Utah

El viejo Thunder-Ry se posicionó frente a la camioneta y nos deslumbró con su haz de luz, el polvo provocado por las hélices bloqueaba nuestra visión y el ruido de sus motores hacia complicado escucharnos el uno al otro, aun así el grito de Jesús fue audible en ese caos.

— Ya no hay nada que hacer, hasta aquí llegamos —dijo mientras detenía el vehículo y trataba de protegerse los ojos

Yo usaba un paliacate en la cabeza y otro para tapar mi boca, además de un par de lentes oscuros y baratos pero suficientes para evitar la identificación retinal, todo estaba tan lleno de polvo que yo no podía dejar de toser, quería salir de la unidad aunque la luz era tan cegadora que apenas podía ver lo que hacia

— Esta es la patrulla de frontera de los Estados Unidos de América —inició en un perfecto español el Thunder-Ry para identificarse—. Quedan detenidos por infringir los acuerdos migratorios vigentes, salgan del vehículo.

Salimos, cada uno de nosotros con las manos en alto, las levantamos por costumbre, el robot no lo había solicitado así, no lo necesitaba, no podía haber nada dentro de una camioneta que pudiese amenazarlo.

Mientras las luces aéreas del carrier volvían a un nivel más tolerable empecé a escuchar el trote de las pisadas de los semiautónomos acercándose, aunque su estructura era parcialmente metálica me sorprendieron las estilizadas formas de polímeros en tonalidades “desert camo” y seis o siete paneles de grafeno repartidos en su cuerpo, lentamente me quite los paliacates del rostro, a esta distancia ya no tenían razón de ser pero a pesar de mis movimientos suaves note que el grafeno ya formaba ajugas dispuestas a dispararse en mi contra ante cualquier indicio de agresión.

— No hare nada malo —les dije.
— Ya lo has hecho —me respondió la unidad más cercana mientras daba vueltas a mi alrededor fijando su cámara principal en mí, tomando tal vez una imagen térmica de todo mi cuerpo o una foto “tridi” o tratando de identificarme en la red por algún rasgo corporal.
— César Antonio Gavín Beltran —dijo finamente la unidad a mi espalda después de reconocerme, yo asentí con la cabeza, una reminiscencia inútil del dialogo con personas, noté un movimiento a mi izquierda y vi que otra unidad había adoptado una posición bípeda para alejarse con Jesús, este trataba de resistirse un poco y buscaba mi mirada para recordarme lo que me había dicho horas antes “No les digas nada, no les creas nada, niega todo, no caigas en sus trampas, son muy astutos”.

La unidad a mi espada atravesó ahora mi campo visual para llamar la atención.
— Acompáñeme, César —me ordenó mientras una de sus patas me sostenía por el brazo, caminamos hasta lo que supuse serían quince o veinte metros del Thunder-Ry, más allá del haz de luz del carrier el desierto era un paisaje invariablemente oscuro, frío, monótono, Jesús no nos había advertido que pudiese descender tanto la temperatura, ni Karla ni Gabriela estaban lo suficientemente abrigadas para esto, Karla siempre había sido más sensible a los cambios de temperatura, yo esperaba que ambas estuviesen a salvo.

