Viaje Interestelar

Los inmensos propulsores de la gran lanzadera espacial comenzaron a crepitar en medio del hangar mientras los pasajeros se arremolinaban en los puentes de acceso, avanzando como una marea murmurante hacia las compuertas.

— Está despegando, mamá. ¡Rápido, rápido…nos dejará! —María tiraba del brazo de Janet con los ojos anhelantes dirigidos a la nave. Pero en cambio su hermano, el pequeño Esteban, envuelto en gruesas ropas invernales, bufanda y gorro con orejeras de felpa, se aferraba a la otra mano de su madre con aire compungido. En torno, la multitud que avanzaba lentamente también se cubría con todo tipo de abrigos y atuendos térmicos. Era una fría noche del año 2102, y más allá de los hangares una tormenta de copos grises sepultaba los valles y las colinas bajo un invierno que quizá ya nunca terminaría.
— ¿Por qué debemos irnos? —preguntó por enésima ocasión el niño, obviamente la idea de un viaje interestelar no le agradaba ni en lo más mínimo.
— Porque papá nos espera, bobo —le respondió María, impaciente—. El mundo al que vamos es más bonito y más grande que éste. Allá no hace frío, su sol es más brillante que el nuestro, los días más largos y las noches siempre frescas, y sus mares son de color esmeralda, pero lo más importante es que papá estará esperándonos allí. Habrá construido una nueva casa, con muchas ventanas para dejar entrar la hermosa luz del sol… ¡y un lindo jardín! ¿Verdad, mamá? ¿Verdad que tendremos un jardín?

Janet asintió, compartiendo una sonrisa cómplice.

— Y además, hemos jodido la Tierra sin remedio, amiguito —dijo un hombre orondo que avanzaba detrás de ellos—. Nadie se quiere quedar a vivir entre basura y gases tóxicos.

Janet se volvió apenas un instante para lanzar una mirada de reproche al entrometido.

— Pero yo no quiero —replicó el pequeño, obcecado—. El espacio es oscuro y muy grande, y me da miedo.

La mujer suspiró, ya habían hablado sobre esto incontables veces frente a un televisor que no paraba de emitir noticias sobre desastres, guerra y desesperación, mientras afuera, al otro lado de la ventana, la lluvia de nieve y ceniza caía imparable sobre una ciudad aletargada y moribunda. Ella le había hablado a sus hijos del maravilloso viaje que les aguardaba, describiéndoles lo mejor que podía el fantástico trayecto a través de los vastos espacios interplanetarios, en una noche eterna cuajada de estrellas, surcando cual marinos espaciales un inmenso océano oscuro, entre soles brillantes y nubes de polvo cósmico, y continuaba así hasta que María y Esteban se quedaban dormidos, entonces apagaba el televisor y los tres se arrebujaban en el cuarto, hundiéndose en un sueño sosegado y cálido de cometas rampantes y galaxias danzantes de astros innumerables, ajenos, al menos por unas horas, del mundo más allá de la ventana, aquel mundo que agonizaba en la noche invernal.

Ahora, mientras cruzaba las puertas hacía el interior de la lanzadera espacial llevando de la mano a sus hijos, Janet se preguntó si David habría tenido oportunidad de escucharle. Tenía esperanza de que así fuera, incluso se lo había imaginado sonriendo al escuchar la voz de ella en alguna parte más allá de la enorme oscuridad estelar, en la estación de una nueva colonia humana en un mundo lejano.

Raymi, un oficial del puerto y viejo conocido de la pareja, le había llamado unos días antes del despegue.

— Hace unos momentos creímos captar la señal de la misión Exotierra-Tiamat33, la misión de Dav, pero, si realmente era su señal, la perdimos casi de inmediato. No obstante, los sistemas telemétricos monitorean día y noche, no debe tardar mucho en llegarnos su mensaje.
— Han pasado casi diez años, Ray —respondió ella—. Una eternidad para mí y mis hijos sin saber de él. Esteban apenas tenía un año, ni siquiera los suficiente para recordar su rostro.
— Lo sé, pero son muchos años luz los que nos separan del mundo al que fueron, Janet. No es como entablar una llamada telefónica. Las ondas de radio se propagan a gran velocidad pero, con todo, les toma su tiempo llegar de un punto a otro, más aun cuando hablamos de distancias muy grandes, y ni hablar de lo mucho que disminuye su potencia con la distancia. La trasmisión llega muy débil a la Tierra, y si bien ya no recibimos su luz, el sol nos manda mucho ruido electromagnético desde allá arriba, lo cual no mejora las cosas. Desafortunadamente es el único medio que tenemos para comunicarnos a través del vacío del espacio. Ellos llevan viviendo allá varios años pero las noticias de su arribo apenas serán captadas por nuestros sistemas en estos días; de un momento a otro alguna de nuestras estaciones de comunicaciones recibirá la trasmisión, te lo aseguro. En fin, no pongas esa cara, ya sé que en unos días todos nos marcharemos, que no podemos seguir esperando, así que te he llamado para que le envíes un mensaje antes que estés a bordo del crucero en órbita, allá no podré darte esa oportunidad. Tardará otros diez años en llegarle, cierto, pero al menos estará al tanto de que estás en camino y tendrá mucho tiempo para prepararte un gran recibimiento —Raymi había intentado dibujar su mejor sonrisa, consiguiendo apenas esbozar una patética mueca.

