Aquella Muerte

Yo tampoco me enamoraría de mí” fue lo último que pude articular antes de colgar el teléfono y romper en llanto. Pensaba en mí y podía entender el porqué de su partida. Mis dedos permanentemente marcados por el olor a cigarro, unidos a mis nudillos rojos y lesionados por tantas noches en las que el enojo que sentía me obligaba a golpear el muro agrietado de mi habitación.

Mi papá solía decirme que la primera cortada es la más profunda (sé que lo sacó de una canción de Cat Stevens) y él siempre tenía la razón.

Los días posteriores a ese martes, el de la ruptura, fueron de los peores de mi vida. Fumaba más de dos cajetillas al día y me rompí un nudillo dándole un golpe a la puerta que me hizo sangrar y dejar manchas rojas en la madera. Lo que más me gustaba de fumar era que lo hacía porque, de alguna forma, yo me sentía como humo. Había bajado tanto de peso, saltándome tantas comidas y haciendo tanto ejercicio que a veces no sentía que caminaba, sino que flotaba. Me hacía una con el aire. Mis músculos débiles como el papel amenazaban con dejar de sostenerme en cualquier momento. A pesar de esto me torturaba yendo todos los días a correr al bosque, a las afueras de la ciudad, sintiendo que no merecía cuidarme y mucho menos, descansar.

En el verano comencé a deteriorarme. El termómetro no marcaba más de 23 grados centígrados y mi cuerpo no me permitía quitarme el abrigo. Mi piel estaba helada y tan blanca (“como la luna”, hubiera dicho él) que mis venas podían verse a la perfección.

Me encantaba el café pero ya no podía tomarlo porque mis manos temblaban tanto que terminaba tirándomelo encima. Y más allá de las molestias físicas, mi alma estaba rota. Tenía la misma familia, la misma rutina, los mismos amigos. Sin embargo, mi perspectiva de lo que me rodeaba había cambiado de manera radical. En otras palabras, simplemente yo dejé de ser yo.

Una mañana me despertó el sonido del teléfono. Alguien marcaba una vez tras otra. Parecía no tener fin. Contesté de mal humor, con la luz del sol entrecerrando mis ojos. Al escuchar al interlocutor, me levanté de la cama de un brinco y me vestí en segundos. Mi abuela estaba en el hospital, a duras penas respiraba.

Manejé veinte minutos sin estar despierta del todo. Mi mente sólo repetía los pocos rezos y oraciones que me sabía. Me sudaban las palmas de las manos y de los pies.

Cuando entré a la habitación me encontré con varios primos, tíos, sobrinos. Lo que menos quería en ese momento era platicar. Todos ellos lo hacían con tranquilidad, como si estuvieran en una reunión familiar cualquiera. Mi abuela, en su cama, tenía los ojos cerrados y se veía más cansada que nunca. Me acerqué a ella, me hinqué a su lado y le hablé con cariño. Tomaba sus delgados dedos entre los míos y acariciaba la palma de su mano suavemente. Yo sabía que podía escucharme. Sabía que no era el fin.

“Afuera hay una cafetería”, le dije a mis familiares en tono cortante “por si quieren estar más cómodos”. Me miraron ofendidos, con esa ofensa característica de los tíos y tías cuando no los invitas a tu cumpleaños o faltas al suyo. A pesar de esto, salieron de la habitación. Mi abuela estando sola conmigo abrió un poco los ojos, movió sus dedos. Quería decir algo, pero no podía.

Estuve todo el día con ella. El doctor habló conmigo dando términos médicos que yo desconocía por completo. Pero al parecer, quedaba poco tiempo.

Mi prima ofreció quedarse en la noche. Yo regresaría en la mañana. Antes de irme estuve un buen rato sentada frente a mi abuela, sola, con los ojos llorosos. Veía mi mundo roto derrumbarse aún más. A lo largo de mi infancia y adolescencia, la gente solía decir que era idéntica a ella. Pero no era así. No había forma en la que yo fuera tan bella, tan inteligente y, principalmente, tan fuerte. Mi abuela nunca lloraba. Aunque a veces parecía exagerado, nunca se dejaba caer. Nadie la había visto triste jamás. Era eso lo que nos hacían opuestas. “Lo que daría por ser como tú”, pensé una y otra vez. Seguía mirándola, se veía tan pequeña, tan cansada.

Mi prima, Andrea, se sentó junto a mí y me acarició el hombro con suavidad. “¿no quieres ir a descansar?” preguntó dulcemente “llevas todo el día aquí”. Yo sólo asentí y me puse de pie. Ella me siguió con la mirada y salió de la habitación después de mí. “Oye” me dijo en lo que sonó como un susurro “¿estás bien? Estábamos todos diciendo que te ves algo, no sé, ¿triste? Dime por favor, ¿pasa algo? ¿te puedo ayudar de alguna forma?”. Sólo le di un abrazo rápido y le dije que estaba bien. No la dejé seguir hablando, salí del hospital a paso apresurado.

