Di mi nombre

Gracia estacionó el coche compacto con desagrado, Artemio estacionaba al mismo tiempo su lujosa camioneta frente a la casa. Bajó con rapidez asegurándose de llevar el kilo de clavos y el polvo para el piso que le había pedido el albañil. Lo menos que quería era toparse con el esposo porque de plano no lo soportaba. Entregó las cosas al hombre que trabajaba en la remodelación que ella había diseñado con detenimiento durante dos años, para crear un lugar elegante y amplio tomando como base el diseño de la pequeña casa de fraccionamiento, que habían comprado antes de casarse.

No podía negar que había amado a Artemio con toda su alma pero a causa del desapego del hombre, y aunado a no tener hijos, poco a poco todo se había ido enfriando. Seis meses le bastaron para darse cuenta que algo andaba mal, inmediatamente había acudido al médico tratando de averiguar la causa. Pero en cuanto le confirmaron que ella era saludable del todo, vio venir la tormenta. Tal como se lo imaginó, su marido nunca reconocería que no tenían hijos por su causa, mucho menos accedería a hacerse un estudio y seguir un tratamiento, junto con ella. En lugar de eso, las siguientes semanas se había paseado con cuanta mujer se le atravesó sin que los reproches de Gracia sirvieran para nada. Y así había continuado.

Ella se había ocultado en un proceso de reivindicación constante, el tiempo que no pasaba en el trabajo o mejorando la casa, se lo pasaba en oración continua siguiendo cuanta manda hubiera, rezándole a cuanto santo se atravesara, con tal de concebir un hijo sin lograrlo. Poco a poco había ido abandonando los santuarios y las iglesias para adentrarse en su muy particular modo de ver la fe sin religiones de por medio.

Fue por ese tiempo en el que aparecieron las voces. Gracia llegaba a sumergirse tanto en su ensimismamiento, que podía escuchar clara y concisamente, palabras y peticiones de otros.  Incluso recibió mensajes e instrucciones, sobre cosas que debía hacer para ayudar a alguien más, y lo había hecho con agrado. Artemio se burlaba en su cara de esas devociones, la llamaba hipócrita y falsa, cuando no acababa gritándole que estaba loca, cada vez que la encontraba en sus largos rituales de oraciones arregladas. Entonces Gracia perdía la compostura y reventaba en improperios e insultos hacia el hombre, aquella abandonaba todo estilo, elegancia o devoción para lanzarle sendas mentadas de madre al que era la causa de su infortunio. Pero luego se arrepentía y pasaba enormes sacrificios por expiar la culpa, para que Dios por fin le concediera un hijo.

Las voces, que se alejaban cada que tenía un exabrupto, entonces regresaban, la consolaban  y reforzaban diciéndole que no perdiera las esperanzas. Y eso le ayudaba a seguir con su frustrante existencia.

Habían transcurrido cinco años de todo aquello, y cada que quería hablar del tratamiento, el divorcio o la separación, el hombre se alejaba con cualquier pretexto. A medida que pasaba el tiempo, Gracia se sumergía más y más, entre la oración, el trabajo y la casa, arreglando aquello, rediseñando lo otro, y sin darse cuenta, se fue enterrando en una constante remodelación del lugar, porque era el único punto en que ella y Artemio coincidían. Pero esta tarde no quería verle ni la cara, había encontrado, entre unos documentos de él, un estudio de fertilidad que se había hecho, hacía dos años, en los que efectivamente, le informaban con lujo de detalle su problema, reiterándole que resultaría imposible que pudiera fecundar a una mujer. Lo había entendido todo de golpe, Artemio no la dejaría ir, por sus propios temores. El papel temblaba en sus manos esa mañana, una ira creciente le fue subiendo del pecho, el dolor y la frustración no se hicieron esperar. Corrió a arreglarse para el trabajo, aún con la cabeza ofuscada y confundida.

— Este cabrón se dio cuenta que dispara salvas, y se agarró tirando para todos lados… —pensó en aquel momento, mientras se bañaba a toda prisa, porque ya estaba bastante retrasada.

Se perdió entre las carreras y responsabilidades de la jornada, el encargado de la construcción le habló a media tarde para decirle que, al día siguiente, iniciarían con el cambio del piso de la recámara principal, ella se comunicó con doña Leticia, una señora que le auxiliaba cuando era necesario, para que dispusiera todo a fin de hacer en otro cuarto, una improvisada recámara, pero luego recapacitó, porque no quería pasar ni un solo momento con Artemio. Moverían absolutamente todos los muebles, y como ella ya sabía que no podía dormir en otro colchón que no fuera el suyo, le pidió a la señora que lo acomodaran lo mejor posible en el vestidor, y al señor le preparara el cuarto de visitas.

