Canícula

Veo delante de mí, en el poniente, cómo el señor Sol está dando su última muestra de afecto por nosotros,  bañando las nubes de un color naranja rosado y regalando una espectacularidad en tonos azules y amarillos a las montañas al fondo del aquel caluroso firmamento.

Veo la luz reflejarse en los parabrisas de los coches estacionados, siento el calor bañarme en sudor que cae desde mi nuca hasta mi espalda. Huelo aromas que vienen desde lejos, de algunas casas, de algunos locales comerciales. De los últimos tres kilómetros que he caminado desde mi trabajo a casa, aún me siento con energía como para caminar otros tres. Mi hombro comienza a darme comezón, acomodo mi mochila de un solo tirante hacia el extremo opuesto, mi músculo se relaja pero sigue dándome la lata. Veo el sol, despidiéndose de mí, de nosotros, dándole entrada a su amante inalcanzable, a su bella dama plateada. A mi nueva madre.

No empezó súbitamente mi ardor en el hombro, sino ya hace más de dos meses. Cuando los extraños ruidos comenzaron a tocar mi puerta durante la madrugada.

Sonaban como si el mismo viento quisiera entrar por la puerta principal, arañando su superficie lisa. Me desperté desorientado, dando tumbos entre la cama y la cómoda que está a un lado de la puerta en mi habitación, me detuve. Comencé a avivar mis sentidos, mis ojos se estaban adaptando a la luz de luna que entraba por la ventana, mis oídos comenzaron a escuchar los inquietantes sonidos pero nada más. Pareciera que fuera de mi departamento todo estuviera muerto. Excepto lo que intentaba entrar.

Me acerqué a la puerta, estaba a un metro de ella con mi brazo completamente estirado y mi mano a punto de alcanzar el pomo hasta que una voz me dijo que me detuviera. Me quedé inmóvil unos segundos, o minutos, o más, sentí toda una eternidad mientras mi cuerpo comenzó a sudar en frío, pasé saliva y fue como si metiera arena caliente en mi boca. Di media vuelta y ahí estaba. Franky, mi vecino de enfrente, sudando, sangrando y con la ropa hecha jirones. Su nombre no era realmente Franky, sino Santiago Mercado. Yo le llamaba Franky, sin que él se enterara, por la forma cuadrada de su cabeza, que  me recordaba al Monstruo de Frankenstein. Su tamaño desproporcionado se alzaba sobre mí al menos por cuatro cabezas y aun a pesar de eso y su posible fuerza, se encontraba en mi recibidor, con la playera hecha trizas y los ojos inyectados en sangre y temblando.

— ¿Cómo… cómo entraste? —fue lo único que tuve tino de preguntar.
— No abras la puerta… te lo ruego —su voz temblaba y las lágrimas corrían como un río bravo y desbocado–. Por favor… no abras la puerta.

Los ruidos se incrementaron, los golpes fueron en aumento y comenzaron los rasguños, la puerta temblaba y entonces algo empezó a olfatear desde el exterior.

— ¿Qué es eso? —le pregunte a Franky.
— Debemos salir… ya te olió —su mirada estaba perdida, angustiada—. Perdóname, no pude detenerla.
— ¿De qué estás hablando? ¿Cómo entraste? ¡Dime de una puta vez o llamaré a la policía!

Me había acercado demasiado a él, sin medir posibles asaltos o consecuencias, entonces los golpes cesaron, ambos volteamos a la puerta, esperando que fuera todo, pero no lo fue. Los golpes fueron tan potentes que la puerta comenzó a astillarse, el marco de metal comenzó a romper el concreto que lo sujetaba, los tornillos de las bisagras salieron despedidos de su lugar y entonces los vi, tan claros, tan hermosos y tan espeluznantes. Un par de ojos amarillos ámbar que parecían brillar en medio de aquella oscuridad de media noche. Mi boca se secó, mi corazón dio un vuelco que jamás olvidaré y estoy seguro de que vacíe mi vejiga en ese momento. La cosa del otro lado de la puerta volvió a golpearla tan fuerte que esta vez logró meter una garra por la ranura provocada por los impactos. La gigantesca mano de Franky me tomó del hombro y me sacó del trance en el que me vi sumergido.

