Espiral viciosa

1997

No sé por dónde empezar, es bastante confuso y poco verosímil. Tal vez si contara cronológicamente cómo surgió todo: Empecé a escribir algo en mi computadora, no hubo de ser nada específico, solo ideas sueltas, como eso que a veces me da por llevar al taller de literatura y luego me va como en feria por no revisarlo bien. Había estado pensando que mi vida actual no me ha agradado del todo y el resultado de la misma podría haber sido por las decisiones que hubiese tomado hace cerca de cinco años. Así que ¿por qué no habría de viajar en el tiempo cinco años hacia atrás y entonces darle unos regaños al yo de 1992? Podría hacerle ver la aburrida vida que es probable que llevara si hacía lo que se supone iba a hacer él con ella. Pero en ese momento reaccioné recordando que no ha sido posible viajar en el tiempo, pero ¿qué tal si mi vida sigue igual durante cinco años más? En el 2002 me darán ganas de regresar a 1997, hoy, a propiciarme unos regaños incluyendo coscorrones yo mismo para componer mi futuro, que en aquel entonces sería mi pasado, así que si lo hubiera hecho en el 92 no estaría ahora considerando lo que hubiera pasado si ya estuviera realizado, así que…

¿Confuso? Lo sé. Así estaba yo hasta que repentinamente sentí a alguien golpear mi cabeza, y ese alguien me pareció muy familiar y se dio un diálogo bastante peculiar; empecé preguntando lo obvio:

— ¡Oye! ¿por qué me pegas? ¿Tú quién eres?
— ¿Qué fecha es hoy? —preguntó con desesperación el recién llegado.
— Sábado…  5… de Julio… de 1997.
— ¡Ya lo esperaba! para mí hoy es Lunes 7 de Julio —dijo con cierto desdén y se sentó en la cama.
— ¿Cómo entraste a mi casa? ¿Quién eres?
— ¿Para qué te haces tonto? —me mostró ¡mis! llaves— ¿No me reconoces?
— ¿Mi hermano gemelo? —pregunté mientras le arrebataba mis llaves.
— ¡Claro que no! soy tú, sólo que… que… vengo del futuro…
— Ajá, mejor una de vaqueros, ¿no? Sí, estás igualito a mí salvo por la barba y lo maltratadito.
— Es de dos días, es decir: desde antier, que para ti es hoy, no me he rasurado.
— Cierto, me rasuré ahorita en la mañana. Pero igual y no te creo.
— Olvida eso. Necesito que hagamos algo hoy.
— ¿Qué quieres? Oye, si vienes del futuro, ¿quién ganó las elecciones de mañana? dímelo, tú vienes de ahí, ¿no? A ver, a ver.
— ¿Para qué quieres saber si ni siquiera fuiste a votar?
— ¿Qué? Yo sí voy a ir a votar, ¿qué te pasa?
— Créeme, no irás. Yo lo sé. Ahora pon atención… Mira, sope, estamos dentro de un desplazamiento atemporal concéntrico, mejor conocido como bucle en el tiempo, es algo así como una espiral viciosa…
— Ajá. ¿Y cómo tú eres yo? Si yo no soy tan naco como para decir “sope”.
— ¡Oye! pon atención, esto, si no lo arreglamos, nos hará pasarnos una eternidad en este bucle, ¿me entiendes? ¡Una eternidad!
— Estamos, debemos, vamos… mira yo no he hecho nada y tú te pareces demasiado a mí, tal vez eres alguna travesura de mi padre…
— O de tu madre….
— ¡Eh!, cuida lo que dices, porque si no…
— Tonto, tu padre es mi padre y mi madre es tu madre, creo. Entiéndelo necesitamos conseguir un par de cosas para romper el bucle…

Sonó el timbre de la casa. Ambos hicimos el intento por ponernos de pie…

— ¡Ve tú! —me dijo y en un movimiento mecánico tomó mi cartera y le metió un billete de cincuenta pesos; casi estoy seguro que la puso en la bolsa de su pantalón.
— Claro que voy yo, esta es mi casa… —abrí la puerta y era mi contadora— ¡Ah!, hola, Martha, ¿cómo has esta…
— ¡Estúpido! Aquí están tus jodidos papeles, no quiero saber nada de ti nunca más, ¿cómo te atreviste?
— ¡Hey! ¿qué te pasa, yo qué hice?
— Todavía te haces el tonto, ¡esta carta, y por triplicado!, yo jamás te di motivos para que me dijeras nada así:

“…Para visitarte una vez al mes,
me trocaré en menstruación,
para entregarte mi deber
y cumplir con la declaración…”

— ¡Estúpido! Y todas las demás barbaridades que dice, ¡Ay! te odio.
— Pero, pero…

Martha me arrojó los papeles a la cara, dio la media vuelta y se despidió llorando.

