Café Nexus – Parte 3

VII

Kim hizo un gran esfuerzo por servir el café sin derramarlo.

No fue fácil, ya que no podía evitar ver el cuerpo de la señora Cass, cubierto por un mantel blanco. El cuchillo que tenía clavado en la espalda lo hacía parecer casi como una carpa de circo, si no fuera por el brazo que no alcanzaba a cubrir.

Habían amarrado las manijas de las puertas de entrada con otros manteles, y para más seguridad la habían bloqueado, volteando la enorme mesa de metal, y apoyándola con la vieja estufa blanca.

Las chicas habían tratado de mover el tocadiscos, pero aún con su mayor esfuerzo no lo lograron. A Daisy le pareció que la maldita máquina estaba pegada al suelo.

-¿No tienes azúcar? -preguntó Daisy, mucho más calmada. El cuchillo estaba a un lado de su mano derecha, listo para ser usado en caso de emergencia.

-No… ya casi no tenemos nada más -respondió Kim, casi en un susurro.

Las dos adolescentes estaban sentadas en un apartado, justo al lado de los grandes ventanales del restaurante. Las luces fluorescentes blancas del interior contrastaban con el brillo de las luces neón rosa y azul del exterior.

El gran letrero destacaba contra el cielo estrellado, con el símbolo atómico en un rojo rabioso, encendiéndose y apagándose a intervalos.

Kim no tenía idea de como encender solo las luces del interior. Nicky nunca le había explicado los pormenores de su extraño trabajo con el cableado eléctrico. Los cables se confundían en un laberinto de nudos, cambios de colores y uniones mal hechas de tal manera, que la chica no se atrevía a tocar más que el interruptor principal.

Los teléfonos eran cosa aparte. Daisy encontró uno guardado en un espacio detrás de la barra, y otro montado en una pared de la cocina. Ambos eran reliquias que tenían un disco para marcar, en vez de un teclado numérico. Pero no había un cable telefónico al cual conectarlos, aún cuando en la pared había marcas de que hubo uno en el pasado.

Daisy extrañó su viejo celular. Aunque era anticuado, de seguro habría podido hablar para pedir ayuda. Pero Mike insistió en que se deshicieran de ellos antes de iniciar su apresurado viaje.

La chica rubia se sentó al otro lado del apartado, frente a su propia taza de café. No le gustaba mucho tomarlo, pero Daisy había insistido en que lo hiciera, así que acabó sirviéndose un poco en una de las tazas blancas que había guardadas detrás de la barra.

Daisy dio un sorbo a su café. Estaba apenas un poco más que tibio, y sabía muy amargo, pero era mejor que nada.

Le habría gustado sacar las botanas que quedaban en el interior del Chevy de Mike, pero él había cerrado las puertas con seguro, y las llaves habían quedado en sus bolsillos.

Daisy pensó en solo romper las ventanas con una piedra, pero Kim había insistido en que no saliera mientras estuviera oscuro afuera.

Después de todo lo que había pasado, Daisy no tenía ganas de discutir. No se moriría de hambre por esperar a que hubiera más luz en los alrededores.

-¿Pero como pueden tener este lugar abierto, sin casi nada de comida? -soltó ella, mientras revolvía el café instantáneo con una cuchara de plástico blanco.

-Pues… es difícil de explicar… -respondió Kim, juntando las manos entre las piernas, en un gesto de incomodidad. Su vista seguía fija en su propio café mal hecho.

Daisy suspiró. De todas maneras no tenía nada más que hacer, hasta que el amanecer les permitiera salir a buscar ayuda.

-Pues empieza desde el principio -la animó, dando otro sorbo a su café. -Por tu nombre, por ejemplo.  Yo soy Daisy, ¿y tú?

La chica rubia se revolvió en su asiento por un par de minutos.

-Me llamo Kimberly, Kimberly Clay, el mismo nombre que mi mamá -inició, todavía sin levantar la vista. -La gente me llama Kim, por lo general.

En la siguiente hora, Daisy escuchó la historia de Kim con atención, en medio de varias pausas.

Kim había vivido en Utah casi toda su vida. Su madre había sido expulsada de la casa de su familia al descubrir que estaba embarazada, en un pueblo cercano a Salt Lake City.

Ella solo había hablado con Kim acerca de ello un par de veces, pero a pesar de su corta edad en ese entonces, la chica podía percibir una gran tristeza en su madre, mezclada con algo de temor.

Las dos Kim vivieron errando de un pueblo a otro en el medio oeste, allá donde su madre podía encontrar algún trabajo que les ayudara a seguir aunque fuera un par de semanas más. Su infancia la pasó casi toda en distintos cuartos de motel, observando la televisión con el volumen muy bajo, mientras su madre dormía hasta ya avanzada la tarde.

-Ella salía a trabajar en las noches. Y siempre volvía poco después del amanecer, justo cuando yo me despertaba -explicó Kim.

Daisy no dijo nada, pero podía sentir que Kim parecía radiar una suave calidez, tibia como una lluvia de verano.

Ella misma se sentía muy diferente al respecto. Pero prefirió seguir oyendo más detalles antes de manifestar sus emociones.

A pesar de no ir a la escuela, la madre de Kim se las había arreglado para educarla lo mejor que pudo. Podía sumar y restar sin mucho problema, leía algo más lento que la mayoría de la gente, y su letra era un poco tiesa al escribir.

Pero Daisy pudo captar que detrás de esos ojos verdes había una inteligencia poco común, aún si la misma Kim no podía apreciarlo.

Fue esa inteligencia de la que tuvo que valerse cuando, hace poco más de tres años, su madre murió por una pulmonía. Había sido un Noviembre muy frío, con lluvias torrenciales.

-Le pedí que buscáramos ayuda en algún lado, donde fuera, pero se negó con todas sus fuerzas -relató Kim, mientras las lágrimas volvían a nublarle la vista.