Así que al llegar a casa, intercambió brevemente unas palabras con la señora Leticia, antes de que ella se fuera, dándole el reporte del día. Artemio se quedó en la entrada del porche, hablando con el albañil sobre cómo quería algunos detalles del trabajo. Gracia parecía ahogarse con la cercanía, se retiró con premura, entró a la recámara vacía y se sintió igual que el lugar. La duela laminada estaba empalmada junto a la pared del fondo, pasó sobre ellas para entrar al baño y buscar en vano una bata para darse una ducha, lo que no realizó, y se conformó con lavarse la cara para despejarse. Estaba agotada, no sabía cómo reaccionaría Artemio, cuando le dijera lo que se había encontrado, ni qué respondería cuando le exigiera una explicación al por qué no se lo había dicho en su momento. Al salir vio desde la puerta del baño que aquel recién subía la escalera.

—Me duermo un rato, Gracia, estoy agotado —dijo dirigiéndose a la habitación de huéspedes.
—Sí, yo hago lo mismo… —respondió entrando al vestidor, porque entendió que en ese momento no se podía hablar con el hombre, y ella tampoco estaba de ánimo.

Localizó la bata en el armario, y sin pensarlo dos veces, se recostó en el colchón tirado sobre el suelo, que tenía una buena parte de la orilla torcida porque topaba con su tocador de caoba, y acomodó lo mejor que pudo las almohadas y cojines que Leticia le había dispuesto en su improvisada cama, sin llegar a más, que cubrirse las piernas con la bata. Desde esa perspectiva el vestidor se veía enorme, tres perfectas hileras, una sobre otra, separadas por una cajonera central, llegando al tope del techo de doble altura. Dos portapantalones en la base, una para cada uno, una hilera repleta de ropa de él y otra semejante de ella, en hermosos ganchos decorados, que personalmente había elaborado. Una tercera hilera, con tubo para colgar, sostenía abrigos y chaquetas para toda ocasión, coordinados y trajes formales de Artemio y vestidos de noche, guardados en fundas protectoras con las iniciales de ambos, todo distribuido uniformemente, en ese enorme cuarto de tres por tres metros, exclusivos para guardarropa, que ambos habían preparado originalmente, para que fuera la recámara del bebé. Aún se notaba bajo la blanca pintura, la cenefa de ositos casi pegada al techo, que ella había puesto, la primera vez que  se sintió embarazada; y luego pintó en un arrebato, llenándolo todo de blanco cuando le habían dado la nefasta noticia.

En la calle se oían los niños jugando, el horario de verano estaba en función, y siendo las siete, el sol aún brillaba, lo que les daba más tiempo para divertirse. Acostada en el piso del guardarropa, dejó ir su pensamiento, distinguiendo las voces de sus vecinitos, el ruido del camión de los helados, luego la algarabía de gusto.

—Esa es Karina, la nena de Myrna, y esa es Melina, su hermanita menor… Ese es Brandon, el hijo de…

Y no quiso continuar, porque le dolió hasta el alma que no fuera ella, la mamá que gritaba a su hijito que no se cruzara la calle, se sentía irremediablemente a punto de llorar. En lugar de eso prefirió estirar el brazo buscando su bolso, que había dejado caer pesadamente cuando se acostó en el colchón. Encontró el rosario de cuentas que su hermana Julieta le había traído del Tíbet, en uno de sus innumerables viajes, y empezó a decir con toda la fe del mundo:

—Estoy bien, Dios quiere que esté bien… —en su voz se oía toda la emoción que era capaz de sentir.

Los ruidos de la calle se mezclaban con el murmullo de su boca, desde la ventana superior del vestidor, empezó a correr un viento fresco que le ayudó a tranquilizarse. Una y otra vez se repetía estar bien, en cada una de las pequeñas cuentas de madera, que iba pasando entre sus dedos con fervor, amor y delicadeza.

