Mad Gringo – Primera Parte

El sonido de un tren que pasaba justo a un lado suyo lo despertó. No sabía quién era o qué hacía ahí. Estaba solo en un cuarto de hotel de paso, con una cicatriz en el costado y un terrible dolor de cabeza. Se miró las manos blancas y callosas, sobre todo de los nudillos. Se quedó recostado un rato, de seguro las cosas volverían a su memoria poco a poco, de seguro sólo estaba aturdido por el brusco despertar, de seguro después de unos cinco minutos más su rostro, su nombre y la historia que lo había llevado hasta ahí aparecerían como genes en una prueba para comprobar la paternidad, si es que en estos tiempos aún se podía hacer eso.

Le resultaba ahora extraño el sonido, pues en estaba seguro de que en esa ciudad el tren no pasaba cerca. Por alguna razón sólo podía visualizar el tren que viajaba de un lado a otro sobre la muralla que dividía la frontera, como una gota de sangre metálica sobre el canto de una navaja. Recordó el himno de la ciudad, de WallCity, la ciudad que apenas cabía al lado de las vías, y fue como una canción de cuna. Se sintió seguro.

Despertó de nuevo en la tarde, el sonido del tren. Además tocaban la puerta. Estaba menos aturdido, se levantó de un salto y vio que llevaba una camiseta sin mangas y unos boxers. Abrió. Un hombre moreno de baja estatura le dijo:

–Pei or aut, gringo.

–Wha…

–Pei for de rum.

–Oh, yes… yes… just a minute.

Estaba seguro de que había visto unos pantalones de reojo en la silla. No, sólo era una toalla. Sin querer se vio en el espejo de la cómoda. Su rostro le resultó familiar, aunque había algo extraño en él. Era un hombre blanco de alrededor de 45 años con una perfecta barba de candado lo suficientemente larga como para ocultar su papada.

–Ándale, gringo, no tengo todo el día, pei or aut.

Encontró una maleta pero no había ahí más que algo de ropa y un libro sobre la ciudad en la que estaba o eso supuso. Otra maletita debajo de la cama, como un manpurse en el que estaban sus papeles y algo de billetes de ambos países. Adentro también estaban guardados los sonidos del tren, de sus pasajeros.

–Quanthos pehsoz…

–Tuenti fai dolars.

–Oh, ok, that is ten… twenty… five… –dijo contando los billetes.

–Tankius.

–Is that all?

–¿Cómo?

–¿No maz problemos?

–No, hasta mañana. Tumorro otros tuenty fai.

–You have seen me with some one else in here?

–Nou spic mucho inglish.

–¿Qhien ha sido otrha persona aquí conmigo? ¿Sabes de dónde vengou?

–Achinga chinga, no amigo, si tú no sabes pues yo menos…

–All right…

Escuchó que se fue diciendo: ah, pinche estúpido. Una vez más se vio en el interior del espejo. Sus ojos se veían cansados y ojerosos. Estaba despeinado, pero tenía un corte impecable que de seguro al peinarse lo sería aún más. Por un instante vio reflejos tenues de pasajeros que se desviaban las miradas entre sí en un vagón oscuro.

Se recostó y estuvo ojeando el libro, adentro encontró una entrada para un evento que se llevaría a cabo en la noche. Estaba en la página en la que había un mapa del centro y tenía marcadas dos ubicaciones con círculos rojos. Una al parecer coincidía con la dirección del boleto y la otra claramente era la oficina de Teletransportes, el lugar desde donde teletransportaban legalmente a migrantes para que fueran a trabajar, aunque con el aparato que les ponían podían regresarlos de nuevo en cualquier momento.

Tomó un bañó tratando de recordar quién era y qué hacía ahí, se puso un traje elegante que tenía colgado con un pequeño papel que decía: for the big event, y la fecha de ese día. Tomó la nota y con una pluma que encontró sobre la cómoda escribió las mismas palabras abajo del papel. Era su propia letra. Recordó otra letra muy diferente a esa y en un block de páginas con un checklist, en su brazo un uniforme azul marino con dos tiras doradas girando alrededor la muñeca.