-¿Pero por qué no quiso hacerlo? -preguntó Daisy, elevando la voz un poco más de lo que quería.

-No lo sé. Le rogué por horas, pero solo decía que no -respondió Kim, mientras tomaba las últimas servilletas del dispensador. -Me las arreglé para llevarla hasta un hospital en el centro del pueblo, pero ya era demasiado tarde.

Sin saber cuáles eran sus parientes cercanos, Kim fue puesta en un orfanato, el cual odió el lugar desde el primer momento. Con sus gruesas paredes y ventanas reforzadas, le recordaba más a las prisiones que había visto en la pantalla del televisor, tristes edificios dónde la gente se quedaba de por vida.

-Las chicas mayores disfrutaban quitándole cosas a las recién llegadas, pero como yo no tenía nada, se contentaban con darme unos golpes de vez en cuando -siguió Kim.

A pesar de la soledad y los golpes, el lugar no era tan malo. La chica recibía 3 comidas al día, más de lo que estaba acostumbrada, y recibió la educación necesaria para completar  los estudios de primaria.

Pero una parte de ella extrañaba la libertad que había más allá de las cuatro paredes de su cuarto, compartido con otras dos chicas casi de su misma edad.

-Renée y Mary… también querían escapar. No eran como las demás, habían pasado años viviendo solas, hasta que las atraparon -dijo Kim, levantando la mirada. En su rostro había una ligera sonrisa. -Dijeron que si las ayudaba, ellas se encargarían de mí.

Lo difícil no era escapar, le explicaron, sino arreglártelas lo bastante bien afuera para que no te volvieran a encontrar.

Kim ayudó a las dos chicas como pudo, una vez afuera. Kim tenía la responsabilidad de distraer al objetivo, mientras que una de las otras chicas, con manos hábiles extraía la cartera con dinero y tarjetas de crédito sin problemas.

Luego era asunto fácil comprar un poco de comida, y pasaje a la siguiente ciudad, donde repetían la operación. Y así, de poco a poco, lograron llegar hasta Austin, en Texas.

-Mary tenía una amiga que vivía ahí, una chica mayor que tenía un novio en una banda. Ella nos dio un lugar para quedarnos, pero a cambio debíamos ayudarlos con sus… asuntos.

Daisy iba a preguntar más acerca de eso, pero el destello de las luces de un camión atravesaron las ventanas.

-Es hora de irnos -declaró Daisy, agarrando el gran cuchillo de cortar carne, para luego levantarse de manera apresurada.

Kim se volteó para ver las brillantes luces del camión, antes de levantarse para seguir a la otra chica. Al contrario de Daisy, no parecía tener prisa por salir del café.

Daisy ya estaba empujando la vieja estufa a un lado. Con la ayuda de Kim, logró mover la pesada mesa lo suficiente para que pasaran. Solo quedaba deshacer el nudo de las sábanas, pero Daisy se puso a rasgarlas con el cuchillo.

-No… no creo que debamos salir todavía -manifestó Kim, a la vez que Daisy cortaba la última sábana.

-Estaremos bien. Solo atravesamos el estacionamiento corriendo, le gritamos al conductor que nos deje subir, y usamos su radio para pedir ayuda -respondió Daisy, mientras metía con cuidado el cuchillo en una de las bolsas frontales de sus pantalones. Correría un poco tiesa, pero no quería quedarse desarmada todavía.

La chica tomó a Kim de la mano, y asintió hacia ella, para asegurarse de que estuviera preparada. La chica rubia le agarró la mano con fuerza, y asintió de vuelta.

Las dos adolescentes salieron corriendo del lugar, tratando de cubrir la distancia entre ellas y el camión en el menor tiempo posible. Justo cuando estaban a la mitad del estacionamiento, vieron que el conductor apagó las luces del camión, para luego hacer lo mismo con el motor.

-¡Auxilio! ¡Ayúdenos! -gritó Daisy, haciendo aspavientos con la mano libre.

Kim no gritó, pero también movió su mano, mientras echaba miradas nerviosas hacia la oscuridad que las rodeaba.

Las luces del camión volvieron a encenderse. El motor del enorme vehículo se quedó callado, pero al menos ya tenían la atención del conductor.

A su alrededor, podían oír el canto de los grillos, con sus repetitivas melodías nocturnas creciendo en volumen.

Tommy abrió la puerta del camión, bajando con cautela, justo cuando Daisy y Kim llegaron al lado del vehículo.

-Hey, hey, ¿qué rayos pasa? -exclamó Tommy, sin saber bien como reaccionar ante la situación con la que se había topado.

-Por favor, hay que irnos de aquí -pidió la chica negra, que parecía ser la mayor. La rubia que la acompañaba tenía unos años menos, pero se la veía muy nerviosa, moviendo la cabeza de un lado a otro.

-Espera un momento, ¿cuál es la gran emergencia? -insistió el joven conductor, mientras trataba de encontrarle pies y cabeza a este suceso.

Daisy podía sentir su confusión, además de una gran desconfianza.

“Con un demonio, ¿por qué la gente tiene que ser tan estúpida?” pensó ella, casi al borde de sus fuerzas.

-¡Están muertos! ¡Todos están muertos! -gritó Daisy, mientras señalaba hacia el local. -Hay que irnos y pedir ayuda. ¡Por favor!

-¿Muertos? ¿Qué diablos? -dijo Tommy, con mayor confusión. Todo lo que había querido era hacer algo de tiempo, comer algo sencillo, y luego volver al camino.

Y ahora se encontraba con algún tipo de incidente, algo lo bastante grave para que esas chicas salieran corriendo como si las persiguiera el mismo diablo.