— Esta mujer está loca, si yo ni siquiera le entregué la papelería y ya me la regresó, esto sí que está muy raro. ¿Y esta carta? —la empecé a leer y a sentir un mareo medio extraño.
— ¡Ah caray! esto era una tontería para el taller de literatura ¿por qué se fue en mi papelería? ¿Quién diablos se la dio? Ay, wey, ¿por qué me siento tan mareado?
Deja vu, se llama Deja vu. Y ya deja eso, mira encontré lo que andaba buscando en la red…
— ¿Y quién te dio mi clave de acceso?
— Créeme ya de una vez, ¿no? Lo que tenemos que hacer es lo siguiente: en algún punto de la ciudad existe un vórtice de fuerzas atemporales que fluyen como un remolino…
— No te entiendo ni madres pero síguele… —dije mientras aventaba mis papeles sobre mi cama.
— Ok, tenemos que encontrarlo, y para eso necesitamos tus binoculares de visión nocturna, precisamente estos que tienes aquí sobre el escritorio; una ristra de ajos, la lámpara de infrarrojos, tu cantimplora y las baterías de cadmio que tiene el equipo de sonido de Gerardo…
— ¿Gerardo? ¿mi hermano?
— Y el mío. Recuerda que le prestamos la camioneta hoy en la mañana y el no regresa hasta el domingo en la noche y no va a usar su carro.
— ¿Prestamos? ¿Y tú cómo… —detuve la pregunta adivinando la respuesta— Además estás loco, parece que no lo conoces, ja y dices que tú eres yo; te va a matar si le hacemos algo a su equipo de sonido…
— Te vas a quedar aquí si no lo haces…
— Pues aquí me quedo, yo no tengo que ir a ningún lugar…

Ya cerca de la media noche…

— Parecemos locos, cargando ajos, binoculares y las pilitas estas, ¿por qué no nos trajimos el carro de Gerardo? —pregunté.
— ¿Y dejarlo ahí donde vamos? no, gracias. Entonces sí te mataría. Ahí viene un taxi, detenlo…
— ¿Pa´donde van? —nos preguntó el conductor.
— A la colonia Garza Nieto.
— ¿A la “Coyotera”? Uy, eso les va a salir un poco caro, está muy gacho por ese lugar. Cincuenta pesos.
— Oh, ¿pos qué se trae éste? para eso tiene taxímetro… —protesté por el abuso.
— Cállate y súbete, yo pago. Está bien, chofi, dele para allá, yo le digo dónde mero…
— Okey, pero calmaditos, ¿eh?
— Ten, tú cuídame los ajos mientras yo busco eso con los binoculares…
— ¿Y que buscan, vampiros?
— Este… sí. Sí, andamos buscando vampiros —le dije algo molesto.
— Pos póngansen abusados, por que por ahí los pueden morder y no precisamente vampiros, jeje…
— Je-je-je —le contesté no muy convencido.
— ¡Ya lo vi! mira, está justo tras esa iglesia…. —me dijo aquel.
— Ñaa, binoculares de noche, ustedes sí que andan bien ebrios…
— No, tú no —murmuré por lo bajo.

Aquel me pasó los binoculares, y era la primera vez que me alegraba de hacer una compra tan inútil. Era un espectáculo dantesco aunque… la verdad nunca había visto ninguno; la formación tenía la figura de un tornado, la radiación infrarroja del aire caliente se retorcía desde el suelo hasta las nubes que cubrían la ciudad, era escalofriante.

— ¡A caray! y ¿eso qué es, tú? —pregunté asombrado.
— No te digo… es el vórtice, se está haciendo cada vez más ancho, necesitamos apurarnos antes de que nos quedemos atrapados aquí; Dele por esa calle por favor…
— Ñaa, sáquensen, pus qué, aquí los dejo y páguenme ya, si no les echo a la policía y esos sí muerden, ¿eh? Vampiros, ¡Ja!
— Está bien, aquí nos quedamos, tenga, cóbrese —dijo aquel mientras le tendía un billete de cincuenta.
— Esa se parece a mi cartera… —instintivamente me toqué el llavero para cerciorarme que traía lo de siempre, pero…
— Ya camina y no repeles, nos faltan como tres cuadras, ¡apúrate!

