I Wallmerican – Segunda Parte

Me amarraron las manos a la espalda y me hicieron caminar por el desierto una media hora, hasta que llegamos a una especie de granja en la que había una catapulta enorme como de seis metros de altura. Iban diciendo cosas en español y sólo entendía algunas de ellas. Maldiciones. Muchas maldiciones.

Me llevaron a un terreno delimitado por una cerca. Había unos cuartos construidos como de adobe con techos de lámina, unas vacas pastando libremente y pollos corriendo por todas partes. Escuché a unos guajolotes pero no los pude ver. Una vieja camioneta Ford.

Al lado de todo eso y más grande que todo, una catapulta hecha de plástico de colores variados, era como si la hubieran sumergido en un arcoíris, un tipo cubierto con el traje esponjoso y terminando de fumar un churro. El operador, un enorme tipo blanco de cabello rojo y con overol gris, esperaba de pie leyendo un libro de papel como de cinco libras. El canadiense, supuse.

El mexicano arriba del aparato tosió y dijo: ¿me lo tengo que soplar todo?

–Sólo si no quieres romperte los huesos al caer. El traje de gordo ayuda, pero no tanto. Con ese churro de muta vas a mutar temporalmente en una cosa muy aguada, nomás que no busques novia por unos días.

El pelirrojo parecía no notar mi presencia. Siguió leyendo su libro y chupó sus dedos para pasar la página. Tenía barba como de tres días y la piel rojiza también.

El tipo arriba de la máquina ya no pudo sostener más el churro, se le escapó de las manos y cayó en la superficie arcoíris que estaba llena de bachas. El Canadiense jaló una palaca y el mecanismo se activó, fálica y ruidosamente, con un temblor en el suelo.

–Que pase el siguiente…

Hasta entonces noté que había una fila de hombres, mujeres y niños en trajes esponjosos detrás del aparato. Parecía una convención de botargas de Michelín. Le explicó al siguiente que debía encender el cigarro y fumárselo todo. Me miró de arriba abajo, yo estaba aún aturdido por la teletransportación. Los que me llevaban le explicaron lo poco que sabían, cómo me habían encontrado y qué pensaba cada uno.

–¿Te caíste de la cama o qué? –dijo cerrando el libro.

Entonces terminé de despertar. Me trate de soltar y lo miré con cara de: “te voy a matar, hijo de puta” y él me respondió verbalmente.

–Pendejos… este no es más que un walmérican, enseguida se le ve la cara de pendejo… You, little faggit, –se me acercó, –you are nothing but a little chicken without your guns…

Me armé de coraje, no sabían con quién se habían metido. Le di un cabezazo al tipo y de una patada giratoria les tiré las armas a los mexicans y de otra que casi fue continua y fluida como las largas noches de luna llena de cacería los eché al suelo. En una maroma que había practicado mil veces tomé un machete del suelo y me corté las cuerdas, dejando sangre y óxido en mi piel. Salí cual mariposa de un capullo y terminé de colorear mi transformación con la sangre de uno de los mexicans. Mi rostro se llenó de ese asqueroso fluido, pero me sentí más vivo que nunca. Tomé mi escopeta y le disparé al otro y le apunté al Canadá.

–Calma, calma. Quieres regresar, ¿no? Yo te puedo ayudar.

–No necesito ayuda. Sólo necesito presentarme en la frontera y con mis genes me teletransportarán.

–Ojalá que tengas genes puros, porque de allá para acá es una cosa, y de aquí para allá es otra muy distinta.

–Lo sé, no nací ayer. ¿Tienes las llaves de tu vehículo? –Me las dio. –¿Dónde queda la ciudad más cercana?

–A media hora por el camino que va por aquí detrás. Pero no querrás enfadar a la hija de…

Kiss my ass, goodbye.