Daisy estaba a punto de agarrar el cuchillo, amenazar al conductor y subir al camión para tratar de conducirlo ella misma, cuando sintió que su confusión se iba casi por completo.

El hombre había decidido ayudarlas.

-¡No, no, no! -gritó Kim, al tiempo que apretaba con mayor fuerza la mano de Daisy. Fue a través de este contactó físico, que la emoción llegó a Daisy, pura y sin alterar.

El terror la envolvió con una frialdad gélida. Daisy se volvió para ver a la otra adolescente, y vio que tenía la vista fija más allá de las luces del camión. La joven temía volverse para ver la razón de que Kim se sintiera así de repente, pero se forzó a hacerlo.

Justo en medio de las luces del camión, había una figura humana de pie. Le costó un poco de trabajo reconocerlo, pero cuando lo hizo, supo el porqué del terror que Kim sentía.

Era el mesero del Café Nexus, uno de los cuerpos que habían desaparecido hace horas. Y ahora estaba ahí, de pie frente a ellas.Su rostro era una máscara carente de expresión alguna, con los ojos fijos en la distancia.

Daisy trató de recordar su nombre, pero no pudo, abrumada por las emociones, tanto propias como ajenas.

-Nick -dijo Kim, a la vez que el miedo estaba en ebullición en su interior.

El mesero parecía tener la mano izquierda plantada con firmeza sobre la cabeza, como si tratara de sujetar alguna gorra invisible contra una ráfaga de viento inexistente.

A Daisy le pareció muy extraño que tuviera aquella pose. El silencio los envolvía. Ni siquiera había una leve brisa que soplara a su alrededor.

Incluso los grillos habían dejado de producir sus cantos.

“Parece que nos esté esperando”, pensó Daisy, sin saber como reaccionar. “¿Pero qué hace? ¿por qué no se mueve?”.

El mesero abrió la boca, pero no lograron escuchar que hiciera algún sonido. Solo se quedó con la boca a medio abrir, los labios formando un círculo, como si él fuera el sorprendido por verlos ahí afuera.

Kim no dejaba de apretar su mano, tan fuerte que comenzaba a lastimarla. Daisy tomó el mango del cuchillo, hecho de liso plástico negro, y lo sacó de un solo movimiento, cortando un poco el borde del bolsillo.

Tommy no tenía ni idea de lo que estaba pasando, solo que el solo ver aparecer a ese tipo tan de repente, y con esa pose tan extraña, le parecía de lo más extraño.

Los grillos habían vuelto a producir sus sonoros llamados, ahora a un volumen mucho mayor. Al joven conductor le pareció que para ser capaces de producir tal escándalo, ahí debían estar reunidos todos los bichos de aquel maldito desierto.

La chica mayor había sacado un enorme cuchillo. Tommy volvió a mirar hacia el mesero, que parecía contento con hacer de maniquí. Extendió su mano izquierda para tocar el hombro de la chica mayor, para indicarle que subieran a la cabina del vehículo.

Un dolor punzante le atravesó la mano. Tommy soltó un grito de dolor. Por un momento pensó que la chica le había cortado con el cuchillo en un acto reflejo.

Daisy se volvió al oír gritar al conductor. Él se estaba sujetando la mano, como si estuviera herida. Con la poca luz que les llegaba de los faros del camión, pudo ver que tenía la palma cubierta de sangre.

Un movimiento extraño, justo casi dónde la luz de los faros daba paso a la oscuridad de la noche, llamó la atención de la chica.

Era como si algo  enormese moviera, algo compuesto de varias partes independientes, pero todas actuando en conjunto. Le recordó a las bolsas de plástico infladas por el viento que había visto alguna vez en la ciudad.

La chica trató de pensar con claridad, para tratar de identificar ese cuerpo extraño, pero el sonido de los grillos era como una estática que interfería con sus pensamientos.

-¡Maldita sea!¡Dios! -exclamó Tommy, mientras trataba de parar el sangrado de su mano.-¿Qué diablos te pasa?

-¡No fui yo! -respondió Daisy, sin dejar de apuntar el cuchillo hacia esa masa extraña.

Los ojos de Daisy por fin se acostumbraron a la poca luz del ambiente. Y pudo ver la masa con mayor claridad.

Era del tamaño de un perro doberman, con un cuerpo negro, pero seccionado como el de un insecto. El cuerpo parecía ágil y musculoso, lleno de fuerza a punto de ponerse en movimiento, con cuatro patas casi tan esbeltas como una rama.

El corto cuello sostenía una cabeza con un pico enorme, parecido al de un ave. De la parte posterior surgían dos antenas largas, llenas de finos cabellos. Daisy no pudo ver si acaso tenía ojos, que debían ser igual de negros que su cuerpo.

En el extremo opuesto, su tórax acababa en una corta cola triangular, que se movía al ritmo del resto de su cuerpo.

Y Dasiy vio que esa bestia no estaba sola.

Justo al borde de la luz proveniente de los postes plantados a mitad del estacionamiento, Daisy y Kim pudieron ver que había al menos media docena más de aquellos horribles seres.

Las bestias se movían alrededor del camión, sin cesar sus chillidos estridentes.

-¡MIERDA! -soltó Tommy, al ver como se acercaban a ellos. Su grito de frustración apenas se oyó por encima de aquella sinfonía siniestra.

El joven había tratado de sacar las llaves del bolsillo de su pantalón, pero tenía tanta sangre en las manos que se le resbalaron. Ni siquiera pudo oír el tintineo del metal contra el concreto del estacionamiento.

Y de repente, el silencio.

Kim había cerrado los ojos a mitad de ese barullo. Los volvió a abrir, esperando que el silencio anunciara la partida de los seres, que todo no fuera más que alguna pesadilla muy vívida.

No tenía tanta suerte. Nick había cerrado la boca, y los seres estaban a su alrededor, como perros bien portados que esperaran órdenes. Las antenas de esos animales se movían de manera agitada, reflejando su impaciencia ante lo que seguía.

