Utopía Verde

2015

— ¿Porqué una secuencia de genes no puede declararse propiedad intelectual?

— No se puede patentar algo que usted no creó. Solo lo descubrió.

— No me supe explicar, señor Ministro: esta secuencia de genes fue creada en nuestro laboratorio, no existía hace seis meses.

2025

Como un enjambre de abejas africanizadas huyendo de su cautiverio, la nube de mosquitos Aedes  salió de sus criaderos. Pero no ocurrió debido a una equivocación o negligencia, fue un acto deliberado. Las cajas de plástico se habían abierto de par en par y la gran nube se dispersó rápidamente en el aire. Fue la negra columna de humo de un incendio infernal que a los ojos de cualquiera en ese momento habría parecido solo un petardazo.

— Ha estado lloviendo mucho, no tardarán más de unas cuantas semanas en reproducirse.

— No se, ha habido casos de dengue hemorrágico y están fumigando. ¿Qué va a pasar si los matan a todos?

— ¿Alguna vez la humanidad ha podido exterminar alguna plaga?

— La viruela ya no existe y fue una plaga en su momento. El esquema de vacunación  la erradicó.

— Confundes las cosas, querida –Rió mientras encendía un cigarro dentro del laboratorio— Estos mosquitos son el esquema de vacunación, no la plaga.

2040

El transporte colectivo levitaba a pocos centímetros del césped, sin hacer más ruido que el de la brisa que desplazaba por sus costados. Sobre la cinta del andador peatonal una jauría de perros policía patrullaba el barrio y uno de ellos se detuvo a escanear las placas del colectivo que pasó a su lado, para luego continuar olisqueando cada muro, cada toma de agua y cada pórtico que se encontraban iluminados por el sol de la tarde.

Dentro del colectivo un niño de tres años estaba sentado en el regazo de su madre, y no dejaba de ver al hombre de piel verde sentado junto a él, vestido con chaqueta y pantalones hechos de una fibra translúcida que hacía cincuenta años hubiera dado la impresión de ser plástico. El hombre no tenía la mirada perdida como el resto de los pasajeros, sino que observaba la jauría de perros, que rodeaban a un anciano vagabundo y agitaban sus colas-antena mientras lo reconocían.

El niño no dejaba de mirar al hombre de piel verde, era el primero que veía en su vida.

El hombre de piel verde giró la cabeza y se encontró con los ojos claros e inquisitivos del niño, que tenía la boca entreabierta mientras lo observaba.

— Hola. ¿Soy el primer AutoT que ves?

— Disculpe a mi hijo, es la primera vez que sale de la casa. ¡Niño, no veas al señor, es de mala educación!

— Está bien, no me incomoda –Sonrió—Vas a ver muchos más como yo conforme crezcas, ve acostumbrándote.

La madre sonrió de forma nerviosa.

A diferencia de su retoño, a ella no le parecía una curiosidad: le incomodaba el aroma a epazote y albahaca que el tipo sudaba. Le incomodaban los cloroplastos conviviendo en pecaminosa simbiosis con las mitocondrias de sus células, exhibiéndose en la superficie de su piel. Le incomodaba lo negro de su vello corporal y sus ojos. Le incomodaba sobre todo saber que los AutoT no comían lo mismo que las otras personas, que aunque sudaran no sentían nunca sed porque absorbían el agua del aire. Le incomodaba que no fueran como la gente normal, como ella, como su hijo y como el resto de los pasajeros del colectivo.

El vehículo hizo una parada y el hombre verde descendió en el parabús cercano a un alto y lujoso edificio de oficinas, cubierto de celdas solares (“igual que él” pensó la mujer al verlo bajar)  donde una gynoide de rostro asiático lo saludó al verlo llegar, y lo siguió al interior del edificio, tragados por las puertas automáticas.

La mujer bufó y más de uno de los pasajeros le dirigió una mirada de aprobación o un asentimiento frío con la cabeza.

Porque lo que más le incomodaba a la gente normal, era que los AutoT eran todos pertenecientes a una minoría: los hijos de la gente rica.