— Necesitamos salir de aquí —su voz de mando surgió como una tabla en medio de un extraño mar en el que me sentí ahogándome—. La salida de emergencia, rápido.

Me jaloneó tan fuerte que casi caigo a causa de los orines en el piso. Salimos al pequeño patio que sólo tiene un lavadero de concreto, Franky buscó a tientas hasta que encontró la escalera que lleva al pasillo encima de mi departamento y me hizo trepar por ahí. Al llegar arriba escuchamos claramente cómo se rompió la puerta y un horrible gruñido non santo que hacía eco en mi sala. Franky subió la escalera y la atoró pero sabía que no duraría.

— Eso no la detendrá, debemos salir de aquí. Aguantar —me dijo tomándome de los hombros, como si yo fuera un niño pequeño al que necesitaba proteger.
— ¿Qué es esa cosa? —pregunté.
— Es mi esposa —dijo—. Y viene por mí.

Prácticamente me arrastró a través de los pasillos de servicio que une mi edificio con el contiguo los cuales se les conocen como “Las Torres”, un complejo de departamentos pequeños divididos en dos edificios pero conectados entre sí por medio de pasillos centrales, lo cual hace que muchas personas vivan aquí.  Los pasillos de servicio son usados por los conserjes durante el día, se mueven libremente entre ellos para limpiar tuberías o cualquier otra cosa que los edificios e inquilinos necesiten. Y en esos momentos eran usados para escapar de algo, de una cosa horrenda que mi vecino Franky juraba que era su esposa.

Cada que me detenía a pensarlo más me parecía una locura, ¿En verdad había visto lo que vi detrás de mi puerta? ¿Me estaba infectando de una paranoia fruto de mi vecino con quien casi nunca había hablado? Comenzó a faltarme el aire en esos momentos, los pasillos se me antojaron enormes, ondulados y oscuros, mi pierna derecha dejó de responder y caí sobre mis rodillas.

—  No puedo correr y ya no escucho a esa cosa —le dije.
— Debemos salir… ya casi amanece —Su urgencia se notaba, su piel transpiraba como lo hacía la mía.
— No puedo… —Susurre— No puedo.
— Debemos irnos… es mi culpa… No… no me preparé a tiempo.
— ¿Qué es, de qué hablas? ¿Qué es lo que nos sigue?

El hombre se quedó helado. Se levantó lentamente,  escuché cómo pasaba saliva y veía con verdadero terror el pasillo detrás de mí. Aún con dudas, con miedo, volteé a ver qué es lo que mi vecino estaba observando. Ahí estaba, gruñendo, arañando, enseñando los dientes y su brillo en esos ojos amarillos. La mejor descripción que puedo dar, en medio de todas esas sombras, era la de un perro enorme, un perro con deformidades, patas demasiado largas, cuerpo encorvado con pelo y a la vez con escamas. Babeaba y tenía movimientos convulsos. Franky caminó hacia esa cosa.

— No… —le susurré— ¿Qué haces?
— Vete… ve a la azotea… pronto amanecerá —dijo mientras levantaba los brazos.
— No… por favor… no lo hagas.
— Vete…

Me levanté, mi cuerpo temblaba, caminé de espaldas al pasillo, observando cómo mi vecino de la cabeza cuadrada y cuerpo descomunal se acercaba a aquella cosa al otro extremo del pasillo. Franky susurraba algo que no alcancé a escuchar, le hablaba como se le habla a un ser amado, a un hijo o a una esposa. El pasillo comenzó a dar vuelta en una curva, deje de oírlos y corrí lo más rápido que pude. Ya no escuché nada salvo mi respiración agitada y mi corazón dando tumbos como un pistón desenfrenado. No hubo gritos, no hubo crujidos, no hubo gruñidos, sólo mi respiración.