Tommy dejó de buscar las llaves, y se puso justo al lado de las chicas. Sacó un viejo pañuelo rojo del bolsillo trasero del pantalón, y lo uso para tratar de detener el sangrado de su mano.

-¿Qué ocurre? ¿Qué están haciendo? -preguntó a las chicas en un susurro, sin saber que ignoraban tanto de la situación como él mismo.

-No lo sé -susurró Daisy, mientras daba un apretón a la mano de Kim. -Pero si sé que si vamos a correr, debemos hacerlo ahora.

Tommy estuvo a punto de responder de manera afirmativa, tras echar otro vistazo al tipo extraño y los animales que le acompañaban, pero la respuesta se quedó a medias en su garganta.

Las chicas ya iban corriendo en dirección al café. La chica mayor iba arrastrando a la otra, mientras corría a todo lo que sus delgadas piernas le permitían.

El joven se quedó pasmado. Lo habían dejado ahí solo, sin ninguna advertencia, con aquellas cosas. Por suerte para él, antes de que su cerebro terminara ese pensamiento, su cuerpo ya se había puesto en movimiento, corriendo detrás de las chicas.

Daisy no se atrevía a mirar atrás. Acaso ya tuviera a una de esas bestias justo detrás, dispuesta a destrozarla con aquel enorme pico filoso. Por un momento pensó que tendría más posibilidades de salvarse si soltaba a la joven rubia, pero de inmediato abandono esa idea.

A pesar de todo lo que había hecho hasta ese día, no era capaz de hacer algo así. No quería tener otra muerte en su conciencia.

El estacionamiento pareció estirarse, como si no importara cuantos pasos dieran, nunca acabarían de cruzarlo.

Apenas habían pasado los postes de luz, cuando oyeron de nuevo ese horrible barullo, junto con el ruido de arañazos y golpes contra el concreto.

Las chicas llegaron justo a tiempo al interior del Café Nexus. Daisy abrió la puerta de aluminio y cristal de un empujón, y lanzó a Kim al interior.

Pero no tenía tiempo para recuperar el aliento. De inmediato se puso a empujar la vieja estufa contra la puerta, esperando poder bloquearla antes de que la jauría tratara de entrar.

Tommy apenas podía respirar. No recordaba la última vez que había tenido que echarse a correr a todo lo que daba, pero a juzgar por el ardor de sus pulmones y el bombeo de su corazón, había sido hace demasiado tiempo, quizá desde la preparatoria.

Estaba a punto de llegar a la puerta, esperando poder abrirla antes de que esa chica loca la bloqueara con la estufa, cuando tropezó y cayó de bruces. Su pie izquierdo pareció resbalar, su talón jalado con gran fuerza.

Un dolor punzante le recorrió la pierna. Al volverse para ver la causa del dolor, vio que una de las bestias le había alcanzado, y tenía su talón aferrado en su monstruoso pico. Las botas café que usaba al conducir habían impedido que le cortara el pie de una mordida, pero se había quedado atorado en la boca de esa cosa.

Tommy se arrastró sobre el frío concreto, mientras sacudía el pie, tratando de librarse de la bestia, sin éxito. Los demás integrantes de la jauría habían dejado de correr al verlo caer, y se acercaban con un trote despreocupado.

Kim corrió hacia la puerta, antes de que Daisy pudiera bloquearla. La abrió apenas lo suficiente para asomar la cabeza.

-¡Tienes que llegar a la luz! -gritó la chica rubia, mientras el conductor seguía forcejeando para llegar al edificio. -¡No les gusta esta luz!

Tommy la escuchó con claridad. No sabía que tan cierto era lo que decía esa muchacha, pero no perdería nada con intentarlo. El conductor se puso de espaldas, tomó todo el apoyo que pudo, y con su otro pie dio una patada en la cabeza de ese horrible bicho.

El bicho pareció más sorprendido que lastimado, pero relajó su mordida lo suficiente para queTommy quedara libre. Se levantó con rapidez, a pesar del dolor. Y justo a tiempo, porque al ver como pateaban a su compañero, el resto de las bestias volvió a emprender la carrera, dispuestas a destrozarlo.

-¡A un lado! -exclamó Tommy, mientras abría la puerta a empellones.

Daisy estaba a punto de bloquearlas con la estufa, sin saber si sería suficiente para parar a esas cosas. Y no quería ni pensar en los grandes ventanales que tenía el edificio.

-Daisy, mira- señaló Kim, mientras tocaba su hombro.

Los tres miraron más allá de las grandes ventanas, hacia el estacionamiento. La jauría se había detenido a unos metros del Café Nexus, como si algo les mantuviera a raya.

Las bestias se movían de manera intranquila, rodeando el edificio, pero sin atreverse a dar un paso que las acercara más a este. Sus antenas no dejaban de ondular, en lo que a Daisy le pareció un gesto de genuina frustración e ira.

El mesero apareció detrás de ellas, caminando con pasos lentos. Todavía tenía la mano en la parte superior de la cabeza, como si se hubiera quedado pegada. Daisy pudo ver que se agarraba un puñado de su cabello rubio.

Nick estaba sonriendo, la misma sonrisa estúpida con que le había dado la bienvenida a Daisy y sus padres. En un gesto de amenaza, extendió el dedo índice de su mano libre, y recorrió su cuello de manera horizontal.

Eso fue demasiado para Daisy. Tomó el cuchillo que había dejado sobre una mesa, y estuvo a punto de salir para deshacerle la cara a ese maldito. Aunque la emoción amenazaba con ahogarla como una marea roja, la chica recupero la compostura. Toda una vida de lidiar con las emociones de los demás le había enseñado a dominar las suyas propias.

