El Arquitecto

El golpe de las olas sobre el casco del yate era un inquebrantable y dulce arrullo marino. Tendido sobre uno de los camastros de la cubierta Roberto Huitrón disfrutaba del sol y la brisa, convencido de que nada podría mejorar aquel imperturbable momento de meditación.

Aun no entiendo cómo me dejé persuadir por ti de emprender esta inútil jornada Robert —Bufó el doctor Howard Brown, reclinado a lado de Roberto. En un instante, la paz y tranquilidad fueron un anhelo lejano—. Te das cuenta que en este preciso momento podría estar formulando la ecuaciones matemáticas que compongan la Teoría del todo. Estoy a un paso de explicar el universo en su totalidad y el origen de la existencia, y tú y el rector de la universidad me obligan a este éxodo brutal contra la continuidad del trabajo de un genio por culpa de un seudo investigador científico…

Brown, catedrático de la más prestigiosa universidad norteamericana, debía su fama mundial a las numerosas y sustanciales aportaciones realizadas en los más variados campos científicos que dominaba. Sus contribuciones incluían entre otras cosas, refutaciones a la teoría de la relatividad de Einstein.

Brown comprobó teóricamente que  los filamentos de la energía oscura que sostienen el universo proporcionan la fuerza de gravedad que anula la curvatura del espacio-tiempo descrito por Einstein como una realidad. Einstein predijo teóricamente el viaje al futuro si una partícula viaja a velocidades cercanas a la velocidad de la luz ya que escapa a la fuerza de atracción de la gravedad y la posible existencia en el universo de agujeros de gusano por los cuales sería posible viajar en el tiempo. La teoría de Brown comprobaba que esto era imposible y  que cualquier partícula siempre estaría afectada por una fuerza de atracción proveniente de la materia oscura anulando la curvatura espacio-tiempo; Einstein ignoraba la existencia de la materia oscura y creó su constante cosmológica para arreglar los cálculos de su teoría relativista, posteriormente a esa constante la nombró él mismo como “El peor error de su carrera”. Brown demostró que su error no era sólo esa constante sino todo su fundamento relativista.

La pedantería y egolatrismo de Brown lo llevaron a tener problemas con más de uno de sus colegas, se creía dueño de la verdad absoluta, incluso en campos que no dominaba de manera fehaciente. Se vio obligado a tomar vacaciones cuando una revista de divulgación científica publicó un extenso artículo escrito por Brown, en el cual desacreditaba rotundamente los descubrimientos arqueológicos llevados a cabo por un oceanógrafo y biólogo marino alemán que aseguraba haber descubierto el verdadero enclave de la mítica ciudad pérdida de la Atlántida. Un escándalo se desató por el desprestigio y las pérdidas económicas que suscitaron las acusaciones del Brown contra este hombre que debía sus recursos económicos a diversos mecenas que le retiraron su apoyo creyendo en las palabras de Brown.

Durante su juventud el tema de la ciudad de los atlantes apasionó a Brown de manera obsesiva; desenmascaró a diversos charlatanes que aseguraban haber encontrado sus restos pétreos; fue tan cruenta su lucha contra infinidad de investigadores que por error o premeditadamente erraban sus conjeturas, que él mismo se convenció que la Atlántida sólo era una fantasía sin fundamento científico.

Las quejas y reclamos de Brown a su colega y asistente, se vieron interrumpidos por un hecho insólito que obligó a los tripulantes del yate a buscar refugio en la cabina y la bodega, algunos se arrojaron al mar convencidos de que el objeto de fulgores metálicos que caía del cielo a gran velocidad se estrellaría contra ellos, un misil o un pequeño avión cayendo sin remedio parecía destinado a hacerlos pedazos.

El objeto se detuvo desafiando las leyes de la física y la fuerza de gravedad a escasos centímetros de la cubierta del barco. Al tenerlo tan cerca Brown y Roberto no dudaron en concluir que el objeto por sus características era ¡una nave espacial! Una compuerta se abrió y del interior una figura humanoide ataviada presumiblemente con un traje espacial, levitó y se posó en cubierta. Se despojó del casco y la visión de ese rostro de identificables rasgos humanos sorprendió a todos los presentes. Su piel era blanca, ojos algo rasgados de color café claro; el tocado del cabello recordaba a los antiguos samuráis orientales, la nariz era larga y delgada, tenía cierto perfil aguileño y los labios gruesos, se diría que la apariencia de aquel hombre era una completa mezcla de todas las razas humanas.

El “astronauta” se presentó como Nimatl, y dijo buscar su país. Para sobresalto de Brown y Roberto, que incrédulos dudaban que aquella aparición fuera real, la comunicación se realizó de manera telepática, el navegante arguyó que la locución verbal sería inútil por la diferencia de lenguajes y que él dominaba la telepatía. Al preguntarle sobre su país, el visitante estelar contestó que su patria era Atlántida.

