Blanca Dama

Estoy realmente indignado. Hay cosas que uno vive y luego ya no se olvidan. En este mundo existen demasiadas injusticias, mucha gente estúpida que vive solo para sí misma, sin importarles el otro, su semejante.

Anoche volvía en mi taxi por la avenida Peralta Ramos, la continuación de Independencia, ahí en la zona del cementerio. Sí, ya lo sé, les veo las caras lujuriosas, sus libidinosas sonrisas, y todo porque ahí cerca de los cementerios, el público y el privado, hay varios hoteles alojamientos, de los más distinguidos, de los más elegantes. Siempre me resultó curioso que la zona de los entierros (léase cementerio) también sea la zona de otros entierros (y ahora léase hoteles alojamientos). Una vez llevé en el taxi a un profesor defilosofía a quien le hice notar tal paradoja, y él me respondió sobre la conexión de la muerte con el sexo, mientras se encaminaba con una rubia portentosa hacia la confirmación de su teoría en uno de esos hoteles.

Pues bien, ayer tipo cuatro de la mañana había levantado una parejita en la zona de Playa Grande, venían de algún bar, y los llevaba a uno de estos telos. Uno de mis ojos miraba la avenida para no chocar, pero el otro lo tenía fijado en el espejo retrovisor, entretenido en los besos de esos pibes: el flaco metía mano por todos lados, a la chica no le alcanzaba la lengua para inspeccionarle al muchacho toda la garganta. Yo ya no sabía qué hacer; quería decir algo como: “¡qué calor que hizo hoy!”, “qué bueno para los turistas”, “el tránsito es una locura”, pero no podía meter bocadillo; el pibe ya metería lo que había que meter.

Dejé a la parejita en el telo, totalmente acalorados, y no solo por la alta temperatura nocturna, tan desesperados que ni se percataron de que no les había dado el vuelto; sin intención me hice de una buena propina.

Entonces pegué la vuelta a casa, cansado; ya había trabajado bastante, tenía ganas de dormir en mi cama y olvidarme por unas horas del taxi. Salía por Peralta Ramos, en dirección hacia Juan B. Justo, mi taxi y yo rodeados por el cementerio municipal y el privado, cuando de repente se dibujó una figura femenina tan blanca como el marfil mismo en el medio de la calle. Me hizo seña. La levanté. La cara pálida, los ojos perdidos, parecía ahí conmigo pero al mismo tiempo ausente, como en otro lado. El efecto de la luz lunar provocaba que una aureola brillante contorneara su cuerpo, dándole una imagen algo angelical. Llevaba puesto una campera gruesa, de invierno; sus labios parecían nieve.

–¿No tenés calor con la campera? –le pregunté.

Me miró fijo y, sin palabra mediante, se la sacó, depositándola sobre el asiento trasero de mi auto. Sentí que eludía el diálogo, o algo peor aún, que había olvidado el uso de la lengua. Debajo de la calurosa campera tenía una especie de vestido muy raro, como un camisón, también de un blanco intenso.

–¿Hasta dónde vas? –interrogué. La chica me dio una dirección del barrio Los troncos, el cual me quedaba de paso ya que yo vivo en la zona de la Vieja Terminal. Entonces decidí llevarla, así, mientras volvía a casa, me hacía unos pesos de más.

La veía tan pero tan blanca, pálida como si nunca hubiese visto el sol, y eso que en Mar del Plata todos los que incluso trabajamos mucho durante el verano, siempre algún rincón durante el día nos hacemos para broncearnos. En ese momento lo entendí todo: porqué esa mina sola y pálida ahí cerca de los cementerios y los telos, porqué esa mirada como fuera de este mundo. Esta era una de esas minas que están en esas modas nuevas opuestas y disidentes contra el sistema consumista y el mercado del capitalismo, y entonces dicen “yo no voy a la playa porque eso lo hace la gente idiota que no entiende que son usados por las grandes multinacionales”. Y su soledad ahí cerca del cementerio también era claro. Seguro que había ido a algún boliche, un flaco se le acercó, tuvieron un buen inicio, el pibe la invitó a pasear y como quien no quiere la cosa la llevó en el auto para un telo. Cuando esta loca (que como toda loca, es loca pero no boluda) se dio cuenta de las intensiones del muchacho, comenzó un escándalo, seguro que gritaba que la bajara, que era un desubicado, que se iba a volver sola y qué se yo cuántas barbaridades más.

