Un café en las estrellas

La nave Van Vogt III tuvo un apagón, tomaría un tiempo hasta que el colisionador de partículas se recargara y el motor de fusión nos permitiera volver a la velocidad interestelar  de 299,000 kilómetros por segundo. No era nada grave, a veces ocurre que al atravesar una nube electromagnética el sistema se sobrecargue y el colisionador quede sin energía durante algunas horas. Nada de qué alarmarse, puro protocolo. Pero el protocolo puede salvar vidas.

Lo peor de los viajes de larga distancia es que cualquier cambio de velocidad en la nave y la tarjeta madre se tomaría un buen rato en calcular la curvatura del espaciotiempo en el interior de la nave y compararlo con el espaciotiempo absoluto, recalibrar el interferómetro, modificar la dirección y permitir al mecánico cuántico, que soy yo, reparar las ecuaciones celestes para ponernos en camino nuevamente.

Como estaríamos varados en el espacio de Minkowski durante las próximas horas aburriéndonos mortalmente, preparé café. Le ofrecí una taza a la navegadora Didi 3.0, que sin energía no tenía nada que hacer salvo escuchar música o cuidar sus plantas. Bebimos en silencio, mirando ella las estrellas en la ventana y yo las estrellas en sus ojos.

— Ya escuché el disco que me prestaste —dije.
— ¿Qué te pareció?
— Prefiero la música concreta.

Didi 3.0 me cuestionó con la mirada. Para alguien como yo, acostumbrado a leer las ecuaciones geodésicas y transformarlas en lenguaje comprensible tanto para la nave como para el piloto y los navegadores, leer los gestos de un ser humano no implica mayor complejidad.

— Es la que se hace no a través de partituras, sino que se toma de la realidad misma —expliqué.
— Tendrás que mostrarme un ejemplo —dijo, y tras una pausa, añadió—. ¿Recuerdas cómo era la Tierra?

Didi 3.0 nunca conoció su planeta de origen excepto a través de la memoria heredada de Didi 2.0 y Didi α, con algunos datos aportados por los libros y videos a bordo. Éste era un viaje de 4,400 años, tiempo de la nave, unos 60,000 años de tiempo terrestre, con escalas cada seis o diez años en alguna de las colonias humanas que flotan entre el Sistema Solar y Alfa Centauri; Didi 3.0 nunca conocería la Tierra. Al llegar a los 35 ó 40 años, que es el tiempo aproximado que sobreviven los cuerpos a estas velocidades, la nave inteligente prepararía un clon suyo, una Didi 4.0 a la que transferiría su mente, como Didi 2.0 y Didi α lo hicieron en su momento. Aún faltaba mucho para ello; en tiempo subjetivo, claro.

— Me gustaría conocerla —prosiguió, apartando su mirada del paisaje sideral y llevándola hacia mí, haciéndome mover los ojos a cualquier punto para ocultar mi nerviosismo, desacostumbrado como estaba al contacto visual con otras personas—. Si pudiera irme, lo haría.

Me preocupaban sus palabras. Ha habido casos, muy pocos, es cierto, pero que han trascendido, en los que algún miembro de la tripulación de un viaje interestelar aprovecha una de las escalas para darse a la fuga. ¿Didi 3.0 estaría considerando tomar el primer vuelo a la Tierra que pudiera encontrar? Es verdad que todo el tiempo que no dedicaba a la cartografía del recorrido, lo pasaba en los huertos, pero mucha gente siente placer de trabajar con la tierra y las plantas sin que eso signifique que desertarán de su misión.

— No era la gran cosa —le dije, tal vez tratando de disuadirla—. Crimen, corrupción, guerra, presidentes con menos inteligencia que un rábano, deportes más apropiados para cavernícolas descerebrados que para seres humanos… Créeme, se está mejor aquí arriba.
— Extraño echarme sobre la hierba, a la sombra de un árbol, con un libro de poesía en la mano —Didi 3.0 no había hecho eso nunca, pero lo recordaba muy bien—. ¿No te gustaría a ti?