Me fui por el camino de tierra que se extendía como una serpiente similar en forma a mis pensamientos y me dirigí hacia el pueblo. Comenzaron a seguirme un grupo de personas en motos, trimotos y cuatrimotos. Sólo alcanzaba a ver sus siluetas a lo lejos entre la polvareda, fantasmas que hacían más densas y lentas las partículas en su interior.

A la entrada del pueblo había varios negocios aislados, una gasolinera, una gasera, algunos restaurantes, y luego la entrada con un anuncio de bienvenida. Cuánta hospitalidad. Me bajé en un negocio y pregunté por la oficina de migración, pero me dijeron que no había ninguna en esa ciudad. Sólo el Info Marshal me podría ayudar, me dijeron. Era una especie de soldado americano que podía ir entre ambos países.

Llegué a la estación de policía, que consistía en un par de cuartos ya muy derruidos. Los chicos se quedaron a lo lejos, vigilándome, vi que eran puros adolescentes con las caras pintadas de calaveras. Estaban discutiendo. Les apunté con mi arma y ellos se hicieron los muy valientes y no se movieron. ¿Me retaron con sus miradas? Creo que sí. Estúpidos.

–¿Creen que soy estúpido? Soy Walmerican, soy el caos alrededor del huracán, el silencio esperado después de la tormenta, el ojo que vigila portentoso.

No había nadie en recepción, es más, ni siquiera había recepción, sólo una pequeña sala con dos o tres sillas viejas de lámina y un viejo dibujo en la pared y suciedad más vieja que el mismo mundo.

Entre por un pasillo que me llevó al área de celdas, también, sólo un par. Una de ellas estaba llena de hispanos. Flacos, harapientos, prietos como el lodo, con sus caras desesperadas de hambre, sueño y sueños podridos. Todos estaban de pie, eran demasiados y no cabían acostados. Cuando me vieron comenzaron a hablarme, a decirme mil cosas, peticiones, insultos, sólo escuchaba un murmullo que se apagó con una voz que vino de la otra celda.

–Cállense, estúpidos.

Esa otra celda estaba vacía, excepto por un tipo enorme que dormitaba en uno de los catres cubierto por una sábana hecha de retazos con logotipos de superhéroes. Se levantó y dejó ver su cuerpo. Era mitad hombre y mitad máquina o cuando menos la armadura que llevaba lo hacía parecer así. Entré a la celda.

–Oye, –me dijo. –¿Qué quieres aquí?

–Soy walmericano, “Tierra 1”, necesito teletransportarme al otro lado.

–No hay máquinas de teletransportación por acá, chico. ¿Tienes tus papeles?

–No. No pensaba venir, sino que fui forzado a hacerlo… por un mexicano.

–Si tu sangre es pura te puedo llevar a un centro de la Secretaría de Teletransportes, pero es en el otro pueblo.

–Claro que mi sangre es pura, pura como la luz del sol. Hazme la prueba.

–Acércate.

Me puso la mano en el brazo y sentí una enorme aguja que salió de su palma.

–Jajajaja, –se rio el maldito, –qué bien, porque quería seguir descansando. No eres sangre pura, eres 40 % de otra raza. Lárgate de aquí y no me molestes más.

Mi sangre pura comenzó a hervir. Seguramente el estúpido hizo mal la prueba o simplemente me dio mal el resultado para no trabajar. Saqué mi escopeta y le disparé, aunque las balas rebotaron en pecho, una alcanzó a rozarle la cara, tumbó mi arma de una patada y luego luchamos cuerpo a cuerpo.

Me doblegó, me tuvo en el suelo en un segundo, me dislocó el brazo. Simplemente era demasiado poderoso.

–Te voy a dejar ir, “niñato”, pero sólo porque prefiero que te enfrentes a ella. La que espera afuera con sus… amigos…

El Walmerican salió de ahí en cámara lenta, disparé balas que derretían la cera del aire como si su calor provocara insomnios y me condujera por pasillos y pensamientos oscuros, aunque no tan oscuros ni tan profundos como la mirada que encontraron y ciertamente no tan ensordecedores y que te dejan pensando en el porqué de la existencia humana. Sólo había visto su silueta antes de eso, su sombra que parecía contener todas las sombras.

