I Wallmerican -Primera Parte

Extraño mucho a mis abuelos, todo lo que soy es gracias a ellos. Ambos tenían las manos ásperas y las miradas profundas, de ojos que se hacían atrás para enfocar de lejos, grandes, tristes, cubiertos por repliegues y brillantes como perlas ocultas entre ostras de carne y en sus bocas de labios partidos siempre había saliva que necesitaba ser expulsada enérgicamente. Ellos construyeron con sus propias manos la casa en la que vivo, ladrillo por ladrillo, cuando la mayoría decía que era una mierda loca construir arriba, pero ahora sus nombres están escritos en la Piedra Blanca del Silencio. A veces yo iba de noche y me quedaba ahí viendo que a esa pequeña muralla no le pasara nada y de vez en cuando me encontraba con una chica de ojos grandes, vestido blanco y aspecto fantasmal que iba a limpiarla de las manchas de sangre que caían del cielo. Esa chica será la madre de mi pequeño guerrero en unos meses y él rondará por las paredes de esa casa que contiene toda nuestra historia, las huellas de mis pies y manos y de mis padres y abuelos… los extraño mucho, ellos me enseñaron a disparar hacia la luz perforadora del sol.

Aquel día que bajé a suelo Under lo primero que encontré fue ese bar de mala muerte del que me habían hablado. Yo nunca pierdo el tiempo. Sabía que ahí tenía que llegar así que lo hice. Tenía una misión. Al entrar sentí que el aire se hizo más denso, el humo formaba figuras míticas en el aire, espectros de colores, serpientes hechas de vagones, calaveras, órganos sexuales y pequeños planetas que estallaban en orgasmos múltiples. Había toda clase de tipos malos ahí, chamarras de cuero, pieles de neón y partes de plástico o acero, prostitutas con terminal de tarjeta de crédito.

— Hey, Rudolph —le dije al cantinero, pues habían remplazado su nariz original por una de plástico un poco más roja.
— Muy gracioso, chico, pero ahorita voy a salir a patearte el trasero —dijo buscando la llave de la reja en su bolsillo—. Calma, amigo, no te quise ofender, sólo soy un wallmerican perdido.
— Ah, ¿eres wallmerican?
— Justo de allá arriba del muro.
–La mejor clase de americano, si me pregunta alguien. Respeto.

Choqué mi puño con el de él entre los barrotes y vi que traía un tatuaje de orgullo nacionalista en el antebrazo. No supe si lo lastimaron las placas de metal de mi guanteleta.

— Nos lo merecemos, vaya que sí.
— Toma un trago por cuenta de la casa. ¿Segunda generación?
— Tercera. Mis abuelos fueron de los primeros voluntarios en subir.
— ¿A cuántos saltamontes has matado?
— Matar es una palabra muy fuerte, amigo, más bien les he ayudado a regresar a donde pertenecen, al suelo árido de México y al polvo. Han sido como veinte mil en total, la mayoría los primeros años, ya ha ido aminorando el trabajo.
— Buen trabajo. Se ve que tienes buena puntería.

Desprendí mi arma de la espalda y la dejé caer sobre la barra, una buena MP-44 que me regaló papá y que había sido del abuelo. Solamente el cantinero no se exaltó. Tomé un sorbo de whiskey y mientras lo absorbía como pez en el agua me llenaba el vaso lo maltratado y viejo de mi escopeta.

— ¿Vienes a buscar provisiones?
— Desearía que fuera eso. Lo desearía. Vengo buscando a un saltamontes que vive escondido aquí desde hace mucho tiempo. ¿No sabes de algo así?
— Ya no llegan muchos vivos a menos que sean muzzlers o domesticados, ya sabes, a los que teletransporta el gobierno. ¿Pero no has oído hablar del Under Taker? Es ese de allá, el mejor caza-saltamontes de la región.
— Oh, sí, lo estaba buscando.
— Sí, bueno… lo encontraste…

Eché un vistazo y ahí estaba sentado él, en una esquina, con una mujer blanca vestida de india cherokee. Un disfraz, vestido café con tiritas en los cortes de la tela y una banda con una pluma roja en la cabeza. Un hacha de aspecto falso frente a su bebida. Tenis converse rojos. En cambio él era blanco, estaba desnudo de la cintura para arriba, su piel tostada por el sol estaba llena de cicatrices rituales, parecía un karesansui viviente, la arena rastrillada en ondas que manaban desde sus coyunturas hasta chocar entre sí de manera breve. Usaba lentes negros de pasta gruesa.