Fue a buscar algo de comer, unos tacos. Tenía miedo de las salsas mexicanas, pero no eran la gran cosa. Exageraciones. Ni picaban tanto ni esa comida era tan exótica como la pintaban. Le sabían al día a día y no mejor que unos ham and eggs ni sentía estar entrando a un universo gastronómico distinto. O quizás era porque sólo eran tacos, pero por algo tenía que comenzar. Aunque no estaba seguro de cuánto tiempo llevaba en México, el libro turístico se veía maltratado. Según sus papeles se llamaba John Smith. No tenía más datos. No halló fotografías, tarjetas de crédito o cuentas de banco. Su celular no tenía nada instalado ni números guardados.

Comenzó a hacer frío, el viento pegaba en su piel y le ponía la carne de gallina. Llegó al evento a la hora especificada. Era una casona vieja, lo pasaron al patio en donde había ya espectadores acomodados en gradas de lámina y madera o de pie tomando diferentes clases de licor, todos caucásicos, algunos con alguna prostituta blanca aunque de clara ascendencia hispana.

Entre dos tipos enormes de barbas grises y chalecos de mezclilla llevaron a un chico moreno y flaco al centro. Se veía mareado y su mirada estaba perdida. Llevaba un traje de boxeador, con guantes, pantaloncillos y botas, todo de color rojo con blanco.

Un presentador apareció vestido muy elegantemente, con traje negro, sombrero de copa y guantes blancos. Todos aplaudieron y creyó ver el sol y escuchar miles de disparos que no cesaban allá en la otra realidad del recuerdo.

–Wellcome ladies and gentelmans, and some mexican whores. Who will be the first tonight. Oh, look who is here… John Smith…

John… se llamaba John… y después de esa pequeña epifanía aún estaba muy consternado, no sabía qué hacer. Se fue acercando y le dijo al presentador que no recordaba nada, que si lo conocía, que si alguien de ahí lo conocía. El presentador pensó que era una estratagema y dijo en voz muy alta que si alguien sabía quién era el que acababa de entrar. Lo dijo de varias maneras, cada vez más fuerte. La gente comenzó a corear: “Mad Gringo” y John simplemente no sabía qué hacer. Trató de decir algo, pero no lo escucharon.

–Ladies and gentelmans… the Maaaad… Gringo! Please be our guest, sir, –dijo y lo empujó hacia el muchacho moreno. Ya lo había visto antes, no sabía dónde.

El joven le dio algunos golpes, la mayoría los fallaba, pero como no se defendía al parecer fue despertando y generando confianza. Le alcanzó a dar unos jabs, la carne y la suavidad de los huesos le resultaron familiares. John dio tres pasos hacia atrás, los que estaban de pie observando se acercaron y le quitaron el saco y la camisa y lo empujaron hacia más golpes que parecían perder cada vez más su suavidad. John finalmente arremetió contra aquel que no aparentaba tener ningún entrenamiento de pelea, cuya carne se sentía débil, desnutrida, sus huesos frágiles aunque muy flexibles. Odió el color de esa piel y comenzó a imaginar que su propia piel se teñía de ese color y sintió asco y coraje y golpeó con más y más fuerza hasta que quedó exhausto, lleno de sudor ácido y exhalando vapor. Ahora comenzaba a saber quién era. La imagen de caminar entre cientos de cadáveres en fila.

Se llevaron al inadvertido sparring en muy mal estado. Se acercaron al Mad Gringo, vitorearon, levantaron sus brazo. El presentador lo guio hacia las gradas.

La noche siguió avanzando conforme la gente del público se quitaba la camisa para golpear al continuo flujo de morenos o negros con ojos que parecían estar en otro mundo.

