El cenote de la mujer ahogada

Mi papá no fue el mismo cuando Miguel nos dejó. Aquel amante de las corridas, las batidas de caza y el basquetbol perdió toda alegría con la muerte de su primogénito en el “cenote de la mujer ahogada”, como le llamaban los campesinos. Melancólico y apático, pasaba horas limpiando la escopeta y haciendo tiros complicados: a veces galopando sobre un caballo, otras veces se alejaba de su blanco mucho más de lo requerido para tener un disparo certero y una vez amarró un globo a un conejo y lo persiguió durante días, hasta que por fin lo abatió de una descarga.

Un día se levantó mientras estaba obscuro, tomó la escopeta junto con varios cartuchos y salió de cacería; esto era raro pues aún cuando todo el tiempo practicaba con la escopeta, no había salido a cazar desde la muerte de Miguel; yo, en cambio, seguido me iba en batidas de caza con mis amigos. Quise ver hacia dónde se dirigía tan temprano y lo seguí furtivamente por la vereda que llevaba al rancho de don Carrillo. Yo era muy hábil para seguir el rastro de venados o gallinas de monte sin ser visto, así que mi padre no se percató de mi presencia. Al verlo desviarse a la izquierda de la vereda, en una brecha casi imperceptible que salía de la misma, descubrí que iba hacia el cenote de la mujer ahogada. Por un momento quise llamarlo y preguntarle qué le pasaba, pero decidí continuar y ver en qué terminaba todo ese misterio.

El sol ya iluminaba el monte cuando mi padre se detuvo junto a la abertura de la entrada, que descendía diagonalmente por formaciones calcáreas unos cinco metros bajo tierra y quebraba a la derecha junto a una pared rocosa del mismo lado, a cuya izquierda se encontraba un vasto recipiente de aguas cristalinas con destellos color turquesa, iluminadas por dos aberturas en la parte superior de la caverna: el Cenote de la Mujer Ahogada, como le llamaban los campesinos.

Frotándose la cara y dando un violento resoplo, mi papá se introdujo a la caverna y le seguí, deteniéndome a unos pasos del cenote y agazapándome en un lugar donde pude verlo arrodillarse frente a las aguas, persignarse, ponerse de pie y encender un cigarrillo. Durante un momento contemplé el cenote y quedé embelesado por su belleza. Recordé el calor de la temporada y con dificultad reprimí un impulso de clavarme en sus aguas. Había también una saliente rocosa en el centro del cenote sobre la que descansaba una gran piedra, similar a una pequeña montaña sobre un islote y se iluminaba maravillosamente por una de las entradas de luz. No entendí porqué los campesinos le tenían terror a un lugar tan bello.

De pronto mi papá se quitó por completo la ropa, dejándose el cigarro en la boca y se acercó al cenote hasta remojar los pies. Su extraño comportamiento me asustó y estuve a punto de llamarlo a gritos pues parecía haber perdido la razón, pero repentinamente las aguas se agitaron con el sonido de un chapuzón y desvié mi atención al cenote buscando la causa de ello. Algo se movió debajo del agua y lo hacía ágilmente como un pez, sin embargo, no podía serlo pues su tamaño y color parecían de una persona, pero con el movimiento del agua se vio como un borrón que centellaba colores pálidos entre rosado y azul. La figura dio un recorrido por toda el área del cenote, manteniéndose debajo del agua y luego desapareció detrás del “islote”.

Casi de inmediato emergió lentamente detrás de la gran roca una mujer, de largos cabellos negros y piel aporcelanada; se deslizó cadenciosamente sobre la piedra y luego se incorporó. Nunca vi una mujer desnuda antes, y al hacerlo en ese momento, mi corazón latió tan fuerte que sentí salírseme por las orejas. Cada vértebra de mi espina se crispó hasta nublarme la vista. La mujer miró fijamente a mi papá y él hizo lo mismo. Ella se acomodó el cabello mojado con ambas manos y se arrojó de nuevo al agua, dirigiéndose hacia él.

Mi papá quitó el cigarrillo de su boca y lo llevó hasta su erguida entrepierna, ahogando un grito de dolor; sacudió la cabeza y tomó rápidamente la escopeta que había dejado a un lado y apuntó hacia el agua. Cuando la mujer emergió, dio un grito amenazador y mi papá le dio un disparo en el pecho, echándola hacia atrás y disparó varias veces al agua mientras la mujer se alejaba. De pronto ella asomó la cabeza por la superficie y mi papá disparó otra vez, pero ella se zambullía rápidamente; asomaba sólo hasta los ojos y mi papá volvía a disparar sin atinarle, hasta que los cartuchos se agotaron.