Decidí ir a correr en la noche. No lo había hecho antes y una parte de mí sabía que ir al bosque a esas horas no era la mejor de las ideas, tomando en cuenta que este se encontraba bastante lejos de la ciudad. Sin embargo mi malestar era tan grande en ese momento que no pude evitar buscar ese refugio.

La luna brillaba con fuerza suficiente como para iluminar el camino por el que siempre iba. Empecé a correr y no tuvo que pasar mucho tiempo para que me diera cuenta que, en efecto, había tomado una mala decisión. Me ponían nerviosa los ruidos, confundía los crujidos de las ramas con pisadas invisibles. El camino me parecía más largo cada vez. La voz de Gustavo Cerati a través de mis audífonos era lo único que podía tranquilizarme. Era esa música la que tenía el poder de hacerme sentir bien cuando nada más podía hacerlo. A pesar de esto, la oscuridad y el silencio a mi alrededor me erizaban la piel. Apreté el paso, no con la intensión de romper mi récord sino de llegar a casa lo más pronto posible. Para evitar pensar en escenas horribles, mi mente cayó en los recuerdos. Por primera vez en mucho tiempo me permití pensar en él. Un nudo se formó en mi estómago al recordar el olor de su loción, sus manos calientitas pasando por mi piel fría por naturaleza. Su entusiasmo, la forma en la que éste se delataba en aquellos ojos oscuros y brillantes. Él estudiaba ciencia política, y tenía una forma de ser que buscaba siempre ayudar al país y a las personas que le rodeaban lo más que se pudiera. Era tan optimista que sus frases alegres podían llegar a molestarme cuando yo estaba de mal humor. Junto a él todo me parecía más fácil, tal vez porque él me hacía no tener miedo. “Tal vez” pensé “sí dependía de él”. Al momento de escuchar esas palabras en mi mente, sentí un fuerte dolor en el pecho. Era el dolor que me atormentaba cuando la tristeza decidía ser más que un sentimiento y se esparcía por todo mi cuerpo, haciéndome débil y vulnerable.  Esa noche, el dolor fue aún más intenso.

Ya había corrido bastante, por lo cual me pareció mejor terminar el trayecto, darme la vuelta y regresar. Alcé la cara y seguí, imaginándome que con cada paso dejaba algo atrás. Nuevamente sentí miedo, una rama me rasguñó la pierna, haciendo que un hilo de sangre se deslizara por mi piel transparente. Los ruidos -como si alguien caminara entre las plantas- se hacían cada vez más difíciles de ignorar. Me quité los audífonos para escuchar mejor y poder calmarme al saber que el sonido no era más que el del viento. Aunque no era sólo el viento. Una voz rompió con la atmósfera, lamentándose, pidiendo ayuda con gritos reprimidos y sollozos. Me detuve en seco, volteando hacia todas direcciones y tratando de encontrarme con alguien. Nada. Quise seguir caminando, esta vez más rápido para irme, llegar a casa y olvidarme de todo. Inscribirme a un gimnasio para no tener que volver al bosque. Sin embargo, algo dentro de mí ya no tenía miedo. “Si me toca morir”, me dije “que me toque”. Caminé hacia el corazón del bosque de forma casi automática, como si alguien más estuviera controlando mis movimientos. No me detuve, me sentía como en un sueño, anestesiada. “¿Dónde estás?” dije en una voz alta que hacía evidente de que yo ya no estaba del todo bien. “¡Aquí! ¡Aquí!” contestaba la voz cada vez más desgarrada.  Caminé hacia el frente de forma que el ruido se amplificaba. Me acercaba más. Más. Pude sentir una presencia, un par de ojos encima de mí. Por un momento bajé la mirada y me encontré con el caminito de sangre aún fresca en mi pierna. Esta se resbalaba, tiñendo de rojo mis calcetines blancos, sin embargo, yo ya no la sentía.  Era más fuerte la sensación del sudor helado escurriendo en mi playera sin parar. Finalmente mi mirada se topó con la de un cuerpo que yacía entre los tréboles al borde de la inconsciencia. “Aquí estoy”, le dije al acercarme. Me hinqué a su lado, llenándome de tierra las rodillas. Se volteó hacia mí y su mirada me atravesó. Era una chica de unos 20-y-pocos años, no muy diferente a mí. Llevaba un vestido blanco desgarrado, manchado de sangre, tierra y sudor. Al rededor de sus ojos había marcas, rasguños, y sus manos y piernas revelaban una serie de enormes moretones y raspones. No tuve que preguntar qué le había pasado, pude entenderlo solamente por la forma en la que me miró.

No dudé ni un momento.

Le ayudé a levantarse e hice que se apoyara en mí. “Todavía falta” le dije “…pero no mucho”.  Hice lo posible por cortar el camino y llegar al final del trayecto de forma más rápida. Ese último tramo se volvió eterno. Me dolía la pierna, sentía los latidos de mi corazón sobre la herida, así como el dolor en el pecho intensificándose. El miedo estaba ahí.  Apretaba el paso cada vez que escuchaba los ruidos de antes, ahora con el temor de que fueran los atacantes de la chica.