Era una chica de 17 años, de cuerpo delgado y piel más blanca que lo que se acostumbra por estos lugares y mucho más blanca que las walmericanas que había visto. Su piel parecía hecha de alabastro. Al igual que los demás usaba maquillaje de día de muertos, pero ella tenía los ojos negros como lunas oscuras: Sus ojos estaban inyectados de tinta negra y su cabello era liso y milagroso como los de los comerciales de shampoo, sólo que a 100 grados de temperatura en medio de la aridez, en el vacío, en el primer y último camino hacia mi perdición. Usaba una guadaña como báculo.

Los demás chicos se resguardaron entre carros, postes de luz y paredes que se iban haciendo añicos explosivos bajo el fuego de mi escopeta, pero ella no. Ella se acercó en pasos parecidos a la danza mientras yo disparaba y juro que en un momento tenía el arma justo en su frente y al siguiente ella estaba más cerca y a un lado mío y me dio uno, dos, tres golpes en mi quijada. Luego literalmente otros 80 o 90. La traté de empujar y la sentí leve como una pluma en el aire, me encontré con una maroma, un mortal hacia atrás, y al final de eso una patada en el pecho que me envió hacia el suelo.

El InfoMarshall estaba en el marco de la puerta comiendo una manzana y sonriendo como estúpido. El dolor llegó unos momentos después. Sentí que el interior de mi pecho se resquebrajaba desde adentro, escupí sangre. Tenía que levantarme, pero no podía.

Junté todo mi coraje, mis sueños de gloria más íntimos, los recuerdos de mis seres queridos, de toda esa gente que espera ser defendida de estos mexicans, de los colores de mi bandera, de mi país, toda la democracia se acumuló en el fervor de mi cabeza y pude levantarme. Arremetí contra ella, mi puño rosó su barbilla y luego me dio un cabezazo en la sien. Todo se hizo oscuridad en ese momento y por el resto de mi corta vida. Si hubiera estado consciente no habría podido soportar tanta humillación.

Lo que había en la oscuridad no lo puedo revelar. No era un sueño, sino una presencia, desde una gran boca de fuego que se habría entre las dos naciones. Pude ver el nacimiento de una nación, de una ciudad que era una línea, el gran César fue sólo un hombre que decidió plantarse y no moverse a pesar de lo que dijera la gente. Solo con su arma y su choza sobre la muralla, al lado del tren, disparando día y noche sin detenerse. Momento único, alineación de planetas y galaxias enteras, palomitas de maíz en fuego cuántico, destilado el tiempo en una pequeña gota de rocío y líquido amniótico, no nació con un destino, nació el destino y los destinos de muchos estuvieron trazados para siempre. El universo conspiró por un instante y gritó: esto se va a descontrolar.

Fueron subiendo más personas inspiradas por él, por la leyenda, el primer wallmerican. Sí había militares desde antes, con sus armas y su tren de rondines inservibles, pero la primera piedra sobre la piedra la puso aquel hombre cuyo nombre es recordado junto a las palabras honor y gloria.

Yo estaba de pie sobre la piedra virgen de la muralla y lo vi en el cielo oscuro devorando con su gran boca a miles de migrantes. Entonces comenzó a solidificarse en un fantasma de tamaño natural, como si alguien usara una aspiradora cerca y fuera absorbiendo el humo. Su rostro quedó impregnado en el mío y mi abuelo también estaba ahí y mi abuela detrás de él apoyándolo y mi novia de la adolescencia y mi mejor amigo y mi perro y entonces… desperté.

Bueno, no abruptamente, sino que hasta pedí unos cinco minutos más.

-No soy tu mamá, y no te atrevas a preguntarme el año y la locación -dijo ella. –Qué bueno que despiertas.