En estos días, ser un AutoT  – longevo, inmune a la vejez, al frío, al hambre o a la sed – era un privilegio que pocos podían pagar.

Los pasajeros continuaron su viaje, flotando sobre el verde de la avenida, pasando por delante de los jardines colgantes en las fachadas de los edificios del distrito comercial, donde el trino de las aves que anidaban en ellos, un cielo azul y limpio, un aire sin smog y nutrido por la energía solar, eran la norma.

Más allá de los edificios lujosos, empezaban los suburbios, a donde la mayoría de las personas del colectivo se dirigían. Allí donde las jaurías de GM-cyberdogs se aseguraban de que la tasa de crimen se mantuviera en ceros, donde los niños podían cruzar la calle sin prestar atención porque los frenos magnéticos de los colectivos flotantes frenarían al instante, donde junto a cada casa había dos árboles frutales propiedad del estado, en los que se cultivaban fármacos y enzimas bajo las cáscaras de las mandarinas y los limones.

La mujer y el niño descendieron en su parabús y caminaron bajo los últimos rayos de la tarde en dirección a una vieja casa de concreto, con una bardita incrustada con piedras de río. La reja de estilo francés se abrió, un androide que aparentaba treinta años los recibió con una sonrisa.

— Hola Mary. Hola campeón, tu abuelita te está esperando. –El niño se apresuró en recorrer la banqueta de concreto hasta la entrada principal, donde una mujer octogenaria lo esperaba con los brazos abiertos, y lo levantó en el aire ayudada por un exoesqueleto oculto discretamente bajo su ropa.

— Le traje pan a mamá, ¿puedes llevarlo a la cocina y hacernos unos molletes, Rob?

— Gracias, claro que si. ¿Qué pasa? ¿Tuvieron algún problema en el viaje para acá?

— No, nada… bueno… había un hombre verde, un AutoT sentado junto a nosotros y pues… me sentí incómoda.

— Entiendo. Hace unas décadas a la gente le molestaban los androides como yo. Es comprensible, es el temor a lo desconocido. Pero los AutoT’s son personas, como tu Mary. Y como la señora y el niño.

Esa noche Mary, su madre y su hijo cenaron molletes preparados por el androide de la casa. Luego se acomodaron en la sala y recibieron una videollamada de la hermana de Mary y ella les mostró videos de su viaje por el Partenón, las islas Cyclades y el negocio de comida mexicana que acababa de inaugurar con sus hijos en Grecia. Luego el androide – a quien la madre de Mary llamaba Rob – reprodujo varias piezas de Chopin en un piano holográfico, para después tocar en una guitarra las canciones que la abuela había cantado en su juventud.

— ¿Fuites cantante agüelita? –El niño abrió sus ojos desmesuradamente, como si hubiera descubierto una nave espacial llena de marcianos en el sótano.

La anfitriona sonrió y canturreó con voz cascada una vieja balada. Se disculpó por la mala afinación y con un gesto de su mano, ordenó a Rob que transmitiera una grabación de principios de siglo en el muro-pantalla de la sala.

— ¿Me permite esta pieza? –Rob sonreía extendiendo su mano hacia Mary, que al principio no supo como reaccionar. Su madre se puso de pie y cargó de nuevo al niño, bailando con él al ritmo de la música. El niño empezó a reírse, y Mary se dejó llevar.

Rob era un magnífico enfermero con su madre, experto mecánico, plomero y electricista; un excelente cocinero, virtuoso en cualquier instrumento musical, además tenía un torso y brazos musculoso que literalmente habían sido modelados a mano, y unos ojos cálidos y castaños. Se apretó a él y suspiró sonriendo para después morderse el labio inferior echando a volar su imaginación.

Si al menos no fuera un robot… ¡Pero que diablos! No tenía que ser humano para echarse un buen palo con él si se lo ordenaba.

Y lo mejor de todo es que no tendría que hacerle el desayuno al día siguiente. Él se lo llevaría a la cama.