— ¿Qué le sucedió en la rodilla, Sr. Gavin? —preguntó la unidad arrancándome de mis pensamientos y dejándome por unos segundos confuso, entonces recordé su escaneo a mi alrededor.
— Un golpe, una caída de hecho.
— Hay liquido sinovial llenando su articulación. ¿Le es doloroso?
— Sí, aunque puedo caminar, ni siquiera cojeo.
— En unos días lo hará —sentenció la máquina poniéndose ahora frente a mí—, le daremos un analgésico.
— Gracias —respondí mientras notaba que la máquina adoptaba una posición de loto y me invitaba con su “mano” a sentarme frente a él en la arena del desierto.
— ¿Cuál es su actual estado civil? —preguntó la máquina.
— Casado —dije sorprendido de que no supiera tal dato sí ya varios segundos antes había podido acceder a mis registros mediante su escaneo.
— ¿Ha cometido anteriormente algún otro delito grave?
— No, ninguno.
— Además de intentar entrar y residir ilegalmente en los Estados unidos de América, ¿tiene usted alguna otra intención al venir?
— No —respondí sonriente—. Sólo “entrar y residir”.
— ¿Padece alguna enfermedad crónica o contagiosa?
— No —dije nuevamente sorprendido de la pregunta—, usted ya checó mis registros y ya me escaneó, eso ya lo sabe.
— ¿Hay algo grave que este ocultándome actualmente, Sr Gavin?
— Nada —contesté un poco molesto.
— ¿Dónde está el resto de su familia, Sr Gavin?
— En México, en Michoacán.
— ¿En qué parte de Michoacán vive usted?
— Morelia —respondí—, donde los registros ya le han mostrado a usted que he vivido toda mi vida.
— ¿Planea usted violentar de cualquier manera la leyes de los Estados Unidos de América?
— No.
—  ¿El señor Jesús Campa tiene alguna otra intención además de ayudarle a usted a pasar a nuestro país ilegalmente?
— No que yo sepa.
— ¿Tiene alguna herida reciente además de la rodilla?

En esta ocasión no conteste de inmediato, sabía que ellos de antemano conocían la respuesta:  yo no tenía alguna otra herida, era la tercera ocasión que me habían preguntado algo obvio, algo que mis registros les habían dicho antes, estaban confirmando y no preguntando realmente, siempre antes de hacerme dos preguntas más, había un patrón en todo aquello.

— No, ninguna —dije y espere para comprobar que vendrían dos preguntas más, la tercera regularmente era más concreta si mi percepción del asunto no estaba fallando, más incómoda, para después reiniciar el ciclo con una pregunta obvia.
— ¿Ha violado las leyes en su país o Estado anteriormente?
— No.
— ¿Su familia está cruzando la frontera por otros medios en este mismo momento?
— No —dije sintiéndome asustado, había dejado que la certeza de un patrón en las preguntas me llenara la mente de miedos, lo entendí, había leído hace años de esto, era una técnica policial, preguntas base cuyas respuestas ya se conocían y preguntas con relevancia real, se preguntaban las primeras y luego se comparaba la reacción al hacer las segundas, confrontar la reacción de verdad contra la reacción en una pregunta donde se desconoce la respuesta, en mi situación los bots se ayudaban con sus sensores para comparar mi respuesta fisiológica, mi reacción térmica, mi lenguaje no verbal al decir la verdad y luego para examinar sus sospechas.

— ¿El señor Jesús Garcia Ranu es pariente suyo? —preguntó el robot pero decidí no contestar, obviamente no éramos parientes.
— ¿Usted es buscado por autoridades mexicanas?  —después de unos segundos de no recibir contestación esperó un momento más y después volvió a cuestionarme—. ¿Esta infiltración suya a nuestro país es una maniobra para distraer nuestra atención de otro vehículo donde viaja su familia?

Me sentí mal, realmente mal, mi cuerpo había traicionado a mi familia, mi fisiología había hablado por mí, en contra de mi voluntad, tal vez habían pasado solo veinte o treinta segundos cuando la máquina hablo de nuevo.

— No necesito siquiera una respuesta verbal de su parte, señor Gavin, sólo necesito que este frente a mí, donde pueda escucharme y yo pueda verle —diciendo esto el robot empezó a alejarse en dirección a Thunder-Ry con la certeza de que yo no huiría, no habría hacia donde huir cuando ellos interceptaran a mis dos hijas.

 

Sobre el autor: Fernando Bonilla – Ciudad de México (1977) Psicólogo poligrafista, artista plástico y a veces escritor. Sus relatos han sido seleccionados para algunas antologías en linea, finalista del concurso de ficción científica de Editorial Televisa.

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