No podría saber si ese recuerdo le venía de Didi 2.0, quien vivió en la Tierra unos años antes de embarcarse en este viaje, o de la mismísima Didi α, que siempre anheló salir de la Tierra y liberarse de la gravedad, aunque jamás tuvo la oportunidad de hacerlo. De cierto modo, a través de Didi 2.0 y Didi 3.0, lo ha conseguido. Pero el ser humano es extraño, una criatura dada a las ironías, y esta joven de estrellas en la mirada, nacida en la inconmensurable vastedad del espacio, lo que más deseaba era un rincón de hierba y leer poetas muertos.

— Tú viviste en la Tierra —me dijo—, tú tienes todo: la Tierra y el universo. Es imposible para alguien como tú comprender lo que siente alguien como yo.

No le hice ver que lo que decía me lastimaba. Eran palabras hirientes, no injustas. Yo no tenía derecho a cuestionarla.

— Pero tu antecesora vivió en la Tierra y luego aquí.
— Yo no soy ella.

Ésa era una aseveración difícil de sostener, y más difícil aún de refutar. ¿Qué es el yo? ¿Quién es el yo? Sin duda tiene que ver con la memoria, pero también con el cuerpo. El cuerpo aprende independientemente del cerebro, así que Didi 3.0 tenía razón al afirmar que ella, esta versión de Didi, este cuerpo en particular, nunca estuvo en la Tierra. Pero tiene recuerdos de haber estado ahí, y esos recuerdos no son falsos.

Cuando un documento se transfiere de una computadora a otra, ¿se trata del mismo documento o de otro? Al poner los datos bajo un análisis objetivos tenemos que, a) son dos computadoras distintas, y b) el archivo transferido se considera el mismo, a menos que, c) en ambos dispositivos se encuentre una copia del mismo, por lo tanto, d) es imposible afirmar o rechazar que el documento sea el mismo o que sea otro.

Si el cuerpo es análogo al hardware, y la identidad, la memoria y aparato psíquico son el software, ¿no es válido afirmar que se trata de la misma persona? ¿Didi 3.0 es Didi 2.0, y también es Didi α?

— Tienes razón —concedí—. No lo comprendo.

¿Y cómo podría? Yo seguía siendo el original, Anselmo α, y aunque cada día se acercaba más el momento de transferirme a mi primer clon, la idea de un Anselmo 2.0 me parecía de lo más natural, y nunca hasta este momento había sido causa de dudas o desconcierto. Era el proceso natural por el cual el ser humano había aprendido a dominar la vida y la muerte, un paso evolutivo necesario para los viajes interestelares y la colonización del universo.

— Este café te quedó muy bueno —dijo Didi 3.0, y esas palabras me hicieron sonreír.
— Sólo es un instantáneo —no había de otro a bordo.

¡Cielos! Lo que habría dado por una buena taza de café. De café auténtico, no esta cosa sintetizada en la impresora 4D a base de los residuos del colisionador con regusto a carbono. Toda la materia, orgánica e inorgánica, está compuesta por las mismas partículas elementales, la impresora sólo ordena los materiales en el orden adecuado y, como si fuera lo más normal, un fragmento de carbón vegetal se convierte en un perfecto trozo de queso, toda una alquimia cotidiana. Bueno, algo así; por alguna razón, las impresoras nunca han sido capaces de reproducir el sabor del café cultivado como debe ser.

— Pero tú le pones las cantidades correctas de agua, azúcar y crema. No cualquiera sabe hacer un café instantáneo. Además…

Además. Sí, es cierto, casi lo olvidaba. Además, Didi 3.0 no tenía forma de comparar una taza de este café tetradimensional con una taza de buen café chiapaneco o colombiano. Y dentro de 60,000 años, quién sabe si todavía se podrá conseguir café terrestre. Más vale que en Alfa Centauri tengan buen café.

— …además, para mí el mejor café es el que se prepara para alguien más —dijo y bebió un largo sorbo.