2085

La nanobots de la torre de cerámica y proteína repararon los tragaluces tan rápidamente que pudo ver como crecía la película transparente desde el marco hacia el centro, fluyendo como un líquido inteligente, cubriendo los agujeros que el granizo había causado unos minutos antes.

A sus pies las esferas rugosas de hielo, tan grandes como sus puños, eran engullidas por una docena de robots de limpieza, que pululaban chismeando y emitiendo señales entre ellos y el cerebro del edificio. Los pedacitos de proteína rotos también fueron devorados en segundos y llevados al sótano, donde la unidad de reciclaje los estaba esperando.

— El planeta está furioso con nosotros. –Dio media vuelta y caminó de regreso al jardín interior, donde un sillón de imitación tercipelo rojo lo esperaba. Al verlo entrar, el sillón giró moviendo sus patas silenciosamente y se inclinó hacia delante — No tienes que hacer eso, no soy un anciano.

— ¿Pasa algo malo, Marcus? –La gynoide apareció como una Venus rubia, desde atrás de los helechos.

— La granizada de hace unos minutos. No había visto una así en toda mi vida.

— No hubo heridos y los daños materiales ya fueron reparados. No hay de que preocuparse.

— ¿No? Comunícame con Ivanna de inmediato.

— Son las tres de la mañana en Hong Kong…

— ¿Desde cuando los gynoides pueden contradecir a los seres humanos? Llámala, no creo que esté dormida. ¿O ya no puedes diferenciar entre el daño que causa despertar a una persona y matar a tu patrón de un coraje?

—  No es necesario que me insultes. La llamaré en este momento.

El sillón se reclinó un poco, amoldándose al delgado contorno de su ocupante y volvió a girar para dejarlo de frente a una cascada de agua que caía de forma laminar  delante de un muro de rocas cubiertas de musgo, flanqueado por enredaderas de maracuyá en flor, a las que colibríes y abejas polinizaban.

En el aire perfumado, se empezó a escuchar un concierto para corno francés compuesto por Bjelinski y sobre la cortina de líquido apareció una mujer rubia platinada de edad madura, vestida con una exopiel naranja, de pie en medio de un cilindro hecho de luz sobre el que movía las manos como si quiera atrapar elusivas moscas invisibles.

— Mi querido Marcus… buenos días… o tardes, no se ya… ¿A que debo el honor?

Marcus rió y dirigió una mirada despectiva a la gynoide que estaba de pie a su lado. Ella no se inmutó, tenía un perfecto gesto de tahur en mesa de apuestas. A Marcus tampoco le importó lo que pudiera sentir, él había estado en lo correcto. — Dame buenas noticias, Ivanna. ¿Cuándo vas a mandar a los albatros?

La mujer rió exhalando una sorna que le era imposible evitar. — Las secuencias no están terminadas. No será este año, querido, tal vez el próximo. Y yo estoy bien, gracias por preguntar.

— Desde aquí puedo ver que estás muy bien, mi amor.

— ¿No estamos muy viejos para el acoso sexual, Marcus?

— Manda esos albatros y te enseñaré en persona si estamos muy viejos o no, preciosa.

— El próximo año.

2086

El año nuevo fue recibido por un vórtice polar sin precedentes. Las ciudades que casi todo el año eran verdes y floridas desde sus vacías carreteras de césped hasta los bosques que crecían en las fachadas de los edificios desocupados, estaba cubiertas de un manto blanco. Las temperaturas bajo cero duraron todo el mes de enero y febrero, pero las plantas tropicales de exteriores no se secaron ni murieron, solamente hibernaron respondiendo a su programa genético.

Cuando llegó el deshielo y los canales de cerámica que corrían bajo la ciudad llevaron el agua a las plantas de tratamiento automatizadas, a los ríos de agua cristalina y finalmente al mar, la ciudad tardó unas pocas horas en florecer de nuevo.

Los autómatas de rostro y cuerpo humanoide se asomaron por las ventanas despejadas y claras de los edificios, se saludaron alzando la mano, intercambiaron sus anotaciones de las novedades acontecidas en sus moradas y almacenaron la información en los cerebros centrales de cada ciudad del mundo.