Momentos después, Janet, con mano temblorosa, había tomado el auricular de la estación, haciendo una pequeña pausa antes de comenzar: “Dav, hola. Cariño, habla Janet. No sé si puedas escucharme pero… sólo quería decirte que los niños y yo ya no podemos seguir esperando, nadie puede seguir esperando su mensaje. La Tierra está muriendo, Dav, ya no queda nada aquí, sólo caos y muerte. Nos vamos, todos se marchan. Los cruceros irán hacía todos los mundos alcanzables, pero nosotros iremos contigo. Así es, cariño, te alcanzaremos allá, estaremos juntos otra vez, no importa el tiempo que tome…”

Había callado unos segundos, como si esperara una respuesta al otro lado, pero lo único que captaban los sistemas de telemetría era un estridente barullo de silbidos y crujidos electromagnéticos, la tormenta de estática que envolvía al planeta. Luego ella había dicho algunas últimas palabras de despedida antes de desprenderse el auricular.

En el puerto, los altoparlantes terminaron de dar la cuenta regresiva y finalmente los propulsores vomitaron nubes incandescentes que hicieron despegar la lanzadera, la cual se elevó rampante hacía los cielos oscuros, rápida como una bala de plata y resplandeciente como una estrella fugaz.

 

Muchos siglos después llegaron los Seres Estelares, la colosal nave que orbitaba la Tierra, apenas más pequeña que la Luna y de un material inexistente en el sistema solar, era su hogar. Vagaban por el espacio desde hacía eones, sin más pretensiones que conocer nuevos mundos y, de ser posible, contactar con formas de vida. Y sin duda aquel planeta albergaba vida, pero esta era primitiva y microscópica; sin embargo, por toda la corteza –la que era visible bajo el hielo acumulado por cientos de años– se observaban vestigios de una vida más compleja que había habitado el mundo en un pasado lejano, aunque no tan remoto. Vestigios de vida muy diversa, sin duda, pero lo que en realidad había cautivado a los viajeros interestelares eran las huellas inequívocas de una antigua civilización, prospera y avanzada, algo que ellos habían visto muy pocas veces en su interminable deambular.

Intrigados, recorrieron las calles desoladas de ciudades muertas, como entes sutiles (pues tal era su constitución humanoide, muy esbelta y ligera, casi etérea) merodeando entre las viejas ruinas bajo una penumbra invernal.

No usaban un nombre propio para designarse a ellos mismos, pues no tenían lenguaje; habían evolucionado para comunicarse a través de la percepción extrasensorial, un fenómeno que los humanos, en su mundo de palabras, habían llamado telepatía, aunque su ciencia jamás había alcanzado a conocer y comprender. Pero por eso mismo los Seres Estelares, a su vez, nada entendieron de los caracteres que predominaban en las estructuras en ruinas, pues ellos concebían la realidad en base una red interconectada de pensamientos y emociones, imágenes e ideas trasmitidas por el pensamiento sin necesidad de la expresión oral o gráfica.

Probaron con los innumerables artefactos de la antigua civilización (al menos aquellos que no estaban tan deteriorados), con la intención de ver si éstos podían decirles más sobre la extinta raza que los había creado. Pudieron hacer funcionar algunos luego de descubrir que su fuente energética era una de las modalidades más comunes de la Fuerza Universal[1], de manera que, usando sus propios cuerpos como agentes generadores de dicha fuerza, alimentaron los artefactos. Así, en una solitaria construcción en la cima de una colina, y sobre la cual se observaba un enorme ingenio circular y cóncavo, pusieron a trabajar la compleja maquinaria de múltiples pantallas y luces parpadeantes; entonces uno de los aparatos, diseñado al parecer para captar y reproducir sonido, comenzó a trasmitir un mensaje, se trataba de la voz de un hombre que se identificaba como David Hamilton, una voz que, hacía mucho tiempo, había viajado por miles de años luz a través del tejido del espacio. El hombre decía entre distorsiones y crujidos de estática ser de la misión Exotierra-Tiamat33, y pedía encarecidamente, si alguien lo escuchaba, no ir tras ellos: “No lo hagan. Todos han muerto ¡Oh, dios! Esto es espantoso, espantoso… – decía en medio del llanto – Prefiero el infierno ¡prefiero el maldito infierno a esto!… luego la voz se había desvanecido, pues antes de finalizar la grabación la antena había dejado de captar la señal, que se había perdido en algún lugar de la inmensa noche astral.

Pero claro a los Seres Estelares la voz humana no les trasmitía nada; siguieron su exploración un tiempo más, pero al darse cuenta que no penetrarían en los misterios de aquel planeta en tanto no hubiera una mente local con la cual vincularse, remontaron a su nave y se alejaron de la órbita terrestre a continuar con su eterno viaje a través de las estrellas infinitas.

[1] Debo esta interpretación de la electricidad a la obra de H.P. Blavatsky.

Sobre el Autor: José B. Gaona Medina (Ciudad de México, 1987) – Lector insaciable de literatura fantástica y de ciencia ficción, desde hace un tiempo también escribe alternando su pasión literaria con los estudios universitarios. Sus cuentos “Nueva Vida”, “Llamado a la puerta” y “Gesta para una última canción” han sido publicados en las revistas electrónicas Fantastiqué #0, El Narratorio #2 y Penumbria #33, respectivamente. Su microrrelato “El guerrero” fue incluido en la antología Breves heroicidades II de la editorial española Diversidad Literaria.

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