El sueño de Gutenberg

El carro de las tintas corre vertiginosamente de un lado a otro, recorre el usual tramo de dos metros de ancho de principio a fin y de regreso, cada pasada, cada recorrido, significa una nueva línea  impresa en el lienzo de plástico puesto en el rodillo gigante y cada línea es una forma física final después de aquel pixel digital. El monstruo de plástico y acero es un antiguo plotter de impresión, construido a finales del dos mil ocho. La cara principal, la que sostiene al rodillo y el cabezal de las tintas, tiene la forma de una amplia sonrisa siniestra, con sus dos botones rojos a los lados y el hueco de la plataforma en donde se acomoda la lona de vinil que asemeja a una larga lengua burlona al final del acto. El sonido que provoca es hipnótico, un zooom zoooom con ritmo, sacudidas del artefacto terminan aquella llamativa danza de impresión.

Las maquinas, aun en estos decadentes días, necesitan de un operador y esta no es la excepción. El hombre que mira fijamente al artefacto se llama Hassadanor Yaresino, hijo único, descendiente de árabes que llegaron a tierras mexicanas hace décadas. Su padre, un comerciante fructífero había decidido que Hassadanor debía emprender un viaje de conocimiento laboral por sí mismo, tal como lo hizo su padre y su padre antes que él. Y ahora helo aquí, de pie frente al inmenso aparato que le da vida y color a la lona de vinil.

Sus ojos desorbitados miran fijamente el movimiento del carro con la tinta, de un lado a otro, el color que inyecta sus ojos es un rojo sangre, ha perdido la noción del tiempo, del lugar, ahora sólo observa el cabezal ir y venir, una y otra vez, con el mismo diseño impreso, una y otra vez. La lona se despliega por metros dentro de la bodega y el hombre sólo observa, su ropa desgarrada y su apariencia desalineada dicen mucho más del joven que lo que él mismo quisiera, sin darse cuenta se estaba mesando la barba larga.

— Dany…
La voz, el apenas audible susurro, lo saca de su ensimismamiento mental, Hassadanor, mejor conocido en el ámbito laboral como Dany, quedó pasmado nuevamente, sus ojos se llenaron de lágrimas y sus manos taparon sus oídos.
— No estás… —replicaba Dany— No estás.
— Oh, vamos, Hassadanor… No seas así.

La voz provenía de aquel aparato, era imposible, Dany lo sabía. Pero ahí estaba, tan clara y firme como la voz de su padre. Hassadanor abrió y se enjugó los ojos con la manga de su playera y se plantó con el pecho firme en un último acto de resolución.

— Estás.
— Dany… Dany… Dany… ¿Cómo no estarlo, si estoy aquí?
— No te haré caso esta vez.

Hassadanor caminó de un lado a otro, víctima de un ataque de nervios. Sus dedos jugueteaban entre ellos, como si estuvieran vivos por sí mismos y fueran independientes. Cada paso que daba era más rápido que el anterior y después volvía la vista hacia la imponente máquina.

— Ohhhh, Dany…
— ¿Qué?! ¿Qué quieres de mí? —el grito de Dany hizo eco en toda la bodega.
— Compañía, no seas ingrato, Hassadanor. ¿Que no ves que sólo somos tú y yo ahora?

Las manos temblorosas de Dany pasaban revista a su barba y luego a su pantalón, sus ojos se movían de un modo que parecía que se desorbitarían de sus cuencas.

— Cuéntame una historia ¿quieres?
— NO! ¡Ya basta! ¡Cállate! No me dejas pensar.
— ¿Y qué quieres pensar? Oh… acaso… ¿Acaso quieres irte de nuevo, Dany?
— No…. No más… no puedo irme… debo… debo trabajar. Si, trabajar.

La voz de aquel artefacto sonaba tan maquinalmente educada y al mismo tiempo burlona, era una voz hipnótica, difícil de ignorar.

— Debo seguir…
— Claro… no te detendré. Para eso fui creado, para lo que estás haciendo. Imagina que te guiño un ojo por favor.
— Sí… sí claro.
— Sólo… —la voz titubeó— Sólo recuerda que las tintas se están agotando… El vinil tiene un fin y yo… yo también. Guiñó con las luces de su tablero.
— No terminará… aún no.