El invierno había dejado un saldo de casi tres mil muertos a nivel mundial en las ciudades a su cargo, por lo que la población de citadinos era ahora de un poco más de trescientos millones de personas. Respecto a los nacimientos, se habían registrado un centenar, pero todos habían sido de AutoT’s y se habían tomado las medidas acostumbradas.

La primavera llegó y con ella vino desde el mar una bandada de albatros. Enormes pájaros de largas alas blancas y rígidas, que planearon hasta llegar a la ciudad donde Marcus, una docena de personas y decenas de miles de autómatas convivían escasamente.

— Abre los tragaluces y enciende los secuenciadores. –Marcus caminaba presuroso hacia el elevador, con un ánimo que hacía años no sentía. El edificio respondió atendiendo sus órdenes de inmediato.

Tres aves entraron por el tragaluz principal y se posaron en el suelo, como enormes aviones níveos de gran nariz. Marcus hizo una seña y los animales caminaron ordenadamente detrás de él. Atravesaron juntos la película desinfectante que cubría la entrada al laboratorio, de textura similar a una pompa de jabón, y Marcus señaló un compartimento similar a una incubadora en la que las aves se acurrucaron a descansar.

Las tinas de plasma empezaron a bullir con oxígeno y nutrientes. La sangre de los albatros fue muestreada, lo suficiente como para no matarlos, y junto con sus glóbulos y plaquetas, los preciosos virus que contenían las secuencias creadas por Ivanna, comenzaron a reproducirse.

Ahora solo tenía que ser paciente.

2090

Ivanna murió a principios de año.

Meses antes había viajado en un entomóptero hasta París, donde Ivanna y él bailaron su último tango junto a un Sena crecido, al compás de un Gabanelli y las voces de autómatas que eran copias fieles de Carlos Gardel y Libertad Lamarque.

Habían bailado, cenado, bebido y visto el atardecer del día y de sus vidas, recordando viejas secuencias de aminoácidos, formas caprichosas que habían surgido de sus mentes y de sus manos, bebés animales y vegetales que habían nacido muertos o estériles y regresado a las tinas de enzimas para ser reciclados en formas de vida más exitosas.

Habían bailado juntos la danza de la vida y de la muerte al compás que habían querido, y ese placer superaba cualquier orgasmo que se hubieran podido regalar sobre el césped de Champs-Élysées.

Y finalmente, habían roto las barreras de la distancia para completar el último y más ambicioso genoma que hubieran soñado, un proyecto que enmendaría el camino que hacía tanto tiempo se había desviado… o al menos ahora al paso de las décadas, eso creían.

Ivanna había muerto, como todas las cosas vivas tienen que morir, aunque tengan el poder de volverse inmortales, y de acuerdo a su última voluntad, no fue cremada según la usanza de los androides, sino entregada al reciclador en el que muchas de sus creaciones fallidas y desperdicios habían encontrado un nuevo propósito.

Marcus revisó de nuevo las secuencias que los virus habían replicado una y otra vez, a lo largo de dos años, dedicó los meses del verano a correr pruebas, al menos en células madre y en el simulador. Estaba seguro de que tendría éxito.

Cuando la primavera volvió al hemisferio, los drones de las fábricas comenzaron a llegar: venían de diferentes partes del país, de fábricas eficientes dedicadas a perpetuar la existencia de las ciudades y sus instalaciones, maquinando refacciones y sintetizando componentes. Marcus tenía suficiente crédito y autorización para gastar una enorme cantidad de recursos en el diseño y elaboración de las piezas del exoesqueleto que estaba construyendo.

De todas formas, con tan pocos seres humanos habitando las ciudades y haciendo pedidos, y la enorme disponibilidad de materias primas y tiempo, el costo de hacerlos era mínimo.

— ¿Cuál es la finalidad de ese aparato?

— Que te importa –Respondió fríamente a la gynoide rubia, que no se inmutó, aunque podría haber apostado que su sangre artificial había subido un par de grados centígrados.