* * *

El clon ya estaba terminado. Copiar mi identidad y aparato psíquico al disco duro me tomó un par de horas; trasferir toda esa información al clon, requeriría de unas 26 horas. Al dejar atrás a Eris y acercarnos a la órbita de Sedna, me asaltaron las dudas filosóficas que Didi 3.0 había despertado en mí hacía tiempo. La computadora donde toda mi identidad estaba guardada, ¿era yo? Nadie pensaría que sí, pero, ¿cuál es la diferencia al mover esa información al cerebro del clon?

El protocolo de clonación demanda que el sujeto α se encuentre junto al clon durante todo el proceso de transmisión. Cuando el proceso comienza, el sujeto α recibe una inyección letal que lo pondrá a dormir durante unas 36 horas para no despertar más. En su lugar, es el clon quien abrirá los ojos, sin tener recuerdos anteriores al de haber vaciado su memoria en un disco duro. Cuando su vida útil se agote, el clon hará lo mismo con el clon siguiente, y así de forma sucesiva hasta que, por alguna razón, la línea se interrumpa.

Al principio, el nuevo ser sentirá que el cuerpo no le pertenece, no muy distinto a un adolescente cuando los brazos le han crecido un poco, causándole una cierta torpeza, pero se acostumbrará pronto, y descubrirá que la juventud recuperada le permite hacer cosas que no podía hacer más. Pero incluso antes de que mente y cuerpo se sincronicen como una misma cosa, el clon ya estará listo para reintegrarse a la vida a bordo, con la ventaja de no requerir de ningún entrenamiento, sino sólo una actualización de las últimas novedades durante los dos o tres días que haya sido mantenido en cuarentena.

Hasta hace poco tiempo, tenía plena conciencia de que al despertar como Anselmo 2.0 sería yo mismo quien despertara. Ahora tengo serias dudas sobre ello. ¿Cómo puedo ser yo si estoy muerto? No es que pueda evitarlo, he recibido la inyección hace cinco minutos.

Pero antes de morir tenía algo que hacer. Nadie me vio salir del laboratorio; era una suerte que el proceso de transferencia de identidad, o quizá sea más adecuado llamarle de muerte y resurrección, se considerara algo privado, que cada uno debe realizar en total soledad, como el baño y el sueño. Sin perder tiempo fui hasta el camarote de Didi 3.0.

— Ven conmigo —le dije cuando abrió su puerta.
— Creí que estabas haciendo tu transferencia —dijo.
— Eso estoy haciendo —dije, y le mostré la marca de la inyección en mi brazo—. En cualquier momento me quedaré dormido, pero antes tengo que llevarte a un lugar.

Didi 3.0 miró la marca. Vi la tristeza en su rostro, un vacío en su mirada que no recordaré cuando despierte rejuvenecido en un cuerpo nuevo. ¿Cómo puede ser bueno para la humanidad algo que causa dolor a una persona?

Conduje a Didi 3.0 por el pasillo donde pasaré, o una parte de mí pasará, los próximos 30,000 años dando mantenimiento a las ecuaciones celestes para corregir rumbo y velocidad. El Corredor del Álgebra, como se le llama, corría paralelo al pasillo principal, que permite ir a cualquier punto de la nave. El paso no estaba prohibido, pero nadie iba ahí. No es que fuera un lugar deprimente, pero nadie tenía nada que hacer ahí, sólo había números y símbolos matemáticos. Si buscaban privacidad, la tenían de sobra en sus camarotes. Y no es que fuera yo muy popular para que la tripulación hiciera fila para ir a hablar conmigo. ¿Tenían una consulta que hacerme? Para eso estaba el intercom.

Llegamos al puerto. Sin soltar nuestras manos caminamos hasta mi nave personal, Absentia, que había traído conmigo no sólo por la dificultad de dejar las cosas atrás, sino porque había pagado mucho dinero para personalizarla a mi gusto. ¡Viajar en esa nave personal era un sueño!

— Absentia —dijo Didi 3.0—. Qué apropiado.
— ¿Honestamente? —dije—, se trata de un error. Cuando la llevé a que le grabaran el nombre, les dije que debía ser Absenta. ¿Sabes lo que es la absenta?
— ¿Una especie de alcohol?
— Ajenjo. El hada verde. El monstruo verde.