Entonces las voces llegaron. Confundiéndose con las de los niños, cantos hermosos y frases amorosas empezaron a inundar su pensamiento, con el fondo tierno e infantil de la música del camión de los helados. Gracia se giró sobre su costado derecho, y empezó a sentirse reconfortada, cada vez que murmuraba su frase de refuerzo, su sonrisa se hacía más amplia. Las voces se hicieron más intensas y la música celestial comenzó a tener su propio sentido. Era como viajar a un lugar apacible y perfecto, en armonía con cuanto la rodeaba, con el cosmos mismo, haciéndole sentir una sensación de paz y bienestar incomparable.  Percibió como se relajaba, los gritos de la calle ya no le dolían, los ronquidos desde el cuarto del frente hacían eco en la recamara vacía, pero no le importó. Los cánticos angelicales, el murmullo del viento y las voces afables, iban completando su proceso de abstracción total.

Pero los ruidos molestos, que pensaba, provenían de Artemio, eran cada vez más fuertes.

— Este hombre, ya no sé si ronca o me gruñe —murmuró entre sus plegarias—, un día va a derribar la casa… —y sonrió.

Quiso continuar con la oración, pero una sacudida potente, a causa del supuesto ronquido,  fue tan intensa, que hizo vibrar la puerta del vestidor y la obligó a abrir los ojos.

— ¡Di mi nombre! —dijo una voz horrenda y grave en su pensamiento.

No se asustó, no era la primera vez que, entre el murmullo de voces angelicales la invadían otras, gruesas y malévolas, pretendiendo interrumpirla.

— ¡No!

Respondió con fuerza, en voz alta, de inmediato sintió, asustada, cómo dos manazas candentes la sujetaban, por debajo del hombro derecho y la cintura, y la elevaban hasta la altura donde antes estuvo la cenefa de adorno, justo dos cuartas antes de tocar el techo, recordó porque ella misma así lo había medido. Oía el ruido de la calle, los juegos de los niños, el camión de helados que se alejaba y supuso, ya doblaba la esquina. Creía estar consciente, y analizaba la situación preguntándose si en realidad estaba dormida o despierta, cuando la voz habló de nuevo.

— ¡Di mi nombre…!
— ¡No! —respondió con ímpetu, de pronto sintió cómo era azotada fuertemente hacia el colchón. Viéndose amenazada, comenzó a repetir sus plegarias entre murmullos con más intensidad.
— ¡Di mi nombre…! —la voz exigió de nuevo, elevándola por segunda vez.
— ¡No! —Gracia le dio la misma respuesta, y sintió de nuevo el azote.

Advirtió ahora el rigor del suelo, ante la pujanza de la caída, sin que sirviera de algo el colchón. Intentó llamar a Artemio y se dio cuenta, horrorizada, que le era imposible despegar los labios. Yacía boca arriba con las manos pegadas al pecho, sin poder mover las extremidades. Alucinación hipnagógica, quiso murmurar, pero no pudo. Espero un momento a que el evento pasara y se diluyera. Pero abandonó la idea del desvarío, cuando fue elevada por tercera vez, en el instante en que veía cómo alcanzaba ahora, la altura de la lámpara del vestidor. Intentó introducirse los dedos en la boca para separarla, poco a poco sintió su lengua, y comenzó a darle pequeños pellizcos mientras murmuraba el nombre del esposo.

—Ar…  te… mio, Ar…  te…  mio… —repitió varias veces horrorizada.
— ¡Di mi nombre…!

Insistió la voz y comenzó a girarla sobre su propio eje, para dejarla como si estuviera de pie, flotando en el aire mientras le gritaba, lo que Gracia pensó, serían insultos en una lengua que no alcanzaba a entender.

— ¡No! —repitió ella, a punto de reventar en llanto, con gran fuerza. Aún con los dedos sujetando su lengua. Contempló frente a sí la lámpara del techo y rápidamente extendió las manos lo más que pudo, para golpear el cristal con las uñas y comprobar que, efectivamente, estaba despierta.
— ¡Di mi nombre, perra! ¡Di mi nombre!
— ¡Nunca! —la fuerza que la elevó, la arrojó hacia atrás con furia, haciéndola golpearse contra la pared, manteniéndola suspendida.
— ¡Artemio! —pudo gritar por fin, ya llorando de pánico, pero aquel no le respondió  e intentó orar con gran necesidad— ¡Santos ángeles y arcángeles, no me abandonen…!
— ¡Di mi nombre! ¡Llámame Abaddón! —dijo la voz infernal, pero ella sólo movió la cabeza como negativa, hasta que por fin volvió a gritar.
— ¡Nunca, nunca! —lloraba con intensidad y gritaba despavorida, la voz la sacudió una, otra y otra vez, con violencia, azotándola hacia el frente, donde antes había visto los abrigos, haciéndola chocar estrepitosamente contra la pared.
— ¡Eh! —reaccionó Gracia cesando el llanto, adolorida y sorprendida, tratando de jalar aire— ¿Y los ganchos?