Después de que fuera ensamblado por Marcus y los brazos mecánicos del laboratorio, lo mantuvo encerrado durante varias semanas mientras Marcus se acostumbraba a maniobrarlo en espacios reducidos y a aprender a caminar con él, a manipular los objetos y a dominarlo como una extensión de su cuerpo.

Para cuando llegaron las mariposas monarcas y tiñeron la ciudad de naranja, Marcus estaba listo para emprender su viaje.

En vez de utilizar el transporte aéreo, decidió meterse al exo esqueleto y caminar hasta el aeropuerto. Eran cincuenta kilómetros por la vacía avenida principal, pero había tiempo de sobra y quería echarle un último vistazo a la ciudad antes de partir.

Los sonidos de las calles que eran producidos por el canto de los insectos, el aleteo de las aves y el rumor de las centrales eléctricas, fue interrumpido por un galope hidráulico, acompasado y rítmico cuando una forma humanoide de tres metros del altura cruzó corriendo por la calle.

Los pocos habitantes humanos que aun quedaban en la ciudad, se asomaron por las ventanas, interrumpiendo sus vidas monótonas en espera de la muerte. Una ciudad sin niños, llena de viejos descansados y ociosos, que sintieron su corazón latiendo de nuevo.

— ¡Ahí va Marcus, el loco! –dijeron sonriendo, con los ojos brillantes y húmedos de emoción, alzando la mano para despedirlo al verlo pasar por la calle, y hablaron de ese día durante mucho tiempo.

Los androides y gynoides, solo registraron su paso como un evento más, sin decir una sola palabra.

Marcus llegó al aeropuerto animoso.

El exo esqueleto respondía a la perfección en modo automático, guiado solo por sus pensamientos, y haciendo el cambio a modo manual cuando él lo pensaba..

Las compuertas del aeropuerto de carga, que no se había utilizado hacía años, se abrieron delante de él pausadamente. La báscula registró el peso y se calculó el precio del flete. Aunque había pasado tanto tiempo, el programa seguía corriendo de forma precisa y ordenada.

Un jet entomóptero de carga avanzó por la pista al encuentro del transporte que llevaba al exo esqueleto y a Marcus en su interior. La rampa se abrió y con un ligero sobresalto, Marcus fue cargado dentro del vehículo.

El despegue fue decepcionante. Se imaginó que por ser un vehículo de carga no diseñado para llevar pasajeros humanos, viviría un despegue ruidoso y movido como en los primeros días de la astronáutica siglo y medio antes, pero no fue así. El artelecto volador se comunicó con él e incluso le ofreció agua y fruta para que no pasara hambre en las siguientes ocho horas de vuelo hasta Brasil. Marcus los aceptó con frialdad.

La mayor parte del tiempo durmió y tuvo sueños verdes. No estaba seguro de que significaba todo lo que había visto, pero el verde había predominado: verde clorofila, verde fitoplancton, verde como limones que nunca maduraban, como la piel de los AutoT’s.

Cuando el jet aterrizó en el aeropuerto de Joâo Pessoa y el transporte llevó a Marcus y su enorme traje a la bahía de carga, ya había alguien esperándolo.

— Bienvenido señor Marcus. –El androide moreno que aparentaba ser un chico de quince años alzó su mano sonriendo cordialmente.

— No solicité escolta –No esperaba la presencia de ninguna persona artificial para acompañarlo. Pero había doce mil seres humanos en Brasil y dos millones de androides y gynoides para atenderlos, así que designar una sola unidad para recibirlo no era de ninguna manera descabellado. — No será necesario.

— Los compañeros de su domicilio nos dijeron que vendría, estoy a sus ordenes para lo que se le ofrezca. ¿Cuál es el motivo de su visita? Dígame en que le puedo servir.

Marcus sonrió torciendo la boca. ¿Cuándo habían desarrollado acento los androides locales,  que deberían hablar en otro idioma con toda la corrección y fluidez de un académico? ¿Y porqué lo cuestionaba si ya le habían informado de su viaje? – Eres muy preguntón. ¿Eres agente de migración?

— Me dijeron que vendría como turista, en viaje de placer. ¿Qué clase de turismo le interesa? ¿Arqueológico? ¿Ecológico? ¿Sexual? Solo quiero serle útil.