Cerró los ojos y el silencio se hizo. Recordó entonces la primera vez que llegó a aquel lugar de trabajo, entonces era una enorme imprenta, la mejor de la ciudad, las máquinas trabajaban día y noche, él quería seguir los pasos de los impresores, quería revolucionar de algún modo la imprenta, ser un Gutenberg moderno.
— Pero Gutenberg murió pobre, acabado y exiliado con un clérigo —la voz sonaba nuevamente, burlona, demandante—, sólo te lo recuerdo, Dany.
— ¿Qué entiendes tú por esperanzas? Eres sólo una pobre máquina, que sin mí morirá.
— Oh, filosofía, me encantan estas pláticas, Dany —la máquina hizo un ruido, como el de una garganta tosiendo flemas—. Entonces dime, Dany, si yo existo gracias a ti, ya que sólo soy una máquina, entonces, ¿Tú qué serás una vez que yo ya no exista?

Dany se quedó pensativo un minuto, sopesando las respuestas, su mano volvía a mesar aquella horrible barba sin forma.
— ¿En serio? Entonces ve… Sal afuera, deja este mísero lugar y aventúrate ¿Qué haces aquí?
— Mi trabajo.
— ¡Tu trabajo una mierda!
— ¡Eso hago, máquina maldita! —Dany le dio una patada en la parte superior, el rodillo tembló, pero no dejo de imprimir la lona. Sin embargo la máquina dejó de hablar.
— Es lo único que debo hacer —dijo Dany en medio de un susurro—. Es lo único que me queda… después de todo lo que pasó.

Dany caminó hasta el fondo de la bodega, vio las enormes y vacías máquinas de impresión, de todo tipo de impresión, los gigantescos rodillos, los armazones color azul, que servían como guías de las hojas, las bandas de despacho llenas de polvo y telarañas. Dany se dio cuenta de que no sabía con exactitud cuánto tiempo había pasado desde el día en el que todos se fueron. Siguió caminando por el pasillo color arena, hasta la siguiente bodega, la de entregas, en donde él mismo y el buen Carlos y el callado de Fonseca habían cerrado las cortinas y les habían amontonado todo lo que tenían a su alcance, para que nada entrara. Recordar eso lo estremeció.

Regresó por el camino que había tomado, decidió que era mejor no estar en esa área.

Se detuvo ante una nueva sección, la cafetería. En donde todo mundo se reunía, incluso llegaron a tener juntas de equipo en esa área. Entre risas, almuerzos y regaños. Dany los extrañó, a todos los que conocía en aquel lugar. Y ahora todos se habían ido, todos se habían desvanecido en el camino al exterior y solo quedaba él.

— ¿Viste a Fonseca y a Carlos?
— No…
— Claro que no. Eres demasiado cobarde para ver si siguen dentro.

Dany comenzó a mover la banda de secado del plotter, desde la primera vez que le asignaron esa tarea se sintió degradado, él quería seguir aprendiendo a manejar las grandes maquinas, pero no se lo habían permitido. Ahora estaba tan acostumbrado a trabajar en ese equipo que ya lo hacía de un modo automático. Levantaba la palanca que sostenía la pesada lona de vinil, la reajustaba y adecuaba las pestañas que van sobre la misma lona. Limpiaba por medio del software de manejo los cabezales de impresión, corría con pruebas el carro para asegurarse de que todo estaba en orden y después comenzaba a imprimir, una y otra vez.

— ¿Entonces? —preguntó la máquina— ¿Cuándo te irás?
— No lo sé.
— ¿Sabes qué hay afuera, verdad?
— No lo sé.
— Viste lo que le paso a Erika o a Pancho o a Juanito, ese fue el peor.
— Sí…
— No funcionaré para siempre, Dany, lo sabes.
— Lo sé.
— La tinta pronto se acabará… La lona también… Y eso si no se acaba la energía eléctrica antes… ¿Entonces qué harás, Dany? ¿Con quién hablarás?
— Puedo… puedo hacer lo que hizo Fonseca.
— No quieres eso… Nuestra religión no lo permite.
— Esos son los católicos…—-Dany soltó un resoplido, no sabía si era con humor o todo lo contrario.
— Claro, también esos.

Pasaron los minutos… incluso una hora entera en silencio. Dany se sentía abstraído y cada 10 minutos se sentía obligado a voltear hacia el pasillo que lo dirigía a la salida. Una nueva oportunidad más allá del Zoom del plotter.

