejor esfuerzo por transformar los sentimientos de Kim. No era nada fácil, porque tenía que pelear con su propio sensación de urgencia y miedo.

La adolescente titubeó por un momento. Acaso fuera más fácil el usar la calma para decirle que les tirara las llaves.

“No, no, olvida eso”, se dijo a sí misma. O se iban todos juntos, o se quedaban ahí. No iba a perder a nadie más en aquel maldito lugar.

Los soportes del trailer tocaron el suelo. Los mecanismos hidráulicos liberaron el seguro que lo unía al camión. Esto pareció alborotar aún más a las bestias, que elevaron aún más su estridente chillido.

Daisy redobló su esfuerzo mental. Ya de por sí era un esfuerzo titánico el alejar el miedo que sentía Kim. Aún más difícil era iniciar en ella el deseo de huir.

Al contrario que la mayoría de la gente, ella parecía tener casi nada de las emociones más intensas, como la alegría o esperanza. Incluso el pánico, en la cantidad correcta y bien dirigido, la habría hecho saltar directo a la cabina del camión.

La adolescente se concentró aún más. Debía haber algo en el interior de Kim, alguna emoción cuya intensidad pudiera subir hasta el once. Cuando estaba a punto de quedar rendida por el esfuerzo, por fin la encontró.

Ira. Era pequeña, muy escondida, pero Daisy podía sentir el calor intenso que siempre amenazaba con consumir todo pensamiento racional.

Solo faltaba un muy grande y último empujón. La adolescente usó todas sus fuerzas para hacer que Kim sintiera solo esa emoción, por encima de todo lo demás.

El corazón de Kim volvió a acelerarse. Su respiración se hizo más agitada. Su visión se volvió borrosa.

Kim siempre había mantenido sus emociones detrás de una dura pared mental. Lo que otras personas habrían calificado como indiferencia, timidez o pasividad, no era más que un esfuerzo por evitar ser lastimada por aquellos sentimientos llenos de aristas, cortantes como navajas, e intensos como el calor de un incendio.

Pero las emociones nunca se iban, solo quedaban de un tamaño más manejable con el paso del tiempo, que iba royendo las esquinas más duras, hasta un punto en que podía tocarlas sin lastimarse mucho.

Todo eso se hizo añicos en un instante.

A Daisy le pareció que los siguientes segundos transcurrieron en cámara lenta.

Uno de los bichos que se habían acercado de repente dejó de emitir su canto estridente, y se volvió hacia dónde estaba Kim. A Daisy le pareció que ella seguía paralizada por el miedo, y trató de incorporarse para bajar a ayudarla.

Pero no llegaría a tiempo. La bestia ya estaba a corta distancia de Kim, con el pico filoso a punto de cerrarse en una horrible mordida alrededor de su hombro.

Kim comenzó a moverse. La bestia se detuvo en seco a medio salto. El tiempo quedó congelado por un instante que a Daisy se le hizo eterno.

La chica había agarrado la lanza con ambas manos, y con un simple movimiento, la clavó en el pecho de esa cosa, justo debajo de la unión de su pata izquierda con el resto del cuerpo.

El bicho chilló de nuevo. El hechizo se rompió, y el tiempo volvió a correr de manera normal.

El monstruo cayó al suelo, al mismo tiempo que el escándalo de chirridos se acallaba a su alrededor.

-¡Jódete! ¡Vete a la mierda, hijo de perra! -gritó Kim, mientras clavaba la punta de la lanza una y otra vez en el cuerpo de la bestia caída. -¡Joder! ¡Joder! !JODER!

La sangre de la bestia caía sobre el piso de concreto del estacionamiento, con cada golpe de la lanza, manchando todo a su alrededor con una sustancia negra y pegajosa, que apestaba a mil rayos.

Daisy no podía creer lo que veía ante ella. La adolescente se quedó embobada por el cambio tan radical que estaba presenciando en la otra chica. Pero pronto volvió a la realidad, al oír como los otros monstruos iniciaban de nuevo sus llamados infernales.

-¡Kim, sube ya! -pidió Daisy, mientras extendía de nuevo la mano.

Kim se volvió hacia ella, al oír su nombre. Daisy se quedó impresionada por la expresión que vio en su cara.

El pálido rostro de Kim tenía varias manchas de sangre de aquella criatura. Su mirada se había endurecido a un grado del que Daisy no la creía capaz, llena de un salvajismo primario.