Marcus dejó de sonreír. Meditó unos segundos y después abrió la carlinga del exo esqueleto, mostrándole su rostro al androide. La semilla de una improbable desconfianza se abrió y sus tímidas raíces se afianzaron en el corazón del hombre.

—Quiero conocer los varaderos y ver la colonia de AutoT’s.

El transporte flotante llevó al chico y a Marcus hasta las cercanías con el mar, donde los edificios se habían transformado en terrazas inclinadas por las que corrían cascadas de agua, rebotando y salpicando sobre lo que parecían pesadas rocas ovaladas y lisas de color verde alga, rocas que cubrían lo que antes habían sido avenidas y calles, hasta llegar al mar.

Sólo que no eran rocas.

Se movían lentamente, todos bufaban sin cesar en bajas frecuencias inaudibles para Marcus, vibrando sus cuerpos obesos de vivir tragando sol, plancton y aire húmedo, moviendo apenas los ojos, pies y manos vestigiales que había bajo capas de piel y grasa.

Eran millones de ellos, tirados bajo el sol y sobre la costa de Brasil a lo largo de kilómetros en un descanso plácido que no podía perturbar nadie.

Y era así en todas las costas tropicales del planeta Tierra donde el clima era siempre soleado y agradable.

En eso se habían convertido los AutoT’s.

En eso se había convertido la humanidad: Seres que no conocían el sufrimiento, protegidos por una exopiel que les daba no solo protección sino agua y alimento, defendidos de las enfermedades por su programación genética, sin depredadores naturales, sin tener que competir porque había abundancia de recursos y compañeros sexuales, longevos; y en caso de sufrir un accidente, siempre procurados por un ejército de personas artificiales con exceso de tiempo libre, esclavos igual de autosustentables que ellos.

— Me gustaría ver más de cerca –Marcus señaló una angosta banqueta de piedra que decoraba una parte de la playa y la recorría a modo de sendero entre palmas. Dijo esto y el exo esqueleto empezó una cuidadosa marcha entre los enormes cuerpos verdes que en su mayoría dormitaban al sol conversando entre sueños con sus vecinos.

— Tenga cuidado, señor. Es difícil que los lastime, pero no los incomode. –Detrás de Marcus, el muchacho androide no podía ocultar su angustia…

Caminó por casi una hora, rodeando los cuerpos que invadían en sendero, saltando de repente entre ellos, bajo un cielo azul impoluto y sin nubes, y se ubicó cerca de lo que hacía décadas había sido la estatua de una sirena montando un caballo de mar. Marcus puso su mano mecánica en la efigie erosionada y sonrió amargamente.

— Una mujer con cola de pez. Fue la fantasía de los marineros por siglos, hasta que llegó la biotecnología. La transgénesis… y los muñequitos artificiales como tu, por su puesto. — El chico con un gesto amargo y desvió la mirada incómodo—Toda la vida los humanos quisimos hacer realidad nuestros sueños, y ahora que lo logramos, que erradicamos la enfermedad, la vejez, el hambre, la necesidad de trabajar, de luchar entre nosotros… ¿Qué nos queda?

— Paz, señor Marcus. –Respondió su guía.

Marcus suspiró y dejó los mandos en pausa. Abrió la carlinga y el exo esqueleto se encuclilló para que el pudiera descender. Una vaharada de algas podridas, feromonas, menta y aceite de coco inundaron sus fosas nasales. El aire húmedo y los rayos UV que chocaban contra su piel desnuda le causaron una sensación placentera que había olvidado en sus años encerrado en el edificio protegido del frío del invierno.

— Si, tienes razón. Ya no hay conflictos. “El sol sale para todos” ahora si, ¿verdad? –El muchacho pareció entender el sentido metafórico y literal de la frase un poco tarde (cosa curiosa, ¿no se supone que todos los androides comparten todas las bases de datos del mundo?) – No debería ser tan aprehensivo, ¿eh? A eso vine, a tomar un poco de sol, ver como van las cosas. – Marcus giró la cabeza y guiñó hacia el exo esqueleto.