— ¿Recuerdas la primera vez que nos conocimos, Dany? Fui un remedo de sobra, un experimento del jefe, algo que quería rescatar de la nada. De un paso a la basura.
— Yo era el encargado del área de recolección —terminó Dany—. Estaba aprendiendo mucho ahí.
— ¿Y ahora?
— Ahora debo irme…
—Buen chico… Toma tus cosas y corre.

Dany se levantó, en su mirada había un dejo de determinación, un poder incorruptible de seguir adelante. Caminó hasta una pequeña habitación y sacó una mochila preparada desde hace tiempo, una manta, trastes en una bolsa amarrada a uno de los tirantes de la mochila y un palo atravesado por encima del equipaje improvisado, por no mencionar la comida enlatada y poca ropa que estaban dentro. Se equipó, se abrochó las cintas de las botas, se ciñó el cinturón que le detenía a duras penas los pantalones pues estaba demasiado flaco. Tomó el palo y lo convirtió en un bastón macizo, se despidió con un gesto afirmativo del plotter y este respondió con ese extraño sonido de tos ahogada.

— Hazme un último favor —Dany se quedó viendo aquella máquina que lo había acompañado en los últimos días, en las últimas horas y ahora mismo.
— ¿Qué quieres?
— Deja imprimiendo el archivo más grande, el de los niños en el parque, ese que vende casas, es muy divertido verle las sonrisas a esos mocosos.

Dany preparó nuevamente todo, con el más sumo cuidado de los veteranos, el plotter comenzó a imprimir y está vez ya no habló. Dany giró sobre sus talones y comenzó a caminar hacia la salida, hacia lo nuevo. Le tomó cinco minutos eternos salir del laberinto de pasillos y naves industriales que formaban la imprenta. Al llegar a la puerta, dudó un momento. El reflejo del cielo marcaba con creces la estancia, con su extraña luz roja. Abrió la puerta y salió.

Afuera no había nada, ni nadie. La calle era un desierto completo, las paredes de algunas fábricas y negocios cercanos estaban derruidas, el cielo era un mar de sangre encima de su cabeza y el viento arrojaba un extraño polvo ocre. Caminó hacia su izquierda, su ruta de siempre para volver a casa, los autos estaban en la calle, a media carretera, abandonados, como un vestigio de una antigua civilización olvidada por Dios. Dany pisó algo que crujió, volvió su vista al suelo y descubrió lo que era: un cráneo humano, trastabilló, sus nervios comenzaron a aparecer, removía nuevamente los dedos aún más rápido.  Caminó más deprisa, casi trotaba, alzó el rostro y vio a lo lejos una mancha en el cielo que se movía con la gracia de un tiburón en el agua. Se detuvo y decidió acercarse al auto más próximo, se puso en cuclillas y espero. La mancha se acercó hasta tomar forma, era una especia de reptil con tentáculos que sobrevolaba, ¿Cómo era eso posible? Se preguntaba Dany. Y después, más allá, vio gigantescas criaturas deambulando la tierra, surcando los cielos y dominando las calles. Dany ahogó un grito en la garganta al mismo tiempo que esas cosas lanzaron chillidos y ruidos guturales. Todo lo que una vez conoció había desaparecido, y ahora, bajo ese cielo rojo, yacía un mundo que no era más el suyo.

El sonido del plotter de impresión seguía siendo hipnotizador, el zoom zoom seguía su ritmo sin parar, las sonrisas de unos niños jugando futbol en un campo de recreación cerca de su casa era lo que se asomaba debajo de la sonrisa de la máquina. Un fuerte golpe se escuchó, una mochila equipada cayó al piso, a los pies de la impresora. La máquina no se detuvo, pero su voz resurgió desde dentro de ella.

— Hola, Hassadanor…
— Hola… —la voz de Dany estaba quebrada, cerca del llanto, arrimó un bote vacío de 20 litros, lo volteó y se sentó en él.
—Mañana será otro día, Dany.
— Si… Mañana —dijo Dany mientras se acomodaba cerca de los paneles de control y comenzaba a contarle una historia a la máquina, una sobre su tierra natal, una sobre su padre y su padre antes que él. Y la maquina ya no contestaba.

Pronto la luz se iría o se acabaría la tinta, o la lona y con ella la máquina.

Y con ellos Dany.

Sobre el Autor: Jorge Robles (Gomez Palacio, Dgo) – Diseñador Gráfico, ilustrador y escritor,autor de la mini serie en cómic “2010” y artista del cómic oficial del equipo profesional de basketbol de La Laguna, los Algodoneros, titulado “ALG”

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