Apuré el trago y pedí un refill, tomé mi arma y caminé hacia él, pero dos tipos gordos parecidos al cantinero, con sus mismos brazos tatuados y camisas de seda arremangadas me impidieron el paso. En un parpadeo ya me estaba apuntando y dije: este tipo es bueno. Se acomodó el sombrero negro y se hizo hacia atrás unas rastas que tenía en la frente. Me quitaron el arma.

— Tranquilo, viejo, controla a tus perros.

Recordé la noche que ese desgraciado saltamontes mató a mi abuelo, el perro que tenía se quedó mirándolo, esperando que despertara. Le ladraba, le reclamaba por no estar vivo, por no poder tomar la correa y someterlo a sus maneras.

— ¿Qué demonios quieres? —dijo con voz ronca y profunda.
— Ya sabes, sólo un poco de charla… e información.
El Under Taker volteó a ver al cantinero. Creo que le hizo una seña o algo. Se quitaron los mastodontes del camino y pude entrar a ese espacio aparentemente público pero más privado que una caja fuerte de banco. Nos sentamos y él le indicó a la chica que se fuera.

— No soy guía de turistas.
— Es sobre un saltamontes. Traigo su foto justo aquí.

Se la mostré de lejos, la imagen de un tipo como de 35 años con un traje-burbuja, esos que sirven para amortiguar la caída junto con una droga que los hace flexibles como goma de mascar. Muta, le llaman, pero no parece mariguana sino chicle.
— Quítate la máscara —me dijo el muy desgraciado.
— De acuerdo, no queremos problemas esta noche, ¿verdad?

Me quité la sonrisa de metal del rostro y el pasamontañas y traté de sonreír de verdad, lo más que pude con mis frenos de hojalata y le dije con la mirada que yo ya sabía la verdad, toda la verdad y nada más que la verdad, así que me ayude Dios. Tengo un ojo totalmente rojo desde aquel día en que mi abuelo cayó sobre el suelo cálido de lo alto de la muralla, dice mi terapeuta que es psicológico, que ese ojo se quedó atrapado en ese momento sangriento y que por eso tengo pesadillas de infiernos y cielos entremezclados. Mi peinado bien formal hacia un lado, traigo el color del sol en los pensamientos.

— Desde que entraste —me dijo, y yo con cara de: sí, seguro—, pensé que eras un saltamontes disfrazado.

Me senté ahí como muy cómodo, extendí mis piernas y me puse las manos en la nuca para sostenerme, aunque conforme iba hablando casi me levantaba del asiento.

— Yo soy más de cien por ciento wallmerican, mi sangre es más pura que la de un purasangre, nací con la primera luz y moriré con la última del atardecer, mi carne se forjó a orillas de la avenida central, entre hombres que le darían miedo al mismo diablo, mis ojos han visto saltos de oleadas de miles de saltamontes que yo y mis compatriotas transformamos en tormentas de sangre con nuestras balas, los que defendemos al país en el que ustedes tienen el privilegio de vivir, de donde maman sueños de la tierra y pesadillas del aire nocturno, he caminado entre cadáveres de los caídos, metal y carne mezclados en el crisol de nuestros ideales y los he lanzado hacia el otro lado del muro para que se conviertan en manchas rojas que lo adornan como pinturas rupestres de gente rupestre.
— Pues qué buen viaje te cargas, amigo, y aun así se te escapó este saltamontes, ¿verdad?
— No en mi guardia, niño, no en mi zona —le dije y reí, no pude evitar reír y ver su rostro que cada vez se cerraba más a sus propios sentimientos, como si estar despreocupado fuera lo principal ante mis palabras que lo herían.
— Sí, pues… creo que esta foto tiene más de quince años, pero creo que te puedo ayudar. Creo que has venido con la persona indicada.
— ¡Muy bien! ¡Excelente! ¿Cuándo comenzamos?
— Pos ahorita mismo.

Disparos.
La mesa salió volando.
Los dos caímos.
Lo había herido con las dos armas que saqué de debajo de las mangas. Dos pequeñas pistolas.

Sangraba de varios lados el estúpido.

— Tú mataste a mi abuelo. ¿Creías que no te iba a encontrar? Y yo descubrí que no matas a saltamontes, no de verdad, sólo los teletransportas. No sé cómo vences al sistema que impide eso de aquí hacia allá, pero no me importa, ya estás muerto. Brillante tu plan, si los hubieras matado de verdad, uno a uno, como los perros que son y como el perro que eres, ahora no estarías aquí en esta situación…

El UnderTaker había quedado recargado en la pared, el arma le había quedado a los pies, no trató de alcanzarla. Escupió algo de sangre y por un segundo pensé que mi abuelo se había tenido que tragar su última saliva sin poder liberar su boca.