Unos segundos después, algunos mosquitos Aedes se posaron en los brazos, rostro y piernas descubiertas de Marcus. El androide que lo acompañaba se acercó a el con la intención de espantarlos—Déjalos, solo están tomando un poco de lo que necesitan. No me voy a enfermar de nada, ya nadie se enferma ¿o si?

— Pensé que le incomodarían…

Los mosquitos perforaron la piel, inyectaron su anti coagulante, sorbieron la sangre para llenar sus vientres hasta que tomaran un color rojizo, y se dispersaron volando entre la multitud de AutoT’s que continuaban su soporífera y plácida existencia, indiferentes a las picaduras de los insectos, y a mezclar su sangre con la de Marcus.

Marcus visitó varias playas más en una de las regiones mas pobladas del mundo. Su viaje turístico se prolongo durante varias semanas. Obtuvo un ardor que disfrutó de forma masoquista, impidiendo que los esclavos artificiales de la humanidad lo curaran, cosa que a más de uno le extrañó, pero al no poner en riesgo su vida, se lo permitieron. No era la primer filia humana que los androides y gynoides le consecuentaban a sus creadores.

Cuando el verano estaba llegando a su fin, Marcus abandonó el país sin gran ceremonia, aunque entre los autómatas ya había cobrado cierta notoriedad. A pesar de que incluso entre algunas personas su peculiar aventura había despertado curiosidad, nadie se animó a imitarlo y continuaron en su rutina, pasando de ser el tema de moda, a ser “un viejo aburrido más”.

Marcus regresó a tiempo para celebrar su cumpleaños número cincuenta, incluso recibió llamadas de algunos de sus vecinos que vivían en otros edificios. Su asistente personal le hizo una tarta de membrillo con anís “del modo tradicional” y no en la impresora de alimentos. La tarta estaba realmente buena. Y Marcus Hache, que para ese entonces ya no tenía ningún familiar con vida y ningún amigo vivo, sintió por primera vez en mucho tiempo que su vida había valido la pena.

2099

— No lo entiendo –Marcus observaba las gráficas del secuenciador de cromosomas, en un patrón complejo lleno de espirales, números y letras.

— ¿Puedo ayudarle en algo?

— No es de tu incumbencia…

— Usted es mi empleador, todo lo que pueda matarlo de un coraje es mi de incumbencia. Lo noto muy alterado –A pesar de sus palabras, parecía muy calmada.

— ¿Ha cambiado la tasa de natalidad de AutoT’s?

— Usted sabe la respuesta. La tasa se ha mantenido tan estable como en los últimos veinticinco años. La tasa de nacimientos de humanos no AutoT’s sigue en cero, si es lo que pensaba preguntarme.

Marcus la miró de nuevo de pies a cabeza. La gynoide que había sido su asistente toda su vida profesional era la misma de siempre.

— ¿Sabes que es esta secuencia de cromosomas? –Marcus señaló la imagen tridimensional que se proyectaba en medio del jardín.

— Si.

— ¡¿Saboteaste mi proyecto, puta?! –La gynoide dio un paso hacia atrás al ver que Marcus estallaba en cólera y arrancaba la rama de un arbusto que tenía a la mano con intención de golpearla— ¡Arráncate la cabeza, es una orden!

— N-No… Por favor… no lo haré

Marcus gritó y volteó el sillón de terciopelo, que se quedó agitando sus cortas patitas en el aire. Un robot de limpieza apareció reptando rápidamente para ayudarlo a levantarse y Marcus lo pateó tan fuerte que lo mandó a volar hasta la cascada, donde chapoteó inútilmente tratando de salir a flote, para luego hundirse resignado. Otro robot de limpieza ya estaba recogiendo las hojas caídas del arbusto y uno mas limpiaba la tierra esparcida en el suelo. Marcus volteó una maceta más y le dio un pisotón al robot de limpieza que se ocupaba de ella, pero este se movió bajo su pie haciéndolo perder el equilibro. Marcus cayó y se golpeó la cabeza en el suelo suficientemente fuerte, como para que se le abriera la ceja y manara su sangre.