-¡Maldición! -soltó Daisy, mientras daba de patas contra la estufa blanca, llena de frustración.

Ahora estaba segura de que ese tipo había tenido la culpa de lo que le pasó a sus padres. Y de seguro fue él quién se había llevado sus cuerpos.

Nick dio media vuelta, y se sumergió de nuevo en la oscuridad. El ruido de estática chirriante se hizo presente de nuevo, y la jauría de bestias se retiró uno por uno, siguiendo los pasos de su amo.

Daisy se sentó en uno de los bancos que rodeaban la barra, y dejó el cuchillo a un lado. La palma de la mano le dolía, por haber apretado el mango con gran fuerza por tanto tiempo.

Pero no era este dolor físico lo que la incomodaba. Ni siquiera los destellos de dolor que surgían del joven conductor recién llegado, mientras Kim le ayudaba a quitarse la bota para examinar su herida.

Lo que más le molestaba, era la emoción que había captado, proveniente del mesero sonriente, mientras hacía aquel gesto de burla. Era un sentimiento oscuro, lleno de aristas, parecido a lo que había sentido antes de quedar inconsciente en el baño, pero también algo diferente.

Aunque había algo en sus emociones que las hacía difíciles de identificar por completo, Daisy podía deducir más o menos lo que eran.

El bastardo estaba disfrutando con todo aquello, con una intensidad que solo había percibido una vez, cuando veía jugar a los niños en el parque cercano al edificio que antes fuera su hogar.

El estacionamiento quedó vacío. La Luna bañaba los alrededores del desierto con su brillante luz pálida, creando un ambiente de ensueño profundo, uno del que no podías despertar.

VIII

Las puertas del Café Nexus estaban bloqueadas de nuevo. Una vez que Tommy se hubo curado el talón con ayuda de Kim, los tres empujaron varios muebles más para mantener las puertas cerradas.

Habían probado a mover de nuevo la rocola, pero aún con la ayuda de un tercero, no pudieron moverla un centímetro.

-Debe estar atornillada al piso -pensó Tommy en voz alta, mientras Kim se sentaba en uno de los acolchados asientos de un apartado.

Daisy había vuelto a sentarse en la barra, mirando sin mirar la pared llena de fotografías y pósteres viejos. Elvis Presley le devolvía la mirada, desde una vieja fotografía enmarcada.

Mike le había contado al ver una foto parecida, en una de sus paradas previas, que incluso ahora había gente que creía que Elvis no había muerto. En una de las estaciones de servicio, había un montón de viejas revistas al lado de un par de sillas. Una de ellas anunciaba en la portada que el Rey había sido visto trabajando como conductor de una grúa de autos.

Daisy soltó un suspiro. Ella misma podía entender el no querer afrontar la realidad, si era demasiado triste como para arreglártelas con ella. Los fans querían ver a Elvis de nuevo, y ella quería solo abrir los ojos, despertar de aquel mal sueño, para ver de nuevo a sus padres.

-¡No te creo! -rió Kim. La risa comenzó alta y clara, dejando en el aire una sensación dulce como el azúcar.  Su alegría sacó a Daisy del estupor en que se estaba sumiendo.

Era la primera vez que oía con claridad la voz de aquella chica menudita. Hasta ese momento se la había pasado hablando solo un poco más alto que un susurro, excepto cuando había suplicado que no le hiciera daño.

-Claro que sí, lo juro por Dios y Jesús -respondió Tommy, sonriendo de manera traviesa. -No estaba más lejos de mí de lo que tu amiga esta de nosotros.

-¿De que están hablando? -les interrogó Daisy, para luego ponerse de pie y acercarse a su apartado. Estuvo a punto de olvidar el cuchillo, pero lo tomó de nuevo en su mano derecha.

Tommy no dijo nada al ver que se acercaba a ellos con ese enorme cuchillo. Solo le echó una mirada, para luego volver a su relato.

-La señorita Kimberly, aquí presente, no me cree cuando dije que he visto un Jackalope -explicó el joven rubio, mientras hacia un ademán hacia dónde estaba sentada Kim, justo frente a él.

-¿Qué diablos es un Jack-a-lot? -preguntó la chica, mientras se sentaba al lado de Kim.

Kim se mostró un poco nerviosa, y bajó la mirada. Un fleco de su largo y descuidado cabello le cubrió los ojos.

“Se vería mejor si llevara el pelo algo más corto”, pensó Daisy.

Pero recordó lo que Kim le había contado de su historia, y se pateó a sí misma de manera mental. Era obvio que ella no tenía la mínima intención de llamar la atención hacia sí misma. La chica trataba de minimizar su presencia lo más posible, hasta que nadie la notara.

-Un Jack-a-lope. Es como un conejo con cuernos de ciervo -respondió Tommy. Daisy se volvió al escucharlo.

-Los conejos no tienen cuernos -aseveró Daisy, muy segura de lo que decía.

-Y eso es cierto, porque este no es un conejo. Al menos no como los demás -explicó el conductor, sin dejar de sonreír. -Es muy raro ver uno en la naturaleza, porque son muy tímidos, pero yo logre ver uno hace dos viajes, cuando iba a dejar atrás este estado.

-Vamos, eso es ridículo -se burló Daisy, divertida por el cuento. Pero oírlo al menos les distraería un poco.

-No lo es, lo juro. Me había parado en una estación de servicio, a unas veinte millas del límite del estado, para hacer una breve parada en la estación de servicio -comenzó Tommy. -Y justo cuando iba saliendo del baño, asegurándome de no haber pisado… algo desagradable, fue entonces que lo vi.

Kim disfrutaba de oír aquél relato. Daisy seguía de pie, con un brazo apoyado sobre el respaldo del apartado en que Kim estaba sentada, en la misma pose que solía adoptar al oír las conversaciones de sus amigos, en una vida que cada vez parecía alejarse más y más hacia el pasado.