La imagen de mi abuela cerrando los ojos en su habitación de hospital se adhirió a mi mente junto con la de él abrazándome y llenándome la cara de besos bajo la lluvia, cuando solo tenía diecisiete y sentía un enorme deseo por morir.

La chica hundía su cara en mi hombro mientras lloraba en silencio. Podía sentir su dolor como si fuera el mío. Los últimos pasos del camino fueron los más pesados, mi cuerpo amenazaba con detenerse y rendirse. Me imaginaba los caminos de árboles cerrándose como puertas, manteniéndome ahí para siempre. Cuando finalmente pude salir, una bocanada de aire helado entró a mis pulmones regresándome a la vida. Le expliqué a la chica que yo vivía en lo más profundo de la cuidad y manejaba todos los días hacia las afueras para correr y pasar tiempo lejos de todo.

Su nombre era Emilia. Cuando subimos al coche pude ver una expresión de alivio en su cara. El problema era que no había hospitales cercas. Mi celular se había quedado sin batería y ella había perdido el suyo, o bien, se lo habían robado. La miré fijamente mientras encendía el auto. “¿Aguantas?” le pregunté y asintió con seguridad. Sonreí. Le di el agua y las galletas que llevaba siempre en el coche y nunca me comía. Le presté un suéter que estaba en la cajuela.  Su expresión cambió, estaba más tranquila y eso me hacía sentir mejor a mí también. Puse la calefacción y la radio mientras iniciaba el camino de regreso a la ciudad. Emilia señaló mi herida, “¿qué te pasó?”. Al verla bajo la luz me di cuenta de que era peor de lo que me imaginaba. Emilia se echó un poco de agua en la manga del suéter y me ayudó a limpiar la sangre. Sentí cosquillas y sonreí por primera vez en esa noche.  Decidí no preguntarle nada sobre lo que le había pasado, sin embargo cuando se empezó a sentir más cómoda me contó todo. Lágrimas empapaban su cara al describir cómo los amigos de su hermano la habían sacado de la graduación para llevarla hasta allá y atacarla entre todos. Le pedí que se detuviera, que no hablara de ello si en el momento no se sentía lista. “Me mataron” sollozó y después lo repitió en voz baja, “me mataron”. Me abrazó como se abraza a un amigo de toda la vida. Un escalofrío me atravesaba al reproducir sus palabras en mi mente. Me mataron.

Me hizo algunas preguntas mientras manejaba y traté de contestarlas de manera superficial. Me preguntó si era feliz. El dolor de pecho regresó inmediatamente. “¿Por qué la pregunta?”, “Bueno, porque no pareces”. Quise llegar en ese instante al hospital, contactar a algún familiar suyo y regresar a mi casa a dormir una semana entera. Estaba muy cansada. La angustia que sentí todo el día al cuidar a mi abuela, sumada con la ida a correr estando en malas condiciones y la adrenalina de encontrarme con Emilia se había convertido en un cansancio mortal.

Tenía la sensación de que en cualquier momento me desvanecería sobre el volante y chocaría. Pero no debía parar. El camino se hacía eterno e incluso desconocido.  Emilia rompió el silencio nuevamente, “entonces, ¿por qué no eres feliz?”. Detuve el coche un momento y como lo había hecho ya mil veces en mi cuarto, rompí en un largo llanto.

Estúpido es vivir cuando la vida se convierte en un tormento” dijo ella con la misma voz que había usado para decir “me mataron”. Una voz que no sonaba a ella, sino a alguien que ya había visto y vivido todo.

“¿Shakespeare?” pregunté limpiándome las lágrimas.

“Así es. Otelo”, hizo una pausa, “¿te gusta?”

Sentí calidez, un aire del pasado “Muchísimo. En prepa actuaba. Había concursos en la escuela de interpretar monólogos de Shakespeare. Fui Julieta un par de veces. Era muy divertido” sentí un momento el silencio a mi al rededor “…ojalá todo eso no se hubiera acabado nunca”.

Fue hasta entonces que pude ver todo con claridad. Emilia me miró fijamente con unos ojos que brillaban como el reflejo de la luna en el mar. Volví a encender el auto, con mi corazón latiendo tan fuerte que el dolor en el pecho se volvía insoportable. En fracciones de segundo pensé en mi abuela, él, las pastillas, la soledad que me acompañó durante toda la vida. Mis muñecas cortadas, mis huesos salidos, mi inexistente interés por el futuro, las cajas de Prozac apilándose en el basurero. Las promesas, los “voy a estar bien”. Emilia me sonrió “Mariana…” dijo en voz baja. Nunca le había dicho mi nombre. Aceleré, pronto iba a 200 km/h. Solté el volante cuando Emilia me sonrió. Le devolví la sonrisa a la muerte.

 Sobre la Autora: Mariana Rosas (Ciudad de México, 1998) – Está cursando su último año de preparatoria y piensa estudiar cine. Escribe ficción porque a veces no le gusta la realidad.

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