-Y ojalá tú despiertes también del letargo en el que vives, tú y tu raza de genes impuros. Tú eres blanca, no sé por qué te juntas con ellos.

Recibí un golpe en la cara y de nuevo entré al mundo de los sueños, un rato, no sé cuánto. Ahora estaba ella frente a mí en medio de la calle de un pueblo fantasma del viejo oeste. Yo tenía todo el atuendo de vaquero y ella también, pero sobre la ropa negra que usaba y con el maquillaje de día de muertos, que entonces sí me pareció como de una mala película de Hollywood sobre México.

-Desenfunda, -me dijo.

Me levanté de manera gloriosa, extendí mis manos con pistolas plateadas que reflejaron la luz del sol. Tenía la gracia de un artista marcial que busca la iluminación en sus movimientos, los casquillos salían como hojas que caen en el otoño, mis cabellos se movían con el viento, mi torso estaba erguido, en una pose de delicadeza envidiable. Giraba lentamente hacia la derecha.

Ella se fue deshaciendo en pedazos de piedra y polvo, escultura viva que iba muriendo a cada paso. Lo último que se deshizo fue su mirada. Reí con todas mis fuerzas y disparé al vacío. Reí. A carcajadas. El eco de mi voz me despertó.

Al abrir los ojos me sentí decepcionado.

Estaba tirado en el suelo de un pasillo subterráneo, sin puertas ni candados. Descansé un momento. Me acordé la vez que mi abuela me llevó XXX

Me sorprendió encontrar una lámpara a unos pasos. Las paredes de ladrillo gris parecían palpitar viejos recuerdos, estaban sucias, manchadas y con algunos agujeros de bala. Caminé hacia uno de los lados, al que me pareció menos encerrado, comencé a desesperarme, eran varios cientos de metros y para cuando la vi su silueta en un rectángulo luminoso casi me desmayo de nuevo.

-Este era uno de los túneles que se usaban antes.

-El muro es tan profundo que ya son inservibles. Ya casi hacemos inservibles a las catapultas.

-Es verdad. No importa. Lo seguirán intentando.

-¿Por qué tú no estás allá, del otro lado? –le pregunté. Ella hizo una pausa para pensar.

-Aquí me necesitan. No eres el primer wallmerican que viene para acá.

-¿Por qué no me han matado?

-Por mi parte ya te hubiera matado desde hace rato, pero no me dejan, debo seguir órdenes.

-Maldita loca bastarda…

Me lancé hacia ella tan rápido como pude, sólo pude capturar partículas del polvo que se hacían visibles con el aire de la puerta de entrada. Salí y vi que ya había tomado su guadaña para caminar con ella, me daba la espalda así que traté de huir, de hecho lo hice varias veces y cada vez terminaba con el cuello a punto de ser cercenado por el filo de su arma o con la cara en el polvo.

-Estaba discutiendo con mis amigos, de hecho, yo te iba a matar ya, que murieras dormido, me vale verga. Pero ellos querían esperar a que llegara mi papá porque así sería más honorable todo el pedo. Me da igual, la neta, el caso es que ya llegó.

Llegamos a la catapulta junto a la cual se había reunido mucha gente y entonces entre cuatro chicos de su banda me agarraron y noté que ahí estaba el Under Taker. Qué triste decepción.

-Al parecer a alguien se le ocurrió que podíamos enviarte como un saltamontes al otro lado, -dijo el Under Taker con una voz ronca y una venda que le cubría todo el torso.

-Creo que sólo deberíamos matarlo, -dijo Catalina. –O de perdido láncenlo sin muta, para que cuando caiga se rompan sus huesos.

-Lo lanzaremos, pero con muta, tendrá la misma oportunidad que todos los demás.

-Ahora mismo puedes ver su sangre correr -espetó de nuevo la chica, -pero me da igual. Hagan lo que quieran, yo ya lo traje.