-Iba saliendo detrás de un arbusto. Por un momento pensé que tendría unas ramas atoradas en la cabeza, pero al verlo con más atención, vi que eran sus cuernos -continuó Tommy, llevándose las palmas abiertas a ambos lados de la cabeza en una imitación del aspecto del animalito.

-Tal vez sí fueran unas ramas. A los animales les pasan accidentes de vez en cuando -comentó Daisy, con escepticismo.

-Oh, no era así en este caso. Yo podía ver con claridad como los cuernos salían de su cráneo, y al Jackalope no le molestaba para nada -refutó Tommy, cruzando los brazos y apoyándolos en la mesa.

-Es una pena que no pudieras tomarle una foto -dijo Kim, apenas alzando la cabeza.

Tommy chasqueó los dedos de la mano izquierda. Su expresión cambió a una de decepción.

-Eso es justo lo que quería hacer. Pero justo cuando iba a hacerlo, recordé que había dejado el teléfono en la cabina del camión -lamentó, con mucha sinceridad en su voz.

-Entonces, ¿tú celular…? -inició Daisy, pero dejó la pregunta inconclusa al ver como Tommy meneaba la cabeza de manera negativa. -¡Rayos!

Daisy no sabía que creer. Por un lado no era posible que los conejos tuvieran cuernos. Por otro lado, podía sentir como Tommy en verdad creía en lo que les estaba contando.

Aunque ella ya sabía que aunque alguien sintiera eso, no significaba que estuvieran diciendo la verdad, solo que ellos creían que lo era.

-Me hubiera gustado ver una foto -dijo Kim, levantando un poco la mirada. En su cara había una sonrisa genuina, que le iluminaba el rostro.

-Sí, es una pena que nadie más viera ese conejo, solo tú -añadió Daisy, con algo de burla en la voz, y con una expresión de incredulidad en el rostro.

Tommy negó con la cabeza, sin dejar de sonreír.

-¿No me dirás que después de lo que vimos en el estacionamiento, vas a dudar de mí? -preguntó él, mientras se inclinaba un poco más sobre la mesa. El cambio de posición hizo que le doliera el pie, arrancándole un gesto de dolor.

Todos quedaron en silencio por un par de momentos.

Daisy no sabía que pensar. Toda esa situación era demasiado extraña para ella, y no podía encontrarle pies o cabeza.

De repente, Daisy se sentó muy derecha, con los ojos muy abiertos.

-Hey, ¿qué ocurre? -dijo Tommy, lleno de curiosidad.

La chica no le respondió. Empuñando de nuevo el gran cuchillo, se levantó del asiento, y se dirigió de nuevo a la barra, justo donde habían dejado el cuerpo sin vida de la cocinera.

Daisy le quitó el mantel blanco que la cubría de un jalón, lista para matarla de nuevo, si era necesario. Después de todo, había pensado que el mesero estaba muerto, y él había regresado.

¿Por qué sería diferente con la mujer?

El cuerpo seguía en la misma posición que la habían dejado. Su piel se veía más descolorida, y un leve olor a putrefacción llegó hasta la nariz de Daisy.

La cocinera parecía estar muerta, más allá de toda duda. Aún así, Daisy no relajó su agarre en el cuchillo.

-Oye, ven y dame una mano -pidió Daisy, dirigiéndose a Tommy.

Tommy se levantó con algo de dificultad, y camino cojeando hasta donde estaban la chica y aquel cadáver. Kim le había contado un poco de lo que había pasado antes de que él llegara, pero no le había explicado acerca de Daisy y sus padres.

-Aquí estoy. Por cierto, mi nombre es Thomas, pero puedes decirme Tommy -manifestó el joven, extendiendo la mano.

-Daisy. Necesito que me ayudes a moverla, Tommy -explicó la chica, mientras estrechaba la mano del joven hombre.

Les llevó cerca de 15 minutos, entre levantar el cuerpo de la mujer, acomodarlo entre ellos de manera que no se cayera, y caminar a paso lento debido al cojeo de Tommy, para dejarla en el baño de hombres.

Kim le tendió a Daisy el mantel para cubrirla, sin atreverse a acercarse al cuerpo de aquella mujer. La cocinera quedó descansando sobre su costado derecho, con el cuchillo todavía clavado en la espalda.

Daisy revisó el baño. No había ventanas en los muros, solo un pequeño dispositivo extractor de aire en un hueco de la pared, que estaba apagado. El hueco era apenas más chico que su cabeza, así que no había otra salida más que la puerta por la que habían entrado.

Con algo de esfuerzo lograron acomodar uno de los bancos, de manera que la manija de la puerta quedara asegurada.

-¿No sabes dónde están las llaves, Kim? -preguntó a la joven pecosa.

-Nick… el mesero, las tiene -respondió la chica, mientras miraba hacia la puerta del baño.

-No imagino como podías estar trabajando con esta gente -comentó Tommy, mientras cojeaba otra vez hacia el apartado.

Daisy también tenía curiosidad acerca de eso. Kim no le había explicado como había llegado ahí, a ese lugar justo en medio de la nada.

Kim contó de nuevo la historia que Daisy ya había oído. Tommy se quedaba a veces mirando por las ventanas, hacia el desierto, pero de vez en cuando hacía una pregunta o comentario sobre lo que oía.

-Austin. He estado ahí, aunque a lo mucho unas horas, entre viaje y viaje -mencionó Tommy, una vez que Kim llegó a esa parte de su relato. -No es un mal lugar.

-No, no lo era. Era mucho mejor que el orfanato, aún si… si no me gustaba lo que hacíamos -coincidió Kim.

-¿Y qué era lo que hacías? -intervino Daisy, arrepintiéndose de inmediato de haber hecho la pregunta. La incomodidad que envolvió a Kim en ese momento le hizo sentirse casi igual.