Una chica de piel aperlada, con un perfecto inglés hollywoodense, se encargó de poner bebidas en una mano y cigarros en la otra.

En cierto momento ella le dijo en voz baja: everything is going on perfectly, but you gotta go now…

–Live me alone, stupid mexican whore.

Ella le pellizcó el brazo desnudo y él se levantó y la empujó. Estuvo a punto de darle un buen golpe, su brazo se quedó en posición como arma retráctil que espera que la activen, temblaba. Vio sus ojos retadores y le parecieron tan familiares. La imaginó vestida con otra ropa más autóctona y pasándole unas tortillas en una casa de paredes descarapeladas. La mesa tenía un mantel de plástico con un patrón blanco y color azul celeste. Se extrañó de este otro sueño tan diferente a los otros. Titubeó.

El presentador lo detuvo y le dijo take it easy, man, she’s just a stupid bitch y le dio una botella de cortesía. Ya no estaba muy contento. Salió de ahí.

Ella lo alcanzó y le dijo: remember not to hurt them. Ella se veía preocupada, frágil. Había cierto adiós en su mirada, pero la adrenalina aún corría por las venas de él.

–Fuck off…

Caminó media cuadra. Se fue calmando. Sus ojos negros. Pensó en regresar, no tenía ganas de pasársela solo en el cuarto de hotel. Volteó. Varios muchachos lo seguían. Le dio una fumada al cigarro y lo tiró con el índice y cayó junto a las vías del tren tan cercano a la piel de una ciudad.

Le dio el mejor golpe que pudo a un chico que se acercó primero y este cayó al suelo, se sintió poderoso, pero el muchacho sólo se tocó la barbilla extrañado.

–Oigan… como que esto va en serio, chavos.

–Come on! –gritó John y les hizo señas de que fueran hacia él. Le reventó la botella en la cabeza al joven y luego ellos no lo dejaron tomar más ventaja. Sonidos de tren, de disparos, gritos de júbilo que gritaban: kill them, kill them all, kill all the mexicans, make America great again…

(Continuará)

Sobre el Autor: Jorge Chípuli – Obtuvo el premio de cuento de la revista La langosta se ha posado 1995, el segundo lugar del premio de minicuento: La difícil brevedad 2006 y el primer premio de microcuento Sizigias y Twitteraturas Lunares 2011. Fue becario del Centro de Escritores de Nuevo León. Ha colaborado con textos en las revistas Hiperespacio, Deletéreo, Literal, Urbanario, Rayuela, Oficio, Papeles de la Mancuspia, La langosta se ha posado, Literatura Virtual, Nave, Umbrales, la española Miasma y la argentina Axxón. Ha sido incluido en las antologías: “Columnas, antología del doblez”, (ITESM, 1991), “Natal, 20 visiones de Monterrey” (Clannad 1993), “Silicio en la memoria”, (Ramón Llaca, 1998), “Quadrántidas”, (UANL, 2011) y “Mundos Remotos y Cielos Infinitos” (UANL, 2011). Ha publicado el libro de minicuento: “Los infiernos” (Poetazos, 2014), “Binario” (Fantasías para Noctámbulos, 2015), “Deconstrucción de Eva” (Gato-Lunar, 2015), “Para cantar en los patios” (Editorial Urbanario, 2016) y “Sueños que riman” (poemario para niños bajo el seudónimo Don Patotas, editorial Gato-Lunar, 2015).
Ha expuesto de manera individual en la galería de arte Joaquín Clausell de Campeche, en el INEA, en la Casa de la Cultura de Guadalupe, en la Facultad de Artes Visuales de la UANL, en el Café Infinito, en el espacio cultural Gargantúa, y formó parte de la Galería Nacional, Edición Latinoamericana (DF). Y de forma colectiva en varios espacios como la Biblioteca Central, la UR y el BAM. Ha impartido cursos para niños en la FAV y en Conarte Niños. Fue parte de la Reseña de la Plástica Nuevolonesa 2007.

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