Un silencio enorme invadió el lugar, ni gruñidos, ni ronquidos, ni ruidos de la calle se escucharon en un segundo, que pareció eterno, pendiendo de la parte más alta del vestidor, adherida a la pared. Entonces gritó.

— ¡Chingas a toda tu pinche madre, pendejo demonio jodido! ¡Estoy soñando! —y soltó una sonora carcajada, cayendo nuevamente de golpe al colchón.

El celular sonó en su bolso, se recargó rápidamente intentando tomar aire con regularidad, para poder contestar. Su hermana Julieta le llamaba para corroborar si se encontrarían una hora más adelante, como lo hacían cada semana. Gracia accedió, y luego de colgar, volvió a su proceso de oración, sintiéndose bendecida por haber sido salvada, de algo que, no sabía con exactitud, si había sido sólo un sueño.

Se levantó, eligió algo de ropa y salió del vestidor, sólo para comprobar que, del otro lado del largo pasillo que separaba su recámara de la de los invitados, Artemio seguía roncando, cual si fuera un tractor, exactamente igual como lo había escuchado. Ni siquiera se molestaría en avisarle, ya no le importaba lo que él pensara.

Aturdida todavía, llenó la tina de baño, estaba sudada y dolorida, tenía marcas de golpes en los brazos y la espalda que no notó, sino hasta que se desnudaba ante el espejo del botiquín. Tuvo que pararse de puntitas y a la distancia para alcanzar a ver que en los costados tenía escoriaciones como si se hubiera tallado con un cable o se hubiera sollamado con algo muy caliente. Respiró profundo y se metió en la tina, intentando continuar con sus plegarias. El flujo del hidromasaje combinado con las esencias, que ella misma elegía, de acuerdo a su ánimo, la ayudaron a sentirse mejor. Sintió que el tiempo se le iba ante ese confort, pero recordó la cita y se puso de pie para darse un último remojón en la regadera, pensando que el agua fría terminaría de cerrar sus poros y activar su circulación, y estaría lista para irse con la hermana.  El chorro de agua helada sobre la cabeza le despejó las ideas, lo disfrutaba ampliamente, cuando la puerta de cristal templado de la ducha se abrió de golpe. Gracia volteó con rapidez, entre espantada y sorprendida.

— ¡Ay, Artemio, estúpido! ¡Me asustas! ¿Qué no ves que me estoy bañando?
— ¡Yo puedo darte el hijo que tanto deseas!

La voz potente y horrorosa salía de la boca del marido y este, inconsciente, mostraba los dientes inferiores, resoplando como si fuera una bestia. Los ojos en blanco y tremendas ojeras violáceas,  en ese rostro desencajado, le dijeron que aquel no era el hombre con quien vivía.

Julieta estaba sentada en el café donde habían quedado, cuando sonó su teléfono. Gracia le explicaba que había tenido un inconveniente y no podía acudir a la cita. La hermana se molestó un poco, pero entendió el imprevisto. Ya estaba para colgar, cuando quedó pasmada por la pregunta de Gracia.

—Oye, manita, espérate… ¿No sabes dónde consigo velas negras?

Acerca del autor: Mónica Carrillo (1966) Profesora de educación preescolar. Licenciada en  Educación especial. Maestra en Educación Superior. Diplomado en creación Literaria, Instituto Mater, A. C.

Publicaciones: “Del Arenal”, Grafógrafos, Vida Universitaria, Pasto Verde, Cantaletras y en periódicos de la ciudad. Su obra ha sido reseñada en periódicos de la localidad y publicaciones en línea en diversas ocasiones.
Radio: “Poemas, canciones y canto nuevo”, con once emisiones. Su obra fue reconocida, al incluirla en la Hora Nacional, espacio dedicado a Nuevo León. Participa en el programa “Tiempo de Blues” de Radio Nuevo León, “El Contagio de la Lectura” Waldos Radio.
Participaciones: Cafés literarios, encuentros  y maratones. Regularmente en la FIL de Monterrey.

Bibliografía: “Entre el cielo y el suelo” 2000.  “Acceso Restringido”  2013. “Poemínimos para pequeñas tardes grises” 2014. “Crónica Fúnebre de lo que Siempre Vuelve” 2015. “Poemas para Nochebuena” 2015. “Las Entrehoras” Relato seleccionado entre los diez ganadores de Ediciones Rubeo, 2016. Próximo a presentar en la FIL Monterrey

 

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