-No mucho. Limpiaba el departamento. Cocinaba algunas cosas simples. Y en las noches tenía que hacer de vigilante, mientras vendían o hacían… cosas -explicó la chica, bajando de nuevo la mirada.

Daisy podía imaginar cuales eran las palabras que no quería mencionar. Miró hacia Tommy, quién le devolvió la mirada, en un silencioso gesto de entendimiento.

Kim se apartó un poco al sentir la mano de Daisy en su hombro. Levantó el rostro para verla, y sintió alivio al ver que en su rostro tenía una expresión cálida.

Daisy percibió más que su alivio. Al tocarla, pudo sentir que la pobre chica temblaba un poco por los nervios.

-Era feliz. O lo más feliz que he sido desde que quedé sola. Renée me cuidaba como si fuera mi hermana. Ella mantenía a raya a los demás cuando… querían que hiciera algo más -continuó Kim, luego se volvió hacia Daisy. -Me recuerdas a ella. En la forma de ser, digo.

Ella solo sonrió. Un acto tan sencillo, que puede tener muchos significados, pero en ese caso una sola intención.

-Un día salí a comprar comida, pero a unas cuantas cuadras me di cuenta que había olvidado la cartera -dijo la chica, con un poco más de fuerza en la voz.

Para cuando hubo vuelto a la casa, le esperaba una horrible sorpresa. Justo delante del mal cuidado edificio de departamentos, había varias patrullas de la policía. Kim se ocultó de inmediato en un callejón al otro lado de la calle.

Los policías forcejeaban con varios de los chicos, entre ellos los novios de Renée y Mary, que trataban de liberarse. Kim miró hacia las patrullas, deseando que sus amigas hubieran podido escapar.

Fue una esperanza vana. Las chicas estaban en la parte trasera de uno de los vehículos. El cabello pelirrojo de Renée era inconfundible.

Su amiga estaba justo del lado que daba hacia el callejón. Por un momento, Kim pensó en correr hacia la patrulla, abrir la puerta y ayudar a escapar a su amiga. Pero de inmediato se dio cuenta de lo estúpido que eso sería, ya que debía estar cerrada con seguro.

Kim no sabía que hacer. Se quedó mirando como los policías subían a sus prisioneros a las patrullas, solo una cara más entre los curiosos que miraban con interés desde el otro lado de la calle.

Renée volteó justo hacia donde ella se encontraba, mirándola directo a los ojos con una intensidad que Kim pudo sentir hasta lo profundo de su ser.

Su amiga abrió la boca, formando una sola palabra que Kim pudo entender, aún si no la oía.

“Corre”.

Kim se quedó viéndola, paralizada. Las lágrimas nublaron su visión, pero pudo ver como Renée repitió la palabra de nuevo.

La adolescente dio la media vuelta, y echo a correr por el callejón, dejando atrás a su amiga.

Eso había pasado hace menos de seis meses. Se dedicó a vagar por distintas ciudades, viajando como podía.

Durante ese tiempo, Kim había sido insultada, golpeada, y en una ocasión estuvo a punto de recibir un disparo. Fue en esa ocasión que pasó una noche aterradora en un bosque, en medio de la nada, luchando por no sucumbir al frío.

Pero también había encontrado personas que le ayudaban lo mejor que podían. Empleadas de café que le daban algunas sobras calientes. Un conductor, que se parecía a Santa Claus y que le encantaba hablar de sus nietos.

Daisy sintió que empezaba a admirar a esa chica. Aún siendo tan tímida, había ido a tantos lugares, y vivido tantas cosas.

-Y hace un par de semanas, fue que llegué a este lugar -dijo Kim. La muchacha había puesto sus manos sobre la mesa, y no dejaba de jugar con sus uñas.

-¿Y cómo…? -empezó Daisy, pero un bostezo propio interrumpió su pregunta.

La adolescente no tenía idea de la hora, pero sentía que debía ser más allá de la medianoche. Con todas las emociones, y el relato de Kim, el tiempo se había ido volando de manera imperceptible.

-Está bien si quieren dormir un poco. Me quedaré despierto hasta el amanecer, ya estoy acostumbrado -ofreció Tommy, mientras se rascaba la barba de forma despreocupada.

-Te tomaré la palabra, entonces -dijo ella, mientras se dirigía a otro reservado. Se acomodó como pudo para acostarse en el asiento. -Dormiremos un rato, y luego veremos que hacer.

Un par de minutos después, Kim se unió a ella, ocupando el asiento de enfrente.

Tommy se sirvió un poco más de aquel horrible café instantáneo, tratando de no molestar los sueños de esas chicas.

“Supongo que todo se verá mejor en la mañana”, pensó, mientras se sentaba de nuevo en el apartado, tratando de no mover mucho su pie herido.

Más allá de las brillantes luces de neón del café, la luz de luna creciente hacía ver los alrededores desérticos como un instante de tiempo congelado.

IX

El oficial Richard Kenneth había pasado las últimas horas yendo de un lado a otro por la carretera interestatal, buscando el viejo Chevy del ’97, sin encontrar el menor rastro. Y lo que era peor, ya se había acabado el último pastelillo de sabor vainilla.

Le parecía curioso que nadie más en varias millas a la redonda los vendiera. En el transcurso de su jornada laboral debía pasar cerca de una docena de estaciones de gasolina diferentes, pero solo la de Phil tenía esos condenados pastelillos.

Alguna vez había pensado en preguntarle de manera directa en dónde los conseguía, pero se dio cuenta que no lograría nada de esa manera. Lo más seguro es que le diera evasivas, y teniendo en cuenta lo difícil que era ganarse la vida en aquel tramo de carretera, no lo culparía.