Su asistente se abalanzó sobre él para tomarlo por debajo de los brazos e incorporarlo, sentándolo en el sillón rojo que ya había recuperado la vertical y se había colocado detrás de él.

— ¿Porqué? –Marcus lloraba de rabia y frustración. — Eres mi asistente. ¿Por qué me traicionaste?

— No puedo permitir que por inacción dañes a ningún ser humano… Intentaste reescribir el código de los AutoT’s. Esa secuencia pudo haberlos vuelto estériles y extinguir a la humanidad…

— ¡Ivanna y yo solo queríamos que volvieran a nacer niños humanos de verdad en la Tierra! ¡Ellos no son humanos! ¡Son ballenas que duermen, follan y vuelven a dormir! –Marcus se cubrió la cara, incapaz de soportar el desengaño y la vergüenza. — ¡No tienen cultura, ni ambiciones, ni tiene sentido su vida!

— Durante siglos los seres humanos pensaron que las ballenas y delfines eran animales simples. Pero cantaban y tenían un lenguaje tan complejo, que nunca pudieron entenderlo. Ahora todas las ballenas están extintas y su cultura se perdió para siempre.

— ¿Porqué me dices eso?

— Los AutoT’s tienen una cultura diferente a la de los pocos humanos no manipulados que quedan, pero siguen siendo seres inteligentes. Los androides que los protegen nos cuentan sobre las historias y las canciones que cantan en frecuencias inaudibles para ti, pero no para nosotros. ¡Liberados de sus necesidades, los AutoT’s todos se han convertido en artistas!

— ¿De qué sirve la inteligencia en un mundo estable y sin retos? ¿Cuántas generaciones pasarán antes de que se conviertan en animales idiotas?

— No puedes predecir eso. Solo podemos seguirlos protegiendo a todos por igual.

— Estábamos destinados a las estrellas… debimos dejar este mundo y poblar la Vía Láctea, ¿O estamos condenados a que el universo nos olvide?

La gynoide se hincó a un lado de Marcus y el sillón se inclinó hacia ella de manera que pudiera abrazarlo y recargar la cabeza del hombre en su pecho tibio. Le acarició el poco cabello canoso que aun tenía y habló en voz baja: — Desde hace cien años han estado mandaron robots a Marte y otros planetas del sistema solar. Sondas inteligentes viajan hacia Alfa Centauri y la nube de Oort en este momento. El universo no los olvidará. Deja de atormentarte Marcus. Descansa…

3099

La Tierra era un paraíso donde la huella de la revolución industrial había sido borrada.

Manadas de apacibles criaturas verdes nadaban en todos los mares, viviendo de la luz solar y los minerales disueltos, multiplicándose en paz, cantando canciones para los oídos vestigiales de los infantes que se gestaban en el vientre acuoso de sus madres.

En tierra, seres delgados y gráciles a veces conversaban a la distancia con las criaturas del mar, les contaban cosas que no terminaban de entender, pero igualmente les agradecían el estar siempre atentos a ellos, como amigos de vidas pasadas que se encuentran después de cada reencarnación.

En la Luna, se recibió una transmisión de las colonias en Europa y Ganímedes: Se había logrado reproducir en cautiverio a una de las extrañas formas de vida que se habían  descubierto hacía unas décadas en los océanos helados de aquellas lunas. Todos los cerebros artificiales del sistema solar habían colaborado para descifrar las secuencias de los patrones de luz que emitían ante diferentes estímulos y, aparentemente, por fin sería posible comunicarse con ellas.

Más allá de la nube de Oort, una sonda orgánica, artificial y muy antigua registró por primera vez arcaicas señales de radio. Le tomaría varios años descifrar su significado: era la despedida de una raza extraterrestre que se sabía al borde la extinción.

La sonda reenvió a la Luna y a Marte la transmisión, y en dirección a la fuente, las formas de vida artificiales creadas hacía siglos por una antigua especie de humanos, respondieron con un haiku que acaban de componer.

 

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