Papá sostuvo el rifle como a un bate y esperó en la orilla, gritando insultos en español y maya. La mujer apareció nuevamente detrás de la piedra del islote, recostándose de lado y contestó algo en maya que lo dejó estupefacto, y desde allí, la mujer me miró y sonrió diabólicamente. Un escalofrío me paralizó al verme descubierto pero no pude dejar de mirarla. Su figura llenó mi mente y se hacía cada vez más grande. Apenas oí los insultos de mi padre que me sacó a rastras de allí.

Con gruesas lágrimas, papá seguía insultándome pero apenas lo escuchaba. En la casa me dio una golpiza como nunca antes lo había hecho, y aún sin ropa, se echó a llorar como niño y mi mamá preguntó asustada que había pasado. Mi papá se vistió, empacó unas cosas en una bolsa y dijo a mamá que no soportaría otra pérdida. A mí solamente me miró y dijo: “¡Si vuelves al cenote, yo mismo te voy a matar!”, y se fue.

Pasaron algunos días en los que continué mi vida normal. Iba a la escuela por las mañanas –acaba de entrar a la secundaria- y ayudaba a mamá con su venta de comida por la noche. Por las tardes hacía mis tareas y me entretenía con los amigos.  Terminábamos muy cansados todos los días y caía dormido como tronco porque había que despertar temprano. No sé cuántos días pasaron y aparentemente habíamos olvidado lo sucedido esa vez, ni siquiera notábamos la ausencia de papá; pero un día salí a cazar yo solo y me di cuenta que en realidad no olvidé aquello.

Siguiendo el rastro de unos conejos, mis pasos me llevaron cerca del rancho de don Carrillo, y al estar cerca de la brecha que lleva al cenote, recordé claramente todo lo que pasó allí. La imagen de aquella mujer desnuda apareció de nuevo en mi cabeza tan clara como si la viera en una revista. La recordé moviéndose sobre la roca del cenote y mirándome fijamente; en ese momento noté que no sólo la columna se me erguía al recordarla y me asusté, por lo que decidí volver a casa. Esa noche soñé con aquella mujer, recostada sobre la roca, extendiendo la mano y llamándome, invitándome a meterme con ella en las irresistibles aguas del cenote. En el sueño me metía al cenote y ella nadaba alrededor mío, cantándome y acariciándome suavemente mis hombros, espalda y pecho con sus largas uñas; cuando extendía los brazos para abrazarla, despertaba.

Pasé varias semanas con sueños similares hasta que un día no resistí más. Tomé el rifle una tarde con el pretexto que iría a cazar y fui directo al cenote. Al momento de entrar por la oquedad de la superficie ella estaba allí, desnuda sobre la roca, tallándose el cabello y cantando en un idioma que no entendía; me quedé en la entrada, donde no pudiera verme y ella seguía sentada, balanceando sus torneadas piernas y tocando el agua con la punta de sus pies. Se recostó envolviendo la roca con movimientos suaves que resaltaban las curvas de sus caderas y sus generosos pechos ¡era magnífica! Nuevamente sentía que el corazón me retumbó en los oídos y me dificultó la respiración. Se paró sobre la piedra, miró hacia mí con una sonrisa electrizante y se echó al agua.

Los sueños fueron más intensos desde esa ocasión y no sólo la veía estando dormido. En la escuela, en la casa, en el puesto de comida o en cualquier otro lugar recordaba todo; en mi mente se aparecía esa figura exquisita que me hacía hervir la sangre, cualquier mujer atractiva, de cualquier edad, me hacía pensar en ella. Regresaba al cenote los fines de semana para verla, pero al pasar el tiempo, empecé a ir diario y luego hasta más de una vez al día. Varias veces falté a la escuela porque me iba al cenote y me sentaba en la orilla, donde la veía de cerca. Todo el tiempo que pasaba mirándola ella actuaba como si yo no estuviera allí, como si no le importara que la mirara desnuda. Puedo decir que ella también lo disfrutaba.