Le conté en breves palabras que en la adolescencia había sido algo así como un neodecadente, visitante de cafés y buscador de bebidas extravagantes. Pero cuando me aceptaron en el colegio de ingenieros, ya no tuve tiempo para para la bohemia. Para no perder por completo mis raíces, el día que me gradué y se me asignó una nave personal, decidí ponerle un nombre que me remitiera a mi pasado. Pero le pusieron el nombre equivocado y no había nada qué hacer.

— Además —dijo ella—, la tripulación no tiene permitido beber alcohol.

Estos días, el café era casi lo único que me hacía sentir algo en el cuerpo. Lo otro era su mirada. No podía creer lo que estaba por hacer. Pensé que terminaría mis días con un récord perfecto. Pero se lo debía, no importaba lo que pudiera costarme.

Entramos juntos a la Absentia. Didi 3.0 debía saber ya de qué se trataba, pues no dijo nada mientras yo manipulaba el panel de control. Nuestros cuerpos se sacudieron, era el efecto de cambiar de forma tan abrupta de un sistema de referencia a otro distinto dentro de aquél más amplio. Absentia se movía a una velocidad diferente que la Van Vogt III, aunque a simple vista no lo pareciera.

Vi el cuerpo de Didi 3.0 estremecerse, sus ojos abrirse tratando de comprender, atenta a su entorno. Pensé en una flor que recibe la luz del sol.

— ¿Qué es eso que se oye? —preguntó y, con duda, añadió— Aunque no estoy segura de que escuche nada, es más como una sensación en el cuerpo, sobre todo en la lengua, como un sabor, o como la idea de un sabor.

Sí, era algo parecido a lo que se siente cuando uno está a punto de probar el jugo de un limón, ese sabor fantasma de la anticipación que nos hace salivar. La única analogía que se me ocurre es que tiene el mismo sabor que el canto de las ballenas jorobadas.

— La música de los cuásares —le dije—. La Absentia no sólo es una nave, es un receptor de señales de radio ajustado a la misma frecuencia que los cuásares; un decodificador interpreta las ondas y las convierte en esto que sientes ahora.

Música concreta para el cuerpo. Si alguien podía entenderlo, era ella.

— Es mi regalo de despedida —le dije y salí por la compuerta.

Era un regalo doble. No sólo podía usar mi nave particular para irse a la Tierra; también, si así lo decidía, podía optar por quedarse en la Van Vogt III y culparme a mí. Después de todo, fui yo quien lo planeó, fui yo quien operó los controles, son mis huellas las que llenaban los botones.

Didi 3.0 se asomó por la ventanilla. No pude escucharla, pero sabía lo que sus labios me decían. Le hice una señal de despedida y me dirigí a mi habitación. Para cuando las autoridades lleguen, Didi 3.0 ya se encontrará a miles de kilómetros de aquí, tal vez en la elíptica de Urano. Si todo sale bien, y así debe ser pues yo mismo elaboré las ecuaciones celestes de la Absentia, llegará a la Tierra cuando haya alcanzado los 30 años de edad, y aún le quedaran algunos más para vivir en ese planeta que tanto anhela.

Sentí algo correr por mi rostro y llevé un dedo instintivamente a él. Una lágrima de sangre, mitad de tristeza y mitad de muerte. Creo que no podré llegar a mi habitación a tiempo.

Mientras mi cuerpo cae, pienso en Didi 3.0 y sus últimas palabras, que no escuché pero descifré a través de la ventanilla. “Yo también”, alcanzo a decir, aunque sólo mentalmente, antes de golpear el frío suelo de la nave.

Sobre el autor: Jorge Jaramillo Villarruel (Ciudad de México) – Colaboró en Bolivia 3.0 con ficciones quincenales, y ha publicado cuentos y artículos en diversos medios, digitales e impresos. En 2014 publicó su primera novela, Los elefantes son contagiosos (BUAP) y forma parte de The best of spanish steampunk (Nevsky) y Alebrije de palabras (BUAP), entre otras compilaciones. Su blog es https://amorycohetes.wordpress.com/, y también está en Twitter, vía @UnEteronf.

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