El shock fue mayúsculo para los científicos. Después de una larga discusión con el astronauta sobre la imposibilidad de lo que afirmaba, este leyó sus mentes y obtuvo información de todo tipo; la más importante para él, le hizo comprender su situación y la externó de manera concluyente.

Yo soy… o mejor dicho era, un arquitecto en mí país; junto con otros compañeros que ejercían mi profesión diseñamos complejos arquitectónicos en todo el continente Atlante y en otras regiones del mundo en donde nos asentamos; una de mis especialidades es lo que ustedes conocen como pirámides, puedo verlo claramente en su mente; esta nave es obra de los ingenieros de mi patria, con ella realizaba viajes al planeta que llaman Marte, yo supervisaba la construcción de un complejo arquitectónico que serviría como base de observación y posterior plataforma de despegue para viajes intergalácticos a otros planetas; utilizábamos los túneles espaciales, sus agujeros de gusano; de esa manera nos transportábamos a la luna y a Marte en segundos, pero algunas teorías de nuestros científicos proponían que si por error o por causa de algún desperfecto en los instrumentos de navegación utilizábamos más energía de la necesaria para abrir el túnel y este se alargaba demasiado, podríamos llegar a un punto muy lejano e incluso viajar en círculo deformando el espacio-tiempo real para el viajero, mientras nosotros viajábamos por todo el universo en un segundo sin darnos cuenta, en la tierra podrían pasar miles de años… esto último fue lo que me sucedió. Hubo un error, para mí el viaje duró algunos minutos, en la tierra han transcurrido miles de años.

Un intenso zumbido interrumpió al astronauta. Era la alerta de autodestrucción de su nave, una manera de asegurarse que su vehículo interestelar no cayera en manos indeseadas. Aprovechando que debía volver y desactivarla, los invitó a conocer su interior.

No sólo les mostró sus instrumentos, los llevó a un viaje increíble, en minutos surcaron el cielo, salieron de la atmósfera y contemplaron el vacío del espacio y su fondo estrellado; comprobaron que la Atlántida existió, Nimatl sumergió en el mar la nave y hallaron los restos de su patria, justo lo que Brown descalificó de su colega alemán.

Iracundo solicitó volver al yate, estaba fuera de sus cabales y afirmaba ardientemente que todo era un truco, un engaño perfectamente elaborado por sus detractores y enemigos. Bajó de la nave y fue directo a su camarote. Nimatl lo siguió dispuesto a hacerlo entrar en razón. Roberto mientras tanto echó un vistazo a la nave y descubrió planos y tratados, las pirámides, el proceso de producción del maíz, el control de la energía de fusión; la raza de Nimatl eran los dioses antiguos que transmitieron su conocimiento al ser humano, pero había más. Se vio a sí mismo y a Brown alcanzando su sueño, pasarían a la posteridad con este descubrimiento, la historia colocaría sus nombres entre los más grandes.

El modo autodestructivo volvió a activarse, el zumbido prevenía el regreso de Nimatl. Al mismo tiempo un disparo se escuchó proveniente del camarote de Brown. Roberto pensó lo peor, su colega y amigo no podría soportar reconocer el error en sus teorías, habría huido falsamente sin saber el descomunal éxito que les aguardaba.

Una vez que entró al camarote, el espectáculo que presenció le quitó el habla. Brown tenía en su mano derecha el revólver aún humeante, aquella arma que había adquirido después de haber sido amenazado por sus detractores. Tirado en el piso, inerte, se hallaba Nimatl, en un charco de sangre que se extendía por el suelo macabramente, más y más líquido carmesí a cada instante. El disparo a la cabeza fue certero y letal.

Tuve que hacerlo Robert, ¡Trataba de engañarnos!… Yo…yo, ¡No pude estar equivocado!…no, yo no pude equivocarme… —repetía Brown una y otra vez con la mirada pérdida en el vacío.

Momentos después, fuera del yate, se escuchó una detonación ensordecedora seguida de un resoplido, como el sonido de una gran aspiradora al estar cumpliendo su función. Después, silencio. Ese silencio parecía ser el reclamo afónico de un mundo que nunca entendería el comportamiento del ser humano.

 

Sobre el Autor: Alejandro Herrera (Nezahualcóyotl, Estado de México, 1978) – Es egresado de la Universidad Tecnológica de Nezahualcóyotl en la carrera de Telemática. Coescribió junto a Rogelio Valdez los libros de cuentos: Relatos de Terror y Locura (Ediciones Colín, 2006) y Junto a la Cama y otros cuentos de terror (Cofradía de coyotes, 2014).
Es autor de la novela de ciencia ficción Kalltek Kritémm, el príncipe errante de la galaxia Betrhan (Cofradía de coyotes, 2014).
En 2015 su cuento El niño de tierra, fue publicado en #Revistadehorror 2, de la editorial Librosampleados y en ese mismo año su relato Aderezo de Miedo fue seleccionado para formar parte del libro de microrelatos de terror Cuentos Oscuros, de Ojos Verdes Ediciones.

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