Llegué a las escaleras de servicio, empujé puertas de metal pesadas, subía sin parar hasta que mis pulmones me ardían, cuando  creí que no podría más llegué a la última puerta y con ella a la azotea del edificio. Respiraba hondo y entre cortado, me ardía la garganta y la nariz, los pulmones y los ojos,  delante de mí sólo había oscuridad, ni un rastro de luz natural, únicamente los focos que rodeaban el borde de la azotea. Las estrellas brillaban con intensidad y la bella dama plateada era un gran disco luminoso en el cielo. Ahí comprendí por un instante y la sola idea me pareció absurda.

— La cosa esa era un…

No pude terminar la frase cuando la puerta de acceso saltaba hacia mi dirección, volteé abruptamente y ahí estaba, su hocico lleno de sangre, sus extrañas patas delanteras tenían pedazos de tela y carne entre las garras y ahora me gruñía a mí. Caminaba lentamente rodeándome. No tuve el valor más que para hacerme hacia atrás hasta topar con el borde del edificio, esa pequeña barda que rodea la azotea, estaba temblando y vaciando nuevamente mi vejiga, no creí que pudiera pasar dos veces. Mis manos temblorosas se posaron en la barda y tocaron un pedazo de metal, un pedazo de tubería abandonado a su suerte, cuando lo tuve en mis manos y lo veía con incredulidad esa cosa se lanzó con todo contra mí, lancé un golpe certero a su hocico pero su peso y fuerza eran tal que salimos despedidos por el borde.

Caímos.

No entendí nada, solo veía cosas girar, cemento girar, metal girar y después… nada.

El sol, los ruidos, los gritos, los murmullos me despertaron, había rescatistas tratando de bajar hasta donde estaba, había personas en la azotea asomándose hacia abajo, viéndome y tapándose la boca con una expresión tonta de asco y miedo, Estaba tirado en la escalera de emergencia del edificio, la placa de metal de descanso entre escaleras me salvó, traté de levantarme pero un intenso dolor, como si me hubiera electrocutado, recorrió mi cuerpo, giré el rostro y vi cómo me faltaba un enorme pedazo de carne del hombro, mi expresión debió ser tal que los rescatistas me dijeron que no me viera, que me concentrara en ellos. Estaba a punto de desmayarme cuando volteé la cabeza hacia abajo y al final de la enorme caída se encontraba una mujer desnuda, o lo que quedaba de ella, en el piso de la calle. Ahí lo entendí todo y entonces me desmayé.

Las autoridades lo llamaron el extraño caso del oso. Culparon a un oso del ataque a seis inquilinos de aquel edificio, sólo un sobreviviente con heridas de cuidado. Los vecinos tomaron mayores precauciones, se cerró la entrada principal con una enorme rejas con picos, y los servicios de emergencias y control animal estuvieron alerta durante un tiempo. Todo me parecía tan tonto y absurdo, innecesario. Hasta que comenzó el hambre. Los olores, los sonidos.

Es julio y comenzó la canícula, la época del año en que el calor nos golpea tan fuerte que muchos sufren ataques de deshidratación, los animales se vuelven más salvajes y hambrientos y las personas olvidan el temor verdadero. Junto con esto, este año, la luna llena hará su aparición prematura. Lo sé, porque la siento, la huelo, la herida en el hombro, la mordida, no se quedó conmigo sólo como un suvenir, oh no.

Lo mejor será estar prevenido.

Sobre el Autor: Jorge Robles (Gomez Palacio, Dgo) – Diseñador Gráfico, ilustrador y escritor,autor de la mini serie en cómic “2010” y artista del cómic oficial del equipo profesional de basketbol de La Laguna, los Algodoneros, titulado “ALG”

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