Tal vez fuera lo mejor, al fin y al cabo. Si pudiera comprarlos al por mayor, de seguro acabaría muerto de un infarto en un par de semanas. No siempre era algo bueno tener todo lo que querías en la vida.

-Base, aquí Kenneth. ¿Todavía no hay novedad? -preguntó el oficial, hablando a través del receptor de la radio.

-Ninguna, solo otra noche tranquila, Richard -respondió Diana, la oficial que quedaba a cargo de la base, su voz transportada por las ondas de radio a través de la distancia.

-Esperemos que así sea, base -se despidió él, mientras seguía conduciendo la patrulla por el interminable camino. Extendió la mano hacia la radio del vehículo, y sintonizó una estación de música country para pasar el rato.

No era que le molestara pasar una noche tranquila, sobre todo después de lo ocurrido hace un par de semanas.

El incidente había ocurrido justo cuando Richard había empezado su turno. Tuvo que dar la media vuelta, antes de su visita acostumbrada a la estación de Phil, así que no estaba del mejor humor posible.

Su humor cayó hasta el suelo, y luego se hundió por debajo de la arena del desierto, al ver el desastre con el que tendría que lidiar.

Un camionero, conduciendo una pipa llena de químicos, había derrapado sobre el camino. El vehículo se volteó, causando una ruptura en el gran cilindro de metal que contenía un líquido con un nombre tan difícil como un trabalenguas.

El resultado fue una congestión de casi dos millas, en lo que esperaban al equipo de limpieza industrial de la compañía, un olor de los mil demonios a pesar de tener el viento en contra, y Richard estuvo tan ocupado que no pudo pasar a la estación de Phil sino hasta tres días después.

Pero al menos no le fue tan mal como al conductor, un obeso de más de cuarenta que juraba que un puma se le había cruzado justo en el último momento, a pesar de que no había uno solo de esos animales en millas a la redonda.

A pesar de las constantes peticiones de su esposa, él no tenía todavía intención alguna de dejar atrás todo eso para quedarse detrás de un escritorio, en los pocos años que le quedaban en el trabajo.

Las noches como aquella hacían que valiera la pena lidiar con todo el resto de la mierda que veía en su turno. Ninguna otra preocupación más que conducir en medio de toda aquella belleza, escuchando buena música.

La carretera comenzó a subir de manera suave, y la rectitud del camino dio paso a curvas amplias. Richard estaba casi al límite de su jurisdicción, pero le gustaba ir a aquel rumbo de vez en cuando, cuando las noches se presentaban de esa manera tan agradable.

La Roca del Cielo. Así es como la oficina de Turismo estatal había bautizado aquella meseta, esperando tal vez atraer a algunos de los curiosos que viajaban hacia el Cráter, a un par de días de distancia, más hacia al Oeste.

Pero a diferencia del parque del cráter, con su museo, área para casas rodantes y cine educativo, lo único que tenía la Roca era un simple mirador en la cima plana, construido con concreto y metal hace más de treinta años.

La Roca no tenía mucho de particular, excepto que era la única con la altura y el tamaño necesario para que la gente pudiera escalarla con facilidad, subiendo por el camino que la rodeaba. Una vez en la cima, podían disfrutar de una vista sin paralelo del desierto a varias millas a la redonda, sin obstrucciones de ningún tipo.

A Richard le gustaba terminar su recorrido en el mirador. No había nada más impresionante que ver como el Sol surgía del horizonte, arrancando largas sombras al resto de las grandes formaciones rocosas que poblaban aquella parte del desierto.

Al llegar al mirador apagó el motor de la patrulla, dejando encendida solo la radio, con sus canciones melancólicas.

Su turno acabaría en menos de una hora. Hasta entonces se quedaría ahí, disfrutando de la cálida noche de verano, mientras miraba hacia la carretera interestatal, por la que apenas circulaban un puñado de vehículos a esas horas, sus luces amarillas y rojas apenas visibles en la distancia.

Richard se sintió frustrado. No le gustaba no haber encontrado alguna señal de esa familia y su Chevy viejo, en ninguna dirección. Podía ser que el tipo hubiera pisado el acelerador para alejarse lo más posible, pero entonces surgía la cuestión del porque haría algo así.

“Tal vez han ido al Cráter, y decidieron pasar ahí la noche”, pensó Richard, acomodándose en el asiento del auto. No era raro que alguno de los visitantes de la atracción natural pasaran la noche en su auto.

El oficial decidió que pediría a alguien del pueblo siguiente que echara un vistazo por el área, al menos para despejar sus dudas. No era que fuera algo importante, pero a Richard le molestaba dejar una cuestión tan simple como un misterio.

“¿Y qué si queda como uno?”, pensó él, mientras se tallaba los cansados ojos. “Hay demasiados misterios en este desierto, uno más no hará ninguna diferencia”.

La luz del Sol comenzó a asomar por el horizonte, tiñendo el cielo primero con tonos púrpura, que iban cambiando de manera lenta a un color rojo oscuro.

Richard se rascó la casi calva coronilla. El sombrero descansaba en el asiento del pasajero, dónde se la pasaba la mayor parte del tiempo en aquellas noches cálidas.

Giró la llave, y el motor volvió a encenderse. El auto patrulla dio la media vuelta en el mirador, y comenzó a descender por la carretera, sin ninguna prisa por volver al pueblo.

Un nuevo día había llegado.

Sobre el autor: José Luis Toscano López – Ha colaborado con el Estudio Utopía, Grupo ComyC, la revista MAD México y The Helicarrier Network. También tiene un blog en el que sube escritos varios, El Vampiro de Neptuno.Nació en La Paz, Baja California Sur, en 1982, a tiempo para disfrutar una gran década para el cine fantástico y de ciencia ficción. En su tiempo libre le gusta leer, ver películas, entrenar en box, correr en carreras, y escribir libros que pronto irá publicando.

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