— Ya acabé contigo, ahora iré a buscar a tu hija.
— A mi hija… adelante… buena suerte con eso…
— Creo que no contabas con que soy el más rápido de los wallmericans.
— Sí, de los wallmericans, pero yo soy un saltamontes, o cuando menos lo fui, pero uno preparado.
— Eres rápido, chico, pero ¿sabes qué? Fallaste…
— Claro que no, asshole

Tuve que mirar hacia abajo, mi pecho, no había sangre ni dolor, sino un pequeño mecanismo parecido a una píldora que flotaba a un centímetro de mi corazón, como una pequeña nave espacial sobre una pirámide. Estaba abierta de uno de sus lados, me iba llenando de energía. Lo sentí entonces, el dolor, el desgarramiento, la fragmentación de mis huesos. El bar desapareció y apareció otra cosa que no supe definir por un momento. El otro lado del muro. Grafiti. Cruces improvisadas en el suelo. Restos de trajes desgarrados de saltamontes.

— Fucking shit.

Mis armas. Habían desaparecido. Estaba seguro de que las tenía bien sujetas.

— ¿Ya tan pronto aprendiste a hablar con los del otro lado?
— ¿Mexicans? Pero… ¿qué hacen aquí?
— ¿Eres americano? ¿Por qué te mandó el Under Taker hacia acá? —dijo uno.
— Debe ser un aliado del Under —dijo el otro—. Obviamente se lo iban a tronar por ayudar a la causa, si no pues se lo hubiera tronado el Under Taker.
— ¿Y si más bien el Under no tuvo otra opción más que mandarlo para acá?
— Pues… eso está muy rebuscado, ¿no? Pero quién sabe, mejor le preguntamos al Canadá. A ver güero, vente para acá. Caman pa’ca, cuñao.

Estaba realmente aturdido, no supe qué pasaba, sólo me dejé llevar, como el cadáver de mi abuelo hasta el pozo sin fondo aquel caluroso día de verano, sus despojos cayendo ingrávidos por el agujero en el centro de la muralla, ese en el que se van acumulando como en el Tetris nuestros soldados caídos. Lo arrojaron con todo y su escopeta, la más nueva. Lo vi caer y mis pequeñas manos de niño trataron de alcanzarlo, aunque mi padre me tenía bien agarrado, cayó como una estrella fugaz, vi el brillo de su arma desaparecer en la oscuridad.

Me amarraron las manos a la espalda y me hicieron caminar por el desierto una media hora, hasta que llegamos a una especie de granja en la que había una catapulta enorme como de seis metros de altura. Iban diciendo cosas en español y sólo entendía algunas de ellas. Maldiciones. Muchas maldiciones.

Me llevaron a un terreno delimitado por una cerca. Había unos cuartos construidos de adobe con techos de lámina, unas vacas pastando libremente y pollos corriendo por todas partes. Escuché a unos guajolotes pero no los pude ver. Una vieja camioneta Ford.

Al lado de todo eso y más grande que todo, una catapulta hecha de plástico de colores variados, era como si la hubieran sumergido en un arcoíris, un tipo cubierto con el traje esponjoso y terminando de fumar un churro. El operador, un enorme tipo blanco de cabello rojo y con overol gris, esperaba de pie leyendo un libro de papel como de cinco libras. El canadiense, supuse.

El mexicano arriba del aparato tosió y dijo: ¿me lo tengo que soplar todo?

— Sólo si no quieres romperte los huesos al caer. El traje de gordo ayuda, pero no tanto. Con ese churro de muta vas a mutar temporalmente en una cosa muy aguada, nomás que no busques novia por unos días.

El pelirrojo parecía no notar mi presencia. Siguió leyendo su libro y chupó sus dedos para pasar la página. Tenía barba como de tres días y la piel rojiza también.

El tipo arriba de la máquina ya no pudo sostener más el churro, se le escapó de las manos y cayó en la superficie arcoíris que estaba llena de bachas. El Canadiense jaló una palaca y el mecanismo se activó, fálica y ruidosamente, con un temblor en el suelo.

— Que pase el siguiente…

Hasta entonces noté que había una fila de hombres, mujeres y niños en trajes esponjosos detrás del aparato. Parecía una convención de botargas de Michelín. Le explicó al siguiente que debía encender el cigarro y fumárselo todo. Me miró de arriba abajo, yo estaba aún aturdido por la teletransportación. Los que me llevaban le explicaron lo poco que sabían, cómo me habían encontrado y qué pensaba cada uno.

(Continuará)

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