En el río

Agotada, perdió pie y cayó de rodillas sobre la tierra húmeda. El pasto escaseaba en esta parte de la orilla del río; esta corriente sin nombre que algunos kilómetros abajo pasaba junto a Montecruz. Pero ya le parecía imposible regresar allí, lo mismo podría estar en otro mundo. Sollozó, mirando la tierra donde se hundían sus dedos. Pero ni siquiera el espanto podía hacer que se levantara para proseguir. Y entonces…

Escuchó un chapoteo, y el pánico ofuscó su mente un instante; supo que había bordeado el desmayo. El ruido se repitió. No quería mirar… no podía… Con un gemido, obligó a sus piernas adoloridas a levantar su peso una vez más, y trastabilló, intentando correr pero sin lograr más que caminar de manera vacilante.

Una respiración…

Se detuvo, y se volvió despacio; sabía que no debía hacerlo… pero su torso se volvió, y miró a través de sus propios cabellos revueltos. La luna apenas alumbraba aquel bulto que la corriente arrastraba: pequeño, redondeado. Distinguió el vago contorno de un cuerpecito; una cabeza, el pecho y los brazos de un bebé, ahogado, hinchado…

Unos párpados muertos se abrieron: dos llamaradas, una mirada sin ojos que la arponeó.

No logró gritar.

GANADOR DEL SEGUNDO LUGAR DEL CONCURSO “LA CABRA NEGRA Y SUS MIL RELATOS” 2016

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