Kim dejó la lanza clavada en el cuerpo de la criatura, cuyas patas comenzaron a encogerse hacia su cuerpo, que se movía cada vez menos. La chica se volvió hacia la cabina del camión, subió los escalones con rapidez, tomó la mano de Daisy, y subió al asiento.

Daisy cerró la puerta de un golpe, y echó el seguro.

-¡Ten las llaves! -gritó Kim a Tommy. -¡Sácanos de aquí, ya!

Tommy iba a responder que ya iba a hacerlo, pero un vistazo a la cara de Kim lo convenció de cerrar la boca y hacer lo que decía.

Tuvo que mantener la llave girada un poco más de lo acostumbrado, pero el motor cobró vida. Tommy presionó el pedal del acelerador, y su rugido ahogó por un momento los chirridos de los bichos que los rodeaban.

Las demás bestias comenzaron a atacar el camión. Sus garras rasguñaron el chasis de aluminio y fibra de vidrio, dejando profundas marcas en los lados del vehículo. Un par de ellas se colgaron de la parrilla del frente, tratando de trepar por encima del cofre.

-Muy bien, pequeños bastardos, es hora de aplastarlos -dijo Tommy, a la vez que el camión comenzaba a moverse.

El camión dejó atrás el trailer con algo de lentitud. Las bestias comenzaron a tener problemas para mantenerse agarradas del vehículo.

Tommy fue subiendo la velocidad del camión. Cruzaron en un instante el casi vacío estacionamiento de concreto, dirigiéndose a la dirección en que el pueblo debía estar.

Daisy miró como una de las bestias que estaban colgadas del cofre caía bajo las ruedas delanteras. Un golpe sacudió la cabina, al mismo tiempo que el monstruo emitía un chillido de muerte.

-¡Ahora eso sí que se sintió muy bien! -sonrió Tommy, casi como un maníaco.

-¡Sí! Sí… lo fue -coincidió Kim, aunque su voz volvía otra vez a tener el volumen de siempre.

Las luces del Café Nexus se fueron encogiendo por los espejos laterales. Ante ellos se abría un terreno agreste, pero sin obstrucciones.

Daisy se quedó mirando las luces del café por el espejo, hasta que solo fueron un punto brillante en la distancia. Los bichos habían comenzado a perseguirlos, pero se detuvieron poco después del límite del estacionamiento.

La chica se acomodó en el asiento del pasajero. Kim estaba en el espacio de descanso que había en la parte trasera de la cabina, buscando algo con que limpiarse la cara. Tommy estaba probando la radio, tratando de comunicarse con alguien.

-¡Hola! ¿Alguien me escucha? ¿Hola? -repitió el conductor varias veces. La única respuesta que recibía era una estática constante.

-¿Por qué nadie responde? -preguntó Daisy, volviéndose hacia el joven rubio.

-No lo sé. Debería tener una recepción excelente, porque no hay montañas en millas a la redonda, pero es como si no hubiera nadie -dijo Tommy, haciendo un esfuerzo por conducir con una mano, y mover los botones de la radio de onda corta con la otra.

-Déjame intentar -pidió la chica, tomando el micrófono de la mano derecha de Tommy.

-Adelante, date gusto -dijo él, agradecido por poder enfocarse solo en conducir.

-¿Cuándo llegaremos al pueblo? -interrumpió Kim, su cabeza emergiendo entre los dos asientos. Su cara se veía más limpia, gracias a unas toallas de papel que había encontrado entre las cosas de Tommy.

-¿Quién sabe? En el desierto las distancias son engañosas. Aún si a Daisy le pareció que estaba muy cerca, podría estar a una hora o más de camino -explicó Tommy, subiendo un poco más la velocidad del camión.

-Al menos ya dejamos atrás ese lugar -dijo Daisy, tratando de sonar animada y optimista.

-Sí… es cierto. Gracias por no dejarme -respondió Kim, bajando la mirada.

-Claro que no podíamos dejarte -dijo Tommy, apartando la vista del camino por un momento para volverse hacia la chica. -Tú tenías las llaves.

Eso fue todo lo que necesitaba Daisy para echarse a reír. Tommy se le unió, sus carcajadas subiendo de volumen hasta lo más alto. Incluso Kim se puso a reír también, con lágrimas en sus ojos que eran tanto por felicidad como por la tensión que había acumulado en esos últimos días.

Los tres rieron por casi media hora. Cuando parecía que iban a dejar de reír, uno de ellos volvía a iniciar el ciclo de carcajadas.

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