Me pusieron en la máquina y me querían obligar a fumar muta, tuvieron que soplármela en la boca y comencé a sentir cómo todo mi cuerpo se hacía más suave, mis huesos y pensamientos perdían la firmeza. Miré sus rostros y los maldije con todas mis fuerzas y prometí una venganza eterna e irremediable.

-No importa que nos juzguen de locos en un lado y de crueles en el otro. Somos Wallmericans, vivimos para defender a nuestro país. Somos Wallmericans y Wallmericans moriremos. Nuestra sangre es pura, nuestras raíces firmes y que atraviesan el muro. La sangre de nuestros enemigos es el mejor trofeo que pinta las paredes de uno y otros lados. ¿Saben lo que voy a hacer? Voy a quitarme ésta cubierta en el aire porque yo no necesito la protección de los cobardes, yo tengo  la sangre, la piel, los tatuajes, los gritos de guerra. Y cuando llegue allá arriba, cuando vea mi ciudad natal aproximarse, esa línea gruesa y enorme de siluetas llenas de luces con esas calles que conozco como la palma de mi mano, las almenas desde las que les disparamos a ustedes, estúpidos saltamontes cuando tratan de escalar, o las torres desde las que les disparamos cuando vuelan sobre nuestras cabezas… los barrios altor y bajos en los que solía pelear por diversión, el tren que de seguro pasará para darme la bienvenida, y mi propia gente no me disparará, aunque me vean como una pequeña mancha que les tapa la luz del sol, porque sentirán mi presencia, mi sangre pura y tratarán de aventarme cuerdas o alguna cosa para recuperarme y sentiré la tensión y me recibirán y vendremos por ustedes a cazarlos con nuestras remingtongs con miras telescópicas y entonces sabrán lo que es amar a Dios en tierra de indios y cada uno tendrá una bala en la frente al final del día… y el bien triunfará… y el bien prevalecerá… y…

Ya no supe qué más decir. Ellos estaban impávidos con mi discurso.

Catalina dijo: No hablo mucho inglés, no entiendo tanta pendejada.

Y activó la catapulta. Perra…

Sobre el Autor: Jorge Chípuli – Obtuvo el premio de cuento de la revista La langosta se ha posado 1995, el segundo lugar del premio de minicuento: La difícil brevedad 2006 y el primer premio de microcuento Sizigias y Twitteraturas Lunares 2011. Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha colaborado con textos en las revistas Hiperespacio, Deletéreo, Literal, Urbanario, Rayuela, Oficio, Papeles de la Mancuspia, La langosta se ha posado, Literatura Virtual, Nave, Umbrales, la española Miasma y la argentina Axxón. Ha sido incluido en las antologías: “Columnas, antología del doblez”, (ITESM, 1991), “Natal, 20 visiones de Monterrey” (Clannad 1993), “Silicio en la memoria”, (Ramón Llaca, 1998), “Quadrántidas”, (UANL, 2011) y “Mundos Remotos y Cielos Infinitos” (UANL, 2011). Ha publicado el libro de minicuento: “Los infiernos” (Poetazos, 2014), “Binario” (Fantasías para Noctámbulos, 2015), “Deconstrucción de Eva” (Gato-Lunar, 2015), “Para cantar en los patios” (Editorial Urbanario, 2016) y “Sueños que riman” (poemario para niños bajo el seudónimo Don Patotas, editorial Gato-Lunar, 2015).
Ha expuesto de manera individual en la galería de arte Joaquín Clausell de Campeche, en el INEA, en la Casa de la Cultura de Guadalupe, en la Facultad de Artes Visuales de la UANL, en el Café Infinito, en el espacio cultural Gargantúa, y formó parte de la Galería Nacional, Edición Latinoamericana (DF). Y de forma colectiva en varios espacios como la Biblioteca Central, la UR y el BAM. Ha impartido cursos para niños en la FAV y en Conarte Niños. Fue parte de la Reseña de la Plástica Nuevolonesa 2007.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s