La calle estaba realmente oscura. Era un barrio de mala muerte donde abundaban los indigentes, las prostitutas, los borrachos y los asaltantes, con placa y sin ella…

— En verdad esta feo por aquí, ¿eh?
— ¿Ya te dio miedo?
— No es miedo, sólo precaución. ¡Chin! ya se me cayó una ristra de ajos —y en lo que me agaché a recogerla, aquel se me perdió en una esquina siguiendo el rastro del famoso vórtice— Y ahora, ¿para dónde se fue este?

A lo lejos se veía la luz de la torreta de una patrulla.

— ¡Ay! nomás eso me falta, que me detenga la policía —y en eso estaba cuando tropecé y fui a dar al suelo.
— ¡Oye, pendejo! fíjate por óndecami-nasss, baboso —me reclamó el bulto que estaba travesado en la banqueta.
— Discúlpeme señor, no lo vi y me tropecé con usted y ya me arrime un buen trancazo.
— ¡Pus por eso! ¿y qué fregaos… andas haciendo? —me dijo con desparpajada pero amenazante voz tratando de ponerse en pie.
— Este… yo… yo… soy un ¡vampiro! —fue la única idiotez que se me ocurrió decir. Nunca lo hubiera dicho.
— Pos ora sí ya te cargó, pos ¿qué te crees? ¡ora veras!, ¿apoco me vas a chupar la sangre? —me amenazó mientras levantaba su botella y no para tomarle.
— Cálmese, no se crea, yo…

La botella no duró mucho en su mano, se fue a estrellar a una ventana cercana, haciendo un escándalo mayúsculo…

— Córranle raza, ¡ahí viene la chota! —avisó a los demás, que salieron de quién sabe dónde.
— ¡Por fin! ¡la policía! —bueno, eso pensé en un principio…
— ¡Eit, tú, sope!, párate ahí. ¡No te muevas!
— Oficial, que bueno que llegó, mire yo…
— Contra la pared, abre las piernas y cállate el hocico.
— Oiga, pero yo…
— ¡Que te calles te digo! —mientras separaba totalmente mis piernas.
— ¡Ouch!
— Muéstrame una identificación.
— En mi cartera, en la bolsa de atrás de mi pantalón..
— No te hagas pendejo, sope, ahí no traes ni madre…
— Chin, se la llevó aquel desgraciado, por eso se me hacía conocida la que él traía. Este, mire yo…
— Te vamos a llevar a dar una vuelta, parece que tú no quieres entender, mira que cada sábado andar jorobando la maraca con lo mismo ¿eh? súbete a la patrulla ¡órale! Y tira esos pinches ajos que apestan muy gacho.
— Oiga, pero yo…

Desde una esquina cercana aquel observaba la escena. Yo lo sé.

— Menos mal que te quité la cartera si no te hubieran asaltado todito. Ya saldrás tú solo —habrá de haber pensado.
Recogería la ristra de ajos y proseguiría su camino. Te digo: yo lo sé.
— Okey, manos a la obra. Primero tenemos que encontrar la fisura física del vórtice. Parece que está dentro del patio de la iglesia. Ni hablar, aquí voy. —diría él.

Y acto seguido procedería a brincar la barda y a seguir las instrucciones:

Justo después de machacar los ajos (se tiene que hacer en ese momento para que el agente activo del ajo, el ácido bicalcifluorhidrático, no se oxide con el aire y tenga oportunidad de reaccionar con el cadmio) se colocan en la cantimplora junto con las pilas, se acomoda aquella sobre la fisura en el piso del patio. Encaja a la perfección. Se enfoca la lámpara de luz infrarroja sobre la cantimplora. Y se espera un tiempo razonable.

Aquel haría todo eso y después se escondería bajo un árbol.

— Espero que esta vez sí funcione —pensaría.