En fin, ahí estaba yo en mi taxi con esta loca. En un momento dejó de impresionarme su blancura y me concentré en su mirada hacia el paisaje de la ventanilla. Parecía como cuando de chico te llevaban de vacaciones y todo te parecía increíble; como si después de años y años viera algo que valía la pena ser visto; como cuando todo te sorprende. Ya no me quedaban dudas de que era una loca, desquiciada, malcriada por los padres, totalmente inmadura, sin modales para comportarse dentro de un taxi, ¿cómo un pasajero no le va a hablar a su taxista?

Por fin llegamos a la casa de la mina. Al ver su hogar tan grande y hermoso, con esas típicas piedras marplatenses en el frente, con un enorme jardín en la entrada, entendí que eso de malcriada se debía a que era una chica “bien” del barrio Los Troncos, una familia de ricachones que pese a su dinero en demasía no pudieron criar una hija de manera normal, sino que les había salido esta loca sentada en el asiento trasero de mi auto.

Cuando la mina se bajaba, dio media vuelta y me miró: –No tengo plata, pero vuelva mañana que le van a pagar.

¡Ah bueno! Listo, confirmada mi hipótesis. ¿Semejante casa en uno de los barrios más chetos de Mar del Plata y no tenés unos míseros billetes para un viaje en taxi? Sólo se trataba de una pendeja malcriada que salía a gastar plata en la noche marplatense y se quedaba sin nada para el taxi, y encima tenía el decoro de que un pobre laburante como yo la llevara hasta su lujosa casa. Dios mío, en qué mundo vivimos.

Dejé que se fuera. Ya me había cansado de esa loca. Además, cuando la había recogido, ahí en los alrededores del cementerio, yo ya me iba a dormir, y la casa de esta loca realmente me quedaba de paso.

Hoy a la mañana me desperté. Fui hacia mi auto, abrí la puerta y me percaté de que la loca se había dejado esa campera pálida como su cara en el asiento trasero de mi taxi. Como su casa quedaba cerca de la mía se la llevé, así de paso, haciéndome el tonto, como quién no quiere la cosa, me cobraba el viaje de anoche, total mami y papi ya le habrían dado nuevos billetes.

De día la casa era más linda aún, las piedras se lucían más, incluso las flores del jardín parecían más brillantes. Me atendió una mujer de alrededor de setenta años. Con cierta reticencia e incertidumbre miró la campera blanca en mi mano.

–Buenos días. Anoche traje a una chica hasta acá, que no me pagó el viaje, y se olvidó esta campera en mi taxi.

La mujer quedó en silencio. Miraba a la campera como si de la muerte misma se tratara, perdida en algún recuerdo tan íntimo como cercano a ese abrigo.

–Esta campera era de mi hija. Ayer hizo veinte años que murió. Falleció en un accidente,un día de tormenta, por eso la llevaba puesta. Ella está enterrada en el cementerio municipal.

La mujer, ya con varias lágrimas en su rostro, titubeante, tomó la campera, la abrazó, y se aferró a ella como si de su difunta hija se tratara. Nuevas y más gordas lágrimas se le desprendieron.

La mujer no me dijo nada. Con la campera en la mano y miles de lágrimas entre sus arrugas, se metió dentro de la casa dejándome en la puerta de entrada, solo acompañado por las lindas flores del jardín.

Y ahí, en ese preciso instante, en ese terrible momento de congoja e incertidumbre, ahí me indigné con esa pendeja y su familia de porquería. Porque está bien, yo entiendo que vos sufras porque tu hija está muerta, que no puedas superar un hecho tan trágico, está todo bien, no tengo problemas con eso. Pero de ahí a que no reconozcas el laburo de un pobre trabajador del volante que encima te alcanza la campera que te olvidaste, y vos, con una casa grande y hermosa, donde se nota que no pasan necesidades, no te dignes en pagar un viaje, y ni siquiera agradezcas, eso sí que me indigna. Odio a esa gente con esos duelos patológicos que no se ponen en el lugar del otro, creen que sus problemas son los únicos que existen e importan. Todos tenemos problemas, yo los tengo, pero si me subo a un taxi, como mínimo voy a pagar el viaje.

Sobre el Autor: Pablo Castro (Mar del Plata,1982) – Desde 2008 ejerce como Licenciado en Psicología en dicha ciudad, tanto en instituciones de salud mental como en su consultorio de forma privada. Es codirector de la revista Psum, reflexiones en salud mental, donde ha publicado diversas notas referidas a su praxis como así también cuentos cortos. Escribe habitualmente en dos blogs de su autoría: Interficción y Traficante de linternas. Su cuento “La sombra del deseo ha sido publicado” en Axxón. Es miembro, con otros escritores marplatenses, del movimiento literario La Bruma.

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