Ignoro cuánto tiempo pasó –varios meses porque ya cursaba el tercer año de la secundaria- cuando una mañana desperté, y sin ningún otro pensamiento, me fui directo al cenote. Mi mamá me preguntó algo pero no le respondí, tenía la imagen de la mujer en mi cabeza y escuchaba su llamado como si viniera con el viento; seguí caminando. Me fui por la brecha hasta llegar a la oquedad, me detuve en la orilla del cenote y ella me esperaba de pie sobre la roca, en toda su magnificencia. Me habló y esta vez sí le entendí, me preguntó si estaba listo; sin responderle me quité toda la ropa y me introduje al cenote.

Las aguas brillaban con los rayos del sol que entraban por los tragaluces y ella se zambulló, asomándose luego hasta el pecho a pocos metros de mí y acercándose lentamente. El agua me llegaba casi al cuello y ella tarareó una melodía hechizante; nadó alrededor de mí sin dejar de mirarme, sonriéndome, acariciando mis hombros, espalda y pecho con sus largas uñas justo como en mis sueños. Se acercó hasta sentir un leve contacto con su piel. La abracé fuertemente, abandonándome al impulso de una pasión desenfrenada, como si quisiera estrujarla contra mí y ella rió melódicamente. La suavidad y calidez de su cuerpo me extasió hasta la locura y con la misma pasión mostrada, ella me besó en los labios. Su beso me arrancó de este mundo, pues sentí caerme por un precipicio infinito donde miles de imágenes se manifestaron vertiginosamente ante mí, en una cascada de sensaciones carnales.

De pronto una horrible punzada en la espalda me devolvió a la realidad, como si un cuchillo ardiente penetrara con violencia en mi columna vertebral haciéndome retorcer de dolor, pero los brazos de la mujer me inmovilizaron y su lengua recorrió mi cuello causando una sensación narcótica que mitigaba paulatinamente el espantoso dolor mientras mis fuerzas menguaban. Una explosión retumbó en las paredes de piedra del cenote y la mujer chilló demoníacamente. Otra explosión la echó hacia atrás y me soltó, pero al hacerlo las fuerzas me abandonaron por completo y me hundí en el agua, donde todo se hizo más y más obscuro.

Desperté confundido en una cama de hospital y mi papá se hallaba de pie a un costado, con el rostro grave y junto a una persona de sombrero y atuendo de campesino. Quise saludarlos pero mis miembros no respondieron. Le pregunté a mi papá porqué no podía moverme y no respondió, sólo se sentó a llorar. El hombre junto a él se presentó como Bartolomé Pool Canché y dijo que sólo podría mover la cabeza pues había sufrido un daño severo en la columna vertebral.

—Tu papá me encontró a tiempo para hacerte volver, te nos estabas yendo —dijo el hombre—. Caíste en el encantamiento de Le ko’olelo’ buulul* y sólo por la intervención de tu padre no alcanzó a quitarte la vida; aún así, ella te causó un daño permanente y no me refiero al de tu columna.

*La mujer ahogada

No le entendí del todo, pero lo escuché hablando con papá acerca de lo duro que sería aceptarlo pero que era una bendición mi actual estado de invalidez.

—Es mejor que esté así, hasta que mentalmente se cure, si es que eso llega a suceder —dijo Bartolomé.

—¿Es posible que nunca se cure? —Preguntó desesperado mi papá.

—Muy posible —Respondió él.

—¿Cómo voy a saber si está curándose?

—Cuando ya no te pida volver al cenote —Concluyó Bartolomé.

Han pasado quince años desde entonces. La herida de mi espalda ya cicatrizó y he recuperado parte de la movilidad de mis manos. Mis papás me han cuidado en mi estado inútil y procurado darme diferentes actividades para hacer; sé que lo hacen para distraerme, para hacerme pensar en otras cosas, pero aquel hombre tenía razón. En todos estos años, cuando me aterra la idea de soñar, cuando me atormenta ver a una mujer atractiva, cuando el sonido del agua me hace llorar y desear morir, no ha pasado un solo día sin que desesperadamente anhele regresar al cenote.

Sobre el autor: Isidro Flota Encalada – Vive en Izamal, Yucatán. Ha sido desde siempre un apasionado del cine y a través de la literatura descubrió nuevas posibilidades de evasión. Su formación literaria es principalmente autodidacta y también ha formado parte de talleres de Creación Literaria en el Centro Regional de Bellas Artes de Izamal, donde actualmente también es instructor de escritura creativa.
Escribe cuentos y textos como necesidad y ejercicio, ha ganado dos menciones honoríficas en concursos nacionales y le apasionan los géneros pulp (fantasía, horror, ciencia ficción).

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s