El flujo de radiación infrarroja que sale del vórtice acelerará el efecto sobre el recipiente y el contenido comenzará a hervir. Los jugos del ajo, en especial el ácido bicalcifluorhidrático, tomarán como catalizador el cadmio de las baterías y no tardará en reaccionar. Surgirá una pequeña explosión marrón. Los vapores de la misma empezarán a formar una barrera para el escape del vórtice.

Las instrucciones y los acontecimientos se sucederían sin contratiempos hasta que repentinamente alguien llegaría y de un puntapié mandaría a volar el recipiente.

— ¡Maldito satánico!, ¿por qué vienes a hacer tus brujerías aquí en la casa del Señor?—sonaría una atronadora voz, bueee, una voz de viejito pero muy fuerte.
— ¡En la madre! ¡es el padre!

Sin pensarlo dos veces el ancianito balancearía su bastón y daría directamente en la quijada de aquel.

— ¡Ouch!, ya me rompió la… boca.
— Es lo menos que te mereces, ¡Satanás! lárgate de aquí.

Aquel correría esquivando un segundo bastonazo, recogería todo su “equipo” y saldría de ese lugar como habría entrado, saltando la barda. Sin darse cuenta iría a caer junto al teporocho con el que había tropezado yo.

— ¡Ah, jijo! ¡El vampiro! Y ya me chupaste la sangre… —empezaría a llorar desconsoladamente— ¡Y hueles a ajo!

Inconscientemente aquel se llevaría la mano a la boca que sangraba ligeramente a causa del golpe con el bastón del padre.

— Ya no vuelvo a tomar, te juro que ya no vuelvo a tomar, pero ya no me chupes más, por favorcito…

Aquel se levantaría ceremoniosamente y se dirigiría con voz cavernosa al teporocho.

— ¿Quieres que te muestre a dónde te vas a ir si sigues así?

El teporocho sólo atinará a mover afirmativamente su cabeza.

Aquel lo tomará de la nuca y lo pondrá bruscamente en pie, colocará los binoculares frente a su cara y le mostrará el vórtice. Eso ya lo recuerdo con más nitidez.

— ¿Lo ves? ¡Derechito al infierno!

El teporocho siguiría gimiendo desconsoladamente.

— ¡Así que pórtate bien! —le dirá mientras le dará un par de ligeras bofetadas, se despedirá y se dirigirá a casa.
En las afueras de la ciudad, allá por el libramiento a Saltillo.

— Oye, este desgraciado no trae ni un quinto, ¿qué le hacemos? ya casi amanece.
— Pos ya estuvo bueno de andarlo paseando, vamos a dejarlo por ahí, ¿no?
— ¡Eit, tú, sope!, ya estuvo suave, ¡bájate aquí!
— Oiga, pero ¿cómo me voy a regresar a la casa?, no puede dejarme aquí en la carretera…
— ¡Ah! ¿que no podemos? ¡Ja! Míranos.

El par de gorilitas me tomaron de la camisa y me tiraron al piso.

— ¿Ya ves que sí podemos?
— Ahí te ves, y pa´ la próxima cárgate tu cartera. Sope.

Tuve que caminar cerca de cinco kilómetros para llegar a una casita abandonada y tomar agua. La casa estaba algo retirada de la carretera, así que aproveche para dormir un rato, tenía casi veinticuatro horas despierto.

Mientras, aquel llegó a mi casa con mi cartera y todas mis cosas. Regresó las pilas al equipo de sonido de mi hermano, lavó la cantimplora y guardó la lámpara de infrarrojos, los binoculares los dejó sobre el escritorio.

Se quedó dormido. Al día siguiente se levantó, tomó un baño y se afeitó. Revisó el correo electrónico y vio la fecha: Sábado 5 de Julio de 1997. Todo correcto. Imprimió la última tontería que había escrito y la dejó por ahí. Empezó a ordenar los papeles que me había aventado la contadora y por descuido los colocó sobre el escrito que iba a llevar al taller de literatura. Mi hermano le pidió la camioneta por el fin de semana y accedió a cambio de que él le entregara la papelería a mi contadora, le quedaba en su camino. Después de haber pasado por todo eso se convenció a sí mismo que todo estaba arreglado o, en el mejor de los casos, que había sido un mal sueño, pero…

Por mi parte, había dormido casi todo el domingo, estaba muerto. Atardeció de nuevo y decidí pasar la noche ahí. Hoy, lunes por la mañana, tuve que conseguir un aventón para poder llegar a mi casa, todo sucio, sin dinero, con la barba de casi dos días. Recordé que ayer fueron las elecciones y aunque hubiera querido ir a votar no hubiera podido, no traía ni mi cartera. Pero ahora yo sabía cómo arreglar las cosas, sabía dónde buscar las soluciones en la red, después de todo estaba el caché del navegador, ahí buscaría las direcciones que había usado aquel hace dos días. Sabía exactamente qué debía hacer. Yo sí arreglaría este problema…

Llegué a la casa, mi hermano iba de salida.

— Nos vemos el domingo en la noche —se despidió.
— ¿Cómo? Oye, ¿A dónde? —pregunté desconcertado viendo que se subía a mi camioneta.
— ¿Ya te vas hacer para atrás? Te pedí la camioneta para ir a una fiesta al rancho de mi novia, que ¿no te acuerdas?
— ¿Y te vas a pasar toda la semana en su rancho?
— ¡No! me regreso mañana, mañana domingo.
—  ¿Pues, que no es lunes hoy?
— ¿Cómo andas, wey? hoy es sábado. ¡Tú siempre en la luna!
— ¡Ah!, ¿Y por qué llevas eso ahí?
— ¿Esto? Es tu papelería, me pediste que se la entregara a tu contadora. Oye, ¿pues qué te pasa? ¿Andas volando alto o qué pex? —hizo el ademán de fumar un cigarro.
— Mmh, no sé, me siento… raro. Como si algo me faltara… —dije sumamente distraído y pensando en un Deja vu.
— Que indirecto, ya sabía que no se te iba a olvidar; aquí están los cincuenta pesos que me prestaste el lunes. Toma. Oye, yo pensé que ya te habías bañado. ¿Por qué hueles a ajo?
— No lo entenderías.
— Mientras no huelas a-jo-to, está bien. Nos vemos el domingo.
— Te veo el sábado…
— ¿Qué?
— Olvídalo.
— Júralo.

Cuando recordé que no había nadie en casa ya era tarde, mi hermano se había marchado en mi camioneta. Por fortuna sí traía mis llaves. Abrí y me dirigí a mi cuarto. Y ahí estaba el muy desgraciado aquel usando mi computadora. Lo primero que se me ocurrió fue darle un buen coscorrón. Y se lo di. Inmediatamente empecé a sentir un mareo.

— ¡Oye! ¿Por qué me pegas? ¿Tú quién eres? —me preguntó el muy tonto.
— ¿Qué fecha es hoy?
— Sábado…  5… de Julio… de 1997 —me contestó sumamente desubicado.
— ¡Ya lo esperaba! para mí hoy es Lunes 7 de Julio —dije mientras me sentaba en la cama.
— ¿Cómo entraste a mi casa? ¿Quién eres? —siguió cuestionándome.
— ¿Para qué te haces tonto? —le mostré mis llaves— ¿No me reconoces?
— ¿Mi hermano gemelo? —preguntó mientras me arrebataba el llavero.
— ¡Claro que no! soy tú, sólo que… que… vengo del futuro… —sin estar muy convencido yo mismo se lo dije.
— Ajá, mejor una de vaqueros, ¿no? Sí, estás igualito a mí salvo por la barba y lo maltratadito.
— Es de dos días, es decir: desde anteayer, que para ti es hoy, no me he rasurado.
— Cierto, me rasuré ahorita en la mañana. Pero igual y no te creo.
— Olvida eso. Necesito que hagamos algo hoy.
— ¿Qué quieres? Oye, si vienes del futuro, ¿quién ganó las elecciones de mañana? dímelo, tú vienes de ahí, ¿no? A ver, a ver —me preguntó queriendo pasarse de listo.— ¿Para qué quieres saber si ni siquiera fuiste a votar?
— ¿Qué? Yo sí voy a ir a votar, ¿qué te pasa?
— Créeme, no irás. Yo lo sé. Ahora pon atención… Mira, sope, estamos dentro de un desplazamiento atemporal concéntrico, mejor conocido como bucle en el tiempo, es algo así como una espiral viciosa…
— Ajá. ¿Y cómo tú eres yo? si yo no soy tan naco como para decir “sope”.
— ¡Oye! pon atención, esto, si no lo arreglamos, nos hará pasarnos una eternidad en este bucle, ¿me entiendes? ¡Una eternidad!

 

Samuel Carvajal

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